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Relatos Ardientes

La secretaria que creí tener bajo mi control

Trabajar en mensajería interna de una consultora no era el futuro que había imaginado, pero después de abandonar la carrera necesitaba un sueldo de inmediato. Llevaba poco más de medio año repartiendo sobres entre los pisos de aquel edificio. Los horarios, las reuniones interminables, el zumbido de las impresoras: todo me parecía gris y repetido. Todo, menos ella.

Marcela tenía el pelo castaño cortado a la altura del mentón, una cara que me obligaba a mirar dos veces y una figura que el traje formal no alcanzaba a disimular. Hablaba con una firmeza tranquila, como quien nunca duda de lo que dice, y se pintaba los labios de un rojo que cada mañana me parecía una provocación nueva. Llevaba meses coqueteándole a medias, en plan de broma, aunque si la cosa avanzaba de verdad no pensaba quejarme. El problema eran dos detalles: estaba casada y me llevaba casi treinta años.

No era la primera vez que una mujer mayor me robaba la atención, y Marcela, día a día, era amable conmigo. Pero cada vez que yo jugaba a coquetear, ella levantaba un muro invisible y de pronto solo existía el trabajo. Había una sola persona que conseguía cruzar ese muro: el director de la oficina.

Marcela llevaba una década siendo su secretaria personal, y aunque los dos estaban casados, lo que pasaba entre ellos era un secreto a voces. Sonrisas que duraban demasiado, roces que no hacían falta, reuniones privadas con la puerta cerrada. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabíamos.

Todo se torció una tarde, al salir. Los vi de lejos, los dos solos junto a los ascensores del estacionamiento, hablando muy juntos. Me escondí detrás de una columna por puro instinto, para no meterme en líos. No oí nada de lo que decían, solo entendí lo evidente: estaban demasiado cerca.

Y entonces algo se apoderó de mí. Saqué el teléfono y empecé a grabar. La grabación duró apenas unos segundos, porque se besaron casi enseguida. Corté el video y seguí mirando; un rato después se separaron y cada uno tomó su camino. Sin proponérmelo, había conseguido algo a lo que pensaba darle un buen uso.

Al día siguiente llegué más temprano que de costumbre, con la idea de encontrarla a solas. La busqué por los pasillos y los despachos hasta que la hallé en una sala de juntas, ordenando carpetas para la reunión de la tarde. Entré y cerré la puerta a mi espalda. El ruido la hizo voltear.

—Renata, buenos días. ¿Cómo amaneciste? —me dijo, con esa cortesía suya de siempre.

—Buenos días, licenciada. Necesito hablar con usted de algo importante —contesté, acercándome despacio, con el celular en la mano.

—Claro, dime —respondió, dando un paso hacia mí.

Le mostré la pantalla. Ahí estaba el video de la noche anterior, ella besándose con el director. Su rostro se transformó en un instante. No negó nada. Solo se giró hacia mí y me sostuvo la mirada durante unos segundos que se hicieron larguísimos.

Trató de conservar la compostura, esa seriedad que la definía, y con la voz firme me preguntó:

—¿Qué piensas hacer con eso?

No respondí enseguida. Me acerqué hasta quedar frente a frente, tan cerca que podía oler su perfume.

—Depende… ¿cuánto vale tu silencio? —dije, sin titubear.

Me miró con incredulidad. La seguridad que la sostenía se vino abajo en un segundo y, por primera vez, la vi vulnerable delante de mí.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero? —preguntó, con un temblor mínimo en la voz.

—No es exactamente dinero. Es algo más… físico —contesté, acercándome a su cara.

Una sonrisa empezó a dibujarse en sus labios, como si hubiera captado al vuelo mis intenciones.

—Renata, por favor… no tienes idea de en qué te estás metiendo —dijo, y soltó una risa breve.

—Soy plenamente consciente. Así que dime: ¿lo tomas o lo dejas? —le devolví la sonrisa.

Se quedó callada, mirándome a los ojos con una ternura que no supe interpretar. Era obvio que yo me creía con el control de todo. Ella no actuó en ese momento: solo se acercó un poco más y me dio un beso rápido en los labios, apenas un roce que me agarró por sorpresa.

—¿Quieres jugar? Perfecto. Pero no vengas a quejarte cuando pierdas —me dijo, y se apartó para seguir acomodando la sala.

—¿Cuándo nos vemos? —pregunté.

—Yo te aviso mañana. No te preocupes —respondió, sin mirarme.

Me quedé sin palabras. Asentí y salí de la sala. No voy a mentir: no estaba orgullosa de lo que acababa de hacer. Era la primera vez que chantajeaba a alguien, y el resto del día una culpa sorda me carcomió por dentro. ¿Quién era yo para meterme en su matrimonio? Si era infiel, era su asunto, no el mío. Yo tampoco era ninguna santa; también arrastraba mis propios errores.

***

Esa noche, en casa, le seguí dando vueltas hasta llegar a una conclusión: cancelaría todo. Hablaría con ella en cuanto la viera, borraría el video frente a sus ojos y le pediría disculpas. Lo más probable era que terminaran echándome, pero estaba dispuesta a asumirlo.

A la mañana siguiente llegué tempranísimo y me planté en la entrada para interceptarla apenas apareciera. Pasaban los minutos y nada, lo cual era extraño en ella, que siempre fue puntual.

Entré a mi cubículo sin perder de vista la puerta. Al rato llegó el director, saludó a todos, y mis compañeros le hicieron notar que Marcela aún no se presentaba, pese a que la hora de entrada había sido media hora antes.

—Me llamó esta mañana. Está enferma, no va a venir hoy —nos dijo.

Mi plan se desmoronó ahí mismo. Tendría que esperar al día siguiente; además, quería hacerlo en persona, porque resolverlo por mensaje me parecía cobarde. Pensé que estaría en cama, mal, y no quería sumarle estrés. Estaba equivocada.

Las horas pasaron. Faltaba poco para mi salida cuando un mensaje me sobresaltó. Tomé el teléfono: era Marcela. Una ubicación que señalaba un motel a pocas cuadras y un texto corto que me removió entera: «Te espero».

Me quedé congelada, mirando la pantalla varios minutos, sin saber qué hacer, hasta que sonó la hora de salida. Camino al estacionamiento le di vueltas a todo otra vez, y al final decidí ir. Iría, sí, pero para terminar con esto de una buena vez.

***

El motel resultó ser bonito, más lujoso de lo que esperaba. Entré a la recepción y, antes de que abriera la boca, el muchacho del mostrador preguntó si yo era Renata. Dije que sí. Me explicó que mi madre me esperaba en el tercer piso, habitación 412.

Al parecer, al registrarse había mostrado una foto mía diciendo que yo era su hija, con instrucciones precisas de cómo guiarme en cuanto llegara. No supe cómo reaccionar. Decidí seguirle la corriente y caminé hacia el ascensor.

La subida se me hizo eterna. El traqueteo del ascensor me metía en una especie de trance mientras ensayaba lo que iba a decir y me preparaba para cualquier reacción. Las puertas se abrieron y recorrí el pasillo buscando el número, hasta que di con la puerta.

Me detuve enfrente, dudando si tocar, hasta que reuní el valor. Pasaron unos segundos antes de que abriera. Nunca voy a olvidar cómo me miró… ni lo que llevaba puesto: una bata blanca, el rostro maquillado, el pelo arreglado como recién salida de un salón y un perfume que me desarmó.

Me invitó a pasar con un gesto de la mano. Entré despacio, moviéndome por inercia, incapaz de articular nada. Era una habitación amplia, con un pequeño recibidor, una mesita y un sofá, y a un costado una cama enorme. Me indicó que me sentara mientras ella iba por algo de beber. La tensión me tenía rígida; lo único que quería era hablar y cerrar el asunto.

Volvió con dos copas y una botella de vino. Se sentó a mi lado y nos sirvió a las dos.

—Marcela, yo…

Me apoyó un dedo en los labios, pidiendo silencio, mientras terminaba de servir. Tomó las copas y me alcanzó una. La sostuve con la mano, que me temblaba de los nervios.

—¡Salud! —dijo, y bebió un trago.

La imité y enseguida intenté retomar.

—Marcela, estuve pensando en todo lo que pasó y entendí que me equivoqué. No debí grabarlos, y mucho menos intentar chantajearte…

Saqué el teléfono con el video abierto y lo borré delante de ella.

—¿Qué te parece si olvidamos todo esto? Te pago lo que hayas gastado en la habitación, pero de verdad creo que esto no está bien y te pido que me perdones —dije, con la voz entrecortada.

Marcela me clavó los ojos. No había compasión en esa mirada, ni perdón. Había ternura, y después una risa baja.

—¿Crees que se arregla así de fácil? No, señorita… tienes que pagar por lo que hiciste —respondió, acercándose centímetro a centímetro mientras hablaba.

—¿Acaso piensas que no me di cuenta de cómo me miras? ¿De cómo siempre buscas acercarte con segundas intenciones? —dijo, con la cara pegada a la mía.

No supe qué contestar. Lo intenté, pero solo me salía un balbuceo; sentir su aliento contra la piel me hacía temblar.

—Andas por la oficina coqueteando y haciéndote la inocente. Lo noto, créeme. Yo era igual que tú de joven, y sé que no vas a descansar hasta conseguir lo que quieres.

Esas palabras me marcaron. No se equivocaba, pero nadie me lo había dicho nunca de frente, y menos con esa contundencia.

—Yo… no…

No alcancé a terminar. Sus labios me interrumpieron, besándome, tomándome de la cintura y apretándome contra ella. No pude evitar dejarme llevar; en el fondo era justo lo que buscaba, solo que jamás imaginé conseguirlo así.

Se separó, me tomó de la mano y me llevó a la cama. Me hizo sentar de un pequeño empujón y empezó a abrir su bata, revelando un conjunto de encaje negro con ligueros en los muslos. Su cuerpo era todavía más hermoso de lo que había fantaseado; ni la ropa más ajustada le había hecho justicia.

Se inclinó sobre mí y me quitó la blusa con seguridad y precisión, recorriéndome el cuello con los labios, acariciándome la espalda hasta dar con el broche del sostén, que soltó en un segundo.

Quise usar mis manos, pero ella me las frenaba una y otra vez, como si necesitara conservar el control completo. Me recostó, desabrochó el botón de mi pantalón y me lo bajó de un tirón, dejándome expuesta. Me tomó de los muslos y me los abrió sin prisa.

Su mirada era pura dominación, como si quisiera cobrarse los últimos meses. Bajó una mano y empezó a rozarme, despacio, mientras con la otra me acariciaba los labios buscando que se los humedeciera. Entró en mí con un solo dedo, y se me escapó un gemido que llenó la habitación.

Me retorcía a su ritmo. Con la mano libre me sujetaba la cara, fijándomela para no perder el contacto visual. Me miraba con una condescendencia que debería haberme molestado y, en cambio, me encendía: era su juguete y los dos lo sabíamos. Sumó dos dedos más, sin avisar, con una fuerza que no esperaba. Yo estaba empapada; podía oír el sonido húmedo de su mano contra mi piel. El orgasmo me llegó de golpe, violento, y le mojó la mano que después llevó hasta mi boca para que me probara.

Creí que habíamos terminado. Me equivocaba otra vez. Marcela me levantó una pierna y me apoyó el talón en su hombro, se colocó entre mis muslos y unió su centro al mío. Supuse que estaba tan mojada como yo, porque sentí una gota deslizarse por mi pierna. Empezó a moverse en círculos, haciendo que nos rozáramos a la vez, soltando gemidos cortos sin dejar de mirarme. Con la mano que tenía libre me tomó un pecho y jugó con él mientras me apretaba la pierna.

Ella mandaba. Y yo, que había empezado todo esto creyéndome la dominante, terminé obedeciendo cada pausa, cada gesto, cada orden. Todo lo que ella quisiera para su placer. Ese papel tan sumiso me tenía ardiendo por dentro, aunque una parte de mí hubiera querido llegar ahí de otra manera.

Aceleró el vaivén de la cadera. Adiviné que estaba por terminar, así que la tomé de la cintura y la empujé contra mí. Quería sentir cómo se mezclaba todo. Me soltó la pierna y se recostó encima, frotándose contra mi muslo mientras el suyo presionaba el mío. Me puso una mano en el cuello y gimió en mi oído, hasta que me susurró algo:

—Pídeme perdón.

No pude evitarlo. Ella era la que mandaba, y yo tenía que compensar lo que había hecho. Entre suspiros y jadeos, las disculpas se me escaparon solas. Al oírlas, Marcela me besó, y llegamos al orgasmo juntas.

***

Se recostó a mi lado. Las dos nos quedamos mirando el techo en silencio, así un buen rato, hasta que ella lo rompió.

—Lo que pasó en esta habitación se queda en esta habitación. Y si por lo que sea algo de esto llega a la oficina, me encargo de que estés en la calle al día siguiente. ¿Entendido?

Me quedé helada. La situación se había dado vuelta por completo, con una ironía perfecta, y no me quedó más que aceptar: ahora la que estaba bajo chantaje era yo.

Nos vestimos y salimos. Pasamos por recepción saludando al mismo muchacho, ella con la mano apoyada en mi hombro, sosteniendo la mentira de que éramos madre e hija. Cruzamos la puerta del motel y, afuera, cada una tomó su rumbo.

Los días siguientes transcurrieron con normalidad, al menos de cara a mis compañeros. Los rumores seguían flotando en el aire, los mismos de siempre, pero de mi parte no salió una sola palabra más sobre el tema después de esa noche. No hacía falta: yo ya sabía perfectamente a quién le debía el silencio.

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Comentarios (3)

NocturnaMx

increible... no me esperaba ese final para nada

AnaLucia_BA

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber mas de estas dos

Fernandita_85

me encanto como esta narrado, la tension va subiendo de a poco y cuando querés acordar ya estás completamente enganchada. Muy bueno!

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