A mis cuarenta y nueve, el becario me miró distinto
Me llamo Beatriz, tengo cuarenta y nueve años y, hasta hace poco, habría jurado que mi matrimonio era feliz. Tengo dos hijas mayores, una de veinticuatro y otra de veintidós, y una casa demasiado grande en la zona alta de Valencia. Soy directora financiera de una productora audiovisual y mi marido lleva su propia asesoría, así que el dinero nunca fue un problema. Lo que faltaba en esa casa no se compraba con dinero.
Cuando mi secretaria se fue de baja por maternidad, la empresa contrató a un becario para cubrirla unos meses. Se llamaba Mateo y estaba sobradamente preparado para el puesto, quizá demasiado para lo que íbamos a pedirle. Tenía esa seguridad tranquila de los chicos que saben que gustan y no necesitan demostrarlo.
La primera semana fue impecable. Servicial, atento, siempre dispuesto a quedarse si yo me retrasaba con algún cierre. Nunca se lo permití: el horario de mis empleados es sagrado y no estaba dispuesta a romperlo. Pero me gustaba que se ofreciera.
Una tarde llamó a la puerta, pidió permiso y se quedó de pie al otro lado de mi mesa con unos documentos para firmar. Los revisé y, al inclinarme hacia delante para estampar mi firma, lo vi empinarse para mirarme el escote con disimulo. No dije nada. Firmé, le devolví los papeles y se marchó.
Aquello no me dejó indiferente. Que un chaval de veintipocos se arriesgara a mirarme así era algo que no sentía desde hacía demasiados años. Con su estatura, cerca del metro ochenta y cinco, apenas podía haber visto un poco de encaje por el escote. Demasiado riesgo para tan poco premio, pensé, y me hizo gracia.
A la mañana siguiente, mientras me vestía, me acordé de él y me dije: ¿por qué no? Elegí uno de mis vestidos más abiertos sin llegar a ser de fiesta, fucsia, y debajo un sujetador rosa que contrastaba a propósito. Quería sentirme guapa, aunque solo fuera para despertar la curiosidad de un crío de la edad de mi hija.
Esa mañana la escena se repitió tres veces. La primera me acomodé demasiado hacia delante para firmar unos cheques, cuidando de que su cabeza no me tapara la vista de mí misma. La segunda vino a consultarme una tontería que podía haber resuelto solo; me eché hacia atrás en el sillón, abriendo el escote todo lo posible, y él me hablaba sin levantar la mirada del pecho. La tercera ya supo que yo lo había notado, y que estaba jugando.
—¿Necesita algo más, Beatriz? —preguntó.
—Por ahora no —respondí, y disfruté del modo en que tardó en darse la vuelta.
Pasaron los días y seguí con aquella seducción pasiva. Él no disimulaba cuando estábamos solos, y cada mirada descarada me hacía vibrar por dentro y sentirme deseada después de mucho tiempo. Roberto, mi marido, nunca fue seductor. Me follaba cuando le procedía, sin preámbulos, se corría dentro en cuatro embestidas y se daba la vuelta a roncar. Hacía años que no me decía nada bonito, y hacía todavía más que no se molestaba en comprobar si yo me había corrido o no.
Una tarde, tras cerrar una negociación dura con un cliente de Londres, me avisaron de que el contrato estaba listo para firmar en la notaría. Había logrado rebajar un precio desorbitado amenazando con cancelar la compra de una serie; en el fondo habría aceptado su cifra inicial si no me hubieran tratado con tanta prepotencia por ser mujer. Llamé a Mateo por el interfono y le pedí que tuviera un coche de empresa preparado a las cuatro y media.
A esa hora me esperaba abajo con una furgoneta negra de cristales tintados, de esas que usamos para recoger a los artistas. Me senté delante, nunca me ha gustado ir atrás. Le di la dirección y arrancó. Durante el trayecto lo ignoré, absorta en los textos modificados. Al llegar le dije que buscara un sitio y me recogiera cuando lo llamara.
Salí de la notaría exultante. Había asegurado el precio para futuras compras, un ahorro de cientos de miles de euros. Cuando subí de nuevo a la furgoneta, Mateo entendió por mi cara que todo había salido perfecto. Me había desabrochado un botón más de la blusa para sentirme menos seria. Él me miró el escote, yo bajé la vista para confirmar lo que veía, sonreí y le dije que arrancara.
Esperó al primer semáforo en rojo para ponerme la mano en la rodilla, ya libre de tela. Me miró a los ojos, desafiándome a decir algo, y yo solo asentí. La mano subió por el muslo con una lentitud calculada, apretando la carne blanda del interior, y cuando quise darme cuenta ya me acariciaba el coño por encima de las bragas. Noté la tela húmeda pegándose a los labios, y él la notó también, porque sonrió sin dejar de mirar la carretera. Separé las piernas todo lo que me permitía la falda, para ver hasta dónde se atrevía. Apartó las bragas a un lado con dos dedos y me rozó directamente el clítoris, resbalando en la humedad que había ido soltando durante todo el trayecto. Di un respingo y solté un gemido que me sorprendió a mí misma. Después se llevó los dedos empapados a la boca y los chupó uno a uno, lamiéndolos hasta la base sin dejar de mirarme.
—Sabes a puta buena —murmuró.
Aquel gesto y aquellas palabras me encendieron de una manera que llevaba años sin sentir. Pensé en cómo me sentiría si me lo hiciera con la lengua ahí abajo, algo que Roberto había dejado de hacer hacía tanto que ni lo recordaba. Mis sentimientos estaban encontrados: por un lado la culpa de que me tocara otro hombre por primera vez desde la boda; por otro, una especie de revancha por todos los años desperdiciados debajo de un marido egoísta. Decidí que, si aquel chico un poco chulo quería atreverse conmigo, yo no le iba a poner ningún freno.
El semáforo cambió y seguimos. Él vigilaba el tráfico y volvió a meterme la mano bajo la falda, esta vez metiéndome primero un dedo y luego dos, muy despacio, mientras el pulgar me trabajaba el clítoris en círculos apretados. Me miraba acariciarme entera, follarme con los dedos al ritmo del motor, y yo me sentía abierta de par en par sobre el asiento del copiloto, con la falda subida hasta la cadera y las bragas apartadas a un lado. Puse mi mano sobre la suya y la guié justo donde la quería, marcándole la presión y el ritmo. Cuando me corrí me agarré a su brazo y lo apreté con las uñas clavadas, mordiéndome el labio para no gritar en medio del tráfico. Era la primera vez en años que llegaba al orgasmo sin tocarme yo misma, y lo hice con una urgencia sucia que me asustó un poco. Sentí cómo me chorreaba por el interior de los muslos, empapando el asiento.
—Aparca en algún sitio —le pedí con la voz ronca.
Aun en plena calle comercial, encontró un hueco de carga y descarga. Pasé a la parte trasera, donde había dos filas de asientos corridos. Él adivinó mis intenciones y echó los seguros. Me quité las bragas empapadas y las tiré al suelo pensando solo en tenerlo dentro de mí de una vez, pero él tenía otros planes: me tumbó de espaldas sobre el asiento corrido, me abrió las piernas de par en par y se arrodilló entre mis muslos. Sentí una punzada de pudor al pensar que llevaba horas mojada y que se me olería, pero sus labios se llevaron por delante cualquier vergüenza. Empezó lamiéndome de abajo arriba con la lengua plana, muy despacio, recogiendo toda la humedad. Después me abrió los labios con los dedos y clavó la punta de la lengua en el clítoris, azotándomelo, chupándomelo, mientras me metía dos dedos dentro y me los curvaba buscando el punto que Roberto no había encontrado nunca.
Me corrí en su boca en menos de cinco minutos, agarrándole el pelo, apretándole la cara contra mi coño como si quisiera ahogarlo. No me dejó respirar. Volvió a lamerme sin darme tregua, más despacio ahora, sacando la lengua entera para meterla dentro, follándome con ella mientras me acariciaba los pezones por encima del sujetador rosa. El segundo orgasmo me llegó encabalgado sobre las últimas contracciones del primero, y grité sin pudor porque los cristales tintados y el motor apagado eran todo el permiso que necesitaba. Mareada, con los muslos temblándome sobre sus hombros, sin ser muy dueña de mis actos, lo dejé hacer hasta que no quedó nada de la mujer correcta que entraba cada mañana a la oficina. Terminó chupándome despacio, limpiándome con la lengua, sacando la cara de entre mis piernas con la barbilla brillante y una sonrisa de chaval que acaba de ganar.
***
Aquella noche Roberto se empeñó en follarme, como si oliera algo distinto en mí. No tuve fuerzas para negarme y lo dejé, sin casi preámbulo, como siempre. Se me subió encima, me la metió, embistió cuatro veces y se corrió resoplando en mi cuello. No sentí nada. Era como si no me hubiera tocado. Mientras él se dormía, yo me metí la mano entre las piernas y me hice acabar en silencio pensando en la lengua de Mateo.
Al día siguiente Mateo entró en mi despacho con una excusa que podía haber resuelto por teléfono. Rodeó la mesa, se colocó detrás de mí fingiendo señalar algo en la pantalla y me metió una mano dentro de la blusa, sacándome un pecho del sujetador y pellizcándome el pezón hasta ponérmelo duro. La otra mano me subía la falda por debajo del escritorio.
—Aquí no —susurré, pero ya se me abrían las piernas solas.
—La pantalla nos tapa —respondió, y cerró las lamas de la persiana.
No fui capaz de pararlo. Rodó mi silla hacia atrás, se agachó entre mis muslos, me apartó las bragas y se puso a comerme el coño con hambre, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua entera, mordisqueándome los labios. Yo me tuve que meter los nudillos en la boca para no gritar mientras el resto de la planta trabajaba a diez metros de mi puerta. Me corrí en menos de diez minutos, empapándole la barbilla, con las piernas cerradas sobre su cabeza. Luego se incorporó con la bragueta abierta y la polla fuera, dura, gruesa, con una gota brillante en la punta, y me la acercó a la boca.
—Termina tú —me pidió.
La agarré con la mano, la sopesé, y me la metí en la boca hasta donde pude. Estaba caliente, latía. Lo mamé con ganas, tragando saliva, subiendo y bajando, chupándole los huevos entre mano y boca, mientras él me sujetaba la cabeza con las dos manos y me marcaba el ritmo. Se corrió en mi boca sin avisar, un chorro espeso y salado que casi me hace toser, y me obligó a tragármelo todo con la mano en la nuca. Cuando se marchó, me quedé mirando la puerta cerrada con el sabor de su semen todavía en el paladar y una humedad nueva empapándome las bragas. Me prometí que no volvería a ocurrir, al menos no en la empresa. Una cosa era prometérmelo y otra cumplirlo.
Esa misma tarde, ya vacía la planta, la puerta se abrió sin que llamara. Me dijo que lo de la mañana solo había sido un aperitivo y que no pensaba irse a casa sin follarme como es debido. No quedaba nadie, el vigilante estaba en su puesto a la entrada. Me levantó de la butaca, me desabrochó la blusa, me sacó las tetas del sujetador y se explayó con ellas: me las lamió, me las mordió, me chupó los pezones hasta dejármelos morados. Me arrodilló delante de él y me hizo mamársela otra vez, muy despacio, mirándome desde arriba mientras me follaba la boca con cuidado. Después me levantó, me sentó en el sofá de cortesía con una pierna sobre el respaldo y la otra apoyada en el suelo, dejándome el coño completamente abierto, y me la clavó de un golpe hasta el fondo.
Grité contra mi propia mano. Era más grande de lo que Roberto me había hecho sentir en veinte años. Me embistió duro, sin piedad, con el ruido húmedo de mi coño chorreando contra sus caderas, agarrándome las tetas con una mano y el cuello con la otra. Me hizo correrme dos veces sobre su polla antes de sacármela, ponerme a cuatro patas sobre el sofá y volver a metérmela por detrás, agarrándome del pelo. Me susurraba guarradas al oído: que era una puta, que llevaba semanas soñando con reventarme, que me iba a llenar el coño de leche. Se corrió dentro de mí a la tercera acometida fuerte, apretándome contra él, y yo sentí los espasmos calientes rellenándome mientras me clavaba las uñas en las nalgas.
***
Dos semanas después, follando casi a diario de una forma u otra —en el despacho, en la furgoneta, en escaleras de emergencia, contra la pared del archivo—, había tenido más placer que con Roberto en años. Una mañana me llegó un correo suyo: «No olvide la visita de las doce». Extrañada, miré la agenda; no había ninguna cita. Lo llamé.
—¿A qué juegas? Esa visita no existe.
—Quiero follarte en una cama grande, sin prisas ni sustos —dijo—. No mereces correrte siempre a escondidas y con la mano en la boca. Reservo un hotel.
La idea me atrajo con una fuerza que me sorprendió: poder tenerlo desnudo, entero, a mi merced, con tiempo para chupársela sin miedo, para que me la clavara por todas partes. Cedí y le dije que buscara un sitio discreto. Al fin y al cabo, era su trabajo.
Nos encontramos en el ascensor para bajar al aparcamiento. En cuanto se cerraron las puertas me sujetó la nuca y me besó como un poseso, invadiéndome la boca con la lengua mientras me apretaba contra la pared del ascensor y me metía una mano entre las piernas por encima de la ropa. Llegué al coche con los labios hinchados y las bragas mojadas. Durante el trayecto, que conduje yo, me sobó por todas partes sin dejarme terminar, metiéndome los dedos, sacándomelos, chupándoselos delante de mí, queriéndome dispuesta a todo cuando llegáramos.
El hotel era de cinco estrellas, de los discretos. En la habitación se desnudó del todo y me quedé sin palabras. Sabía que tenía un cuerpo atlético, lo había tocado a trozos, pero verlo completo —los abdominales marcados, el vello justo, la polla larga y gruesa levantada contra el vientre— y pensar que estaba a mi disposición me dejó sin aliento. Me desnudó mucho más despacio de lo que yo habría querido: me bajó la cremallera besándome la espalda, me quitó el sujetador con los dientes, me lamió los pezones uno por uno, me hizo salir de la falda sin quitarme las bragas. Después se arrodilló, me las bajó con los dientes también y me hundió la cara entre las piernas de pie, contra la pared, con una pierna mía sobre su hombro.
Me hizo correrme así, en pie, sujetándome de las nalgas con las dos manos, comiéndome el coño con una técnica que no era de crío de veintitantos. Me temblaban las rodillas cuando me llevó a la cama. Me tumbó de espaldas, me abrió las piernas y me la metió muy despacio, centímetro a centímetro, mirándome a los ojos, esperando a que mi cuerpo lo aceptara todo. Cuando estuvo hasta el fondo se quedó quieto, apoyó la frente en la mía y me susurró que no iba a soltarme en toda la tarde. Empezó a moverse con el vaivén lento, largo, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta los huevos, y yo sentía cada roce como si me estuviera aprendiendo por dentro.
Aquella tarde perdí la cuenta. Me hizo correrme con la lengua, con los dedos, con la polla en el coño y con la polla en la boca. Me folló a cuatro patas mordiéndome los hombros. Me montó encima y me enseñó a cabalgarlo despacio, con las manos en mis caderas marcándome cómo tenía que girarlas. En algún momento, tumbada boca abajo, sentí su lengua recorrerme entera, subiendo desde el coño hasta el culo, y ahí se detuvo. Me chupó ese sitio con la misma calma con la que me había chupado todo lo demás, ablandándome, ensalivándome, metiendo la punta de la lengua muy despacio. Supo leer en mi silencio y en el modo en que abrí las piernas que esta vez no le iba a decir que no. Se puso saliva en la polla, se puso más en mí, y entró despacio, con cuidado, atento a cada respiración mía. Lo que empezó con un pinchazo de dolor y un mordisco a la almohada terminó en un orgasmo que no supe de dónde salió, con él metiéndome la mano por debajo para trabajarme el clítoris mientras me follaba el culo con embestidas cortas y cuidadosas. Me dejó temblando sin poder hablar, con su semen chorreándome por dentro de los muslos.
Después nos duchamos, bajamos a comer algo y volvimos a la habitación. No daba crédito a las ganas que aún me quedaban. Se la volví a mamar sentada en el borde de la cama, esta vez con calma, aprendiéndomela, chupándole los huevos, lamiéndosela entera desde la base hasta la punta, tragándomela hasta la garganta hasta hacerle jadear mi nombre. Nos quedamos dormidos abrazados casi una hora, con una pierna mía sobre su cuerpo y su mano en mi pecho. Cuando desperté, se me metió dentro sin despertarme del todo y me hizo el amor por primera vez de verdad: lento, mirándome, besándome mientras me embestía, sin la urgencia de antes, corriéndose muy despacio dentro de mí mientras yo me corría por enésima vez apretándolo con las piernas alrededor de la cintura. Y entendí, con una claridad que me dolió, que llevaba media vida confundiendo el sexo con que me usaran.
***
La aventura duró cuatro meses, justo hasta que mi secretaria volvió de la baja y tuvimos que rescindir el contrato de Mateo. Se despidió de mí en el despacho, más o menos como había empezado todo, sin que ninguno de los dos dijera que era una despedida. Cuando salió por la puerta, no volví a verlo. Lo llamé varias veces. Nunca contestó.
A veces todavía elijo el vestido fucsia para ir a trabajar. No sé muy bien para quién.





