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Relatos Ardientes

Perdí el oro, pero gané su mirada en la pista

El murmullo de las gradas todavía no se apagaba. Aunque el asalto entre Valentina y Renata había terminado, la electricidad del momento seguía vibrando en el aire, como si nadie acabara de entender lo que acababa de presenciar.

La pista se despejó en silencio. Mientras en la zona contigua se alistaba el combate de florete masculino, los organizadores preparaban la ceremonia de premiación femenina.

Daniela estaba sentada a un costado del área técnica, con una toalla en la nuca y los ojos clavados en Valentina, que aún no terminaba de quitarse el peto. La había visto lanzar ataques que jamás usaba en público, movimientos tan pulidos y letales que le erizaban la piel. No necesitaba que nadie se lo explicara: Valentina había peleado con el alma esa tarde, y no lo hizo por la medalla. No esta vez.

A su lado, Renata bebía agua sin hablar, la respiración todavía agitada, pero con una sonrisa que no se le borraba. No había ganado, y sin embargo algo dentro de ella —una certeza pequeña y terca— sabía que esa derrota también era un paso hacia adelante. Más aún cuando Tomás, con una emoción mal disimulada, le confirmó que su madre había estado ahí todo el combate, mirándola.

El corazón se le detuvo un segundo.

Renata había crecido compitiendo sola, esperando que algún día su madre pudiera verla. Y justo hoy, cuando enfrentaba a la persona que más había admirado en su vida, ahí estaba ella. Viéndola.

Mientras esperaban la premiación, el coronel caminaba entre bastidores con el ceño fruncido, visiblemente molesto por el abrazo que las dos esgrimistas se habían dado al terminar. Se acercó a Valentina arrastrando las palabras con ese tono frío que todos conocían.

—No estamos aquí para dar espectáculos, mayor —espetó—. Le recuerdo que representa al ejército, no a una telenovela.

Valentina lo miró, todavía jadeante, la chaqueta abierta y los ojos brillantes por el sudor y la adrenalina. Pero esta vez su silencio no fue sumiso.

—Con todo respeto, coronel —dijo con voz firme y serena—, no di ningún espectáculo. Gané, como me lo ordenaron. Y lo hice con el corazón que me prohibieron usar durante años.

El coronel se quedó helado, sin saber qué contestar.

Daniela, que observaba la escena de lejos, sonrió apenas. Valentina al fin estaba regresando. Pero no como la soldado fría que todos intentaron moldear, sino como la mujer que había amado, perdido y aprendido a seguir amando incluso en medio del combate.

El coronel se giró sin agregar nada y salió a verificar el combate masculino.

***

Minutos después, las luces bajaron un poco, marcando el inicio de la ceremonia. Los nombres fueron anunciados uno a uno.

—Medalla de bronce, Paula Cordero.

La ovación fue fuerte. Paula, de la federación militar, subió al podio con paso sereno y saludó con una leve inclinación.

—Medalla de plata, Renata Salas.

Renata subió con el corazón latiéndole en la garganta, todavía sintiendo el eco de los últimos toques. Buscó a su madre en las gradas. La encontró. Sus ojos se cruzaron y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que su historia apenas empezaba a escribirse.

—Medalla de oro, Valentina Ríos.

Valentina subió sin altivez. Lo hizo con dignidad, con el peso de una vida de duelos sobre los hombros. La multitud aplaudía y los flashes estallaban como fuegos artificiales. Y mientras las medallas colgaban como promesas cumplidas, ambas supieron que el combate ya había quedado atrás, pero que lo despertado en la pista apenas comenzaba.

Sus miradas volvieron a encontrarse. Por un instante, el mundo se redujo a ellas dos, al calor de esa pequeña victoria entre derrotas personales.

—Gracias —susurró Valentina.

Renata asintió, sin palabras. A veces la esgrima no se mide solo en puntos, sino en las cicatrices que deja y las puertas que abre.

***

En los vestidores femeninos, Renata seguía con la chaqueta del uniforme desabrochada, sentada frente al casillero abierto, las manos temblándole apenas sobre las rodillas. No sabía si era por la adrenalina del combate o por la mezcla de emociones que la sacudían por dentro: la felicidad de haber llegado tan lejos, el dolor dulce de haber perdido, la intensidad de ese abrazo y esa mirada que todavía no lograba olvidar.

—¿Puedo pasar? —se oyó desde la entrada.

Renata levantó la cabeza y, al verla, se puso de pie de inmediato.

—¿Mamá?

Su madre estaba allí, con el bolso cruzado sobre el pecho, los ojos brillantes y la sonrisa apenas contenida. Nunca la había visto en un torneo. Nunca. Y por un instante Renata dudó si estaba soñando.

—Ay, mi amor… —fue todo lo que dijo antes de acercarse a abrazarla.

Renata, que había aguantado las lágrimas durante toda la premiación, sintió cómo la barrera se rompía con ese gesto tan simple. Se aferró a su madre y dejó que el llanto cayera libre, la respiración entrecortada entre sollozos.

—Estoy tan orgullosa de ti —susurró la mujer—. Tan, tan orgullosa, mi niña. Para mí, tú ganaste.

Renata negó con la cabeza mientras se limpiaba la cara con torpeza.

—Pero perdí… Estuve tan cerca, mamá.

—¿Y qué? Mira hasta dónde llegaste. Sin padrinos, sin patrocinadores, sin dejar de estudiar, sin dejar de ayudarme en casa. ¿Sabes lo que vale eso? Hay atletas que tienen el camino alfombrado. Tú lo tuviste empedrado, y aun así llegaste.

Renata la miró con los ojos todavía húmedos.

—Gracias por venir. No sabía que estarías aquí.

—Hace un mes que lo planeé. Pedí días en el trabajo, vendí unas cositas que no necesitaba y me las arreglé. ¿Crees que me iba a perder el día en que mi hija compitiera contra su gran amor?

Renata sintió que algo se contraía en su pecho. Su madre lo sabía.

—Mamá… —susurró, bajando la vista.

—No tienes que decirme nada. Soy tu madre, te conozco más de lo que crees. Y lo que vi hoy… esa forma en que se miraron, ese abrazo… eso no es solo admiración.

Renata se quedó en silencio, tragando saliva.

—Y está bien —agregó su madre con ternura—. Si es lo que sientes, no lo calles más. Yo solo quiero que seas feliz. Si ella significa eso para ti, búscala. Invítala a cenar. O, si te animas, llévala un fin de semana a casa. Veremos si le gustan las gallinas del patio.

Renata soltó una risa entre lágrimas, incrédula de escuchar aquello.

—¿En serio estás bien con esto?

—Estoy bien con todo lo que te haga sonreír. No ha sido fácil, ni para ti ni para mí. Pero si este es el inicio de algo bonito, entonces que comience, mi amor. Solo prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Que no te escondas de ti misma.

Renata asintió y la abrazó con más fuerza. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba sola en su deseo de buscar a Valentina. Tal vez era hora.

***

Mientras tanto, en los vestidores del equipo militar femenino, las risas y los abrazos retumbaban con fuerza. Paula levantaba su medalla de bronce como si fuera de oro, mientras las más jóvenes saltaban a su alrededor. Algunas grababan con sus teléfonos, otras hacían bromas sobre lo que pedirían de cena esa noche.

Valentina permanecía de pie, con la chaqueta cerrada hasta el cuello, el cabello recogido en su típica coleta, las manos entrelazadas frente a ella. Sonreía con discreción, como si todo le sucediera a otra persona. Pero en el fondo, algo dentro de ella temblaba.

Había ganado. Otra vez. Pero esta vez no fue solo una victoria deportiva.

—¿Y esa cara, capitana? —Daniela se le acercó con una toalla al cuello y la mirada viva—. ¿No te diste cuenta de cómo brillaste allá afuera?

Valentina esbozó una sonrisa leve.

—Ustedes también. Me alegra verte así de feliz, Dani.

Daniela bajó la voz, sin perder la chispa en los ojos.

—¿Y tú? ¿Cuándo te vas a permitir sonreír de verdad?

Valentina la miró de reojo, entendiendo hacia dónde iba la conversación, pero no dijo nada.

—Vamos, Val. Todavía es temprano. Podrías invitarla a comer, a caminar, lo que sea. Hoy hiciste historia, y ella también. Se merecen un respiro.

—Tengo trabajo, Dani. Sabes cómo están las cosas y no quiero atrasarme más —respondió Valentina sin pensarlo demasiado—. Hay un levantamiento en la carretera. Mataron a un coronel retirado y nos toca. Debo hacer la inspección preliminar.

Daniela frunció el ceño. Las cosas en el país no andaban nada bien con el asunto de las pandillas.

—¿Y crees que no puedo cubrirte un par de horas? Vamos, Val. Deja de correr.

Antes de que Valentina respondiera, la puerta del vestidor se abrió de un golpe seco y todas se giraron al ver entrar a un hombre imponente, de uniforme impecable, acompañado por dos oficiales.

—¿Aquí es la fiesta? —preguntó con voz firme pero cálida.

—¡General Acosta! —exclamaron varias atletas, poniéndose de pie.

Valentina se cuadró de inmediato, su cuerpo entrenado reaccionando al instante. El general se acercó con pasos firmes y, sin previo aviso, le puso una mano en el hombro.

—Mayor Ríos. Excelente desempeño, como siempre.

—Gracias, señor.

—Vi cada toque. Incluso los que nadie más entendió —añadió con media sonrisa—. Usaste ese desplazamiento lateral asombroso. El que te enseñó Mariana, ¿cierto?

Valentina asintió en silencio, bajando la mirada un segundo.

—Ella estaría orgullosa. Y tus padres también. —Hubo una pausa significativa—. Usted tampoco se queda atrás, teniente Cordero.

—Ha sido un honor —respondió Paula.

—Y usted menos todavía, teniente Vega. Esa estocada con la que se colgó el oro fue sencillamente perfecta.

—Solo puse en práctica lo que aprendí de usted, general —dijo Daniela con un tono cargado de orgullo.

—Y en honor a esta jornada, el Alto Mando ha decidido otorgar tres días de licencia a quienes compitieron hoy. Tienen libre desde este momento hasta el lunes a primera hora.

Un murmullo de emoción se esparció como pólvora. Daniela sonrió con malicia. Valentina levantó la vista, tratando de mantener la compostura.

—Señor, agradezco mucho la licencia, pero tengo una diligencia pendiente. Si me permite, prefiero…

—No —la voz del general no fue dura, pero sí definitiva—. La vida no es solo deberes, Ríos. Tú más que nadie mereces descansar. Y no acepto réplicas: si me entero de que pisas el cuartel, tendré que suspenderte por desacato. Y no bromeo.

Valentina apretó los labios, sabiendo que no tenía margen para discutir. El general la miró unos segundos más. Había algo paternal en su mirada, tal vez porque había servido junto a sus padres, o porque siempre la había visto como una extensión de ese legado que él ya no tenía: su propia familia también había sido víctima del conflicto que desangraba al país.

—Disfruta el fin de semana, Valentina. Haz algo que no tenga que ver con la muerte. Y si puedes, hazlo con alguien que te devuelva la vida —dijo finalmente, antes de girarse hacia el resto del equipo—. ¡Felicitaciones a todas! Y recuerden: no hay gloria sin sacrificio, pero tampoco hay victoria sin alegría.

La puerta se cerró detrás de él. Valentina se quedó inmóvil unos segundos, hasta que sintió a Daniela a su lado.

—¿Todavía tienes excusas?

Valentina no respondió. Pero algo en su interior empezaba a abrirse, como una compuerta oxidada que por fin cede al paso de una corriente nueva. Y por primera vez en mucho tiempo, no supo si sentía miedo o esperanza.

***

Cuando las demás se marcharon entre risas y planes de celebración, Valentina se puso de pie con una decisión clara. Preguntó a uno de los auxiliares si Renata seguía en los vestidores; él asintió sin darle importancia, y ella caminó en esa dirección con pasos lentos.

Al llegar cerca de la puerta escuchó la voz de Renata, cálida y suave, con ese tono de quien nunca tuvo que alzar la voz para que la escucharan.

—Mamá, de verdad… aunque no gane oro, para mí tú siempre serás mi oro. Siempre —decía entre risas contenidas—. Me bastaba con saber que siempre has estado para mí.

Valentina se quedó quieta, pegada a la pared junto a la entrada. No quería interrumpir, solo escuchar. Porque en esas palabras estaba todo lo que ella nunca había tenido: una madre presente, amor sin condiciones, una infancia sin miedo. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y reunió el valor para tocar. Entonces oyó pasos a su lado. Era Daniela, sonriendo como si supiera exactamente qué pasaba por su mente.

—¿Vas a seguir espiando o te vas a animar a invitarla de una vez?

Valentina la miró, agobiada por las mil ideas que le cruzaban la cabeza.

—No sé adónde llevarla. No me siento cómoda en un restaurante lleno de gente. Y tampoco puedo llevarlas a mi casa. No sé si estoy lista.

Daniela la tomó del antebrazo con suavidad, y sus palabras fueron un bálsamo.

—Entonces ven con nosotras. Mi familia organizó algo en casa. Hay comida, música y, lo mejor, tranquilidad. Nadie va a molestar a nadie. Las puedes invitar sin presión.

Valentina dudó, pero solo un segundo. Asintió con un leve gesto y, guiada por Daniela, abrió por fin la puerta del vestidor.

Renata levantó la vista al verla. Sus ojos todavía brillaban por las lágrimas, pero la sonrisa fue inmediata. Su madre, sentada a su lado, la observó con respeto.

—Valentina —dijo Renata, con esa simpleza que la hacía diferente a todo.

—Perdón si interrumpo… —Valentina tragó saliva—. Solo quería saber si les gustaría acompañarnos. La familia de Daniela organizó una pequeña celebración en su casa. Hay comida, calma. Podrían venir las dos, si quieren.

La madre de Renata fue la primera en responder, con una calidez sorprendente:

—Nos encantaría, aunque yo debo volver a casa, el viaje que me espera es largo. Gracias por pensar en nosotras. Pero tú sí puedes ir, hija.

—No, mami, ¿cómo crees? No voy a dejar que te vayas sola —añadió Renata, sabiendo que el autobús eran casi tres horas de camino, y a regañadientes se disponía a negarse a lo único que de verdad quería: pasar tiempo con Valentina.

—No se preocupe por eso, con gusto las llevamos a usted y a Renny —exclamó Daniela—. ¿Puedo llamarte así?

—Claro que sí —respondió Renata, aunque con un dejo de tristeza—. En serio se los agradezco, pero no quiero molestar.

—No sería ninguna molestia —agregó Valentina, con la esperanza de que aceptara—. Si me lo permiten, yo personalmente me encargo de llevarlas, no importa la hora ni el lugar. Prefiero cerciorarme de que lleguen seguras.

La madre de Renata sonrió con esa sonrisa que solo las madres saben dar cuando descubren que sus hijos están rodeados de gente que los aprecia. Y, con una pena que le temblaba en la voz, aceptó. También ella quería que su hija saliera del pequeño círculo en el que vivía y explorara nuevas posibilidades.

Ninguna de las tres podía contener la felicidad; los rostros las delataban.

***

La casa de los Vega quedaba en una zona residencial alejada de la ciudad, rodeada de árboles altos y jardines cuidados. Era amplia pero acogedora, con luces suaves, música instrumental y una cocina que olía a hogar.

Valentina, sin embargo, no lograba relajarse del todo. Sentada en el borde del porche trasero, observaba a la gente reír, a Daniela charlar con su madre, a Renata moverse entre los demás como si hubiera nacido para habitar la alegría. Pero ella seguía alerta. Cada sonido la hacía girar el rostro. Cada sombra la tensaba.

Hasta que Renata se sentó a su lado, sin decir nada.

—¿Todo bien? —preguntó al fin, apenas en un susurro.

Valentina asintió, pero no la miró.

—No estoy acostumbrada —dijo después—. A esto. A que haya paz.

Renata se quedó en silencio, y luego estiró la mano. Con suavidad, tomó la de Valentina. Fue un gesto simple, pero algo se derrumbó por dentro. La temperatura cambió. El mundo se volvió más lento. Y Valentina, por primera vez en años, sintió que no tenía que correr.

Renata la miró de frente.

—No sé en qué momento empecé a sentir esto —dijo con la voz apenas temblorosa—. Tal vez cuando te vi pelear con tanta fuerza. O cuando noté que, detrás de tu dureza, había una tristeza que nunca se iba. Y por eso te admiré aún más. Pero ya no es admiración. Es algo más. No quiero apresurar nada ni suponer que sientes lo mismo, pero si lo sintieras, sería lo mejor que me pasara.

Valentina abrió los labios para decir algo, pero Renata se le adelantó. Se inclinó despacio y le besó los labios, con una suavidad reverente, como quien no quiere romper algo sagrado.

Y Valentina no huyó.

Correspondió al beso. Cerró los ojos. Y en ese instante no fue la militar, ni la forense, ni la campeona. Fue solo ella. Una lágrima silenciosa le corrió por la mejilla.

Renata se separó apenas, con la frente apoyada en la de ella.

—Déjame estar. Solo eso te pido. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Solo… déjame estar.

Valentina apretó la mano que aún sostenía. Respiró profundo. Y no dijo nada, pero se puso de pie sin soltarla. Daniela, que las observaba a lo lejos con una copa en la mano, entendió al instante. Cruzó el patio, se acercó apenas lo justo, y le habló al oído a Valentina con una sonrisa cómplice.

—Al fondo del pasillo, la última puerta a la derecha. Es la habitación de huéspedes. Nadie va a subir. Toma las llaves, si quieres cerrar.

Valentina asintió sin mirarla, con la garganta seca. Renata la siguió sin preguntar. Subieron las escaleras despacio, con las manos entrelazadas y el corazón latiendo en la boca del estómago. Al entrar en el cuarto, la luz de una lámpara ámbar les bañó la cara. Valentina cerró la puerta con seguro. Se giró. Y ya no hubo dudas.

—Ven —dijo, con la voz más grave de lo habitual.

Renata avanzó los dos pasos que las separaban y se dejó envolver. Esta vez el beso no fue reverente. Fue hambriento. Valentina le tomó la nuca con una mano firme, con esa misma precisión con la que empuñaba el florete, y le mordió el labio inferior hasta arrancarle un gemido corto. Renata se abrió a su boca sin resistencia, sintió la lengua de Valentina invadirla, dominarla, marcarla. Le temblaban las rodillas.

—Todo este tiempo… —susurró Renata contra su boca—. Todo este tiempo pensando en cómo sería.

—Cállate —murmuró Valentina, medio sonriendo—. Ahora lo vas a saber.

Le tiró del dobladillo de la playera y se la pasó por la cabeza en un solo movimiento. Renata quedó frente a ella con el sostén deportivo pegado al cuerpo, las mejillas ardidas y los pezones ya marcados bajo la tela. Valentina la recorrió con la mirada, sin prisa, como quien reconoce un terreno que había imaginado mil veces.

—Eres preciosa, carajo —dijo, y se lo dijo en serio.

Le pasó las manos por las costillas, subió hasta las tetas y le apretó ambas por encima del sostén. Renata cerró los ojos y arqueó la espalda. Valentina se lo arrancó sin ceremonias, y cuando quedaron a la vista esos pezones oscuros y erectos, no se lo pensó: se agachó y se metió uno entero en la boca. Chupó despacio, y luego con fuerza, alternando con lametones planos de la lengua. Renata soltó un jadeo largo y hundió los dedos en el pelo recogido de Valentina, tirándole de la coleta hasta soltarla.

—Sí… así, por favor…

Valentina cambió al otro pezón, lo mordisqueó sin piedad, y con la mano libre le abrió el botón del pantalón. Se lo bajó hasta las rodillas de un tirón. Renata quedó en bragas, blancas, delgadas, ya visiblemente húmedas en el centro. Valentina pasó un dedo por encima de la tela y sintió la humedad calarle la yema.

—Ya estás empapada —susurró contra su cuello—. ¿Todo esto por mí?

—Todo por ti —contestó Renata, sin aire—. Desde hace años.

Valentina la empujó suavemente hasta la cama. Renata cayó de espaldas y se terminó de sacar el pantalón a patadas. Valentina se plantó de pie a los pies del colchón, mirándola, y empezó a desvestirse sin apuro. Se sacó la camisa. Se sacó el sostén negro. Se bajó el pantalón. Renata la vio quedarse en bragas, con el cuerpo entero marcado por años de disciplina, los brazos definidos, el vientre plano, el pecho firme, un par de cicatrices pequeñas que le contaban una historia que ella algún día iba a escuchar entera. Se le secó la boca.

—Dios mío —dijo, incapaz de disimular.

—Ábrete —respondió Valentina, subiéndose a la cama—. Quiero verte.

Renata separó las rodillas sin dudar. Valentina se acomodó entre sus piernas, y en lugar de bajarle las bragas de inmediato, le lamió por encima de la tela, con la lengua ancha, presionando justo donde el coño estaba más caliente. Renata pegó un respingo y ahogó un gemido con la mano.

—No te tapes —ordenó Valentina, apartándole la mano—. Quiero oírte. Todo.

—Van a escucharnos…

—Que escuchen. Grita.

Le arrancó las bragas por un costado, sin miramientos, y se quedó mirando el coño de Renata: rosado, brillante, con el vello recortado, hinchado de deseo. Se agachó y le dio una lamida larga, de abajo hacia arriba, hasta terminar chupándole el clítoris con la punta de los labios. Renata soltó un grito que se comió a medias contra el hombro.

—Ay, joder, Valentina…

Valentina no le dio tregua. Le abrió los labios del coño con dos dedos y se la comió entera, con la lengua adentro, con los labios succionando el clítoris, con el mentón resbalándose de lo mojada que estaba. Le metió un dedo primero, despacio, y sintió el interior contraerse como un puño caliente. Luego un segundo. Y empezó a follarla con la mano mientras seguía chupándole el clítoris.

—Así, así —jadeaba Renata, apretándole la nuca con los muslos—. No pares, por favor no pares…

Valentina levantó los ojos sin dejar de chuparla. Verla así, con las tetas subiendo y bajando, la boca abierta, los ojos vidriosos, el cuello estirado contra la almohada, le encendió algo en el bajo vientre que no había sentido en años. Empezó a bombear los dedos más rápido, curvándolos hacia adentro, buscando ese punto rugoso que hace perder la cabeza. Cuando lo encontró, Renata pegó un sacudón.

—Ahí, ahí, ahí, mierda…

—Córrete —le dijo Valentina, con la voz ronca, sin soltarle el clítoris de la boca—. Córrete en mi cara, Renata. Ahora.

Renata explotó con un gemido largo que no pudo callar. Le apretó la cabeza contra el coño con las dos manos mientras las caderas le subían solas del colchón. Valentina la sintió temblar, apretarle los dedos por dentro, mojarle toda la boca. No la soltó hasta que la sintió aflojar. Cuando finalmente subió, con la barbilla brillante, le pasó los labios por la boca a Renata para que se probara.

—Estás loca —jadeó Renata, besándola con desespero, lamiéndose a sí misma en la boca de Valentina.

—Todavía no acabo contigo.

Valentina se sacó las bragas propias y se subió sobre ella, a horcajadas, sobre el vientre. Renata sintió el calor y la humedad del coño de Valentina apoyarse en su piel y casi se muere. Levantó las manos y le tomó las tetas, las apretó, las amasó, se incorporó lo justo para chupárselas, una y luego la otra, con la misma hambre con que la había atacado ella. Valentina echó la cabeza atrás y gimió por primera vez en toda la noche, un gemido gutural, contenido durante años.

—Sube —le pidió Renata contra su pecho—. Súbete a mi cara. Quiero devolverte todo.

Valentina no lo pensó. Se arrastró hacia adelante hasta acomodarle el coño justo encima de la boca. Renata la agarró de las nalgas con las dos manos y la bajó hasta pegar los labios contra su carne. Empezó a chuparla despacio, con torpeza primero y con hambre después, aprendiendo el ritmo en cada gemido de Valentina. Le metió la lengua adentro. Le lamió el clítoris con toda la punta. Le succionó los labios uno a uno.

Valentina se agarró a la cabecera de la cama con las dos manos y empezó a moverse encima, montándole la boca sin miramientos. La coleta ya deshecha, el pelo cayéndole en la cara, los muslos apretándole la cabeza a Renata. La militar, la fría, la intocable, cabalgándole la lengua a la mujer que la había derrotado sin ganar.

—Más adentro… así… muérdemelo un poco…

Renata obedeció. Le mordió apenas el clítoris con los labios, se lo chupó fuerte, le clavó dos dedos por debajo del mentón, sin dejar de comerla. Valentina empezó a temblarle en la boca. La respiración se le entrecortó. Las caderas le fallaron el ritmo.

—Me corro, Renata, me corro…

—Córrete en mi boca —le contestó Renata, apretándole las nalgas—. Toda.

Valentina se corrió con un gemido largo, ahogado, mordiéndose el antebrazo para no gritar. Le mojó la boca a Renata, le mojó la barbilla, se derrumbó hacia adelante con las manos apoyadas en la pared, la frente pegada a la madera, jadeando como si acabara de terminar el asalto más largo de su vida.

Cuando bajó, se dejó caer al costado, todavía con los muslos temblorosos. Renata se giró y se le pegó al cuerpo, con la mejilla apoyada en su pecho, sintiendo el corazón de Valentina retumbar como un tambor.

—Yo también quiero más —susurró Renata contra su piel, y le pasó una mano por el vientre, bajando despacio.

—Dame un segundo —rio Valentina, cansada, feliz, extraña de sentirse así—. Un segundo y voy por ti otra vez.

—No —Renata se incorporó, con los ojos brillantes y una sonrisa nueva—. Ahora déjame a mí.

Se deslizó entre las piernas de Valentina, le abrió los muslos con las manos y se la comió sin apuro, con la lengua entera, aprendiendo cada pliegue, cada respiración. La chupó despacio, la torturó con paciencia, le metió dos dedos y los movió con el mismo ritmo con que Valentina la había marcado antes. Valentina no aguantó demasiado. Se corrió por segunda vez con las manos enredadas en el pelo de Renata, gimiendo su nombre bajito, una y otra vez, como quien reza.

Al terminar, quedaron abrazadas, empapadas de sudor, la sábana enredada en las piernas, la lámpara ámbar todavía encendida, el murmullo lejano de la fiesta abajo como un mundo que ya no les importaba. Valentina le acarició la espalda con la yema de los dedos, despacio, casi sin creerse que estuvieran así.

—Ganaste —le dijo al oído.

—¿Qué?

—Hoy. Ganaste. Aunque el marcador dijera otra cosa.

Renata se rio contra su cuello, y le mordió apenas la piel.

—Empatamos, capitana. Empatamos.

Aquello fue más que un beso, más que un revolcón. Fue una promesa de presencia, de compañía y de un comienzo nuevo. La medalla más valiosa de la jornada no colgaba de su cuello, sino que descansaba entre los brazos de la mujer que por fin había decidido dejar de correr.

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Comentarios(8)

Romina_84

tremendo relato!!! me dejo con ganas de mas

NinaWriter

Que buena ambientacion, se siente el agite de principio a fin. Muy bien logrado

NadiaMDF

excelente!!! esperando la continuacion :)

andres_leyendo

Hace tiempo no leia algo asi de entretenido. Los deportes y la pasion van muy bien juntos, ojala haya segunda parte

CarlaFiel

Me encanto la tension, como empieza de una manera y termina de otra completamente distinta. Muy bueno

Flor_BA

Hay segunda parte??? quede re intrigada jajaja

MarisolNoche

Wow, hace rato que no leia algo tan bien contado. Se nota que sabes escribir, te creo todo desde el primer parrafo. Ojala haya mas!!!

carlitos_mdq

buenisimo de verdad

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