Mi primera vez con una mujer fue en aquel baño
Llego a casa de Renata pasadas las once. La música retumba desde la acera y el olor a alcohol se cuela por las rendijas de la puerta, mezclado con tabaco y algo más dulzón que no consigo identificar. Alguien que no conozco me abre, me dedica una sonrisa torcida y desaparece pasillo adentro. Me quedo unos segundos bajo el quicio, intentando que mis ojos se acostumbren a la penumbra. No hay una sola lámpara encendida: solo velas, decenas de velas repartidas por el suelo, en las repisas, sobre la escalera y, sobre todo, en el salón grande, donde la oscuridad y el volumen envuelven los cuerpos que se mueven sin pudor al ritmo de la música.
Cierro la puerta a mi espalda y avanzo dos pasos antes de darme de bruces con Renata. Me mira de arriba abajo con cara de espanto y, sin decir una palabra, me agarra de la muñeca y me arrastra escaleras arriba hasta su dormitorio.
—Pero… ¿qué demonios llevas puesto? —pregunta, en cuanto cierra la puerta.
—¿Qué? ¿No te gusta?
—¿En serio, Camila? ¿Zapatillas? ¿Jeans? ¿Una camisa de cuello cerrado? Por favor, esto es una fiesta, no la misa del domingo. Quítate eso ya mismo.
—¿Y qué se supone que me pongo?
—Eso —dice, ladeando la cabeza con una sonrisa, y señala las prendas dobladas sobre la cama—. Mujer prevenida vale por mil. Sabía que vendrías vestida de monja, y tomé mis precauciones.
Miro mi ropa y, sinceramente, no le veo nada raro. Quizá un clasicismo que aquí desentona, nada más. Pero algo dentro de mí no se resiste. Una mezcla de curiosidad y deseo de pertenecer a esta noche me hace empezar a desvestirme.
Cuando termino de ajustarme la ropa que Renata ha elegido, abro las puertas del armario para verme en el espejo de cuerpo entero. Me ruborizo hasta las orejas. Nunca me he vestido tan apretada, tan insinuante. La falda corta de punto gris remarca cada milímetro de mis caderas. Hasta esta noche no había sido consciente de la curva de mis nalgas, ni de la forma en que mi espalda se estrecha hacia la cintura. El top negro, anudado al cuello, deja al aire los hombros, parte del estómago y un escote que insinúa sin terminar de mostrar. Casi no respiro.
—Renata, yo no sé si…
—Tú, nada —me interrumpe, apareciendo detrás de mí con las manos sobre mis hombros—. Tú, nada. Además, ella está abajo. Y sé que se va a morir cuando te vea así.
El estómago se me cierra. No sé si Renata habla de la misma persona en la que estoy pensando, pero por las dudas, me tiembla hasta el pulso. Esa mujer me intimida desde la primera vez que la vi en una cena de cumpleaños hace meses. No he sido capaz de dirigirle ni dos frases seguidas. Tal vez porque me gusta de un modo que ni yo me atrevo a nombrar, y mi amiga, que es bruja, lo ha intuido.
Renata se sienta en la cama con un vaso largo en la mano y cruza las piernas.
—Estás de infarto, querida. Tienes unas piernas que matan.
Vuelvo a sentir vergüenza. Nunca me había mirado las piernas con atención, ni siquiera al depilarme. Siempre las he tapado bajo el pantalón. El borde de la falda me queda apenas dos palmos por encima de las rodillas, y la sensación de tener tanto aire en la piel me hace cosquillas raras. Pero no hay discusión posible. Renata me acerca unas botas negras de tacón, me desabrocha los dos botones de arriba del top dejando el encaje del sostén a la vista, me suelta el pelo y me lo alborota sobre los hombros. Después me perfila los ojos con lápiz negro y un toque de sombra gris. Cuando vuelvo a mirar el espejo, no me reconozco. Y, para mi propia sorpresa, me gusta lo que veo. Mucho.
Me tiende el vaso y me ordena beber de un trago. El alcohol me quema la garganta y el coraje empieza a subirme por el pecho. No sé qué se propone con todo esto, pero no se lo pregunto. Nunca he estado en una de sus fiestas, y mi relación con su círculo de amigas se ha limitado a charlas educadas de ascensor. Esta noche, sin embargo, mi cuerpo pide algo más.
Bajamos la escalera con las piernas todavía temblándome. Renata me va presentando a chicos y chicas que beben en pequeños grupos, mientras nos acercamos a la barra improvisada del rincón del salón.
—Pide lo que quieras y disfruta. Vuelvo enseguida —dice, y desaparece por el pasillo.
Empieza a sonar una balada lenta, algo de Rosalía que apenas reconozco. Justo cuando agarro el trago que me han servido, una mano cálida se posa en mi hombro. Me giro. Y ahí está. Es Valeria. El corazón me da un vuelco descomunal. Su perfume a jazmín y rosas me invade en cuestión de segundos, y una sonrisa pequeña se le dibuja en el rostro fino y blanco. Lleva una falda negra con franjas grises hasta las rodillas y una blusa blanca sin sostén que insinúa unos pechos pequeños y firmes. El pelo corto, casi al ras de la nuca, le ha crecido un poco desde la última vez que la vi, y dos mechones le caen sobre la frente como si los hubiera colocado a propósito. Sus labios carnosos contrastan con el negro profundo de los ojos.
No sé si lo que le provoco es atracción o sorpresa, pero le devuelvo la sonrisa con la timidez de una adolescente. Un escalofrío me recorre la espalda y baja por sitios que no quiero nombrar. Bebo otro trago largo antes de que se acerque a saludarme con un beso muy cerca de la comisura de los labios. No sé si es el alcohol o su proximidad lo que me enciende, pero se me pone la piel de gallina en un instante.
—Estás preciosa —dice, despacio, mirándome de arriba abajo.
Intento responder «gracias», pero las palabras se me quedan trabadas en algún lugar entre la garganta y el orgullo.
—¿Vamos al sofá? —pregunta. Aunque más que pregunta es una orden suave.
Me dejo llevar cuando me toma del brazo y luego me rodea los hombros, dibujando círculos pequeños con la yema de los dedos. Más de una decena de invitados se contonean en el centro del salón, ocultos bajo la luz inestable de las velas.
Renata pasa junto a nosotras, nos cambia los vasos vacíos por otros llenos de un líquido rosado, nos guiña un ojo y se marcha agitando los brazos como si bailara para sí misma. Valeria, en vez de llevarme al sofá, me sujeta por la cintura y me arrastra entre los cuerpos que bailan. Yo empiezo a contonearme con lentitud, dejándome llevar. Algo flota en mí, la timidez se evapora como el humo de los cigarros. Imito los movimientos sensuales de las chicas que tengo alrededor: círculos pequeños con la cintura, brazos en alto, caderas que dibujan ochos en el aire. Tan absorta estoy que no me doy cuenta de lo cerca que está Valeria hasta que siento su aliento en la nuca. El estómago me da un vuelco, pero no me aparto. Esbozo media sonrisa. Caigo en la cuenta de que no le he dirigido la palabra en toda la noche, y de que es lo último que me preocupa. Por primera vez la tengo cerca y no quiero salir corriendo.
La música cambia. Empieza a sonar algo lento de Mon Laferte. Tengo el cuerpo de Valeria pegado a mi espalda y una mano firme sobre mi vientre. Nos movemos al mismo compás, con los vasos en la otra mano y la respiración acelerándose. Me roza el cuello con los labios. Me tenso un segundo y, en un reflejo, ladeo la cabeza para invitarla a continuar. Ella sonríe contra mi piel y empieza a pasear la boca por mi cuello, deja el vaso sobre una mesa y recupera la libertad de las dos manos. No paramos de movernos. Sus pezones, duros bajo la blusa, me rozan la espalda con cada vaivén. Me rodea por completo y mete una mano bajo mi pecho mientras me mordisquea el lóbulo de la oreja.
—Estás guapísima —susurra—. Y me estás poniendo, ¿sabes? Mucho.
Esas palabras me terminan de incendiar. Nunca me había sentido capaz de despertar deseo en otra mujer. Es la primera vez que siento unas manos femeninas sobre mi piel, acariciándome la parte desnuda que el top no alcanza a tapar. Estoy acelerada, las mejillas me arden, las rodillas me tiemblan en estas botas de tacón fino. Por un instante pienso que voy a caerme, y por otro pienso que no me importaría caerme encima de ella.
Doy un último trago al cóctel. El sabor de lo prohibido, de lo que nunca he hecho, me excita más que cualquier otra cosa. Sin perder el contacto, echo los brazos hacia atrás para pegarla más a mí, aunque sea solo hasta que termine la canción y se rompa el hechizo. De pronto, Valeria me empuja con dulzura para que camine sin despegarme de ella. Esquivamos una mesa, un sillón, dos sillas, y nos colamos en el pasillo oscuro. Al pasar agarra una vela gruesa de la cómoda. Abre la primera puerta de la izquierda y me empuja dentro. El baño.
Cierra con el pie y echa el pestillo. Deja la vela sobre la encimera de mármol, junto al lavabo. La llama tiembla y dibuja sombras sobre su rostro. Está hermosa. Su cuerpo entero me hace respirar nerviosa. No puedo creer lo que estoy a punto de hacer.
Que no se rompa, por favor.
Valeria me sujeta la nuca con las dos manos y me besa. Me invade entera, me mordisquea los labios, me chupa la lengua con una urgencia que no se parece a nada que yo haya conocido. El contacto desata una corriente eléctrica que no sabía que tenía dentro. Siento que me abandono. Quiero dejarle mi cuerpo a su merced.
Le aprieto los antebrazos mientras ella desabrocha con dedos ágiles los botones que quedaban del top, sin interrumpir el beso. Miro un segundo hacia la puerta, temiendo que entre alguien. Me moriría de vergüenza. Pero también me moriría si paráramos ahora. Valeria me desliza una mano por la espalda y me aprieta contra ella, mientras con la otra libera mis pechos del encaje. Su respiración se vuelve más profunda cuando me cubre un seno con la palma y empieza a apretarlo con deseo.
La destreza con la que recorre mi cuerpo me hace gemir y cerrar los ojos. Yo le acaricio la espalda, los brazos, le rozo los pechos pequeños por encima de la blusa, pero no me atrevo a bajar más. Nunca había tenido a una mujer entre las manos, y nunca había sido tan atrevida como para permitirme esto. Valeria me besa la piel desnuda en todas partes, y yo apenas puedo aguantar tanto placer concentrado en cada poro. Cuando se separa un instante para subirme la falda hasta la cintura y acariciarme la cara interna de los muslos, abro los ojos y la miro.
Tiene la mirada clavada en mí. Seria, la boca entreabierta, la respiración jadeante. Busca mi permiso para seguir. Yo no se lo voy a negar. Estoy rendida a sus pies. Toma una de mis manos y la guía hasta su sexo por encima de la falda. Me estremezco. Sonrío, mientras el pecho me sube y me baja a velocidad de animal. Deslizo los dedos por debajo de su ropa, nerviosa, buscándole la humedad. Pero Valeria no me deja.
Me gira de golpe hacia el espejo y aprisiona mi cuerpo entre el suyo y la encimera, obligándome a inclinarme un poco hacia adelante. Una de sus manos me recorre el muslo y me clava las uñas en la nalga; la otra masajea mi pecho mientras me besa la espalda. Gimo bajito, una y otra vez, y la humedad entre mis muslos se vuelve evidente. Cuando Valeria rasga el encaje de mi ropa interior y la deja caer al suelo, ya no me importa nada. Me termina de quitar el top y la falda. Se desviste también, y vuelvo a sentirla pegada a mí. Veo su rostro en el espejo, su aliento empañando el cristal junto al mío, sus pequeños pechos firmes apretados contra mi espalda.
Me sujeta por la cintura con una mano mientras la otra empieza a frotarme el clítoris con una delicadeza que no esperaba. Yo me aferro al borde del lavabo. Levanto una pierna y la apoyo sobre el mármol, abriéndome a ella. Sus dedos se hunden lentamente, y yo dejo de saber qué siento y qué no. Encuentra mi punto exacto y lo aprieta a la vez que sigue frotando por fuera, y de pronto el espejo deja de existir. Ahogo un gemido fuerte contra el dorso de mi mano. Mis piernas no responden.
Valeria se da cuenta de que no me sostengo más. Me gira otra vez, me sienta sobre el mármol y se acomoda entre mis piernas. Sube una de las suyas y junta su sexo con el mío. La sensación es incontrolable. Empieza a moverse despacio, frotando su humedad contra la mía, y mis caderas, por sí solas, se acoplan a su ritmo. Me aprieta los pechos, me pellizca los pezones con un cuidado que parece estudiado. La piel me arde. Pequeños espasmos amenazan con desbordarme cuando Valeria acelera.
Gimo. Gimo otra vez. Sigo gimiendo hasta que no puedo más y exploto en algo que no sé nombrar. Las piernas me tiemblan y no soy capaz de mantenerme de pie. Ella me sostiene. Me mira como si supiera, desde antes de esta noche, que íbamos a terminar exactamente así, en el baño de Renata, con una vela como única testigo.
—Bienvenida —me dice al oído, y se ríe bajito.
Yo me río también, todavía agitada, y entiendo que esta noche no fue un accidente. Fue una invitación. Y yo, sin saberlo del todo, llevaba meses esperando que alguien la firmara.