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Relatos Ardientes

Aquella noche, las mujeres del pueblo nos quedamos solas

Llevaba seis años sin pisar Robledillo. Volví por la Noche de las Hilanderas, no por nostalgia ni por mi madre —que descansa desde 2021 en el cementerio del cerro—, sino porque mi prima Adela insistió por teléfono hasta arrancarme la promesa de coger el coche un viernes de febrero.

—Te vendrá bien, Marta. Una noche entre mujeres. Aquí abajo todo sigue igual.

Y todo seguía igual, en efecto. El pueblo se acurrucaba entre dos cerros pelados, con sus casas de piedra oscura y los tejados de pizarra brillando por la helada, y la plaza con la fuente de hierro donde de niña me empapaba los zapatos hasta los tobillos. Lo que había cambiado era yo. O eso creía, hasta que la vi.

Lucía estaba junto a la puerta de la Casa del Concejo, con un mantón rojo y el pelo recogido como siempre lo llevaba en el instituto. Habíamos compartido pupitre desde los nueve hasta los dieciocho. Después yo me fui a estudiar a Salamanca, ella se quedó, y de eso hacía casi una década.

—Marta. —Su voz fue más alta de lo que ella misma pretendía—. No me dijeron que venías.

—Quería sorprender a Adela.

Nos abrazamos con torpeza, como si los huesos hubieran olvidado el sitio. Olía a leña y a algo más dulce que no supe identificar.

—¿Y tu marido? —pregunté.

Algo se cerró en su cara.

—Ramón está en casa con los niños. Hoy nos toca a nosotras.

La Noche de las Hilanderas funciona así desde antes de que existieran archivos. Una vez al año, en pleno invierno, los hombres del pueblo se retiran a sus casas con la cena lista y la chimenea encendida, y las mujeres ocupan la plaza hasta que les venga en gana volver. No hay misa, no hay cura, no hay reglas escritas. Solo vino caliente, castañas, copla y una hoguera que arde hasta el amanecer.

Mi madre me llevó por primera vez cuando yo tenía dieciséis años. Recuerdo que aquella noche vi a la mujer del veterinario besar a la del médico en la oscuridad de un soportal, y al día siguiente mi madre me explicó, con la calma de quien explica el ciclo de la luna, que en esta noche cada una buscaba lo que el resto del año le faltaba. No le di importancia entonces. Me la dio el cuerpo, doce años más tarde.

***

A las diez ya éramos más de cuarenta mujeres en la plaza. La hoguera ardía alta y las botellas pasaban de mano en mano sin pedirse permiso. Adela me arrastró de un corro a otro, presentándome a la generación nueva, las que tenían veintipocos y ya criaban hijos.

Lucía aparecía y desaparecía en la periferia de mi mirada. Cada vez que la encontraba sonriendo, su sonrisa duraba un segundo de menos. Tenía dos hijos pequeños, según me contó Adela al oído, y un marido al que el pueblo apreciaba por su discreción y por nada más.

—Está triste —dije.

—Lleva años triste —contestó Adela—. Pero esta noche tira para alegre, ya verás.

Asunción, la matriarca, dio el primer trago oficial pasadas las once. Tiene setenta y ocho años, viste de negro desde que enviudó y manda en este pueblo más que el alcalde. Se subió a un poyete y levantó la copa.

—Por las que están —dijo— y por las que ya no. Por las que se casaron a gusto y por las que no tanto. Por todas, hijas mías.

Bebimos. Una mujer cuya cara no reconocí empezó a cantar una copla antigua, de esas que mi abuela tarareaba sin acabar nunca, y a su voz se le fueron uniendo otras. Lucía cantaba sin mirar a nadie, con los ojos clavados en las brasas, y yo la observaba sin entender por qué me costaba dejar de hacerlo.

—Tienes algo —dije cuando me acerqué a ella con un vaso recién llenado.

—¿El qué?

—Que cantas como si te doliera.

Tardó en contestar. Aceptó el vaso y bebió un trago largo. Cuando lo bajó, le temblaba el pulso.

—No me preguntes esta noche, Marta. Si me preguntas, te lo cuento todo, y mañana me arrepiento.

—Entonces no pregunto.

Sonrió por fin de verdad. Le quedaba bien sonreír así.

***

Pasada la medianoche, la fiesta cambió de tono. Pilar, la del estanco, empezó a hablar más alto de la cuenta. Llevaba veintitrés años con su marido y, según ella, llevaba diecinueve aburriéndose en la cama. Mercedes, viuda joven, se rio y dijo que ella al menos no tenía a quien decepcionar. Otra mujer, que no conocía, dijo en voz baja que con su marido nunca había sabido lo que era acabar.

—¿Acabar de qué? —preguntó Inés, una chica de veinte que se incorporaba por primera vez a la hoguera.

La carcajada que respondió esa pregunta duró un minuto entero. Asunción, desde su esquina, la miró con ternura.

—Hija mía, si tienes que preguntar es porque todavía no te ha pasado. Y si todavía no te ha pasado, busca quien te lo enseñe, pero no esperes a que sea un hombre.

Lucía, a mi lado, se rio bajito. Sentí su brazo rozar el mío, y luego no rozarlo. Y luego rozarlo otra vez, esta vez a propósito.

—Voy a buscar más vino —dijo.

—Voy contigo.

La Casa del Concejo estaba abierta de par en par. El vino comunal se almacenaba en una pequeña bodega al fondo del pasillo, una habitación de piedra fría donde los garrafones reposaban en estanterías de madera. Bajamos los dos escalones y el ruido de la plaza se redujo a un rumor lejano. La puerta no se cerró del todo: quedó entornada, dejando entrar una franja amarilla de luz de la hoguera.

Lucía cogió una garrafa y la dejó en el banco. No se movió para volver.

—Marta.

—Dime.

—¿Tú por qué te fuiste del pueblo?

—Porque me ahogaba.

—Ya.

Se apoyó contra la estantería. La luz amarilla le caía sobre la mitad de la cara y dejaba la otra mitad en sombra. Tenía una vena marcada en el cuello y yo me sorprendí mirándola.

—¿Sabes lo que es —preguntó— querer estar en otro sitio durante diez años y no poder?

—Lo sé al revés. Me fui y todavía no sé si valió la pena.

—Yo me quedé y sé que no.

El silencio que vino después no fue incómodo. Fue de los que avisan. Di un paso hacia ella sin decidirlo, y ella no dio un paso atrás.

—Lucía.

—Marta.

—No vamos a hacer esto.

—No.

Y lo hicimos.

***

El primer beso fue tan lento que parecía un experimento. Le toqué la mejilla con la punta de los dedos, sin apretar, y ella inclinó la cara para encajarla en mi mano antes de que yo la moviera. Sus labios estaban fríos por fuera y calientes por dentro, y sabían al vino dulce de la noche.

—Llevo años pensando en esto —dijo cuando paramos para respirar—. Desde que volviste el verano del entierro de tu madre.

—Yo no me había permitido pensarlo.

—Pues piénsalo ahora.

Volví a besarla, esta vez sin la lentitud del primer intento. Le sujeté la nuca con la mano izquierda y dejé que la derecha bajara por el mantón hasta encontrar la curva de la cintura. Bajo la lana, su cuerpo respondía con cada respiración, hundiéndose contra el mío en una pregunta sin palabras.

No vuelvas atrás. Esta noche no.

Lucía me empujó con suavidad hacia la pared del fondo, donde la sombra era más espesa. Me quitó el chaquetón sin dejar de besarme, y yo la dejé hacer. Cuando sus manos llegaron a mi cintura, debajo de la camisa, di un respingo no por frío sino por costumbre, por la sorpresa de un contacto que mi piel había olvidado.

—¿Frío? —susurró.

—No. Otra cosa.

—Lo sé.

Le aparté el mantón. Debajo llevaba un jersey de cuello alto, y debajo del jersey un cuerpo que yo recordaba sin haberlo visto nunca desnudo: la estructura, los hombros estrechos, el modo en que respiraba cuando se concentraba. Le subí el jersey hasta dejar al aire un pecho con sostén de algodón blanco, sencillo, doméstico, y sin embargo lo más erótico que había visto en mucho tiempo.

—No se me ocurrió ponerme nada bonito —se rio bajito.

—No hace falta.

Le bajé el tirante con dos dedos. Apoyé los labios en el hueco que dejaba la clavícula, y desde allí fui descendiendo, midiendo cada centímetro por el ruido que hacía su respiración. Cuando le rocé el pezón con la lengua, el sonido que salió de su garganta fue tan contenido y tan exacto que entendí lo que Asunción había dicho hacía una hora.

Esto. Esto era lo que faltaba.

Mis manos siguieron solas. Le subí la falda hasta la cadera y encontré el muslo, la piel templada por el roce de la lana, y más arriba la goma de las medias. Lucía me miró y asintió una vez, sin decir nada, y eso fue todo el permiso que necesitaba. Deslicé la mano por dentro y la encontré ya dispuesta, latiendo contra mis dedos como si llevara años esperando que alguien le preguntara si seguía viva.

—Despacio —susurró.

—Despacio.

La fui aprendiendo de memoria. Los dos dedos primero, sin entrar, recorriendo el borde, y ella, apoyada contra la pared de piedra, se sostenía con una mano en mi hombro y otra en la estantería. Su cara cambió de mueca varias veces hasta encontrar una expresión que yo no le conocía, una mezcla de risa y de pena y de algo más profundo que no tenía nombre. Cuando por fin la penetré, lo hizo ella en parte, abriendo las piernas para acoger lo que mi mano ofrecía, y su gemido fue tan corto y tan limpio que tuve que apretar los dientes para no contestarle con el mío.

—Marta —dijo—, joder, Marta.

—Aquí estoy.

—Por favor, no pares.

No paré. La sostuve contra la pared con el otro brazo, con la frente apoyada en su cuello, y la moví con un ritmo que ella misma me marcaba con la cadera. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y de cuando en cuando soltaba una palabra sin terminar, mitad nombre, mitad insulto cariñoso. Cuando se corrió, lo hizo en silencio, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que pensé que se haría sangre, y todo el cuerpo se le contrajo de golpe en mis brazos como si por primera vez en años hubiera recordado que existía.

Después nos quedamos un rato sin movernos, ella con la cara hundida en mi hombro, yo respirándole el pelo. Por la puerta entornada llegaba la copla de fuera, las risas, el chisporroteo de la hoguera. Nadie nos buscaba todavía.

—Marta.

—Dime.

—Quiero hacértelo a ti.

—Pues hazlo.

Y me lo hizo, despacio, con la misma atención con que mi abuela enhebraba una aguja. No tenía prisa, ni tenía miedo, ni tenía culpa. Tenía años de imaginarlo y manos que sabían lo que querían, y a mí me bastó con cerrar los ojos y dejar que esa noche, por una vez, ocupara todo el espacio que llevaba reservándole. Cuando me corrí, lo hice también contra su hombro, mordiendo la lana del jersey para no gritar, y ella se rio bajito en mi oído como quien se ríe de una broma vieja que por fin alguien entiende.

***

Volvimos a la plaza pasadas las tres. La hoguera había bajado pero no se había apagado. Adela me miró por encima del vaso y no preguntó nada; solo levantó una ceja, sonrió y siguió hablando con Mercedes.

Asunción me hizo una seña para que me acercara. Cuando lo hice, me cogió la mano con la suya, fría y huesuda, y me la apretó con una fuerza inesperada.

—¿Aprendiste algo, niña?

—Creo que sí.

—Más vale tarde. —Me soltó la mano—. Y a Lucía dile que aquí la queremos. Que no se ahogue ella también.

No supe qué contestarle. Asentí.

Lucía y yo no nos despedimos en público. Nos miramos por encima del fuego, una sola vez, y con esa mirada ya nos dijimos todo. Antes del amanecer, me dejó un papel doblado en el bolsillo del abrigo, sin que nadie lo viera, con un número y una sola palabra escrita debajo: cuando puedas.

Cogí el coche de vuelta a Madrid a las siete de la mañana. Por el retrovisor, el pueblo se hacía pequeño entre los dos cerros. Sentí, por primera vez en seis años, que no me ahogaba al alejarme. Sentí incluso que en algún sitio, dentro del bolsillo, me quedaba algo del pueblo enrollado en un papel.

La llamé el martes. Lo cogió al segundo tono, y supe, sin que ninguna lo dijera, que la Noche de las Hilanderas se había alargado más allá de febrero, y que no íbamos a esperar al año siguiente para volver a encontrarnos.

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Comentarios (2)

Camilita_92

Dios mio que bueno estuvo, me dejo sin palabras. Mas relatos asi por favor!!!

NochesR

Que ambientazo. Desde el primer parrafo ya estaba enganchada, se siente todo muy real.

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