Conocí a Mariana en el gimnasio y todo cambió
Volví al gimnasio después de casi un año sin entrenar. El trabajo me había consumido los meses anteriores y, cuando por fin pude reorganizar mis turnos, lo primero que hice fue retomar la rutina. Tengo veinticuatro años, mido un metro sesenta, soy pecosa, de piel muy blanca y pelo negro liso que me llega hasta la mitad de la espalda. Tetas chicas, pero buena cola y piernas firmes, herencia de mi vieja y de muchas sentadillas.
El primer mes me costó. Después agarré el ritmo y empecé a engancharme con el grupo de chicas que entrenaba a la misma hora que yo. Éramos cinco o seis, casi siempre las mismas, y entre serie y serie se armaba la charla. La rutina me devolvió la energía que el trabajo me había robado, y de paso me devolvió las ganas de socializar.
Y entonces apareció Mariana.
Llegó un lunes a la mañana, presentada por el dueño del gimnasio como suele pasar con los nuevos. Era rubia, altísima, calculo un metro ochenta, ojos verdes claros, tetas operadas perfectamente proporcionadas para su altura, y un porte que no le pasaba desapercibido a nadie. Cuando me dio la mano y me miró a los ojos, sentí algo extraño en el estómago, una corriente rápida que no me pasaba con cualquiera.
Entrenamos juntas esa primera mañana. Hablamos entre series, descubrimos que vivíamos en barrios cercanos, y antes de irnos terminamos intercambiando números. Esa misma tarde ya nos escribíamos por WhatsApp.
Mariana venía saliendo de una relación pesada. Su ex era un tipo mayor, empresario, controlador, y ella todavía estaba procesando todo el asunto. Me contó pedazos sueltos durante las primeras semanas: peleas, manipulaciones, un divorcio que recién empezaba. Yo escuchaba sin presionar. Me daba cuenta de que necesitaba a alguien que no le exigiera nada.
A las tres semanas, una mañana cualquiera, ella llegó al gimnasio especialmente arreglada. Top de licra negra que le marcaba todo, calza alta que le subía hasta debajo del pecho, abdomen empezando a definirse después de un mes de entrenamiento serio. Me costó concentrarme en mis propias series.
En el vestuario, después de la rutina, ya estábamos solas. Las otras chicas se habían ido más temprano. Yo le daba la espalda mientras me sacaba la ropa y, al darme vuelta, me la encontré parada del otro lado del banco con una mini tanga blanca y nada más. Las tetas, enormes, perfectas, los pezones rosados, apuntándome directo.
—¿Te gustan? —dijo, sonriendo, sin un gramo de vergüenza.
Me reí porque no supe qué otra cosa hacer.
—Déjame tocarlas. En serio. El cirujano hizo un trabajo impresionante.
Eran impresionantes, sí. Talla treinta y seis, redondas, firmes pero con una caída natural. Le toqué una con dos dedos primero, después con la palma entera. Mariana cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir.
—¿Nunca habías visto unas así? —me preguntó.
—No de cerca. Y no tan buenas.
Yo me había quedado en tanga también, una negra finita que no tapaba mucho. Cuando me di vuelta para sacar la remera de la mochila, la escuché silbar bajito.
—Mirá vos. Qué culo tenés. Te queda hermoso en tanga.
Me puse colorada. Soy lesbiana desde los catorce y nunca me cuesta el coqueteo con otras mujeres, pero algo en la forma en que ella lo dijo, mirándome de arriba abajo sin disimular, me dejó sin respuesta por un segundo.
—Gracias —dije al final—. ¿Te parece?
—Me encantaría tener uno así. Me vería increíble.
—Tocá si querés —contesté, ya entrando en el juego.
—Solo una palmadita.
Y me dio una palmadita. Y después otra. Yo empecé a mover las caderas como si estuviera bailando, y ella se reía y me seguía pegando suaves, y las dos terminamos doblándonos de risa contra los lockers.
Nos vestimos sin volver a tocar el tema. Cuando salimos, ella se ofreció a llevarme. Pasaba cerca de mi edificio porque iba a buscar a su hermana, dijo. Bajamos juntas al estacionamiento y subí a su BMW gris, un auto que, según me confesó después, había sido parte del arreglo del divorcio.
En el camino me preguntó si yo salía a bailar. Le dije que hacía rato no salía con las chicas, que la última vez había sido en mi cumpleaños y ya estábamos llegando al verano otra vez. Me propuso armar algo para el fin de semana. Le dije que sí, que conocía a varias del gimnasio que se iban a enganchar seguro.
Cuando me bajé, nos despedimos con un abrazo. Sus tetas se apoyaron contra las mías, sentí su perfume —algo cítrico y maderoso— y la suavidad de su mejilla rozando la mía. Me solté antes de hacer cualquier estupidez.
***
Esa noche en mi cama no pude dormir hasta tarde. Pensé en las tetas de Mariana, en cómo se le marcaba el sexo a través de la tanga blanca, en lo que hubiera pasado si yo me animaba a más en el vestuario. Terminé yendo al cajón del velador y agarrando el vibrador. Fueron dos orgasmos seguidos, los dos imaginándola arriba mío.
Al día siguiente arrancamos a organizar la salida. Pude juntar a tres chicas del grupo del gimnasio: Lucía, Antonella y Romi. Las tres ya habían salido conmigo antes. Antonella es lesbiana abierta, Lucía y Romi son bisexuales. A todas les conté un poco la situación de Mariana, lo del divorcio reciente, y todas estuvieron de acuerdo en armar una salida tranquila para que se relajara.
El viernes nos juntamos en el departamento de Antonella para arreglarnos. Yo me puse un vestido negro corto con lentejuelas chiquitas, tanga negra al tono, y unos tacos que me hacían ver más alta de lo que soy. Las otras dos eligieron vestidos también, una en bordó, la otra en azul eléctrico. Cuando Mariana pasó a buscarnos, casi nos morimos: vestido fucsia bien corto, escote profundo, taco alto, labial rojo, y un perfume que llenaba el ascensor con dos pasos.
Habíamos elegido un boliche en las afueras. Mariana insistió en pagar todo, así que reservó un VIP. Llegamos cerca de la una, ya con un par de tragos encima por las previas. La música pegaba fuerte, el VIP tenía una vista directa de la pista, y la mesa estaba cargada de botellas.
Empezamos a bailar entre nosotras. Al rato, Lucía y Romi se estaban besando despacio mientras seguían bailando, con las copas en la mano. Mariana, al principio, se quedó mirando con una sonrisa nerviosa. Después se acostumbró y empezó a seguirles el ritmo.
Yo me animé a hacer twerking. Me agaché, moví el culo, y se me empezó a subir el vestido. Antonella me daba palmadas suaves cada vez que bajaba, riéndose. Cuando me erguí, Mariana me miraba fijo, mordiéndose el labio.
—Te toca —le dije.
Lo intentó. Bajó, movió las caderas, y se le subió el vestido hasta dejar ver una tanga rosa de encaje. Las cuatro aplaudimos. Ella, lejos de avergonzarse, se enderezó, se acomodó el vestido y nos hizo una reverencia teatral.
Seguimos hasta las dos de la mañana. Cuando salimos, fuimos dejando a las chicas en sus casas una por una. Antonella primero, Romi después, Lucía al final. Cuando solo quedábamos nosotras dos, Mariana paró frente a mi edificio.
Sacó un cigarrillo de la guantera y me ofreció. Fumamos en el auto con los vidrios bajos, hablando de la noche, de las chicas, de lo bien que la había pasado. Me dijo que hacía meses que no se reía tanto. Yo le dije que las puertas estaban abiertas para cuando quisiera repetir.
—¿Querés subir un rato? —le pregunté, sin pensarlo demasiado.
—Sí. Subo.
***
Dejamos el auto en mi cochera y subimos al departamento. Yo me saqué los tacos en la puerta, ella hizo lo mismo. Fui a la cocina y serví dos vasos de tequila reposado con una rodaja de limón al costado. Nos sentamos en el sofá, una en cada punta, con las piernas dobladas debajo del cuerpo.
—Tengo calor —dije después del primer trago—. Me voy a sacar el vestido, te aviso.
—Yo también. Me quedo en bombacha y corpiño, ¿te molesta?
Me reí.
—Ningún problema.
Las dos en ropa interior, el tequila bajando lento, la conversación girando alrededor de lo que había pasado en la pista. Le dije que Lucía y Romi se besaban siempre cuando salían. Le confesé que yo era lesbiana hacía casi diez años, que había probado con hombres muy de adolescente pero que nunca volví a engancharme.
—Una vez en la universidad me pasó algo con una compañera —me dijo Mariana, mirando el vaso—. Fue una sola vez. Nunca más me animé. Pero me acuerdo todavía.
Me mordí el labio sin querer. Ella lo vio. Soltó una risa nerviosa, corta. Nos miramos fijo durante dos segundos que duraron una eternidad.
No pensé nada. Me acerqué y la besé.
Pude sentir el sabor del tequila, el del cigarrillo, el del labial todavía pegado a sus labios. Ella no me empujó. Al revés: dejó el vaso en la mesa y me agarró la nuca con una mano. Su lengua se metió en mi boca despacio, midiendo, y después se soltó.
Sus manos empezaron a recorrerme. Espalda, costillas, la curva de las caderas. Yo le besé el cuello, le mordí la oreja, le seguí bajando hasta el escote. Ella me tiró suave del pelo y me sentó a horcajadas sobre sus piernas.
Le desabroché el corpiño con una mano. Cayó al sofá y ahí estaban otra vez esas tetas que me habían perseguido toda la semana. Me prendí de un pezón, después del otro, mientras ella se sacaba mi corpiño con dedos torpes y me clavaba las uñas en la espalda.
—Bajá —me dijo al oído, con la voz tomada.
La hice acostarse a lo largo del sofá. Le besé el cuello, después el espacio entre las tetas, después el abdomen, deteniéndome en cada centímetro. Cuando llegué a la tanga rosa, ya tenía una mancha húmeda en el centro. La corrí a un costado con dos dedos.
Estaba completamente depilada, los labios rosados, hinchados. Empecé despacio, con la punta de la lengua sobre el clítoris, dibujando círculos. Ella tomó aire fuerte y se aferró al respaldo del sofá.
—Mmm, ay, Cami, qué rico.
Cerré los ojos. Subí el ritmo de a poco. Cuando la sentí empezar a temblar, le metí dos dedos y aceleré con la lengua. No tardó nada. Se tapó la boca con una mano y dejó escapar un gemido largo y ronco contra la palma. Sentí cómo se contraía alrededor de mis dedos.
Subí a su boca y le pasé sus propios fluidos en un beso. Ella no se inmutó. Me besó largo, todavía respirando agitada.
—Ahora vos —dijo.
Me empujó suave para que me acostara. Se metió entre mis piernas. Me sacó la tanga negra despacio, mirándome todo el tiempo a los ojos. Cuando despegó la tela, los hilos transparentes se estiraron y se cortaron, y ella sonrió de costado al verlos.
Empezó con miedo, pero le agarró el ritmo enseguida. Su lengua iba y venía sobre el clítoris, después bajaba a la entrada, después volvía arriba. Cuando metió dos dedos también, sentí que se me iba a salir el corazón.
—Así, Mariana, así, no pares.
No paró. Me chupó hasta que me corrí con un gemido que no me importó si lo escuchaban los vecinos. Las piernas me temblaron solas, sin que yo pudiera controlarlas. Quedé tirada de espaldas, mirando el techo, respirando como si hubiera corrido kilómetros.
Después le pedí que se acostara. Me senté arriba, encajamos las piernas como una tijera, y empezamos a frotarnos despacio. La fricción entre las dos era distinta a todo lo que había sentido antes. Mariana cerró los ojos, se agarró del respaldo del sofá, y nos vinimos casi juntas, mirándonos a los ojos los últimos segundos.
Quedamos tiradas, exhaustas, los cuerpos pegados por el sudor. Le ofrecí la cama y nos arrastramos las dos hasta el dormitorio, dejando los vasos y la ropa tirados en el living.
Dormimos abrazadas, desnudas debajo de las sábanas. Cuando me desperté a la mañana, todavía estaba ahí, con un brazo cruzado sobre mi cintura y el pelo rubio desparramado sobre la almohada.
La miré dormir un rato largo antes de levantarme a preparar el café. Sabía que esto recién empezaba.