Lo que mi hermana me preguntó esa noche en la cama
Habían pasado dos semanas desde aquel duelo en el hotel, y Bianca todavía cargaba la derrota como una espina clavada bajo la piel. La noche era cálida. Una brisa lenta entraba por los ventanales del departamento nuevo, allá en las torres del río, y hacía bailar apenas las cortinas de gasa. Abajo, la ciudad seguía despierta, con sus luces temblando sobre el agua. Pero en la penumbra del dormitorio principal todo era quietud.
Sobre la cama amplia, entre sábanas de lino blanco que olían a las dos, Mariel descansaba con la mejilla apoyada en el pecho de su hermana. Tenían las piernas enredadas y los cuerpos apenas cubiertos, en esa calma espesa que solo deja un encuentro largo y secreto. Bianca le acariciaba el pelo con la punta de los dedos, despacio, mientras Mariel dibujaba óvalos perezosos alrededor de uno de sus pezones.
—No entiendo cómo pudiste perder —murmuró Mariel, con una sonrisa que se le notaba en la voz aunque no le veía la cara.
Bianca bajó la vista, desconcertada.
—¿Qué?
—Con lo buena que sos en esto. No me cabe en la cabeza que ella te haya ganado. O sea… —Mariel levantó la cabeza y la miró con picardía—. No me lo explico.
Bianca soltó un suspiro largo, mitad orgullo herido, mitad reflexión. Acomodó la nuca contra la almohada y se quedó mirando el techo, donde las luces de afuera dibujaban líneas que iban y venían.
—Yo tampoco lo entiendo —admitió—. Siento que le hice de todo. Que la dominé. Que la hice temblar, que la hice rogar. Y aun así perdí.
Mariel se rió bajito y le besó el hombro con una ternura que no encajaba con la conversación.
—¿Perder, igual? Por lo que me contaste, se dieron con todo. Pero nunca me habías dicho que te gustaba meterte en la cama con otras mujeres.
—No es que me guste —respondió Bianca, y enseguida sintió la mirada curiosa de su hermana clavada en ella—. Con ella fue distinto. Empezó como una pelea de verdad. Si nos agarrábamos a golpes nos íbamos a lastimar las dos, así que lo llevamos a otro terreno. Yo quería humillarla donde ella se cree invencible. Demostrarle que no es mejor que yo.
—Pero una vez le ganaste.
—Una. Ella, dos. Y la última fue terrible. —Bianca cerró los ojos un segundo, como si el recuerdo todavía le ardiera en la piel—. Me deshizo, Mariel. No me dejó nada.
Lo decía y al mismo tiempo se relamía sin darse cuenta. Mariel lo notó, claro que lo notó, y la sonrisa se le ensanchó en la oscuridad.
—¿La vas a volver a desafiar?
—Obvio que sí. No se la voy a dejar tan fácil.
***
Mientras lo decía, el recuerdo de la última noche en el hotel volvió a meterse en su cabeza sin pedir permiso. La habitación a media luz, la cama deshecha, las dos midiéndose como dos gatas antes de saltar. Habían empezado de pie, frente a frente, escupiéndose desafíos en voz baja para no despertar a nadie del piso.
—Vas a llorar antes de que termine —le había dicho su rival, una mujer de cuerpo delgado y ojos felinos a la que en el ambiente apodaban con un mote que Bianca odiaba pronunciar.
—La que va a llorar sos vos —le había contestado, agarrándola del pelo.
Y se habían lanzado la una sobre la otra. Bianca recordaba el sabor metálico de la adrenalina, el modo en que la otra le clavaba las uñas en la espalda mientras la besaba con rabia, el forcejeo por quedar arriba. Durante un rato larguísimo creyó que ganaba. La tenía boca abajo, le susurraba al oído todo lo que le iba a hacer, sentía que la dominaba por completo.
Pero la rival sabía esperar. Dejó que Bianca se confiara, que se cansara, que bajara la guardia. Y cuando menos lo esperaba, la dio vuelta con una facilidad humillante, le sujetó las muñecas contra el colchón y usó esa lengua hábil con una paciencia cruel, llevándola al borde una y otra vez sin dejarla terminar, hasta que Bianca, furiosa y deshecha, terminó pidiendo en un murmullo lo que jamás habría admitido en voz alta. Esa fue la derrota. No el orgasmo: la súplica.
Bianca parpadeó y volvió al presente, al cuarto en penumbra, al cuerpo tibio de su hermana a su lado.
***
Mariel se acomodó de costado, apoyada en un codo, para mirarla mejor. La sábana se le resbaló hasta la cintura y a Bianca se le fue la vista un instante por el cuerpo de su hermana antes de volver a sus ojos. Siempre le pasaba. Por más años que llevaran haciendo esto en silencio, en hoteles, en departamentos prestados, en la casa de los padres cuando todos dormían, todavía la miraba como la primera vez.
—Contame —dijo Mariel, bajando la voz hasta convertirla en un hilo—. ¿Qué fue lo que más disfrutaste con ella?
Bianca dudó. Se mordió el labio. Y después, como quien confiesa algo que no debería ni pensar, habló.
—La rivalidad. Los insultos. Cuando nos escupíamos en la cara y nos tratábamos de lo peor. No tiene sentido, ya lo sé, porque al final las dos estábamos enredadas, besándonos como animales. Pero eso me calentaba. El odio. Sentir su lengua buscando la mía mientras los ojos me decían que me quería ver perder. El roce y el rencor al mismo tiempo. Me volvía loca.
Mariel se rió de nuevo, esta vez más fuerte.
—Estás enferma. —Le besó el hombro—. Yo no me imagino con otra mujer que no seas vos. Y mucho menos haciendo algo así.
Le pasó la mano por el vientre, despacio, dibujándole círculos sobre la piel todavía tibia.
—¿Y vos creés que ella es mejor que vos en algo? —insistió.
Bianca tardó en contestar. Suspiró. Y después asintió apenas, casi a regañadientes.
—En algunas cosas, sí. Tiene una lengua hábil. Es provocadora como pocas. Buenos labios, lo admito, y sabe exactamente cómo besar para descolocarte. Pero es flaca, casi sin curvas. No sé de dónde saca tanta soberbia.
Mariel se deslizó hasta quedar más cerca, con los ojos brillándole en la oscuridad.
—¿Y a quién preferís? ¿A ella o a mí?
Bianca abrió la boca y no le salió ningún sonido. Se quedó callada unos segundos, parpadeando, buscando palabras que no llegaban. El rostro se le ablandó. Algo cruzó por sus ojos, una emoción que ni ella supo nombrar.
Mariel soltó una carcajada y se incorporó de golpe.
—¡Estás metida hasta el cuello! —exclamó, entre divertida y escandalizada—. ¡Te gusta esa mujer!
—No digas pavadas.
—Te brillan los ojos como a una adolescente enamorada. —La señaló con el dedo, gozando del momento—. ¡Mirate la cara!
Bianca negó con la cabeza y suspiró, resignada. Le tomó la mano que la señalaba y se la llevó al pecho.
—No seas tonta. Con vos es otra cosa. A vos te quiero. No podría imaginarme escupiéndote en la boca, ni peleando con vos como peleo con ella. Lo que hago con ella es una guerra. Lo que hago con vos… —se le quebró la voz un instante— es lo único que me sale del alma.
***
Algo cambió en el aire. La burla se disolvió y quedó otra cosa, más densa, más antigua. Mariel le acarició el rostro con el dorso de la mano, recorriéndole la mandíbula, el pómulo, la curva del labio. Bianca cerró los ojos y se entregó al contacto como quien vuelve a casa después de un viaje largo.
Se besaron. No fue el beso voraz que Bianca le habría dado a su rival, todo dientes y desafío. Fue lento, hondo, húmedo, un beso que no necesitaba ganarle nada a nadie. Mariel le sostuvo la cara entre las manos mientras la lengua se le hundía despacio, y Bianca respondió acomodándose hasta alinear los dos cuerpos, piel contra piel, sin un solo centímetro de distancia.
—Hermanita —susurró Mariel contra su boca, y la palabra prohibida les erizó la piel a las dos como cada vez—. Tenés que cobrártela. No te quedes con las ganas. Andá y mostrale de qué estamos hechas en esta familia.
Le mordió el labio inferior con una suavidad que contradecía la orden. Bianca sonrió con la mirada encendida.
—Por supuesto que me la voy a cobrar. Pero ahora… ahora quiero estar con vos.
Le guiñó un ojo y le atrapó el labio superior entre los suyos, succionándolo apenas, arrancándole un suspiro. Mariel no contestó con palabras. No hacían falta. Bajó una mano por el costado de su hermana, siguiendo la curva de la cadera, y la atrajo hasta que ya no quedó espacio entre las dos.
Bianca la dejó hacer. Por primera vez en dos semanas no pensó en la derrota, ni en la rival flaca de lengua hábil, ni en la revancha que tarde o temprano iba a llegar. Solo existía la boca de Mariel recorriéndole el cuello, las manos que la conocían de memoria, el peso familiar del cuerpo de su hermana acomodándose sobre el suyo.
—Te quiero —dijo Mariel, y lo dijo en serio, sin pizca de burla.
—Y yo a vos —contestó Bianca—. Más de lo que debería.
Esa frase, «más de lo que debería», era el resumen de todo. De los años escondiéndose, de las miradas robadas en los cumpleaños, de las excusas inventadas para escaparse un fin de semana. Nadie lo entendería jamás y a ellas dos había dejado de importarles.
Mariel se acomodó entre sus piernas y Bianca arqueó la espalda buscándola. La brisa seguía entrando por los ventanales, fresca sobre la piel encendida, y las luces de la ciudad seguían temblando sobre el río indiferentes a lo que pasaba en aquel cuarto. La rival quedó del otro lado de la noche, esperando su turno.
Ya llegaría la venganza. Pero esa, como dijo Mariel mientras se hundía en el cuerpo de su hermana, sería otra historia.