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Relatos Ardientes

Mi vecina pidió comida sin saber que yo era la repartidora

Me llamo Daniela y tengo veintiocho años. Hago repartos en moto desde hace casi cuatro, una Honda roja con la caja térmica que ya tiene más cinta adhesiva que pintura original. Es un trabajo solitario, pero me gusta: la ciudad a esa velocidad media, los semáforos como pausas, la radio dentro del casco. Vivo sola en un edificio viejo del centro, en un apartamento del cuarto piso con vista a la calle.

Hace cuestión de un mes se mudó al apartamento de enfrente una mujer que me dejó sin aliento la primera vez que la vi. Salía del ascensor con dos cajas en los brazos y el cabello recogido sin cuidado. Cuando me cruzó la mirada me sonrió con una naturalidad que no era coqueta, pero tampoco indiferente. Yo balbuceé un «buenas» y me metí en mi puerta como si me persiguiera el fuego.

Las semanas siguientes la espié desde la ventana sin querer espiarla. Salía temprano con ropa de oficina, volvía a media tarde, recibía visitas casi todos los días. Lo que más me llamó la atención fue que casi siempre eran mujeres: amigas, parecía, aunque algunas se quedaban hasta tarde. No quise sacar conclusiones. Yo soy lesbiana desde los diecinueve años, y sé bien que mirar a una mujer y construir una historia con ella es una forma rápida de hacerse daño.

—Renata —escuché una vez que alguien la llamaba desde el pasillo—. Renata, ábreme.

Repetí ese nombre en voz baja, dentro del casco, camino al primer reparto del día siguiente. Renata. Me sonaba bien. Me sonaba a algo que yo no podía pronunciar todavía.

***

El sábado por la noche estaba estacionada frente al restaurante de comida japonesa al que casi siempre me asignan. Hacía calor y tenía el casco apoyado en el tanque, revisando el celular sin mucho ánimo. La aplicación vibró. Acepté el reparto sin mirar la dirección, como hago siempre, y entré a recoger la bolsa.

Cuando salí y leí el destino, me quedé un segundo congelada bajo el alero. Era mi calle. Mi cuadra. Mi número de edificio.

Volví a leerlo. Cuarto piso, apartamento 402. El de enfrente del mío.

Me reí sola, una risa nerviosa que no sé si fue de susto o de alegría. Encendí la moto y me fui despacio, como si quisiera estirar el tiempo. En el camino me miré en los espejos retrovisores: tenía el pelo aplastado por el casco y un rastro de aceite en el pómulo. Me pasé los dedos, lo limpié como pude, me solté el cabello, me lo volví a recoger, y cuando me di cuenta ya estaba estacionando en la puerta.

Subí los cuatro pisos por la escalera para llegar con el corazón al cuello, aunque me dije que era por la prisa. Toqué el timbre.

Cuando abrió, los dos pares de ojos tardaron en encajarse.

—¿Tú? —dijo ella.

—Yo —respondí—. Tu reparto.

—Vives enfrente —dijo, señalando con la cabeza mi puerta a tres metros.

—Sí. Y trabajo en esto. Es una… combinación rara.

Se rió bajo, sin abrir mucho la boca, y se hizo a un lado para que entrara con la bolsa. Yo titubeé un instante en el umbral.

—Pasa, déjala en la mesa.

Entré. El apartamento olía a algo cítrico, a velas o a champú recién usado. Estaba descalza, con un pantalón ancho de lino y una camiseta blanca holgada. Sin sostén, lo noté de inmediato y traté de no notarlo más.

—Soy Renata —dijo extendiéndome la mano.

—Daniela.

—Lo sabía. Te he visto entrar y salir. Pensé que te llamarías así.

—¿Por qué? —pregunté.

—No sé. Tienes cara de Daniela.

***

Me ofreció una cerveza. Le dije que no podía, que estaba trabajando. Insistió: una sola, cinco minutos, te debo la molestia de haber subido. Le dije que sí. Apagué la aplicación. Me senté en el sofá con la mochila todavía a la espalda hasta que ella, riéndose otra vez, me la quitó con las dos manos y la dejó en el suelo.

Hablamos un rato. Era abogada de derechos humanos, llevaba seis meses en la ciudad, venía de un pueblo costero que yo no conocía. Me contó que se había mudado a este edificio porque le gustaron las baldosas hidráulicas del pasillo. Yo le conté tonterías: las rutas que prefería, el restaurante con las mejores propinas, el portero que dormía la siesta apoyado en el mostrador.

—¿Y vives sola? —me preguntó en algún punto.

—Sola.

—Yo también.

El silencio que siguió fue uno de esos silencios que no son vacíos. Renata se cambió de posición en el sofá, dobló las piernas debajo del cuerpo y se quedó mirándome con la cabeza apoyada en el respaldo. Sus ojos eran muy oscuros y tenían algo despierto, una pregunta en pausa.

No me la voy a inventar otra vez. Si está pasando, está pasando.

—Tengo que irme —dije, sin moverme.

—Yo no quiero que te vayas —contestó ella.

Me levanté del sofá. Caminé hasta la puerta como si fuera a salir. Puse la mano en la manija, dudé, y cuando me giré para despedirme ella ya estaba a un paso de mí. Me empujó suave contra la puerta y me besó sin preguntar.

***

El beso fue lento al principio, casi de cortesía, como si las dos quisiéramos confirmar que la otra estaba diciendo lo mismo. Después se rompió. Renata me tomó de las caderas y me apretó contra ella, y yo le sostuve la cara con las dos manos para no soltarla.

—Espera —dijo, separándose un poco—. ¿Sí?

—Sí.

—¿Segura?

—Renata, llevo un mes mirándote desde mi ventana.

Se rió y volvió a besarme. Me llevó del recibidor al sofá sin dejar de mirarme. Me abrió la camisa de la repartidora botón por botón, sin prisa, mientras yo le mordía la barbilla y el cuello. Cuando llegó al último botón se detuvo a mirarme.

—Eres preciosa —dijo, como quien constata algo simple.

No supe qué contestarle. Le quité la camiseta por arriba y le besé los hombros, las clavículas, los pechos pequeños y firmes. Tenía un lunar grande debajo del izquierdo. Lo recorrí con la lengua. Ella respiró profundo y me sujetó la nuca.

—Me vas a volver loca —murmuró.

Me deshizo el sostén con una sola mano y me empujó hacia atrás, contra los cojines. Me mordió el hombro: un mordisco breve, exacto, justo donde nace el cuello. Me arrancó un sonido que yo no esperaba hacer, algo entre risa y queja. Después bajó.

Me chupó los pezones uno por uno, despacio, alternando la lengua y los dientes. Yo le tiré del pelo, no para apartarla sino para acercarla más, y ella entendió enseguida. Le metí la mano por debajo del pantalón de lino y la encontré sin ropa interior, abierta y húmeda, esperándome. Le metí dos dedos. Ella me mordió el pecho un poco más fuerte y empujó las caderas contra mi mano.

***

Nos quitamos lo que quedaba de ropa entre las dos, torpemente, riéndonos cuando algo se enganchaba. Quedamos desnudas sobre los cojines del sofá, con la lámpara del salón encendida y las cortinas abiertas: si alguien hubiera mirado desde el edificio de enfrente, nos habría visto. Ninguna de las dos se acordó de cerrar nada.

Renata bajó por mi cuerpo besando todo lo que encontraba: el esternón, las costillas, el ombligo, el hueso de la cadera. Cuando llegó entre mis piernas se tomó su tiempo. Me besó los muslos por dentro primero, despacio, soplándome la piel para hacerme esperar. Yo le sostuve la nuca y separé las rodillas, pidiéndole con el cuerpo lo que no me atrevía a decir con la boca.

Me pasó la lengua plana, de abajo hacia arriba, una vez. Después otra. A la tercera se detuvo en el clítoris y empezó a mover la lengua en círculos pequeños, con una insistencia que me sacó un gemido largo. Me metió dos dedos a la vez, hasta el fondo, y los curvó hacia adentro. Me agarré al respaldo con la mano libre. La otra estaba en su pelo, sin tirar, solo sosteniendo.

—No pares —le pedí—. Por favor, no pares.

No paró. Aceleró un poco, y después un poco más, y cuando sintió que yo ya no podía hablar empezó a chuparme el clítoris entero, dentro de su boca, mientras los dedos seguían entrando y saliendo. Me corrí con los muslos cerrados alrededor de su cara, agarrándole la cabeza, mordiéndome el labio para no gritar tan fuerte que se escuchara en el pasillo.

Me quedé un minuto entero sin poder abrir los ojos. Cuando los abrí, ella tenía la barbilla apoyada en mi vientre y me miraba con una sonrisa pequeña.

—Ahora yo —dije.

***

La acomodé boca arriba sobre los cojines. Le abrí las piernas con una mano y bajé. Tenía un sabor limpio, ligeramente salado, y temblaba apenas la rocé con la lengua. La trabajé despacio, repitiendo lo que me había hecho ella, copiándole el ritmo y los círculos. Le metí los dedos cuando sentí que ya estaba al borde y le sostuve el muslo con la otra mano para que no se cerrara.

—Espera —dijo—. Ven.

Me tiró del brazo hasta que me acomodé al revés sobre ella. Me dejó caer encima, con cuidado pero sin titubear, y entonces tuvimos las dos bocas exactamente donde queríamos tenerlas. Empezamos a la vez. No fue ordenado: era una boca contra otra, una lengua que respondía a la otra, un dedo que se metía cuando el otro salía. En algún momento perdí la cuenta de qué hacía yo y qué me estaba haciendo ella.

Nos corrimos casi juntas, con apenas unos segundos de diferencia. Renata se sacudió primero, fuerte, y el temblor me empujó a mí. La sostuve con los brazos hasta que se le pasaron las contracciones y después me dejé caer a su lado, jadeando, con los ojos cerrados y la tela del sofá pegada a la espalda.

—Dios mío —dijo ella.

—Sí.

—No esperaba esto.

—Yo tampoco.

***

Estuvimos un rato calladas, recuperando el aire. Hacía mucho tiempo que yo no me corría con alguien. Mi último orgasmo compartido había sido con una mujer que ya casi no recordaba, en otra ciudad, en otra vida. Mientras Renata me acariciaba el pelo sin decir nada, pensé que tenía dos opciones: levantarme, ponerme la camisa de la repartidora, volver al trabajo y dejar que esto fuera lo que había sido, una noche rara y memorable; o decir algo que no había dicho nunca tan rápido.

—Te voy a parecer una loca —dije.

—Inténtalo.

—¿Quieres ser mi novia?

Renata se incorporó sobre un codo. Me miró largo, sin sonreír todavía. Después se rió bajo, casi para sí misma, y me apartó un mechón de la cara con dos dedos.

—Acabamos de conocernos.

—Lo sé.

—Vives enfrente.

—Lo sé.

—Nunca me lo había preguntado nadie así.

—¿Eso es un sí?

Se demoró otro segundo. Después asintió, una sola vez, con la cabeza.

—Es un sí.

Esa noche no volví al trabajo. Apagué la moto en mi cabeza y me quedé en su cama hasta el amanecer, hablando de cosas que llevaba años sin contarle a nadie. Renata me contó del pueblo costero, de su madre, de la primera vez que supo que le gustaban las mujeres. Yo le hablé del miedo viejo de mostrarme, de los tres años haciendo repartos, de la sensación de pasar invisible por una ciudad que casi nunca te mira.

Cuando salió el sol, abrió las cortinas y me señaló el edificio de enfrente, justo donde estaba la ventana de mi salón.

—Mira —dijo—. Desde aquí también se ve todo.

Me reí. Le pasé el brazo por la cintura desde atrás y le besé el hombro.

—Entonces no cerremos las cortinas nunca —le contesté.

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Comentarios (4)

LilaDelSur

increible!!! no pude parar de leer hasta el final

Valentina_mdp

Esto me recordo a algo que le paso a una amiga mia, y cuando me lo contó pensé que era inventado jaja. La vida a veces es mas picante que cualquier relato

Pablox99

Por favor que haya segunda parte, se cortó justo cuando mas quería saber

MarinaRojo

Me gusto mucho como estaba construido el suspenso al principio, ese detalle de mirarla desde la ventana le da mucha profundidad al relato

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