Volví a su cama después de cinco años
Abrí los ojos casi por instinto al sentir su respiración cálida sobre mi cara. Lo primero que vi fueron sus pupilas, fijas en las mías, observándome con esa mezcla de curiosidad y hambre que ya conocía. Pasaron segundos que se estiraron como minutos, hasta que la distancia entre nosotras se cerró sola y terminamos en un beso lento, casi tímido para todo lo que habíamos hecho horas antes.
Nuestras lenguas no peleaban; se reconocían. En su boca quedaba todavía el rastro de mi propio sabor, ese que su lengua había sacado de lo más adentro de mí durante media noche.
—Buen día, dormilona —susurró sin separarse del todo.
No le contesté. Me limité a sonreír contra sus labios y a dejar que me besara otra vez.
Todo había empezado, o más bien recomenzado, la tarde anterior, cuando después de años fuera del país la vida me devolvió a Bogotá. Lo primero que hice, antes incluso de dejar la maleta en el hotel, fue subir al octavo piso de un edificio que todavía recordaba de memoria y plantarme frente a su puerta. Cuando Mariela abrió, no hubo discurso, ni reproches, ni rodeos: nos miramos un segundo y caímos una sobre la otra como si los cinco años en el medio hubieran sido un mal corte de escena.
Desde ese momento no nos habíamos soltado. Besos, manos, lengua, dedos, jadeos amortiguados contra almohadas; sólo paramos para comer fruta sobre la cama y para tomar agua directamente de la jarra. Habíamos hecho el amor de casi todas las formas que se nos ocurrieron. Casi todas.
***
Mi cuerpo todavía estaba deshecho de tanto placer acumulado, pero ella insistía con esos besos suaves que iban subiendo la temperatura sin que yo pudiera defenderme. Mariela estaba encima mío, con una pierna cruzada sobre las mías, cuando se incorporó apenas para levantar la sábana que me cubría y poder pegar su piel a la mía.
Recién ahí volví a ser consciente de cómo estaba vestida. O cómo no.
Mi cuerpo estaba casi desnudo, salvo por el liguero y unas medias finas, brillantes, color humo, que Mariela me había puesto ella misma la noche anterior con una solemnidad casi de ceremonia. Me había dicho que eran sus favoritas, que las guardaba para una ocasión especial y que ya entendía cuál era. Alrededor de mi cintura, anudado en doble vuelta, seguía el suéter color crema con el que había llegado de la calle el día anterior.
Bajé la mirada y pasé las palmas por mis muslos enfundados en esa tela imposiblemente lisa, sólo para confirmar que no estaba soñando. La sensación me recorrió la espalda. Mariela me vio hacerlo, y por la forma en que se le entrecerraron los ojos, supe que iba a aprovechar el gesto.
Se acercó despacio. Mis manos siguieron viaje desde los muslos hasta el nudo del suéter, que se aferraba a mi cintura como si tuviera vida propia. Tomé las mangas, todavía húmedas de la noche anterior, y las até otra vez, esta vez con un doble nudo que quedó justo sobre mi pubis, prensado contra la tela tejida.
Tomé a Mariela de las caderas. Ella llevaba unas pantimedias canela, también brillantes, que le marcaban cada curva con una insolencia que me obligó a tragar saliva. La guie hacia mí, abriendo sus piernas sobre mi vientre hasta ubicarla exactamente donde el nudo del suéter le rozaba la entrepierna.
Bajó la cara y me besó otra vez, más profundo. Mientras sus manos recorrían mis piernas cubiertas de seda, empezó a moverse a un compás hipnótico, frotándose contra el nudo del suéter, dejándolo empapado a su ritmo. El vaivén era lento, profundo, casi terco, como si quisiera que la prenda la poseyera.
A los pocos minutos soltó un grito ronco, mudo, contenido detrás de los dientes. Sentí su humedad atravesar la tela y llegar a mi piel, y enseguida se desplomó sobre mí, besándome con esa torpeza dulce de después del orgasmo. Mi suéter, atado a la cintura, le robó todavía otro espasmo cuando rodó de costado y volvió a pasar la tela entre sus muslos. Lo comprobé con los dedos al tocar el nudo. Quise frotarme contra él, pero el cansancio me ganó. Cerré los ojos y caí de vuelta en un sueño breve y profundo.
***
—Por fin volvés —escuché su voz cuando desperté.
Mariela estaba a mi lado, envuelta de la cintura para abajo en una sábana arrugada, mirándome con esa mezcla rara de lujuria, ternura y picardía. Me incorporé en la cama y ella me recibió con un beso fresco, como si se hubiera lavado los dientes mientras yo dormía.
Me miré otra vez para confirmar mi inventario: liguero y medias intactas, suéter doblemente anudado en la cintura, piel todavía sensible. Pasé los dedos por el muslo izquierdo, sabiendo perfectamente lo que ese roce iba a provocar en ella. Mariela respondió levantando despacio la sábana que le tapaba la mitad del cuerpo.
Y ahí estaba la sorpresa.
Atado a su cintura, por encima de las pantimedias canela, llevaba un arnés con un falo de goma firme pero suave. El mismo arnés que horas antes la había hecho llorar de placer cuando se lo puse yo. El mismo arnés con el que ella, una madrugada de hace cinco años, me había iniciado en ese juego nuevo, paciente como una maestra y atenta como una amante.
Se incorporó con la agilidad de una gata. Primero quedó arrodillada sobre la cama, después de pie, sosteniendo el falo en la palma de la mano como si lo presentara.
—Vení —dijo apenas.
Gateé hacia ella, lenta, dejándome mirar. Cuando estuve cerca, me tomó del mentón, me besó hondo y me empujó de espaldas sobre el colchón. Después me agarró de las piernas y me deslizó hacia ella, hasta apoyarse mis pantorrillas enfundadas en seda sobre los pechos. Empezó a frotarse con la tela, lenta, casi metódica, estimulando sus pezones contra la textura brillante. No tardé en sentir cómo se le endurecían, cómo la respiración se le entrecortaba sin que ella quisiera reconocerlo.
La punta del dildo quedaba justo entre mis muslos. Estiré la mano, la tomé con la palma abierta y la guié contra mi propio clítoris, masajeándome con la cabeza del falo como si fuera otro juguete más, uno mío. En ese momento sentí un latigazo distinto: Mariela había bajado la cara hasta mis pies y los besaba uno a uno, mordiéndome con suavidad los empeines, dejándomelos brillantes de saliva tibia.
Me soltó una pierna y me giró de costado sin perder la otra. Apoyó la mía sobre su hombro, se sentó a horcajadas sobre mi muslo libre y empezó a balancearse. Sentí su humedad atravesar la pantimedia, atravesar la mía, llegar a mi piel. Mientras tanto seguía besándome la otra pierna, mordisqueando la tela de mis medias, como si quisiera comerse el tejido y la piel al mismo tiempo.
Solté el dildo. No hizo falta más: ella sola lo ubicó en mi entrada y se dejó caer un milímetro, después dos, después tres. Yo ya no aguantaba. Le clavé los dedos en las caderas para que terminara de hundirlo, y se rió bajito.
—No tan rápido —murmuró.
Bajó despacio, calculadamente despacio, mientras yo soltaba una serie de gemidos que ni siquiera intenté disimular. Cuando me llenó por completo, se quedó quieta unos segundos eternos, observándome la cara. Después retomó el movimiento de su pelvis con un mete y saca largo, hondo, que parecía durar para siempre. Sus labios seguían frotándose contra mi muslo, las pantimedias contra mis medias, dos texturas brillantes empapadas una contra la otra.
***
Yo estaba en otra dimensión, ciega de placer. Pero pronto iba a estar ciega en serio.
Mariela se detuvo de golpe, con cara de jugar al gato y al ratón. Salió de mí milímetro a milímetro, hasta dejarme vacía y temblando. El dildo brillaba con mis jugos. Caminó hasta el otro lado de la habitación con una calma insoportable, bamboleando el falo de goma con cada paso, sin sacarme los ojos de encima.
Se agachó frente a la pila de ropa que habíamos ido abandonando por el departamento, mostrándome sin pudor las nalgas marcadas por la pantimedia. Buscó con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo, hasta levantar una chaqueta deportiva blanca, la mía, la que llevaba puesta cuando llegué la tarde anterior. Cerró la cremallera, se la puso sobre los hombros y jugó con la prenda un instante, posando para mí.
—Atátela a la cintura —le pedí en un hilo de voz.
Negó con la cabeza, sonriendo. Dejó caer la chaqueta hasta sostenerla por la parte ancha con una mano. Con la otra movió el dildo a un costado, y empezó a frotarse la entrepierna con mi propia chaqueta, sin prisa, hasta empapar la tela. Cerraba los ojos cada tanto, pero me espiaba por el rabillo, comprobando mi cara. Cuando consideró que la prenda estaba suficientemente mojada, la lanzó sobre la cama, al lado mío.
Quise tomarla. Un gesto seco de su mano me detuvo.
Con la otra mano levantó del piso un par de medias finísimas, las que habíamos usado para uno de nuestros juegos la noche anterior. Las acercó a su cara, las olió hondo, y caminó hacia mí. Empezó a deslizarlas alrededor del dildo, lentamente, como si le pusiera un condón de seda al juguete. La tela brillante absorbió enseguida la humedad que quedaba.
Me hizo un gesto: de rodillas, en cuatro, frente a ella. Obedecí. Acercó el falo a mi boca y, sin decir nada, me indicó con la mirada lo que tenía que hacer. Lo lamí entera, sintiendo en la lengua mi propio sabor mezclado con el tejido. Lo dejé brillante de saliva, sabiendo perfectamente para qué iba a servir esa humedad extra.
Después tomó la chaqueta mojada que tenía a mi lado. Hizo un gesto de ponérmela, pero en el último segundo cambió de plan: la enrolló sobre mi cabeza, ató las mangas en mi nuca y me dejó la cara cubierta, como un pasamontañas improvisado. La parte más empapada quedó justo sobre mi nariz. Cada inhalación me llenaba los pulmones de su olor íntimo, denso, caliente. Sentí cómo, sólo por eso, una corriente líquida me bajaba por la cara interna del muslo.
Me hizo girar, siempre en cuatro, con la cola hacia ella. Me levantó el suéter anudado a la cintura para descubrirme por completo, y entró despacio, quirúrgicamente, asegurándose de que yo sintiera cada centímetro del falo, ahora forrado en seda, abriéndose paso. El orgasmo me agarró ahí mismo, pequeño, anticipado, casi vergonzoso. No le importó. Siguió, marcando el ritmo con una mano firme sobre mi cadera y la otra reptando entre mis piernas para buscarme el clítoris.
El cóctel era demasiado: su olor en mi nariz, el nudo del suéter rozándole el vientre con cada empujón, la seda de las medias entrando y saliendo de mí, sus dedos en su sitio. A los pocos minutos sentí cómo todo se me iba: caí de bruces sobre el colchón con un orgasmo descarado, largo, brutal, y un chorro tibio que empapó la sábana debajo nuestro.
Me arranqué la chaqueta de la cara y respiré por primera vez en lo que me pareció una hora. Mariela se lanzó a mi boca, riéndose, besándome todavía con el falo puesto, hasta que las dos quedamos enredadas, sin saber dónde terminaba una y empezaba la otra.
Pero no se había terminado. Yo todavía no había hecho lo que quería hacerle. Tenía toda la tarde por delante, y tenía cinco años de no haberla visto que cobrarle, prenda por prenda, beso por beso.
¿Cómo termina esta velada? ¿O cómo había empezado, en realidad, todo aquello?
Si quieren saberlo, díganme.