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Relatos Ardientes

Lo que veo desde mi ventana todos los jueves

Vivo en un séptimo piso de un edificio viejo del centro. La ventana de mi living da a un patio interno, y al otro lado de ese patio, a tres metros escasos, está la ventana del dormitorio de mi vecina Mariela.

Mariela tiene la piel muy blanca, esa clase de blanco que se pone rosado con el calor. El pelo le cae hasta los hombros y es de un rojo intenso, casi anaranjado bajo la luz cálida que usa en su cuarto. No es flaca: tiene caderas anchas, pechos generosos y unas piernas firmes que se notan cuando camina descalza por su departamento. Una vez la crucé en el ascensor con un maletín y un tailleur gris, así que supongo que trabaja en algo serio. Abogada, contadora, no sé.

Lo único que sé con certeza es que los jueves a las once de la noche, Mariela recibe a Camila.

Camila es lo opuesto a ella. Morena, alta, atlética, con el pelo oscuro recogido en una cola alta. Las primeras veces que la vi pensé que era una amiga del trabajo, una compañera de gimnasio, cualquier cosa menos lo que termina siendo. Aprendí rápido a no juzgar lo que veo. Aprendí también a no perderme un solo jueves.

Empecé hace seis meses, por casualidad. Estaba sirviéndome una copa de vino en el living, con la luz apagada porque me dolía la cabeza, cuando vi a Mariela cruzar su dormitorio en ropa interior. No fue nada sucio, ni siquiera me detuve a mirar. Pero cinco minutos después apareció Camila, y vi cómo Mariela la abrazaba contra la puerta, le agarraba la cara con las dos manos y le hundía la lengua en la boca como si fuera lo único que había estado esperando toda la semana.

Esa noche me masturbé tres veces.

***

Hoy es jueves. Son las diez y media. Acabo de cerrar la cortina hasta la mitad, lo justo para que la luz del patio no me delate y para que mi ventana parezca igual a la de cualquier otra noche. Me saco la ropa despacio, como si yo también estuviera por recibir a alguien. Me quedo en bombacha. Me sirvo un vaso de whisky con hielo y me acomodo en el sillón, con las piernas dobladas debajo del cuerpo y el control del aire en la mano para que no haga ruido.

Espero.

Mariela ya está lista. La veo recorrer el dormitorio, prender la lámpara del velador, alisar las sábanas. Hoy lleva un kimono corto de seda negra, con flores rojas bordadas en la espalda. Por debajo se le adivina un conjunto de encaje rojo, del mismo tono que su pelo. Lo eligió a propósito. Todo lo elige a propósito.

A las once en punto siento el ascensor. La puerta del departamento de Mariela se abre y se cierra, y yo estiro un poco el cuello para no perderme la entrada de Camila al dormitorio.

Camila viene de jean ajustado y campera de cuero. Trae una botella en la mano. Se ríen. Yo no oigo lo que dicen, pero veo la risa de Mariela —la cabeza echada hacia atrás, el cuello largo, la mano apoyada en el pecho de la otra— y se me eriza la piel. Es ese tipo de risa que una mujer guarda para alguien específico.

Camila apoya la botella en la cómoda, se saca la campera y la tira sobre la silla. Tiene una remera blanca que le marca todo. No usa corpiño.

Se sirven. Brindan. Se sientan en el borde de la cama y conversan. Esta parte siempre dura un poco. Es como un calentamiento, una negociación silenciosa. Mariela se ríe, le pasa un dedo por la rodilla, le aparta un mechón de pelo. Camila se inclina y le muerde el lóbulo de la oreja.

Ya estoy mojada. Y todavía no empezaron.

***

Mariela se pone de pie y, de espaldas a la ventana, deja caer el kimono. Las flores rojas resbalan al piso. Tiene la espalda llena de pecas. Camila se levanta también, le pone las manos en la cintura y le besa la nuca. La gira despacio.

Yo me bajo la bombacha hasta los tobillos y la pateo lejos del sillón.

Camila empieza por los pechos. Le desprende el corpiño rojo con una sola mano —siempre con una sola mano, qué facilidad— y se agacha para chuparle un pezón. Mariela arquea la espalda. Le tira la cabeza hacia atrás y mira el techo como si pidiera permiso. Camila no levanta la vista. Le pasa la lengua del pezón al ombligo, del ombligo al elástico del culero de encaje. Lo agarra con los dientes y lo baja, milímetro a milímetro, hasta dejarlo a la altura de los muslos.

Yo me llevo la mano libre entre las piernas. La otra sigue sosteniendo el vaso, ya casi vacío.

***

Mariela apoya las dos manos en la pared. Camila se arrodilla detrás de ella. Le separa las piernas con los dedos, le besa la cara interna del muslo derecho, después el izquierdo. Sube. Toma aire. Le hunde la lengua entre las nalgas, primero ahí, sin pudor, y después la pasa hacia adelante, hacia la entrepierna. Lo veo todo. La luz del velador le ilumina la espalda a Mariela, y yo desde mi sillón puedo ver cómo le tiemblan los muslos.

Mariela gime. No lo oigo, pero lo veo: la boca abierta, los ojos cerrados, la frente contra el empapelado azul de la pared. Una de sus manos baja a la cabeza de Camila y le agarra el pelo, le aprieta, le exige más.

Yo me dejo dos dedos adentro y empiezo a moverlos despacio, al ritmo que me imagino que tiene la lengua de Camila contra el clítoris de Mariela.

***

Cambian de posición. Esto siempre pasa después del primer orgasmo de Mariela. Se tiran las dos en la cama, una al lado de la otra, y se ríen. Camila le seca la boca con el revés de la mano. Mariela le levanta la remera blanca y se la saca por la cabeza. Tiene los pechos chicos, firmes, los pezones oscuros y duros. Se le ven los músculos del abdomen cuando se estira.

Después se acomodan en sesenta y nueve, las dos de costado. Mariela queda contra la pared, Camila contra el borde de la cama, las dos con una pierna levantada para que la otra pueda llegar mejor. Veo perfecto la cara de Camila contra el pubis de Mariela, y la cara de Mariela perdida entre los muslos morenos de Camila. Veo cómo se mueven las mandíbulas, cómo se hincan las puntas de los dedos en las caderas, cómo las dos respiran rápido al mismo tiempo.

Tengo el vibrador en la mesa baja, al alcance de la mano. Lo agarro. Lo prendo en el modo más suave. Me lo apoyo apenas, sin meterlo todavía. Quiero llegar con ellas.

***

Camila se levanta. Va hasta el bolso que dejó al pie de la cama, lo abre y saca un consolador doble. De los largos, de los que tienen dos cabezas. Mariela aplaude desde la cama, en silencio, con una risa que parece la de una nena traviesa.

A esta altura yo ya me los conozco. Las he visto traer esposas, una venda para los ojos, una vez una crema que parecía calentar la piel —Mariela aullaba sin sonido cuando se la pasaba por la espalda—. Pero el consolador doble es el favorito. El que vuelve siempre.

Camila se sube a la cama de rodillas. Mariela abre las piernas, despacio, mirándola fijo. Camila lubrica una punta con su propia boca, le pasa la lengua a la otra. Apoya la primera mitad en la entrada de Mariela y empuja. No de golpe. Empuja con el tiempo que tiene una mujer que ya sabe cómo le gusta a la otra.

Mariela cierra los ojos. Le agarra los pechos a Camila con las dos manos.

***

Cuando ya tiene la mitad adentro, Camila se mueve. Apoya la otra punta entre sus piernas y empieza a hundirla en ella misma, con las caderas. Se cogen así, las dos enchufadas al mismo juguete. Una mira a la otra a los ojos, sin dejar de moverse. Es la imagen más erótica que he visto en mi vida.

Yo me meto el vibrador adentro y subo la potencia.

Las veo embestir. Veo a Mariela arquearse hacia arriba. Veo a Camila sostenerle las piernas, levantárselas, apoyárselas en los hombros. Las caderas chocan. Las pieles se confunden, la blanca con la oscura, las pecas con los músculos. Mariela se tapa la boca con una mano para no gritar. Camila no se molesta en taparse nada.

Yo gimo en voz alta porque sé que nadie me escucha. Mi departamento es un búnker. Por eso elegí este.

***

Acaban casi al mismo tiempo. Lo sé porque Mariela se sienta de golpe, abraza a Camila por la cintura y la atrae hacia ella, y se quedan así, abrazadas, los cuerpos pegados, las frentes juntas, sin moverse. Camila la besa en la sien. Mariela le besa el cuello. Pasan dos minutos enteros sin moverse.

Yo termino unos segundos después que ellas, con el vibrador apagado contra mi muslo. Me quedo en el sillón, sin fuerzas para levantarme, mirando cómo Camila se acuesta de costado y Mariela le pasa un brazo por la cintura. Camila apoya la cabeza en la almohada. Mariela apoya la suya en el hombro de Camila.

Se quedan dormidas así. Desnudas, sudadas, con el aire del ventilador moviéndoles el pelo.

***

Apago el aire. Levanto la bombacha del piso. Llevo el vaso a la cocina y lo lavo. Cierro el cortinado del todo y me voy a la cama.

En la oscuridad, antes de dormirme, pienso lo mismo que cada jueves a esta hora: si alguna vez Mariela se diera vuelta, si alguna vez mirara por sobre el hombro de Camila hacia mi ventana, me vería. Sabría desde el primer segundo. Y no creo que se enojara. Creo que le gustaría.

Faltan siete noches para el próximo jueves.

Las voy a contar una por una.

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Comentarios (3)

LaLectora22

Me atrapó desde la primera línea. Que buena narrativa!

SolaEnCasa77

Uf, me quedé con ganas de mas. El jueves que describe... se siente que hay algo que todavía no terminó. Espero que haya segunda parte!!

Vale_nocturna

increible como transmite esa tension de espera. Lo leí dos veces y sigue gustando igual.

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