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Relatos Ardientes

La amiga de mi tía y su primera noche entre mujeres

Pilar pasó la tarde inquieta, dando vueltas por el salón con el teléfono en la mano. Antes que nada quería llamar a mi tía Elsa para saber cómo estaba, aunque las dos sospechábamos cuál sería la respuesta: que estaba bien, dicho con esa voz apagada que arrastraba desde hacía meses.

Cuando por fin marcó, puso el altavoz para que pudiéramos oírla todas. La idea era allanar el terreno sin levantar sospechas, preparar nuestra escapada al pueblo, a casa de Lourdes, y conseguir que mi tía se animara a venir con nosotras.

—Elsa, no te imaginas con quién me he cruzado esta mañana en las galerías del centro —dijo Pilar, fingiendo una alegría que tardó apenas un segundo en volverse de verdad.

—Ni idea, hija. Alguien del pueblo, supongo. En la ciudad siempre te tropiezas con alguien del pueblo.

—Frío, muy frío. Te va a costar adivinarlo —se rió Pilar.

—Anda, dímelo ya, que me tienes en ascuas.

—Con tu sobrina Nuria. Estoy en su casa, con ella y con su mujer, que me han invitado a comer y a quedarme a dormir. Esta noche vienen unas amigas a cenar y luego saldremos un rato. Me lo han propuesto y he aceptado; después de tanto encierro, un poco de alegría no me vendrá mal. Lástima que tú no estés aquí.

—Me alegro por ti, Pili. Diviértete, que yo no tengo ganas de nada. Pero pásame a mi sobrina, anda, que la salude.

Tomé el móvil y bajé un poco la voz, como si así pudiera acercarme a ella a través de la línea.

—Hola, tía. ¿Cómo estás? Pilar nos dice que andas baja de ánimo.

—Floja, Nuria, no te voy a engañar. Pero ya se me pasará. Me alegro de que os hayáis encontrado. Pili es la mejor amiga que tengo, no se ha separado de mí ni un solo día.

—Lo sé, tía. Por eso quiero proponerte algo. Lourdes y yo nos vamos al pueblo unas semanas, como todos los veranos. ¿Y si os venís Pilar y tú a su casa? Ya sabes que está a las afueras, tiene piscina, y entre todas seguro que te levantamos el ánimo.

—A mí me da igual estar sola en mi casa que acompañada en otra. Si Pili se apunta, yo voy.

—Pilar y Lourdes lo están oyendo, que tienes el altavoz puesto, y las dos asienten. Así que prepárate, tía: de estas vacaciones vas a salir como nueva.

—A ver si es verdad. Mira, ya me has hecho reír.

—Verás como sí. Un beso, tía. Te dejamos, que las chicas también te mandan saludos.

—Otro para ti, Nuria. Adiós.

***

Colgamos y nos quedamos las tres mirándonos. La propuesta ya estaba sobre la mesa; solo faltaba cerrar las fechas con Pilar cuando regresara al pueblo y hablara con mi tía sin que ninguna tuviera otros compromisos. Lourdes sonreía, satisfecha. Lo difícil ya está hecho, pensé.

Eran casi las nueve cuando llamaron a la puerta. Daniela y Renata entraron y dejaron a Pilar sin saber qué decir. Como siempre, aparecían deslumbrantes. Renata venía con un vestido ceñido que marcaba cada curva, el pelo recogido, la barbilla alta como una reina entrando en su salón. Daniela iba más informal, pero con un escote que no dejaba mucho a la imaginación y una figura que llenaba la ropa de un modo casi insolente.

Lourdes hizo las presentaciones. Pilar dio dos besos a cada una, todavía cohibida, y en cuestión de minutos estaba metida en la conversación como si se conocieran de toda la vida. Hay mujeres que tienen ese don de abrir las puertas con una sola frase, y Renata lo tenía.

Entre copa y copa, Pilar terminó por sincerarse. Contó, bajando la voz, que hacía poco había descubierto el sexo con otras mujeres y que se había quedado atrapada en él, que no sabía que su propio coño pudiera responder de esa manera, empapándose con solo pensarlo.

—Pues has caído en buenas manos —bromeó Daniela, señalándome con la copa—. Nuria es una maestra chupando coños. Aquí casi todas hemos pasado por su escuela en algún momento, y ninguna se ha ido sin correrse tres o cuatro veces.

Me reí, porque era cierto a medias. Conocí a Daniela hace años, cuando ligué con ella creyéndome yo más lanzada de lo que era. Ella pensaba que yo era una mojigata de pueblo recién llegada a la ciudad, y se llevó una sorpresa cuando descubrió lo contrario, con mi lengua metida hasta el fondo de su coño en el baño de un bar. No nos enamoramos, pero se quedó marcada, según ella, para siempre. Durante una época pasaban meses sin vernos; luego la vida nos fue juntando.

La sobremesa se alargó entre anécdotas y risas. Pilar, que había llegado tensa, ahora hablaba con las manos y se reía a carcajadas. Eso era exactamente lo que necesitábamos: que estuviera cómoda, que se sintiera una más antes de que la noche girara hacia lo que todas sabíamos que vendría.

***

Como siempre, al terminar bajamos las luces del salón. Lourdes encendió un par de lámparas de tonos cálidos que dejaron la sala en penumbra y puso una música lenta, de esas que parecen acariciar el aire. Llevé a Pilar a nuestra habitación y le tendí lo que habíamos preparado para ella: un tanga mínimo y una blusa de seda violeta, transparente, sin nada debajo.

—¿Esto? —preguntó, sosteniéndolo entre dos dedos como si fuera a romperse.

—Para que estés cómoda y participes como una más —le dije—. Nadie te va a pedir nada que no quieras. Tú déjate llevar.

Cuando salimos, Daniela y Renata ya esperaban. Apenas llevaban unas blusas semitransparentes y nada más, la tela tan fina que se les marcaban los pezones duros y adivinaba el vello oscuro de los coños. Pilar apareció detrás de mí, insegura, tirándose del bajo de la blusa como si quisiera estirarla un palmo más. Renata no le dio tiempo a dudar.

Se acercó despacio, le tendió la mano y la atrajo sin decir palabra. La estrechó contra su pecho, pegó las caderas a las suyas y empezó a moverse al ritmo de la música. En pocos minutos la tenía rendida, perdida en un beso largo y profundo, con la lengua metida hasta el fondo de la boca de Pilar, que gemía sin poder respirar. Cuando se separaron, Pilar tenía los ojos brillantes, los labios hinchados y un hilo de saliva colgándole de la barbilla.

—Bienvenida —le dijo Renata, rozándole la mejilla con los labios—. Si tú quieres, no vas a arrepentirte. Aquí se aprende a correrse de maneras que ni sabías que existían.

—Veo que lo tenéis todo muy bien ensayado —murmuró Pilar, medio risa, medio rendición.

—Es que estamos compenetradas. Nuria es la que nos guía. Si no fuera por ella, yo seguiría persiguiendo fantasmas que nunca habría alcanzado.

Renata siguió bailando con ella, las manos recorriéndole la espalda, la cintura, las caderas, colándose por debajo de la blusa para pellizcarle los pezones, mientras la lengua le trazaba el costado del cuello y se entretenía en el lóbulo de la oreja. Pilar dejó caer la cabeza hacia atrás y separó las piernas casi por instinto.

—Qué bien lo haces —susurró—. Me gusta… me gusta, joder.

—No pienses en nada. Relájate y déjate follar como necesitas.

Renata deslizó un muslo entre sus piernas y la sujetó por las caderas, atrayéndola hacia sí, marcando un vaivén lento que arrancó a Pilar un gemido sordo. La mano de Renata bajó, apartó el tanga y le hundió dos dedos en el coño de un solo empujón. Pilar dio un respingo y se mordió el labio.

—Estás chorreando, guarra —le susurró Renata al oído, moviendo los dedos dentro con calma—. Se te oye. Escucha cómo suena tu coño.

Y era verdad, se oía el chapoteo entre las piernas de Pilar, un sonido húmedo y obsceno que se imponía sobre la música. Yo las observaba desde el sofá, sin querer perderme un detalle, con esa mezcla de calor y curiosidad que me daba mirar cómo otra mujer descubría lo que yo ya conocía de memoria. Tenía ya la mano metida por debajo del tanga, acariciándome despacio el clítoris hinchado.

—Ven, vamos a tumbarnos —dijo Renata contra su boca—. Quiero comerte el coño hasta que me supliques.

—Sí —contestó Pilar, sin un gramo de la timidez con que había llegado—. Fóllame la boca con tu coño, hazme lo que quieras.

***

Se tendieron sobre la alfombra, entre cojines, y enseguida se buscaron en un sesenta y nueve que no dejaba lugar a dudas. Renata quedó arriba, con las nalgas abiertas sobre la cara de Pilar, y bajó la boca directa al coño de la más joven de las dos. Se lo abrió con los dedos, dejando expuesto el clítoris rosado e hinchado, y le pasó la lengua plana desde la entrada hasta arriba, muy despacio, saboreándola. Pilar soltó un grito ahogado y le clavó las uñas en el culo.

—Chúpame —jadeó Renata desde abajo—. Métemela, cabrona, no te quedes mirando.

Pilar obedeció. Alargó la lengua y se hundió en el coño abierto de Renata, lamiéndola con avidez, chupándole los labios menores, mamándole el clítoris entre los suyos hasta arrancarle un gemido largo. Me sorprendió lo bien que se movía, cómo giraba la lengua y le metía dos dedos a la vez, buscándole el punto exacto contra la pared de dentro. Se veía que había aprendido rápido, que su hija y su nuera le habían enseñado bien.

—Has aprendido rápido —dijo Renata, levantando la cabeza un instante, con la barbilla brillante del jugo de Pilar—. Cómo chupas, hija… me tienes a punto de correrme en tu boca.

—Córrete —respondió Pilar, sin dejar de masturbarla con los dedos—. Córrete en mi cara, quiero probarte entera. Quiero que me hagas lo que nunca me han hecho.

Renata se incorporó, jadeando, con las tetas coloradas y los pezones tiesos. Se lamió los labios, saboreándose a Pilar en la boca, y le abrió las piernas de par en par.

—Voy a hacerte otra cosa —le dijo—. Voy a follarte con el coño.

Se acomodó en posición de tijera, encajando su sexo contra el de Pilar, dos coños empapados enfrentados, los clítoris rozándose. Pilar se entregó por completo, ofreciéndose para que ella, como la veterana que era, marcara el ritmo. Empezó despacio, con movimientos circulares, deslizando su coño mojado contra el de Pilar, y fue subiendo de intensidad mientras Pilar se aferraba a sus caderas y empujaba de vuelta.

—Qué gusto… —jadeaba Pilar—. Sigue, por favor, no pares. Fóllame más fuerte, no pares.

Renata no paró. Tenía los ojos cerrados, la frente perlada, los labios entreabiertos, y aceleraba el vaivén sin perder la cadencia, como quien sabe medir exactamente cuánto puede dar otra mujer. El sonido de los dos coños empapados chocando llenaba la habitación, un chapoteo rítmico y sucio que me hizo meterme los dedos más hondo. Yo notaba el calor subiéndome por el cuello solo de mirarlas, mi propia corrida acercándose sin remedio, y no quería apartar la vista; quería ver la cara de Pilar en el momento exacto en que llegara.

Daniela se acercó por detrás de Pilar, se puso a horcajadas sobre su cara y le bajó el coño hasta los labios sin pedir permiso.

—Cómeme mientras te folla —le ordenó—. Sácame la lengua, guarra.

Pilar sacó la lengua y empezó a lamerle el coño a Daniela con desesperación, con la cara aplastada contra ese sexo mojado, mientras Renata seguía embistiéndola con las caderas. Estaba atrapada entre las dos, follada por abajo y ahogada en coño por arriba, y no daba señales de querer parar.

—Voy a venirme —avisó Pilar con la voz quebrada, apartando la boca un segundo del coño de Daniela—. Voy a venirme, Renata… ya… ya, joder…

El orgasmo la atravesó con una fuerza que ni ella esperaba. Arqueó la espalda, soltó un grito largo y se deshizo entre temblores, agarrada a Renata como si fuera lo único firme en el mundo. Renata se corrió con ella, echándole encima un chorro de flujo caliente que empapó a Pilar hasta los muslos, y Daniela apretó el coño contra la boca de Pilar y se vino gimiendo, obligándola a tragar su corrida. Las tres respiraciones se fueron calmando a la vez.

—Gracias —dijo Pilar después, todavía sin aliento, con la cara pegajosa y una sonrisa boba—. Ha sido distinto a todo lo demás. Diferente incluso a lo que vivo con mi hija y con mi nuera, y mira que ellas también me hacen correrme como una loca. Pero esto ha sido otra cosa.

—No tienes que agradecer nada —respondió Renata, apartándole un mechón húmedo de la frente—. Ha sido sexo con otra mujer, sin más. Y seguramente lo has gozado más porque conmigo no traías ninguno de los reparos que arrastras con las tuyas.

—Puede que tengas razón —admitió Pilar, riéndose por lo bajo—. Pero ha sido fabuloso de todas formas. Nunca me habían hecho correrme dos veces seguidas de esa manera.

Me acerqué entonces, me senté en el borde de la alfombra y le acaricié el tobillo, subiendo despacio por la pantorrilla y el muslo hasta rozarle el coño empapado con dos dedos. Ella se estremeció.

—Prepárate, Pili —le dije, chupándome los dedos con su sabor—. La noche no ha hecho más que empezar. Somos cinco coños y vamos a follarnos hasta el amanecer. Te lo prometo: no vas a arrepentirte.

—Estoy lista para lo que sea —contestó, mirándome a los ojos—. Lo necesito. Fólladme entre todas si hace falta.

***

La noche siguió su curso y Pilar fue pasando de unas manos a otras hasta terminar exhausta, sin noción del tiempo ni de cuántas veces se había corrido. Yo misma le comí el coño dos veces, sujetándole las piernas abiertas mientras ella me tiraba del pelo y gritaba que no parara. Lourdes se la folló con un consolador negro de arnés, embistiéndola por detrás mientras Daniela le chupaba las tetas y Renata se sentaba sobre su cara. Pilar se corrió una y otra vez, empapando la alfombra, la lengua fuera, incapaz de decir otra cosa que sí, sí, más.

Tuve que aplicarle un poco de gel calmante porque el roce le había dejado el coño hinchado y la piel de los muslos irritada, más por la falta de costumbre que por otra cosa. Aun así, no le había desaparecido la sonrisa.

Nos levantamos pasado el mediodía. Pilar tenía que volver al pueblo, y antes de marcharse quedamos en hablar para cerrar la fecha del viaje. Pero todavía nos quedaba lo más delicado.

—Mientras tanto —le dije, mientras la acompañaba a la puerta— hay que tantear a mi tía. Preparar el terreno con cuidado, que estas cosas no la asusten ni salga peor el remedio que la enfermedad.

Le aconsejé que, estando en casa de Elsa, no desperdiciara la ocasión y se follara a Wanda y a Olga procurando, de algún modo, que mi tía se diera cuenta. Que pudiera verlas comiéndose los coños aunque fuera a escondidas, para medir su reacción antes de meterla de lleno en nuestro círculo.

—Y si se escandaliza —añadí—, le quitas hierro. Le explicas que esto no tiene nada de malo, que es una mujer con sus necesidades, que lleva demasiado tiempo sin que nadie le toque el coño y que no por estar triste ha dejado de ser una mujer. Pregúntale con suavidad si de verdad no echa nada de menos una polla o una lengua entre las piernas, si ni siquiera se da un gusto a solas con los dedos. Hazle ver que sigue viva, que su coño sigue vivo.

Pilar asintió, seria de pronto, consciente de lo que le estábamos pidiendo. Repasamos juntas los últimos flecos del plan en el descansillo, en voz baja, y después se marchó al pueblo con una misión clara y el coño todavía caliente del recuerdo.

Yo cerré la puerta y me apoyé un momento en ella. Mi tía Elsa no sabe lo que le espera, pensé. Y, por primera vez en mucho tiempo, me sorprendí deseando que llegara cuanto antes el verano para follármela también a ella.

Continuará.

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Comentarios(9)

SofiRosario

Excelente relato!! De esos que no podes dejar de leer hasta el final. Espero que sigas escribiendo mas así.

curiosaBA

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas!!

LuciaV_Mar

Como describe las emociones al principio, esa incomodidad mezclada con curiosidad... se siente muy real. Muy bien logrado.

Cande_NK

Me recordó a una cena de esas que empiezan tranquilas y terminan siendo una noche que no olvidas. Muy bueno.

BiEntusiasta

increible, sigue asi!!!

ClaraM_85

De los mejores de esta categoría que leí últimamente. El contraste entre el comienzo tranquilo y lo que pasa despues está muy bien manejado. Felicitaciones

Tosca_78

Vas a escribir mas relatos de este estilo? Espero que si, me encanto la voz narradora.

lectora_baires

Me gusto mucho. Se siente auténtico, sin forzar nada. Eso es lo que lo hace especial.

MarianaCba

jajaja el titulo me engaño pensé que iba a ser algo muy diferente, pero para bien!! muy entretenido

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