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Relatos Ardientes

Mi exprofesora de literatura me besó en la parada del bus

Me llamo Sofía, tengo veintidós años y estudio Bellas Artes en una ciudad pequeña del centro, sin mar, con muchas plazas y demasiados jacarandás. Soy bajita —apenas un metro cincuenta y cinco—, delgada, con el pelo castaño hasta los hombros y unos ojos demasiado grandes para mi cara. También soy bisexual, aunque eso no se lo he dicho a mi madre todavía y, sinceramente, no creo que se lo diga pronto.

Lo que voy a contar pasó en marzo, cuando llevaba dos meses usando una de esas aplicaciones de citas que prometen mucho y entregan poco. La instalé después de cortar con un chico de mi facultad y, al principio, deslizaba más por aburrimiento que por interés real. La mayoría de los perfiles eran fotos en gimnasios, frases pegadas de Instagram, gente que ni se molestaba en leer mi descripción antes de mandarme un saludo vacío. Hasta que apareció ella.

Renata había sido mi profesora de literatura en el último año del colegio. Tenía entonces treinta y ocho años, hablaba muy bajito y se sentaba sobre el escritorio cuando leía poemas en voz alta. Yo tenía diecisiete y la miraba sin parpadear. Memoricé fragmentos de Pizarnik solo porque se los oí decir a ella primero, con esa cadencia que tenía, alargando las eses como si las pronunciara con cuidado de no romperlas. Nunca pasó nada, claro. Era una de esas devociones adolescentes que una guarda en un cajón mental y, con los años, se olvida casi del todo.

El perfil de Renata apareció entre dos chicos genéricos. La reconocí enseguida, aunque ahora llevaba el pelo más corto, hasta la mandíbula, y unas gafas finas que no usaba en clase. En su descripción decía «recién separada, busco compañía sincera, lo demás se verá». Tenía cuarenta y dos años. Pasé el pulgar por encima de la pantalla varias veces antes de animarme. Y, sí, le di like.

Va a ignorarme. O peor: no se va a acordar de mí.

Al día siguiente, mientras desayunaba, me sonó la notificación. Match. Y, casi enseguida, un mensaje suyo: «¿Sofía Aguirre, la que dibujaba en los márgenes de los exámenes?». Casi se me cae la taza encima del teclado.

Le respondí algo torpe sobre mis dibujos, ella me contestó algo divertido sobre los exámenes en general y, sin darme cuenta, llevábamos toda la mañana escribiéndonos. Me preguntó por mi carrera, por los profesores que aún quedaban en el colegio, por mi vida en la ciudad. Yo le pregunté por su separación lo justo para no parecer indiscreta. A las dos de la tarde me propuso un café para el sábado siguiente. Acepté antes de pensarlo y, en cuanto le di a enviar, me di cuenta de que tenía toda la semana por delante para arrepentirme.

No me arrepentí. Pero los días se me hicieron largos. Y cada noche, sola en mi cama, terminé metiéndome la mano entre las piernas pensando en ella. La primera vez me dio vergüenza y me detuve. La segunda no. La tercera me corrí tan fuerte imaginando su boca sobre mi coño que tuve que morder la almohada para no despertar a mi compañera de piso.

***

Llegué a la plaza diez minutos antes de la hora. Marzo todavía era cálido en mi zona y elegí unos leggings negros, un suéter color crema y unas zapatillas blancas. Nada que gritara «cita», pero tampoco mi ropa de andar por casa. Debajo llevaba lencería nueva: un conjunto de encaje negro que me había comprado esa misma semana, pensando en ella, aunque me dijera a mí misma que era «por si acaso». Me senté en un banco bajo un árbol grande y respiré hondo varias veces. Una pareja paseaba un perro pequeño que ladraba a las palomas. Yo no tenía expectativas concretas. O, al menos, eso quería creer.

La vi venir desde la otra punta de la plaza. Llevaba unos pantalones grises anchos y una blusa negra de seda que se le movía con la brisa. Caminaba como si la plaza fuera suya. Cuando llegó a mi altura, se inclinó y me dio dos besos en las mejillas. Olía a algo cítrico, ligero, nada empalagoso.

—Estás igual —dijo, dando un paso atrás para mirarme—. Solo que ya no me miras desde abajo como cuando tenías quince.

—Tenía diecisiete —corregí.

—Es verdad. Diecisiete. Me acuerdo.

Lo dijo con un tono que no supe interpretar. Caminamos hacia una cafetería pequeña que ella conocía, dos calles más allá. En el trayecto me contó que daba clases particulares y traducía libros del francés, que se había mudado hacía poco a un departamento con balcón pequeño y que estaba aprendiendo a cocinar sola por primera vez en su vida. Yo la escuchaba mirando de reojo cómo se le movía el pelo cada vez que giraba la cabeza.

En la cafetería pedimos lo mismo: cortado y una porción de tarta de limón para compartir. Nos sentamos en una mesa del fondo, junto a una ventana que daba a un patio interior lleno de helechos. Ella se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa, plegadas con cuidado.

—¿Te incomoda que haya sido tu profesora? —preguntó de pronto.

—Un poco —admití—. Pero menos de lo que pensé.

Sonrió. Tenía una sonrisa lateral, como si guardara la otra mitad para después.

Hablamos de todo: del colegio, de los profesores que ya no estaban, de la novela que ella estaba traduciendo —una francesa contemporánea cuyo nombre olvidé en cuanto lo dijo—, de los pintores que yo admiraba. En algún momento, mientras me explicaba algo sobre Marguerite Duras, apoyó la mano sobre la mía encima de la mesa. La dejó ahí, sin presión, como si fuera lo más natural del mundo. Yo dejé de oír lo que decía. Solo sentía sus dedos largos y fríos sobre los míos, y el latido de mi propia muñeca debajo. Y, sin poder evitarlo, noté cómo se me humedecía la braga por debajo de los leggings de solo imaginar esos dedos metiéndose dentro de mí.

Mientras ella hablaba, yo me acordé de pronto de una tarde de mayo, en clase. Renata se había sentado en el escritorio para leernos «La jaula» de Pizarnik y, al inclinarse hacia adelante, la luz le había caído en diagonal sobre el cuello. Yo, en la segunda fila, había pensado durante un segundo entero que daría cualquier cosa por levantarme y tocarle la garganta justo donde se le marcaba la vena. Después me había castigado mentalmente toda la semana por ese pensamiento. Ahora, en la cafetería, su mano sobre la mía no me parecía mucho más atrevida que aquella fantasía de los diecisiete.

—Perdona —dijo, retirando la mano—. Se me olvidó preguntarte si te molestaba.

—No me molesta —dije, y le devolví la mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba.

Ella la cubrió otra vez. Esta vez entrelazó los dedos. Y siguió hablando de Duras como si nada, aunque yo notaba que se le aceleraba la respiración igual que a mí. La camarera trajo la tarta y la dejó sin decir nada, mirando otro punto del local con discreción profesional.

***

Salimos de la cafetería pasadas las seis. Las farolas todavía no estaban encendidas, pero la luz tenía ese tono naranja que te hace sentir que el día se está despidiendo despacio. Caminamos sin rumbo claro hasta una avenida con plátanos viejos. Ella me preguntó si la acompañaba a la parada del autobús. Acepté sin pensar.

En el camino, ella habló por primera vez de su exmarido. Llevaban quince años juntos. Se separaron porque ella, una mañana cualquiera, se sentó frente al espejo del baño y entendió que llevaba demasiado tiempo fingiendo. No fingiendo amor —eso lo había habido, dijo, y mucho—. Fingiendo deseo.

—Siempre supe que me gustaban más las mujeres —dijo, mirando hacia adelante, hacia las copas de los plátanos—. Pero crecí donde crecí, y me enamoré también de él, y todo se mezcló. Hasta que no se mezcló más. Una mañana lo miré y supe que no quería que me tocara nunca más. Que ya no soportaba su polla ni sus manos ni el olor de su semen en mis sábanas. Y al mes siguiente le pedí el divorcio.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora estoy aprendiendo a ser sincera. Empezando por mí misma.

Más adelante volvió a hablarme de su traducción. Decía que la novela contaba la historia de una mujer que se enamoraba de la hermana de su marido y que, durante meses, no había podido pasar de las primeras veinte páginas porque algo en ella se le hacía demasiado conocido. Lo contó como si nada, pero supe que me lo estaba contando a mí, en esa avenida, deliberadamente.

Llegamos a la parada. Había dos personas más esperando bajo la marquesina, así que nos pusimos un poco apartadas, junto a un poste con un cartel viejo que anunciaba una obra de teatro ya terminada. Ella se giró hacia mí y me miró fijamente, sin sonreír esta vez.

—Sofía, ¿hay alguna razón importante por la que no debamos besarnos ahora?

Me quedé inmóvil. Sentí que la sangre se me iba a las orejas y, al mismo tiempo, al coño, que ya me latía con fuerza dentro de la ropa. Negué con la cabeza, porque no podía hablar.

Ella me puso una mano en la cintura y la otra en la nuca. Se inclinó —era casi quince centímetros más alta que yo— y me besó. Despacio al principio, como tanteando, dándome tiempo a retroceder. No retrocedí. Sus labios eran más suaves de lo que había imaginado en clase a los diecisiete, y yo había imaginado mucho.

Le respondí con una avidez que me sorprendió. Le rodeé el cuello con los brazos y la besé con todo lo que llevaba acumulado desde aquel año del colegio. Sentí su lengua meterse en mi boca, buscar la mía, chuparla despacio, el roce de su blusa de seda contra la lana de mi suéter, su mano bajando de la cintura a mi culo y apretándomelo por encima de los leggings con una fuerza que me arrancó un gemido contra sus dientes. Las dos personas de la parada miraban o no miraban, no me importaba. No me importaba absolutamente nada.

Nos separamos un segundo para respirar. Yo tenía las mejillas ardiendo, los labios un poco hinchados y las bragas empapadas. Ella me apartó un mechón del ojo con un gesto que ya conocía: lo hacía igual en clase, cuando se acercaba a un alumno para corregirle una palabra.

—Llevo siete años imaginando esto —murmuré sin pensar.

—Y yo llevo dos meses —dijo, y se rió bajito contra mi boca antes de volver a besarme.

Esta vez me besó con más calma. Sus dedos me subieron por la espalda hasta el final del cuello y se quedaron ahí, en ese punto donde el pelo nace y se hace más fino. Yo cerré los ojos y dejé que me besara sin pensar en nada. En la otra punta de la avenida, un camión hizo sonar la bocina; en la marquesina, alguien tosió. Todo eso ocurría muy lejos.

El autobús llegó. Lo vi de reojo, asomarse por el final de la avenida, parpadeando los faros amarillos. Ella también lo vio. Ninguna de las dos se movió.

—Que se vaya —dijo.

El autobús paró, abrió las puertas, se llevó a las dos personas que esperaban con nosotras y volvió a arrancar. Renata seguía con las manos sobre mi cintura. Yo, con la frente apoyada en su clavícula, intentaba que el corazón volviera a un ritmo razonable.

—¿Quieres venir a mi casa? —preguntó muy bajito, casi en mi oreja—. Quiero follarte, Sofía. Llevo dos meses queriendo hacerlo desde que vi tu foto.

Asentí, todavía sin levantar la cabeza. Sentí cómo se reía despacio, y cómo sus dedos me subían por la espalda por debajo del suéter, tibios, lentos, como si estuviera reconociendo un terreno que ya era suyo.

***

Paramos un taxi en la esquina. En el asiento de atrás, ella me puso la mano en el muslo apenas arrancó el coche, y la fue subiendo por los leggings hasta que sus dedos se quedaron a un centímetro justo de mi entrepierna. No me tocó ahí. Solo se quedó quieta, mirándome de lado, mientras el taxista escuchaba una radio con voces de fútbol. Yo apreté las piernas y noté que la tela ya estaba húmeda de lado a lado. Ella lo notó también, porque sonrió sin decir nada.

El departamento estaba en un tercer piso sin ascensor. Subimos las escaleras casi corriendo, riéndonos como dos adolescentes. Renata metió la llave dos veces mal antes de acertar con la cerradura. En cuanto se cerró la puerta detrás de nosotras, me empujó contra la pared del recibidor y me besó otra vez, esta vez sin nada de calma. Su lengua me llenaba la boca, sus manos me arrancaban el suéter por encima de la cabeza, y yo le mordía el labio inferior sin saber muy bien qué hacía, solo sabiendo que quería más.

—Espera —dijo, respirando fuerte—. A la cama. No aquí. Llevo demasiado tiempo esperándote como para hacerlo contra una pared.

Me tomó de la mano y me llevó por un pasillo corto hasta un dormitorio con las persianas medio bajadas y una lámpara pequeña encendida sobre una mesa de noche. La cama era grande, con sábanas blancas revueltas de esa misma mañana. Me sentó al borde, se arrodilló entre mis piernas y me quitó las zapatillas una por una, sin prisa, mirándome a los ojos. Después me bajó los leggings, tirándolos hacia atrás, y se quedó un segundo mirando la mancha oscura en el encaje negro de mi braga.

—Dios —murmuró—. Estás empapada.

—Llevo empapada desde la cafetería —confesé, y ella se rió con una risa ronca que no le había oído nunca.

Me acostó de espaldas y me subió el suéter interior por encima de las tetas. Me desabrochó el sujetador de encaje con una sola mano —esas manos largas de profesora que había mirado durante todo un curso escolar— y se quedó mirándome un momento, entera, desnuda de cintura para arriba, con la braga negra pegada al coño. Después bajó la boca y me chupó un pezón. Fuerte, sin rodeos, cerrando los labios alrededor y tirando con los dientes hasta que se me escapó un gemido agudo. Pasó al otro. Los mordisqueó, los lamió, me los dejó duros y rojos, y yo mientras tanto le agarraba el pelo con las dos manos, empujándole la cabeza contra mi pecho como si tuviera miedo de que se apartara.

—Chúpamelas más —le pedí, y no reconocí mi propia voz—. Más fuerte.

Ella obedeció. Me mordió el pezón izquierdo hasta que dolió, y ese dolor me atravesó directo hasta el coño. Yo levantaba las caderas buscando algo, cualquier cosa. Ella me puso una mano sobre la braga y apretó con la palma entera, sin meterse debajo todavía, solo presionando el bulto empapado contra el hueso del pubis. Yo me deshice contra su mano.

—Por favor —susurré.

—¿Por favor qué?

—Tócame. Por favor. Ya.

Sonrió con esa sonrisa lateral y me bajó la braga despacio, doblándola hacia abajo por los muslos, por las rodillas, hasta que me la sacó del todo y la tiró al suelo. Me abrió las piernas y se quedó un instante mirándome el coño, brillante, húmedo, hinchado. Yo pensé que iba a morirme si no me tocaba en el siguiente segundo.

—Qué bonita eres, Sofía —dijo bajito—. Qué bonito coñito tienes.

Y entonces bajó la cabeza y me lamió de arriba abajo, de una sola pasada larga, desde la entrada hasta el clítoris. Yo grité. Le agarré el pelo, le hundí la cara contra mí, y ella se rió contra mi coño, un vibrar bajo que me hizo temblar entera. Empezó a chuparme el clítoris con los labios, dando vueltas alrededor con la punta de la lengua, alternando lametones planos y suaves con pequeños chupetones que me arrancaban aullidos. Yo movía las caderas contra su boca sin control, con las dos manos apretándole la nuca.

—Así —jadeé—, así, no pares, por favor, no pares.

Ella no paró. Al contrario: me metió un dedo dentro, despacio, hasta el fondo, y sentí cómo mis paredes se cerraban alrededor de él, pulsando. Después metió un segundo. Empezó a follarme con los dedos mientras me chupaba el clítoris, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que yo sabía que tenía pero que nunca nadie me había tocado bien. Ella lo encontró a los dos minutos. Cuando lo tocó, se me arqueó la espalda entera de la cama.

—Ahí —lloré—, ahí, ahí, Renata, me voy a correr, me voy a correr ya.

—Córrete —dijo, apartando la boca solo un segundo—. Córrete en mi boca, mi amor.

Y volvió a chuparme el clítoris, ahora con más fuerza, mientras sus dedos me follaban rápido, húmedos, sonando dentro de mí con un ruido obsceno que yo nunca había oído. Me corrí a los pocos segundos, con un grito largo que seguro se oyó en todo el edificio, apretándole la cabeza contra mi coño con las dos manos, temblándole encima de la cara. Sentí cómo se me contraía todo, cómo la corrida me subía por el vientre y me bajaba por las piernas hasta los dedos de los pies, cómo mojaba los dedos de Renata que seguían dentro moviéndose despacio ahora, alargándome el placer hasta que ya no pude más.

Ella subió por mi cuerpo, dejando besos húmedos en mi vientre, en mis pechos, en el hueco entre las clavículas. Me besó en la boca y me hizo probar mi propia corrida en sus labios, en su lengua. Sabía a mí. Sabía a algo intenso y a la vez dulce.

—Ahora tú a mí —murmuró contra mi oído.

Se incorporó, se desabrochó la blusa negra botón por botón y la dejó caer al suelo. Debajo llevaba un sujetador gris de encaje que se quitó enseguida. Sus tetas eran más grandes que las mías, redondas, con los pezones oscuros y ya duros. Se sacó los pantalones grises con un movimiento rápido y se quedó desnuda del todo, encima de mí, con el pelo castaño cayéndole sobre los hombros. Yo me quedé mirándola un segundo. Tenía cuarenta y dos años y era el cuerpo más hermoso que había visto en mi vida.

Nos dimos la vuelta y ahora fui yo la que se puso encima. Le chupé los pezones uno por uno, los mordí como ella había hecho conmigo, y bajé por su vientre besándola despacio hasta llegar a su coño. Estaba tan mojada como yo, brillante, con el vello recortado corto. Nunca antes se lo había hecho a una mujer. Me acordé de todos los vídeos que había mirado a escondidas durante años y me lancé sin pensar demasiado.

La lamí de abajo hacia arriba, imitando lo que ella me había hecho. El sabor me sorprendió: fuerte, un poco salado, con algo casi metálico debajo. Renata gimió bajito y me puso una mano en la cabeza, guiándome sin forzar.

—Un poco más arriba —dijo con una voz de profesora que me hizo temblar—. Ahí. Sí. Ahora chúpalo despacio, no muerdas. Eso.

Le hice caso. Le chupé el clítoris con los labios, dando vueltas con la lengua tal como ella me lo había hecho a mí. Ella empezó a mover las caderas contra mi boca, jadeando, con los pechos subiendo y bajando. Metí un dedo con cuidado y sentí cómo la carne se cerraba caliente alrededor. Metí un segundo. La follé despacio con los dedos mientras la chupaba, y ella me agarró el pelo con las dos manos y empezó a decir cosas que yo nunca hubiera imaginado oír de la boca de mi profesora de literatura.

—Sí, así, chúpame el coño, mi niña, chúpamelo bien, así te quería, así llevo dos meses queriéndote, oh joder, Sofía, sigue.

Yo casi me corro otra vez solo de oírla. Aceleré los dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba como ella había hecho conmigo, buscando ese mismo punto. Cuando lo encontré, la sentí temblar entera. Ella me montó la cara con las caderas, sin vergüenza, moviéndose contra mi boca. Yo tragaba lo que me caía en la lengua y seguía chupándola, obediente como en clase.

—Me corro —jadeó—, me corro, no pares, sigue, sigue, no pares.

Se corrió apretándome la cabeza contra su coño con una fuerza que casi me deja sin aire. Sentí cómo su interior se contraía alrededor de mis dedos, tres o cuatro veces seguidas, y cómo un chorro tibio me mojaba la barbilla. Se dejó caer hacia atrás sobre las sábanas, respirando fuerte, con el pecho subiendo y bajando, y una risa baja que le salía del fondo de la garganta.

Yo subí por su cuerpo y me acosté a su lado. Ella se giró, me pasó una pierna por encima y me besó con calma, saboreándose a sí misma en mi boca sin ninguna vergüenza.

—No hemos terminado —susurró.

—No —dije—. Ni de lejos.

Me hizo abrir las piernas otra vez y se colocó encima, encajando su coño contra el mío. Empezó a moverse despacio, frotándose contra mí, coño con coño, dejando que nuestras humedades se mezclaran. La sensación era nueva, distinta a los dedos, distinta a la boca. Un roce constante que me subía por el clítoris con cada movimiento suyo. Ella me miraba desde arriba, apoyada en los brazos, con el pelo cayéndole sobre mi cara. Yo levantaba las caderas para encontrarme con las suyas, sincronizando, buscando el ángulo justo.

—Mírame —me pidió—. No cierres los ojos. Quiero que me mires mientras te corres otra vez.

La miré. Aceleró el ritmo. Nuestros clítoris se rozaban con cada empujón y el ruido de nuestros coños chocando, húmedos, mojados, llenaba la habitación entera. Yo le agarré el culo con las dos manos y la apreté contra mí, más fuerte, más rápido. Ella jadeaba con la boca abierta, y en algún momento gimió mi nombre —Sofía, Sofía, Sofía— tres veces seguidas, con esa cadencia de profesora que alargaba las eses, y esa fue la gota. Me corrí por segunda vez, mirándola a los ojos como ella me había pedido, con la boca abierta en un grito silencioso. Ella se corrió un segundo después, dejándose caer sobre mí, temblando entera, con la cara enterrada en mi cuello.

Nos quedamos así un rato largo, sin movernos, con su peso encima de mí, respirando cada una contra la piel de la otra. Por la persiana medio bajada entraba el último naranja del atardecer. Yo pensaba en la chica de diecisiete años que un día había fantaseado con tocarle el cuello, y me daban ganas de reírme y de llorar al mismo tiempo.

Renata se apartó despacio, se acostó de lado, me pasó un brazo por debajo del cuello y me atrajo hacia ella. Me besó la frente y después el hombro y después la boca otra vez, suave, sin apuro.

—¿Te quedas? —preguntó.

—Me quedo —dije.

Aún no habíamos terminado, y las dos lo sabíamos. Faltaba la noche entera por delante.

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Comentarios(8)

DulceTormenta

Me atrapó desde la primera línea, no pude parar hasta el final. Increible!!!

PetraLect

Por favor seguí esto, quede con muchas ganas de saber que pasó despues

ValentinaBaires

jajaja qué situación tan inesperada, me encantó!!

Sol_Nocturna

Me recordó a una profesora que tuve. Nunca imaginé que algo así podía pasar de verdad... muy buen relato.

NicoMendoza

Que final tan inesperado, no lo vi venir para nada. Mas por favor!!!

CamperoSur77

buenisimo!!!

RosaCordon

Se nota que escribis con cariño, no es un relato cualquiera. Me gustó mucho

NadiaNoche

Se me hizo muy corto, esperando la segunda parte!!

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