Renata me buscó en la oscuridad del cine
Sé que les gustan mis historias, así que esta noche les voy a contar lo que pasó hace unos meses con Renata. Todavía me cuesta escribirlo sin que se me acelere el pulso y se me humedezca el coño, porque hay encuentros que no se cuentan, se reviven.
La sala estaba casi vacía. Unas pocas personas dispersas entre las butacas, una función de medianoche, ese silencio espeso que solo existe en los cines a deshoras. Oscuridad, el zumbido del proyector y, sobre todo, su perfume. Lo reconocí antes de verla.
Renata estaba sentada a mi lado, con ese maldito suéter ancho que le dejaba un hombro al descubierto. No la veía desde hacía meses, desde aquella discusión tonta que nos separó sin separarnos del todo. Pero el magnetismo seguía ahí, intacto, quizá más cargado que antes. Su risa baja me erizaba la nuca. Sus ojos me buscaban sin disimulo. Y yo sabía perfectamente lo que llevaba puesto debajo de la falda: nada. Ni tanga, ni bombacha, nada. El coño desnudo contra la mezclilla áspera, ya empapado desde que la había olido.
Mi blusa negra se pegaba a la piel por el calor del lugar. Los tirantes resbalaban, el escote se asomaba con una inocencia que no tenía nada de inocente. Pero la falda corta de mezclilla era otra cosa: rozaba el límite de lo decente, y yo lo sabía. Me había vestido para esto sin admitírmelo del todo.
Crucé las piernas despacio, midiendo cada movimiento, hasta que mi rodilla rozó la suya. Ella no apartó la vista de mis muslos. Me mordí el labio como si fuera un gesto casual y fingí acomodarme en el asiento, dejando que la tela subiera apenas unos centímetros más. La oí contener el aliento.
—¿Sigues siendo tan provocadora como antes? —susurró contra mi oído, como si comentara la película.
Un escalofrío me bajó por la espalda hasta los pezones, que se pusieron duros bajo la blusa. Le respondí sin mirarla, apenas moviendo los labios.
—Más. Y estoy sin nada debajo. Comprobalo.
Sus dedos encontraron mi pierna. Primero por fuera, suaves, casi pidiendo permiso. Después más decididos, subiendo lentos por mi muslo hasta detenerse justo donde terminaba la mezclilla. Abrí las piernas un poco, lo justo para que entendiera que el permiso ya estaba dado. La tensión era eléctrica. Sentía el cuerpo entero vibrar, cada roce me dejaba sin aire, y el sonido de la pantalla se iba alejando mientras su mano avanzaba con una paciencia cruel.
Cuando por fin sus dedos llegaron a mi coño desnudo y sintió lo empapada que estaba, se le escapó un gemido bajito. Metió el dedo del corazón entre mis labios, resbalando en mi humedad, y lo hundió despacio en mi coño. Me clavé las uñas en los muslos para no gritar. Empezó a mover el dedo dentro de mí, buscando ese punto, mientras el pulgar me apretaba el clítoris en círculos lentos. Yo me deshacía en la butaca, con la boca abierta, tratando de que mi respiración no se oyera por encima del proyector. Metió un segundo dedo y me abrió más las piernas con la otra mano. Me estaba follando con los dedos en un cine, y yo movía las caderas contra su mano como una perra en celo.
Deslicé la mía bajo su suéter. No llevaba sostén. Sonreí en la penumbra y le agarré una teta entera, apretándosela, pellizcándole el pezón hasta que se le puso duro como una piedra entre mis dedos. La oí morderse los labios. Nadie podía vernos. ¿O sí? Le saqué la mano de entre mis piernas y me llevé sus dedos a la boca, chupándoselos uno a uno, saboreándome en ellos, sin dejar de mirarla. Me atrajo con firmeza y me besó, metiéndome la lengua hasta la garganta, con un hambre que no admitía discusión.
—Vámonos. Necesito que me cojas ya —dije sin pensarlo.
***
Salimos casi corriendo hacia el coche, como si detrás de nosotras el mundo se incendiara. Apenas cerramos las puertas, me trepé sobre ella a horcajadas. Sus manos me subieron la falda hasta la cintura, dejándome el culo al aire contra el volante, y volvió a meterme dos dedos en el coño sin aviso. Grité contra su boca. Me movía sobre su mano, empalándome, ansiosa, jadeante, sintiendo que cada centímetro de mi piel pedía más. Me sentía expuesta y poderosa a la vez, deseada de un modo que había olvidado.
—Te extrañé así, mojada, apretada, gimiendo para mí —murmuró, mientras me follaba con los dedos y con la otra mano me apretaba una teta por encima de la blusa.
Solo pude gemir bajito, perdida en su boca, mientras las luces de la ciudad pasaban borrosas tras las ventanas empañadas. El trayecto hasta su departamento fue una tortura dulce. Nos tocábamos sin parar, ella me empujaba contra el asiento cada vez que el semáforo nos lo permitía y me hundía los dedos hasta el nudillo, yo le desabrochaba el pantalón con dedos torpes hasta que logré meter la mano y encontré su coño empapado, hinchado, palpitando bajo mis dedos. La froté sin piedad mientras manejaba, viéndola apretar el volante, mordiéndose el labio para no cerrar los ojos. Su risa se mezclaba con mis gemidos contenidos y con el sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo de su coño. Era una locura, y sabíamos que lo mejor todavía no había llegado.
Cuando por fin estacionó, me tomó de la mano y no me soltó. Entramos casi a tropezones. Cerró la puerta de un empujón y, antes de que pudiera reaccionar, me tenía contra la madera.
Mi espalda sintió el golpe leve, pero el cuerpo entero se me tensó cuando Renata se pegó a mí, respirándome en el cuello, recorriéndome la piel con la lengua, lenta, deliberada.
—Mírate —dijo en voz baja—. Con esa falda tan corta, el coño desnudo goteando y las tetas duras. Sabías que ibas a terminar así desde que entraste al cine.
Sentí que me deshacía por dentro. Bajé la mirada y asentí, sin decir palabra, como quien confiesa algo prohibido y delicioso a la vez. Sus manos no esperaron. Tomaron el borde de mi blusa negra y la subieron de un tirón, dejándome los pechos al aire. Los pezones se me endurecieron al instante, sensibles hasta al roce de la corriente. Ella no perdió el tiempo: se inclinó a atraparlos con la boca, chupándomelos, mordiéndomelos, tirando de ellos con los dientes hasta hacerme gritar, mientras con la otra mano me desabrochaba la falda. Me la quitó de golpe. Quedé contra la puerta, desnuda salvo por los tacones, temblando, con el coño chorreando por los muslos.
Se arrodilló ahí mismo. Me subió una pierna sobre su hombro y hundió la cara entre mis piernas sin preámbulos. Sentí su lengua caliente recorrer toda la raja del coño, de abajo hacia arriba, y detenerse en el clítoris a chuparlo con hambre. Me arqueé contra la puerta, buscando su boca, apretándole la cabeza contra mí. Me chupaba, me lamía, me metía la lengua dentro del coño y volvía al clítoris, mientras dos dedos me entraban y salían con un ruido húmedo obsceno que retumbaba en el pasillo. Se me doblaban las rodillas. Me corrí ahí mismo, con su lengua clavada en mi clítoris y sus dedos hundidos hasta el fondo, mordiéndome el dorso de la mano para no despertar a los vecinos. Ella siguió lamiéndome mientras temblaba, bebiéndose todo lo que le salía del coño.
—Quiero saborearte entera. Toda la noche —dijo, levantándose con la boca brillante de mí, y no era una pregunta.
***
Me llevó hasta la cama tirando de mi mano con esa decisión suya que tanto me gustaba. Me recostó con cuidado, pero también con un apetito contenido, como si llevara meses esperando exactamente este momento. Después se desvistió frente a mí, sin prisa, disfrutando de mi mirada clavada en ella.
Llevaba ropa interior negra, sencilla y ajustada, de esas que dejan poco a la imaginación y multiplican el deseo. Cuando se soltó el sostén y lo dejó caer, ya no aguanté más. Sus tetas suaves, los pezones oscuros y duros, la curva de sus caderas, la forma en que la poca luz de la calle la dibujaba contra la ventana. Se bajó la tanga despacio y vi su coño depilado, brillante de deseo entre los muslos.
—Vení acá. Sentate en mi cara —le dije, casi sin voz.
Se subió a la cama y trepó sobre mí, apoyando las rodillas a los lados de mi cabeza. Su coño quedó justo encima de mi boca. Levanté la cabeza y le pegué la primera lamida larga, de abajo hacia arriba, y la sentí estremecerse. Le agarré el culo con las dos manos y la apreté contra mi cara, hundiendo la lengua entre sus labios hinchados. La chupé sin piedad, buscándole el clítoris, girando la lengua en círculos, metiéndosela dentro. Ella se sostenía del respaldo de la cama, moviendo las caderas contra mi boca, cabalgándome la lengua, gimiendo cada vez más alto.
—Así, así, no pares —jadeaba, mirándome desde arriba con los ojos vidriosos.
Le clavé un dedo en el culo mientras seguía chupándole el clítoris, y sentí cómo se le contraía todo el cuerpo. Se corrió sobre mi boca, gritando, apretándome la cara con los muslos, llenándome la lengua de su sabor.
Cayó a mi lado jadeando, pero no me dio tregua. Me dio la vuelta y me puso de rodillas, con el culo levantado y la cara contra la almohada. Me besó la nuca, bajó por mi columna, por la cintura, por los muslos. Cada centímetro de mí ardía bajo su lengua. Me abrió las nalgas con las dos manos y me lamió desde el clítoris hasta el ojete, sin saltarse un milímetro. No podía quedarme quieta. Me movía, gemía, la llamaba entre dientes, y ella solo reía bajo, saboreando el efecto que provocaba. Tenía un control sereno sobre mi cuerpo que me volvía loca, como si conociera de memoria cada rincón, cada reacción.
—Esta noche vas a ser mi juguete favorito. Te voy a coger hasta que no puedas caminar —me dijo al oído, en medio del calor y el sudor.
Me estremecí debajo de ella, vulnerable y ansiosa a partes iguales. Sentía cada fibra de la piel alerta, como si sus manos dejaran marcas de fuego por donde pasaban. Me tenía a su merced, y lo peor —o lo mejor— es que yo no quería escapar.
Abrió el cajón del buró y sacó un vibrador grueso, negro, con forma de verga bien realista. Solo verla tomarlo me hizo temblar y apretar el coño en el vacío. Su sonrisa traviesa decía todo sin pronunciar una palabra. Me lo acercó a los labios de la boca apenas, rozándome, provocándome.
—¿Te acuerdas de este? Abrí la boca. Chupalo bien, que va a entrar entero en tu coño.
Asentí sin aliento y abrí la boca. Claro que lo recordaba. Ella me lo metió entre los labios y yo lo chupé como si fuera una polla de verdad, ensalivándolo, mientras ella me miraba masturbarse con la mano libre entre las piernas. Lo saqué con un hilo de saliva y ella lo bajó por mi cuello, entre mis tetas, por el vientre, hasta detenerlo en la entrada de mi coño.
—Abre las piernas para mí. Bien abiertas —susurró, la voz ronca.
Obedecí. Me encantaba obedecerle. Su respiración contra mi cuello me hacía perder la noción del tiempo. Me metió el vibrador de golpe hasta el fondo y grité. Lo prendió y sentí la vibración recorrerme todo el coño, subir por el vientre. Empezó a moverlo dentro y fuera, cogiéndome con él sin piedad, mientras con la lengua me lamía el clítoris al mismo tiempo. Me mordía el labio para no gritar. Ella me observaba satisfecha, con ese poder dulce que ejercía sobre mí, jugando con mis reacciones como quien conoce todos los secretos de un instrumento.
—Así, apretame el juguete con ese coño. Eres tan buena para mí, tan mojada, tan mía —decía, tomándome de la barbilla para obligarme a mirarla a los ojos mientras me la metía más rápido.
El ritmo se volvió más salvaje, más profundo. Los ruidos húmedos del vibrador entrando y saliendo de mi coño llenaban el cuarto, mezclados con mis gemidos. Dejé de ser dueña de mí misma. En ese momento ella lo era todo. Mis manos se aferraban a las sábanas, mis caderas la seguían como si respondieran a un latido ajeno. Me corrí de nuevo, chorreando alrededor del juguete, empapándole la mano. Entonces sacó el vibrador y me colocó encima de ella boca abajo, en un sesenta y nueve, mi coño otra vez sobre su cara y su coño esperándome bajo mi boca. Nuestros cuerpos sudorosos se rozaban por todos lados. Me dejé caer contra su piel, hundí la cara entre sus muslos y la chupé mientras ella hacía lo mismo conmigo, las dos gimiendo contra el coño de la otra, mientras el placer crecía entre las dos como un incendio lento.
Seguimos así, una sobre la otra, chupándonos, lamiéndonos, metiéndonos los dedos, entre susurros, jadeos y risas rotas por la pasión. Cada toque nuevo, cada gemido, era una confesión sin palabras. Le hundí tres dedos en el coño mientras le chupaba el clítoris, sintiéndola estremecerse bajo mi boca, escuchándola perder el control igual que ella me lo había hecho perder a mí. Le devolví cada caricia, cada provocación. Nos corrimos casi al mismo tiempo, ella gritando contra mi coño, yo temblando sobre su cara, hasta que las dos quedamos enredadas, agotadas y temblando, con la boca y los muslos brillantes del jugo de la otra, sin saber dónde terminaba una y empezaba la otra.
Cuando por fin nos quedamos quietas, con la respiración entrecortada y la piel pegajosa de sudor y de todo lo demás, ella me apartó un mechón de la cara y me besó la frente. Un gesto tierno después de tanta intensidad.
—No deberíamos haber dejado pasar tantos meses —dijo.
Me reí bajito, todavía sin aire, y me acurruqué contra su pecho. Tenía razón. Y por la forma en que su mano volvió a buscar la curva de mi cadera y bajó otra vez entre mis piernas, encontrando mi coño todavía hinchado y mojado, supe que no íbamos a dormir todavía.