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Relatos Ardientes

Esa noche pidió dos bailarinas solo para ella

La arena tibia se hundía bajo los pies descalzos de Mariela mientras caminaba hacia el final del muelle. El sol terminaba de derretirse sobre el horizonte y teñía el agua de cobre. Era su tercera noche en aquella ciudad costera, sola, recuperando algo de sí misma después de unos meses difíciles.

El viento jugaba con su blusa blanca y con los mechones que se le escapaban del rodete. Llevaba las sandalias colgando de los dedos. Cuando una ola más alta le empapó el ruedo del pantalón color crudo, sonrió y volvió caminando al malecón.

Se enjuagó los pies en una fuente pública, se calzó y emprendió el regreso al hotel. La noche encendía las luces de los bares y el bullicio de los turistas crecía con cada cuadra. Y entonces vio el cartel.

Una mujer de neón giraba alrededor de un tubo, recortada contra la fachada de un edificio sin ventanas. Los colores cambiaban: rosa, violeta, azul. Mariela se detuvo más tiempo del que pretendía. Algo se le apretó en el bajo vientre.

Nunca había entrado a un lugar así. Nunca lo había considerado siquiera. Pero esa noche, sin testigos, sin nadie a quien rendirle cuentas, sintió que podía hacer lo que le diera la gana.

Pasó por el cajero del hotel y retiró una cantidad que en cualquier otra circunstancia le habría parecido absurda. En su habitación se cambió, se perfumó el cuello y las muñecas, y se miró en el espejo más tiempo del necesario. La mujer que le devolvía la mirada tenía las pupilas dilatadas.

***

El portero del club era un armario con saco oscuro. Mariela pasó tres veces frente a la entrada antes de animarse. En un momento el portero entró a buscar algo y una chica de vestido negro lo reemplazó en la puerta. Aprovechó el cambio para acercarse.

—Hola —murmuró, casi rozándole la oreja—. Disculpa, quería pasar, pero… directo a un privado. ¿Se puede?

La chica parpadeó. Era evidente que no le caían muchas clientas solas pidiendo eso.

—¿Sola? —preguntó mientras le ofrecía el brazo.

—Con dos bailarinas, si se puede.

Tragó saliva. No dijo nada más.

El pasillo tenía luces ultravioletas y la música retumbaba en su pecho. Al cruzar la puerta del salón principal, el sonido la golpeó: gritos, silbidos, el bajo de los altavoces. Mesas con sillones negros, grupos de hombres aplaudiendo a una chica que bailaba en uno de los dos tubos del escenario central.

—Para pasar al privado hay que invitar a una chica primero —le explicó la del vestido negro—. Después se solicita el pase.

—¿Dos chicas se puede?

—Sí, dos también, claro. —Se atragantó y se despidió rápido.

Una mujer mayor, sentada en la barra, observaba la escena. Mariela permaneció de pie junto a una mesa vacía sin saber qué hacer. La mujer cruzó el salón hasta ella.

—¿Ya viste alguna que te guste? —le habló al oído para superar la música.

—La verdad no me animo a elegir.

—Te mando un par al privado. Tengo dos que te van a encantar.

Mariela asintió con alivio. La mujer la tomó de la mano y la guio por otro pasillo de luz violeta. Cortinas semiabiertas dejaban entrever sillones acolchados. Al final del pasillo recorrieron una cortina que escondía una escalera de caracol. Subieron a una galería más silenciosa, con puertas en lugar de cortinas. La mujer le abrió una.

—En un rato viene la mesera y, claro, tus dos hermosuras. —Le guiñó el ojo y se fue.

La sala era pequeña: un sillón en L cubría dos paredes, dos mesitas en los extremos, luces negras como única iluminación. Mariela se sentó, entrelazó las manos y las apoyó entre los muslos. El corazón se le había instalado en la garganta.

***

La mesera entró con cara de aburrimiento, libreta en mano.

—¿Qué tomas?

—Un vaso de agua con hielo, por favor.

—Tiene que haber consumo mínimo.

—Cóbrame el mínimo. Y lo de las chicas.

—¿Chicas? —La mesera revisó la libreta—. Vaya, son dos.

Mariela contó los billetes y se los entregó. La mesera los tomó con expresión incierta y salió. Volvió a los pocos minutos con el agua, la apoyó en la mesita y se dispuso a irse.

—Espera —dijo Mariela, extendiéndole otros dos billetes—. ¿Pueden cambiar la luz? Está muy oscuro.

La mesera tomó la propina, asintió y salió. Un minuto después un destello la encandiló. Las luces negras se apagaron y unas lámparas amarillas iluminaron toda la sala con calidez. Casi al mismo tiempo, alguien tocó la puerta.

—Adelante —dijo Mariela.

La primera en entrar fue una chica morena de caderas anchas. Minifalda de mezclilla, camiseta negra sin mangas que brillaba bajo la luz amarilla, sombra azul saturada en los párpados y mechones azules atravesando el pelo oscuro. En la nariz, una arracada dorada. Los zapatos de plataforma le obligaban a las caderas a balancearse de una manera que a Mariela le secó la boca.

Detrás de ella entró la segunda. Más alta, más delgada, de tez clara. Minifalda metálica plateada, top color salmón tan ajustado que el pecho parecía a punto de reventar la tela. El vientre desnudo. Un tatuaje en forma de brazalete en el brazo izquierdo. Los párpados delineados en negro grueso. Y un pelo escarlata, largo y lacio, que le caía hasta la mitad de la espalda.

—Buenas noches, linda —saludó la morena con una voz más grave de lo que Mariela esperaba—. Así que quieres diversión al doble.

—Están preciosas —contestó Mariela, sin disimular nada.

—Preciosa tú, muñeca —respondió la pelirroja con un tono dulce que le erizó los brazos.

Yamila —la morena— se colocó en el centro de la sala, cerró la puerta detrás de su compañera y miró las lámparas amarillas.

—Así que te gusta mirar —comentó—. Mira bien.

Levantó los brazos y empezó a bajarlos en zigzag al ritmo de la música. Al llegar al pecho, deslizó las palmas sobre el torso, la minifalda, los muslos. Luciana —la pelirroja— se sumó moviendo los hombros, las caderas, recorriéndose el cuerpo con las manos.

Giraron juntas, le dieron la espalda a Mariela y flexionaron la cintura, levantando los traseros hacia ella. Después alzaron las piernas con la elegancia de un flamenco. Una gota de sudor bajó por la frente de Mariela. Tenía la respiración en los labios. Los zapatos de plataforma le parecieron lo único feo de aquella escena.

—¿Pueden sacarse los zapatos? —pidió en voz baja.

—¿Solo los zapatos? —Yamila se dio vuelta. Se llevó las manos a la falda, desabotonó el cierre y metió los pulgares por dentro—. ¿Segura que solo los zapatos?

Le bajó la falda con la lentitud de quien se sabe observada. Apareció primero la cinta negra de la tanga, después los glúteos morenos asomando uno a uno. La falda cayó al piso y Yamila la pateó junto con los zapatos. Quedó frente a Mariela cubierta solo por el triángulo de tela negra.

—¿Mejor así? —preguntó, sin dejar de moverse.

Mariela no pudo contestar. Apenas tragó saliva.

Luciana se descalzó también y se posicionó justo enfrente. Bajó la falda metálica con las manos sobre la cabeza, dejándola caer en cámara lenta. Su tanga era blanca y casi se confundía con la piel clara. Cuando se libró de la prenda, la pateó hacia el rincón opuesto.

Las dos chicas empezaron a coordinarse. Giraban juntas, se rozaban con las nalgas, se sonreían como si conocieran cada paso de la otra desde siempre. Eran dos llamas oscilando, y Mariela ardía sin moverse.

Al unísono se dieron la vuelta. Yamila se llevó las manos al borde de la camiseta negra, Luciana al borde del top salmón. Empezaron a tirar hacia arriba. Las prendas subieron al ritmo de la música, arrastrando el pelo de las chicas, descubriendo dos espaldas desnudas. En la espalda de Luciana, en el omóplato derecho, asomó un tatuaje con forma de mariposa.

Las prendas pasaron por los codos, soltaron el cabello, llegaron a las muñecas, y las chicas las arrojaron hacia adelante. Quedaron las dos cubiertas únicamente por sus tangas, con los brazos cruzados delante del pecho y las palmas abiertas sobre los pezones. Giraron quedando de frente a Mariela.

Con la misma lentitud calculada, fueron bajando las palmas por el abdomen hasta dejar los pechos al descubierto.

Mariela aspiró fuerte y cerró los ojos un segundo. Sintió un calorcito que se le derramaba en el vientre y escurría hacia abajo. Cruzó las piernas con disimulo, como si pudiera contener lo que estaba pasando dentro suyo. Las chicas se cruzaron una mirada cómplice.

—¿Te gusta el baile, muñeca? —preguntó Luciana.

—Están hermosas. —Y, envalentonada por aquellos cuerpos casi desnudos a un metro suyo, agregó—: ¿Podrían… acariciarse entre ustedes?

—¿Entre nosotras? —Yamila sonrió de costado, sin dejar de bailar—. Con una buena propina podemos hacer más que bailar.

Mariela abrió la cartera y sacó un fajo de billetes sin disimulo. Las chicas se acercaron contoneándose, ofreciéndole los traseros para que les pasara la propina por la cinta de la tanga, pero ella no entendió el gesto.

—Les dejo acá la propina —dijo, apoyando los billetes sobre la mesita junto al vaso de agua—. Tómenla cuando quieran.

Las dos se miraron y sonrieron con ternura. La inexperiencia de Mariela era evidente. También era evidente cuánto las deseaba: los ojos le brillaban con cada movimiento, los labios se le humedecían como si tuviera sed pero no de agua.

Volvieron al centro de la sala. Se tomaron de las manos y bailaron como pareja, acercándose y separándose, rozándose pecho contra pecho. En un giro, Luciana atrapó a Yamila de espaldas contra ella y le pasó las manos por el abdomen, subiéndolas hasta los pechos morenos. Empezó a masajeárselos con suavidad.

Mariela respiraba a bocanadas. La cara le ardía. Vio que Luciana le susurraba algo al oído a Yamila. Yamila sonrió y asintió.

Las dos detuvieron el baile y se acercaron al sillón. Sin pedirle permiso, se sentaron una a cada lado de ella. Yamila a la derecha, Luciana a la izquierda. Mariela encogió los hombros, intimidada por la cercanía repentina.

—¿La estás pasando bien, muñeca? —le preguntó Luciana al oído.

—Sí… muy bien.

La pelirroja deslizó la mano por debajo de la blusa blanca de Mariela y le acarició la panza. La piel le tembló bajo los dedos.

—¿No te gustaría pasarla mejor?

—Pero… las reglas dicen que no pueden tocar a los clientes.

—Las reglas dicen que no tocamos a los clientes —remarcó Luciana, fingiendo aflicción.

—Pero no dicen nada de las clientas —agregó Yamila con malicia.

Cada una tomó un borde de la blusa y empezaron a subirla. El abdomen quedó al descubierto, después la correa de la cartera, después el bikini blanco que llevaba debajo. Mariela alzó los brazos casi por reflejo. La blusa le pasó por la cara y cayó al suelo.

Las dos le besaron el pecho subiendo a lametazos hasta el cuello. Yamila le hundió un beso largo del lado derecho; Luciana se demoró del izquierdo y le murmuró:

—Hueles rico.

Mariela cerró los ojos. Su cuerpo se había convertido en trapo. Las manos de las chicas le recorrían el abdomen, los brazos, los hombros. Pasaron a las caderas y empezaron a tirar del pantalón color crudo. Le descubrieron los muslos, después la parte inferior del bikini —también blanca, atada con nuditos a los costados— y el pantalón le resbaló hasta los tobillos. Lo patearon junto con las sandalias.

Cada una metió una pierna entre las suyas y, enganchadas en los muslos, las separaron. Mariela quedó abierta, casi desnuda, con el bikini blanco como único refugio.

Yamila desató la tira del cuello del bikini, Luciana la de la espalda. La parte de arriba cayó hacia adelante. Las dos pares de manos se posaron sobre sus pechos con caricias lentas.

—Aaaahhh —se le escapó a Mariela.

Más besos en el cuello. Más caricias en el vientre. Mariela tenía los ojos entreabiertos, la respiración rota.

Luciana giró hacia la mesita, tomó un cubo de hielo del vaso de agua y lo apoyó en el cuello de Mariela. Mariela se estremeció, pero la chica fue paseando el hielo despacio: entre los pechos, sobre el vientre, hasta el borde del bikini. Dibujó un camino frío por todo el torso.

Después tiró del bikini hacia adelante y dejó caer el hielo adentro.

El cubito se acomodó entre los labios íntimos. Mariela aspiró fuerte: el frío le quemaba, le dolía, y al mismo tiempo le endurecía el clítoris y los pezones de un solo golpe.

—Aaaaaaahhh —gritó sin pudor.

Las manos siguieron, los besos siguieron. En algún momento las chicas tiraron de los nuditos de la tanga y se la sacaron. La parte inferior del bikini cayó con el resto de la ropa al pie del sillón.

Le separaron un poco más las piernas. La humedad había manchado el sillón —mezcla del hielo derretido y de ella misma—. Las chicas bajaron las cabezas hacia los pechos y, mientras se los lamían, deslizaron las manos hasta el pubis y le metieron los dedos entre los labios íntimos. Empezaron a masajearle el clítoris en círculos suaves.

—Aaaaiiiih —se le escapó a Mariela, un sonido casi de llanto. Arqueó la espalda contra el sillón.

Las lenguas pasaron de los lametazos a chupar con fuerza. Los dedos pasaron de los círculos suaves a frotamientos rápidos y precisos. La velocidad fue subiendo.

—Aah, Aah, Aah —gemía Mariela sin pausa. Los gemidos se hicieron más largos, más agudos.

Las succiones en los pezones eran ya casi mordidas. Los dedos golpeaban directamente sobre el clítoris.

—Aaaaaggg —rugió Mariela. El cuerpo se le contorsionó violentamente contra el sillón. Las chicas la contuvieron a los lados—. Ya, ya, yaaa —suplicó.

El pecho se le subía y se le bajaba como un fuelle. Las piernas le temblaban con escalofríos. Dos lágrimas le bajaron por las sienes. Los gemidos se transformaron en suspiros que a veces se le quebraban en la garganta.

Luciana retiró la pierna de entre las de Mariela y la inclinó hacia ella hasta acomodarle la cabeza sobre los propios muslos. Yamila se levantó y le acomodó las piernas a Mariela sobre el sillón, dejándola acostada.

Las dos empezaron a vestirse en silencio. Luciana le acariciaba la cabeza con dulzura mientras seguía sentada. Las piernas de Mariela todavía temblaban.

—Tenemos que irnos, muñeca —le dijo Luciana después de varios minutos.

Mariela se incorporó despacio y se sentó. Las observó vestirse. Yamila tomó el dinero de la mesita, abrió la puerta y empezó a salir sin más. Luciana fue detrás, pero en la puerta se dio vuelta. Sonrió al ver a Mariela ahí, desnuda y rendida en el sillón, se llevó la palma abierta a los labios y le tiró un beso. Después cerró la puerta.

***

Mariela exhaló todo el aire que tenía. Se levantó, ató de nuevo los nuditos del bikini, se puso la blusa, el pantalón, las sandalias con la florecita amarilla. Tomó la cartera del sillón y se la cruzó sobre el torso. Antes de salir aprovechó el vaso de agua y se lo bebió hasta el fondo.

Salió al pasillo. No encontró a nadie. Bajó la escalera de caracol y, al apartar la cortina, apareció la mujer que la había guiado al principio.

—¿Te gustó el baile privado?

—Sí, muy lindo —respondió Mariela, sin saber cuánto sabía aquella mujer.

—Me alegra. ¿Quieres otro privado, sola con alguna de ellas?

—No, no. Por hoy basta.

—Te acompaño a la salida, entonces.

La mujer le tomó la mano como al principio y la guio a través del salón principal, ahora lleno, con la música más fuerte y los gritos más espesos. En la puerta le soltó la mano y se despidió.

Mariela salió al malecón y caminó hacia el hotel bajo un cielo estrellado. Andaba entre nubes, balanceándose un poco. En algún punto del trayecto se acordó del beso que le había tirado Luciana, cerró los ojos y se llevó la palma a los labios, como recibiéndolo.

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Comentarios (2)

Claudia_Mdq

Dios mio... que inicio. Me quede sin aliento. Mas por favor!!

vikingo_55

Buenisimo el relato, se nota que esta bien escrito. Ojala haya continuacion

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