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Relatos Ardientes

El silencio entre nosotras también sabía amar

La mañana despertó con olor a café recién hecho y a tierra húmeda. El canto de los pájaros —ese que solo se escucha lejos del ruido de la ciudad— parecía un lujo después de tanto desconcierto. Renata y yo apenas habíamos hablado desde lo de la noche anterior, pero tampoco lo necesitábamos.

El padre de Daniela, un hombre de mirada noble y voz grave, nos había invitado con calidez a quedarnos en la casa.

—Ya es tarde, y aquí tienen lo que les haga falta —dijo sin rodeos, con una cortesía elegante pero sincera.

No era una sugerencia: era hospitalidad de la de verdad. A mí no me costó aceptar, quizá por respeto, o quizá porque sabía que todavía no estaba lista para volver a mi soledad de siempre.

El sábado amaneció con un cielo azul despejado. Mi permiso seguía vigente hasta el lunes, así que quería aprovecharlo. Aun así, como me había enseñado el cuerpo, me desperté a las cinco de la mañana para salir a trotar por los senderos cercanos. Algo corto, porque Renata debía llevar a su madre de regreso a casa. Y, como era de esperar, me ofrecí a acompañarlas.

Después de desayunar y agradecer la hospitalidad, nos marchamos. Por más que le rogué a Daniela que viniera, ella se negó.

—Disfruta cada momento —añadió, le dio un beso en la mejilla a su amiga y, con una enorme sonrisa, se despidió de las tres.

***

El trayecto fue tranquilo. La carretera serpenteaba entre montañas verdes, campos que se abrían como abanicos y una brisa que traía el aroma limpio del monte. Desde el asiento del copiloto, Renata describía cada rincón como si fuera una postal.

—Mira allá. Esa quebrada baja directo al río donde íbamos a pescar —dijo en un momento, con una sonrisa que le iluminó la cara.

Yo la escuchaba en silencio, con una atención que no era habitual en mí. No pensaba en responder, solo en grabar cada detalle de su voz, en cómo, al hablar de su tierra, se volvía aún más ella misma. Entre risas y anécdotas seguimos camino. El viaje fue tan natural que parecía familiar, tan lleno de honestidad que no parecía la primera vez que pasaba por ahí. Se sentía como ir en familia, y eso me llenaba de paz.

Al llegar, la madre de Renata nos obligó a entrar para preparar un almuerzo sencillo, pero lleno de sabor. Comimos en el corredor, con el murmullo lejano del río colándose entre las conversaciones. La señora tenía esa dulzura espontánea de las mujeres que han criado solas, que han peleado con el tiempo y no han dejado de amar por eso.

Sin querer admitirlo, sentí algo apretándome el pecho. Una mezcla de nostalgia y una envidia suave, como una punzada que no dolía pero se notaba. Nunca conocí esa clase de ternura constante, ni siquiera con Lorena.

No nos quedamos mucho. El lugar era hermoso, sí, pero la calma tenía bordes afilados: se veía en las rejas reforzadas, en las miradas vigilantes desde algunas esquinas, en los susurros sobre las bandas que controlaban ciertas rutas. Cuando partimos, una parte de mí agradeció en silencio que Renata ya no viviera allí.

***

Fue en el camino de regreso cuando el silencio dejó de ser solo eso y se convirtió en un espacio de conexión.

—¿Quieres que ponga música? —preguntó ella, con suavidad.

Negué con la cabeza.

—Así está bien. Me gusta oír el viento.

Renata sonrió, mirando de reojo cómo el sol me tocaba la piel.

—Vale —dijo—. Pero si te duermes, me voy a aburrir muchísimo.

Solté una pequeña risa. Era imposible que me durmiera, sobre todo porque iba al volante. Pero era cierto: el cansancio muchas veces se nota.

—No dormí bien anoche. Y no fue por la cama —admití.

Ella me miró.

—¿Y eso? ¿Pasó algo sin que me diera cuenta?

—No, nada de eso. Solo que… —busqué las palabras adecuadas para decirlo.

—¿Fue por lo que pasó? —agregó con cierto nervio en la voz, casi temiendo la respuesta. Guardó silencio unos segundos, con el corazón latiéndole a mil.

—No precisamente por lo que pasó. Más bien por lo que sentí. No estoy acostumbrada a… eso. A sentir tanto sin saber por qué.

Renata bajó un poco la ventanilla. El viento nos despeinaba apenas.

—No tienes que entenderlo todo —dijo—. Ni explicarlo. Solo… vívelo. Vivámoslo. Y si necesitas que frene, me lo dices.

Giré el rostro. La miré de perfil.

—Pareces demasiado paciente.

—No es paciencia —dijo, sin quitar la vista de la carretera—. Es que lo que siento por ti no me da prisa. Me da paz.

Y esa frase, tan simple, tan limpia, hizo que me mordiera el labio. Si decía algo, iba a quebrarme. Y tal vez, por primera vez, no me daba miedo hacerlo. Fue como una caricia que me desarmó por dentro.

Miré hacia el camino, tragándome el nudo que se me formaba en la garganta. Me sentía libre y, al mismo tiempo, tan vulnerable que no sabía si llorar o detener el coche solo para abrazarla.

Renata mantenía la vista al frente, pero sus dedos jugueteaban con el dobladillo de su pantalón, como si el corazón necesitara desahogarse en gestos mínimos.

Yo la observaba de reojo. Esa frase… me da paz… aún me resonaba en el pecho. No dije nada. No hacía falta.

En una curva larga y suave, donde los árboles se abrían como un túnel de luz, estiré la mano despacio y la posé sobre la suya, que descansaba en su pierna.

Fue un gesto simple. Pero en esa caricia silenciosa nos dijimos muchas cosas. Sí, estoy aquí. Sí, quiero intentarlo. Sí… te quiero a ti.

Renata no apartó la mirada del camino, pero sonrió. No necesitaba respuestas con palabras. Esa mano cálida, temblorosa, entrelazada con la suya, le bastaba.

Y así seguimos, juntas, atravesando la montaña. Sin promesas, pero con una conexión que ninguna de las dos podía negar ya. El auto siguió su curso entre curvas y paisajes. Nosotras, mientras tanto, habíamos empezado a cruzar una frontera más honda: esa en la que las palabras se vuelven menos necesarias, porque el alma empieza a hablar sola.

***

El sol comenzaba a caer cuando el coche dejó atrás las montañas. Yo conducía en silencio, con la mirada firme al frente, pero el corazón todavía temblando por todo lo vivido. Renata iba a mi lado, con una expresión serena, aunque nuestras manos seguían entrelazadas.

No hacía falta hablar.

Tras dejar a su madre, el ambiente dentro del auto era distinto. Casi sagrado. Como si algo se hubiera sellado entre nosotras. Como si el aire estuviera lleno de palabras no dichas, pero entendidas.

Cuando llegamos a la ciudad, me desvié hacia mi edificio. No dije nada. Solo aparqué, apagué el motor y bajé sin mirarla demasiado, esperando que me siguiera. Y lo hizo.

El ascensor subía lento. Me atreví a rozar el dorso de su mano con la punta de los dedos. No la tomé. Solo la toqué, como quien pregunta sin palabras si puede quedarse un rato más. Renata no se apartó. Tampoco habló. Dejó que ese gesto se quedara ahí, y una sonrisa suave se le posó por dentro, como una hoja en un lago quieto.

Cuando entramos al apartamento, parecíamos contener la respiración. Una por expectativa, la otra por curiosidad. No era un lugar vacío, pero sí guardaba cierto silencio denso. La huella de alguien que ha vivido más entre sombras que en compañía. Aun así, había calidez. Un libro abierto sobre el sofá. Una manta doblada con precisión casi militar. Y una taza solitaria en la mesa.

Renata me miró.

—Gracias por traerme.

No respondí con palabras. Solo me giré hacia ella, con una mezcla de incertidumbre y decisión. No estaba segura de haber hecho lo correcto, pero era lo que me había nacido. Necesitaba un espacio a solas con ella. Un lugar seguro.

Renata, con el corazón latiéndole demasiado fuerte, dio un paso. Y luego otro. Hasta quedar justo frente a mí.

—¿Puedo quedarme… un poco más?

Y yo, sin pensar, sin huir, le tomé la mano. No necesitaba explicaciones. Ni certezas. Solo ese gesto. Ella me sintió temblar apenas, como si el contacto me desarmara.

Y fue entonces cuando, sin aviso ni prisa, se inclinó y me besó. Pequeño. Honesto. De esos besos que no buscan promesas, solo permiso.

—Déjame estar —susurró—. No quiero que te escondas de lo que sientes.

—No me escondo —dije, con la voz temblorosa—. Solo… no sé cómo se hace esto.

Renata apoyó su frente en la mía.

—Entonces aprendemos juntas.

Cerré los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo no sentí que debía ser fuerte. Ni invencible. Ni perfecta. Solo… humana. Una lágrima cayó, pero no dolía. No era tristeza. Era alivio. Y cuando nuestros labios volvieron a encontrarse, fue mi manera de decir que sí. Que se quedara. Que me diera tiempo. Que, tal vez, el amor no era una debilidad, sino otra forma de pelear.

***

El apartamento ya no parecía tan silencioso. Renata caminaba descalza sobre el piso pulido, con una camiseta holgada mía que le llegaba a medio muslo y unos pantalones ajustados a la cintura. Tenía el pelo aún húmedo de una ducha rápida y, aun así, esa luz en la mirada… esa mezcla de libertad y curiosidad que la hacía verse todavía más viva.

Yo, en cambio, iba y venía por la cocina como si no supiera dónde estaban las cosas, aunque fuera mi propio espacio. Llevaba el pelo recogido a las apuradas, una camiseta sin mangas y unos pantalones grises. Todo en mí quería parecer tranquila, pero el cuerpo me traicionaba: se me caían cosas de las manos, abría la nevera sin saber para qué y a ratos olvidaba lo que estaba diciendo.

—¿Quieres que pique el tomate o… te estás entrenando para cortarte tú sola? —bromeó ella desde la mesa.

Resoplé, divertida, al ver el pequeño corte en mi dedo, justo después de intentar filetear el pollo.

—Soy mejor abriendo cadáveres que pollos —dije, mientras me limpiaba el dedo con una servilleta.

—Sí, me quedó clarísimo. Me das más miedo con el cuchillo de cocina que con un bisturí.

—Eso es porque todavía no me has visto con uno en la mano.

Las dos reímos.

Renata se levantó, se acercó con un botiquín que llevaba en el bolso y me tomó la mano con cuidado. Me puso una tirita pequeña mientras me miraba de reojo.

—Esto no es nada —dije, casi en automático.

—Lo sé —respondió suave—. Pero igual mereces que alguien te cuide, aunque sea por una herida tonta.

El silencio volvió, pero era de ese tipo cómodo que no necesita llenarse. Nos miramos. Quise decir algo, pero preferí bajar la vista y seguir con el pollo, esta vez con más atención.

Renata, mientras tanto, empezó a preparar una ensalada y a hablar de su infancia con tono ligero. Yo escuchaba con media sonrisa. Entre ingredientes y recuerdos se fue armando algo más que una cena: un espacio de confianza.

—Yo siempre quise estudiar psicología —dijo en algún momento—. Pero la esgrima me atrapó antes. ¿Y tú? ¿Siempre supiste que serías forense?

Dudé. Corté en silencio.

—No exactamente. Al principio fue por rabia. Por necesidad. —Me encogí de hombros—. Luego se volvió mi manera de no perderme. De no convertirme en otra cosa.

Renata se detuvo. Dejó el cuchillo a un lado y me miró.

—¿Y ahora? ¿Qué te gustaría ser?

Me quedé callada un instante. Después, sin mirarla directamente, dije:

—Tal vez alguien que no tenga que seguir huyendo.

Y ella lo entendió. No preguntó más.

***

La cena quedó lista y comimos juntas en el sofá, con las piernas cruzadas y los platos sobre un cojín entre las dos. El televisor estaba encendido, pero sin volumen. Solo un par de luces tenues iluminaban la estancia.

En un momento, Renata se rió con algo que dije y la cabeza se le cayó suavemente sobre mi hombro. Me tensé al principio… pero luego, simplemente, la dejé estar ahí.

—¿Puedo quedarme así un rato? —preguntó, apenas en un susurro.

—El tiempo que quieras —respondí.

Y ese pequeño instante, esa sencillez, fue lo más íntimo que habíamos compartido hasta entonces. No hubo más besos. Ni palabras grandes. Solo dos mujeres aprendiendo a encontrarse, a respetar sus ritmos y a sanar con los gestos más pequeños. Pensé en lo extraño que era todo… y en lo fácil que se sentía al mismo tiempo.

Por esa noche no había fantasmas. Solo nosotras. Y eso bastaba.

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Comentarios (3)

Caro_86

Que historia tan bonita... me llegó directo al corazón. Gracias por compartirlo

GabiLectora

increible!!! me encanto todo. Sigue escribiendo por favor

Sole22

Lo lei dos veces y me sigue emocionando igual. Hay algo muy real en como lo contás, sin apurar nada. Bravo.

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