La noche que mi mejor amiga me besó en Cartagena
Me llamo Renata, soy pelirroja de pelo rizado y apenas paso del metro y medio. Estoy casada hace catorce años y tengo una hija que es mi calco en miniatura: la misma piel lechosa, las mismas pecas en los hombros, el mismo carácter difícil. Trabajo en marketing para clientes que pagan bien, así que paso la mitad del mes viajando y la otra mitad fingiendo que no extraño los hoteles.
Esto que voy a contar empezó en un viaje a Cartagena con Lorena, mi amiga de toda la vida. Nos conocimos en cuarto año del colegio y desde entonces no hubo cumpleaños, divorcio ni embarazo que no compartiéramos. Ella es lo opuesto a mí en lo físico: alta, morena, con caderas anchas y un pecho que la persigue desde los quince años. Nos casamos casi a la par con hombres que se conocen entre sí, montamos una agencia juntas y desde hace una década no se mueve una cuenta sin que pasemos las dos por la sala de juntas.
El viaje era por una reunión con un cliente nuevo. La agenda decía coctel a las nueve, pero la junta se alargó y bajamos al lobby tarde, todavía con la ropa de oficina. Subimos corriendo a cambiarnos. Yo me puse una falda verde menta corta y un top a tono que dejaba la espalda al aire. Lorena salió del baño con un vestido negro escotado en V que parecía diseñado para que nadie le mirara la cara.
—Vas a hacer que el cliente se atragante con la copa —le dije al verla.
—Esa es la idea —contestó, peinándose con los dedos frente al espejo.
El coctel estaba lleno. Más gente de la que esperábamos, música alta, camareros con bandejas que aparecían cada dos minutos. Lorena bebe vodka como si fuera agua. Yo no. A la tercera copa ya sentía las luces más cálidas de lo normal y la lengua un poco lenta.
—¿Ya te pegó, Renata? —se rio—. Eres un desastre.
—No empieces. Vamos a bailar.
—Cobarde. Cambias de tema en vez de admitir que estás mareada.
Me jaló de la mano hasta la pista. La música era de esas que te obligan a moverte aunque no sepas. Empezamos sueltas, riéndonos, chocándonos a propósito con la gente. A los pocos minutos estábamos pegadas. El calor del salón, las copas y el roce de la tela hicieron lo suyo. Lorena me agarró por la cintura y bajó las manos hasta apoyarlas justo debajo de mis caderas. Yo no me aparté. La miré y seguí moviéndome.
—¿No te molesta? —me preguntó al oído.
—Mañana decido si me molesta.
Bailamos una canción más, tal vez dos. Los tacones me estaban matando y la cabeza me daba vueltas. Le hice una seña para sentarnos. Encontramos un sillón en una esquina, lejos del parlante. Ella se desplomó a mi lado y se quedó mirándome un momento más de la cuenta. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Hay algo que llevo años queriendo decirte, Renata.
—Si vas a decirme que mi presentación de mañana es mala, te juro que…
—No. Es otra cosa.
Se acercó más. Su muslo desnudo se pegó al mío. Apoyó la boca cerca de mi oreja y bajó la voz hasta que apenas la escuché por encima del bajo.
—Me pones, Renata. Hace mucho.
***
Si hubiera estado sobria, capaz me habría parado y me habría ido a la habitación a fingir indignación. Pero el vodka me tenía blanda, y la verdad es que la frase no me sorprendió tanto como debería. Algo en la forma en que me miraba en el gimnasio, o cómo se demoraba al darme dos besos al saludarnos, ya me había puesto en alerta hacía meses.
No contesté. Ella tomó el silencio como permiso y me besó el cuello, justo debajo de la oreja. La piel se me erizó entera.
—Lore, no —susurré sin mucha convicción.
—No te estoy preguntando si quieres. Te estoy avisando lo que va a pasar.
Me besó la mandíbula, después la comisura de los labios, y se quedó ahí esperando. Yo giré la cara y la besé en serio. Boca abierta, lengua, mano en su nuca. Un beso largo, lento, que se sintió como caer.
—Subamos —dijo cuando nos separamos—. Pido una botella a la habitación. No quiero que nadie te vea así.
Asentí. Siempre era ella la que cuidaba la imagen de la agencia, la que me sacaba de los lugares antes de que dijera tonterías. Esta noche también me sacaba, pero por otras razones.
En el ascensor me apoyé contra ella para no caerme. Me pasó el brazo por la cintura y me sostuvo. No habló. Yo tampoco. El espejo del fondo nos devolvía una imagen rara: dos amigas casadas, despeinadas, agarradas como si estuvieran a punto de bailar otra canción que no era para una pista.
—Te miro hace años —dijo al final, sin girarse—. Cuando te cambias en los probadores, cuando sales del baño envuelta en la toalla. Pensé que era yo la única loca.
—No eras la única —contesté, sorprendida de mi propia voz.
Bajamos del ascensor. Caminé hasta la habitación tratando de no tambalearme. Apenas cerró la puerta detrás de nosotras, Lorena me empujó suave contra la pared y volvió a besarme. Esta vez sin pausa. Una mano en mi espalda, la otra subiendo el borde de la falda hasta dejarme la mitad del muslo al aire.
—Llevas toda la noche con esto puesto —dijo entre besos—. Como si quisieras matarme.
—Quizá quería.
***
Me bajó el top sin desabrocharme nada. Yo le bajé los tirantes del vestido y se lo quité por encima de la cabeza. Cuando quedó en ropa interior negra entendí por qué los hombres tropezaban con sus pies al verla pasar. Le solté el broche del corpiño y me agaché a meterme uno de los pezones en la boca. Tembló entera. Soltó un sonido a medio camino entre la risa y un gemido y me agarró el pelo con las dos manos.
La empujé hacia la cama. Cayó sentada en el borde y me arrastró con ella. Acabé a horcajadas sobre sus muslos, sin top, con la falda subida hasta la cintura. Me miró desde abajo con una sonrisa que no le había visto nunca.
—Date vuelta —ordenó.
Lo hice. Me acomodó boca arriba sobre el colchón, me terminó de sacar la falda y la tanga de un solo tirón, y bajó la boca despacio. Primero la barriga. Después la cadera, dejando una marca de saliva fría. Después el muslo interno. Cuando llegó por fin a donde yo estaba esperándola, ya tenía las piernas temblando.
Ninguna mujer me había hecho eso. Y ningún hombre lo había hecho así. Lorena sabía exactamente cómo moverse, dónde apretar, cuándo retirarse para que la cabeza me explotara de impaciencia. Me agarré a la sábana con una mano y le hundí la otra en el pelo. La forcé a quedarse ahí. Ella se rio sin levantar la cara.
—Te lo dije —murmuró—. Te lo dije.
El primer orgasmo me llegó rápido. Demasiado. Me arqueé entera, le grité algo que ni recuerdo y me quedé tendida con la respiración cortada. Ella subió, se acostó a mi lado y me besó. Tenía mi sabor en la boca. Lejos de molestarme, me dieron ganas de devolverle el favor.
—Ahora yo —dije.
—Sin apuro, nena. Toda la noche.
***
Le mordí el pezón izquierdo. Despacio primero, después más fuerte cuando vi cómo cerraba los ojos. Con la mano libre le abrí las piernas. Estaba empapada. Llevaba así desde la pista de baile, supongo. Le pasé el dedo por encima sin meterlo, despacio, mirándole la cara mientras se mordía el labio.
—No juegues —pidió.
—¿Tú no jugaste conmigo todo el coctel?
Le metí dos dedos a la vez. Soltó un quejido ronco y me clavó las uñas en el hombro. Empecé a moverme despacio, observándola. Cada vez que aceleraba ella levantaba la cadera buscándome. Le añadí el pulgar al clítoris y vi cómo se le ponían los muslos rígidos.
—Di mi nombre —le pedí al oído.
—Renata… Renata, por favor.
—Más fuerte.
—¡Renata!
Le metí un tercer dedo. Le devoré la boca para callarla un poco. La gente del piso ya tenía que estar escuchándola. No me importó. Sentí cómo se cerraba sobre mis dedos, cómo el cuerpo entero se le ponía duro y después blando de golpe. Se quedó así, con la frente contra mi cuello, jadeando, mientras yo le acariciaba el pelo como si fuera una niña.
—Lore —dije al rato.
—Mmm.
—Esto no se lo cuento a Andrés.
—Ni yo a Joaquín.
—Ni una sola palabra.
—Tranquila. Pero no me digas que esto fue por el vodka.
Levantó la cabeza y me miró. Tenía el pelo pegado a la frente y los ojos todavía nublados. Pensé en mentirle. Pensé en culpar al vodka y al calor y al cliente nuevo. No pude.
—No fue por el vodka.
—Entonces hay próxima vez.
—Hay próxima vez.
Nos quedamos así un rato, desnudas sobre las sábanas revueltas, ella con la mano apoyada en mi cadera y yo mirando el techo. Afuera todavía sonaba la música del coctel apagada por dos pisos de hormigón. Pensé en Andrés, en mi hija, en la junta del día siguiente. Pensé también en cuántos viajes nos quedaban por delante en el año. La cuenta me dio quince, contando los internacionales.
Apagué la luz de la mesa de noche. Lorena se acomodó detrás de mí, me pasó el brazo por la cintura y me besó la nuca.
—Duerme, pelirroja —dijo bajito.
Cerré los ojos. Sabía perfectamente que no iba a poder dormir, y que esa noche en Cartagena acababa de abrir una temporada que no íbamos a poder cerrar.