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Relatos Ardientes

La alumna que me enseñó a desear a otra mujer

Me llamo Elena y doy clases de matemáticas en una academia para adultos que preparan el acceso a la universidad. Tengo cuarenta y cuatro años, soy morena de pelo rizado y ojos verdes, bajita y de curvas generosas. Uso unas gafas grandes que mis alumnos siempre comentan, y aunque estoy casada, reconozco una debilidad tonta: me gusta arreglarme para ir a trabajar, me gusta la falda recta y la blusa ajustada, me gusta que me miren cuando explico una derivada de espaldas a la clase.

También me gusta ser exigente. Tengo fama de dura, de no regalar aprobados, y esa fama es justa. Nunca he movido una nota ni medio punto por compasión. Lo cuento porque sin esa rigidez mía nada de lo que pasó aquella tarde habría tenido sentido.

Nadia era una de mis alumnas. La mayoría rondaba los veinte, pero ella tenía veintidós y arrastraba dos cursos perdidos. No por falta de cabeza, sino porque la vida se le había complicado: un trabajo de noche, una familia que apretaba, demasiadas cosas a la vez. Era alta y delgada, con el pelo cortísimo y un aire andrógino que llamaba la atención. Yo, que siempre me había considerado del todo heterosexual, jamás me había planteado mirarla de otra manera. Era guapa, sí, pero como se admira un cuadro: de lejos.

El último día del curso, con las aulas ya vacías y el calor de junio entrando por la ventana, me encerré en mi despacho a cerrar las actas. Llamaron con los nudillos a la puerta entreabierta.

—¿Puedo pasar, señorita Vidal? —Nadia asomó la cabeza con una educación impecable.

—Adelante —respondí sin levantar la vista de los papeles.

Entró y se sentó frente a mí. Llevaba un pantalón corto azul, muy ceñido, y una camiseta corta que dejaba al aire una franja de vientre plano. Cruzó las piernas con una calma que no encajaba con el motivo de su visita.

—Vengo por mi examen —dijo—. He visto la nota y creo que se ha equivocado.

—Ojalá me hubiera equivocado, Nadia. —Suspiré—. Tienes un tres y medio. No puedo aprobarte. Lo siento de verdad.

—A mí me salió bien. Estudié muchísimo.

—No lo dudo, pero estudiar no siempre alcanza. Anda, vamos a mirarlo juntos. Y deja de llamarme señorita Vidal, llámame Elena.

Saqué su examen del cajón y se lo puse delante. Le fui señalando con el bolígrafo: las ecuaciones de segundo grado mal planteadas, el sistema de dos variables resuelto al revés, un límite que ella hacía tender a cero cuando se iba a infinito. Errores claros, no opinables.

—Tienes razón en todo —admitió, y la voz se le quebró—. Lo sé hacer, te lo juro. Me puse nerviosa y se me fue la cabeza.

—Entonces el año que viene aprobarás con buena nota.

—No habrá año que viene, Elena. —Me miró fijo—. En casa me han dicho que si vuelvo a suspender me pongo a trabajar a jornada completa y se acabaron los estudios. Es ahora o nunca.

—Puedo hablar con tu familia, si quieres.

—No serviría de nada. —Bajó la voz—. ¿No puedes aprobarme? Nadie tendría por qué enterarse.

Negué con la cabeza despacio, casi con pena.

—Me encantaría que siguieras estudiando, pero eso no lo voy a hacer. Nunca lo he hecho y no voy a empezar contigo. Son mis principios, Nadia.

Se levantó con los ojos llenos de lágrimas y rodeó la mesa para ponerse a mi lado, suplicando. Yo me mantuve firme, repitiéndole que no, que lo sentía, que tenía mucho trabajo y debía marcharse. Pareció rendirse. Caminó hacia la puerta y pensé que se iba.

Pero echó el pestillo. Y bajó las persianas de los cristales que daban al pasillo.

—¿Qué haces? —pregunté, más desconcertada que enfadada.

No contestó. Volvió hasta mí con una seguridad nueva, se colocó detrás de mi silla y posó las dos manos sobre mis hombros.

—Estás tensísima, Elena. Solo tienes que relajarte. Déjame.

—Nadia, entiendo que quieras caerme bien, pero este no es el camino para aprobar.

—No estoy pensando en aprobar ahora mismo —murmuró cerca de mi oreja—. Relájate.

Sus manos empezaron a subir y bajar por mis hombros, lentas, con una presión justa que me arrancó un suspiro involuntario. Llevaba todo el día encorvada sobre los papeles y, lo reconozco, aquello me sentaba demasiado bien.

—Tienes los hombros como piedras —insistió—. Quítate la blusa, anda. Te hago el masaje en condiciones.

Mi primer impulso fue decirle que parara y se fuera. Abrí la boca para hacerlo. Y, sin embargo, mis dedos ya estaban desabrochando los botones. Me quité la blusa y me quedé en sujetador, expuesta a media luz, con una sensación extraña burbujeándome en el estómago. Volví a sentarme. Nadia sonrió y siguió trabajando mi espalda, mis omóplatos, la base del cuello. Sus manos eran cálidas y sabían exactamente dónde apretar.

Poco a poco fueron descendiendo. Resbalaron por la curva de mis hombros hacia el pecho, y sus dedos rozaron el borde superior de mis senos, cada vez más cerca, sin llegar del todo. Yo lo notaba perfectamente y decidí que ahí debía terminar.

—Vale, Nadia. Esto ya ha ido demasiado lejos.

Pareció obedecer otra vez. Otra vez fue mentira. Rodeó la silla, se plantó delante de mí, me sostuvo la mirada un segundo larguísimo y, antes de que reaccionara, soltó el broche de mi sujetador. Mis pechos quedaron libres bajo el aire tibio de la tarde. Ella se quitó la camiseta con el mismo gesto tranquilo y se inclinó para besarme.

—Para —dije, girando la cara—. Nadia, basta.

Pero no había convicción en mi voz, y las dos lo sabíamos. Su boca buscó la mía con paciencia, su lengua empujó suave contra mis labios hasta que cedieron. Me besó el cuello, bajó por la clavícula, atrapó un pezón entre los labios. Yo seguía susurrando que no, cada vez más bajo, mientras una corriente eléctrica me recorría de arriba abajo.

—Me encantan —dijo contra mi piel, mordiendo apenas—. No tienes ni idea de cuánto.

Dejé de fingir. Cerré los ojos y dejé que su lengua hiciera lo que quisiera. Mis pezones se endurecieron como nunca, tan sensibles que cada roce me sacudía. Cuando volvió a buscarme la boca, ya no aparté la cara: la besé yo, la abracé, hundí los dedos en su pelo corto y la pegué a mí, piel contra piel, su pecho pequeño y firme aplastado contra el mío.

Entonces se separó de golpe.

—Creo que deberíamos dejarlo aquí —dijo, con una media sonrisa cruel.

—No —se me escapó—. No puedes dejarme así.

—Un aprobado, Elena. —Me miró desde arriba—. Un cinco. O me visto y me voy. Tú eliges.

Una parte de mí, la profesora de los principios inquebrantables, debió indignarse. La otra parte, la que llevaba demasiado tiempo dormida, ganó sin pelear.

—Tendrás tu cinco —dije con la respiración entrecortada—. Pero sigue, por favor.

Sonrió de verdad, satisfecha. Me besó otra vez y me bajó la falda y la ropa interior de un solo tirón, sin prisa pero sin titubear, hasta dejarme completamente desnuda sobre la silla. Se arrodilló entre mis piernas y me las abrió despacio. Empezó por la cara interna de un muslo, besos lentos que subían milímetro a milímetro, luego el otro muslo, alargando la espera hasta que pensé que iba a volverme loca.

—Nunca me imaginé esto de ti —dijo, levantando la vista—. Tan correcta, tan estricta.

—Por favor —fue lo único que pude articular.

Cuando por fin su lengua me alcanzó, se me escapó un gemido que tuve que tragarme a medias, consciente de las paredes finas y del pasillo. Recorría cada pliegue con una lentitud calculada, a veces presionando, a veces apenas rozándome, jugando con mi clítoris hasta que se me tensaron los muslos. Yo le sujetaba la nuca con las dos manos, sin dejarla apartarse, perdida en algo que ningún hombre me había hecho sentir en veinte años de matrimonio.

—Así —susurraba—. Justo así, no pares.

Ella no paraba. Me miraba a los ojos mientras lo hacía, y esa mirada me encendía tanto como su boca. Después se incorporó y se sentó en el borde de la mesa, a mi lado, sin dejar de besarme. Dos de sus dedos se deslizaron dentro de mí con una facilidad que me delató: estaba empapada. Empezó a moverlos, primero despacio, luego con fuerza, mientras su lengua recorría mi cuello y mis pechos.

—Más —le pedí al oído—. No te pares, te lo suplico.

—¿Te gusta, Elena?

—Me encanta. Nadie me había tocado nunca así.

Intenté devolverle el beso, pero tuve que apartar la boca enseguida porque ya no podía contener los jadeos. Sentí cómo todo se concentraba en un punto, una presión que crecía y crecía sin tregua.

—Me voy a correr —jadeé.

—Hazlo —dijo—. Quiero notarlo.

Volvió a bajar la cabeza entre mis piernas sin sacar los dedos, y esa combinación me deshizo. El orgasmo me golpeó con una intensidad que me obligó a morderme el dorso de la mano para no gritar, por si había alguien al otro lado de la puerta. Fue largo, profundo, distinto a todo lo que conocía. Me quedé temblando en la silla, sin aire, mientras ella subía despacio a besarme la cara.

—Eres increíble —le susurré, todavía agitada.

—Tú también. —Me acarició la mejilla—. Llevo deseándote desde el primer día de clase. Eres preciosa, Elena, y ni te dabas cuenta.

—Me ha gustado tu manera de ganarte el cinco. —Sonreí—. La verdad es que merecías más nota.

—Dejémoslo en un cinco —rio bajito—. No quiero que nadie sospeche nada. Aunque supongo que pronto tocará volver a evaluarme, ¿no?

—Cuando quieras. Pero en un sitio más privado que este despacho.

Nos besamos otra vez, sin prisa, hasta que unos golpes en la puerta nos sobresaltaron. El conserje, seguramente, haciendo la ronda de cierre. Nos vestimos a toda velocidad, conteniendo la risa, y salimos como si nada, ella con su carpeta bajo el brazo y yo con las actas a medio cerrar.

Aquella tarde fue la primera de muchas. Tal vez Nadia nunca llegara a dominar del todo las matemáticas, pero descubrí algo que ninguna ecuación me había enseñado en cuarenta y cuatro años: que el deseo no entiende de principios, ni de etiquetas, ni de lo que una cree saber sobre sí misma. Y que mi mejor alumna, en realidad, había venido a darme la lección a mí.

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Comentarios (5)

CuriosaLP

Que relato!! me enganchó desde el primer parrafo y no pude parar. Muy bien escrito, de verdad.

tati_cordoba

Ay se hizo cortísimo!! quede con ganas de mas, por favor continua la historia!!

Luciana_F

Me encantó como lo describiste, se siente tan real que te metés en la historia sin darte cuenta. Sin ser burdo y con mucho fuego. Sigue así!

Meli_RJ

increible!!! uno de los mejores que lei acá en mucho tiempo

NocheClara

Me recordó a ciertas tensiones que una a veces no sabe muy bien como interpretar... muy bien contado, gracias por compartirlo

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