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Relatos Ardientes

El amante de mi madre me deseaba en silencio

Mi madre tenía una amiga de toda la vida, Beatriz, casada con un hombre llamado Marcelo. Lo que Beatriz jamás llegó a sospechar fue que ese marido suyo, tan correcto en las cenas y tan serio en las reuniones, era desde hacía años el amante de mi madre. Cada vez que visitábamos su casa, Marcelo y ella apenas se dirigían la palabra. Fingían una cortesía distante, casi fría, para que nadie atara cabos.

Marcelo rondaba los cuarenta y cinco. Era alto, de espaldas anchas y brazos firmes, con el pecho cubierto de vello y una barba espesa que le daba un aire de hombre que sabe exactamente lo que quiere. Esa barba, no sé bien por qué, era lo que más me desarmaba cada vez que lo tenía cerca. Cada vez que lo veía imaginaba esa barba raspándome el interior de los muslos, arañándome el coño hasta dejármelo enrojecido.

Yo tenía veintidós años, estudiaba en la universidad de la ciudad y todavía vivía con mi madre en el pueblo. Beatriz y Marcelo vivían a media hora, y desde chica fui amiga de sus hijas. Nadie habría imaginado lo que pasaba por mi cabeza cada vez que él aparecía por casa.

Porque Marcelo venía seguido. Se quedaba a dormir con la excusa de algún trámite, y mi madre y él pasaban la noche entera cogiendo. Yo lo sabía perfectamente: las paredes eran delgadas, y los gemidos de mi madre cruzaban el pasillo hasta mi cuarto. La escuchaba pedirle más, decirle "métemela hasta el fondo", "más fuerte, cabrón", y él le respondía con gruñidos roncos y con el ruido húmedo de la carne chocando contra la carne. Lo que ella no sabía era que Marcelo no era su único amante, ni que su hija, del otro lado de esa pared, escuchaba con el oído pegado a la madera y la mano metida entre las piernas.

Con el tiempo, esa costumbre de escucharlos se convirtió en una obsesión. Me masturbaba noche tras noche imaginándome su polla, tratando de calcularle el grosor por los alaridos de mi madre. Los hombres de mi edad me parecían apurados, torpes, sin la menor idea de lo que hacían. Se corrían en tres minutos, me dejaban con el coño palpitando y sin acabar. Marcelo, en cambio, sonaba como un hombre que se tomaba su tiempo, que podía follar durante una hora sin parar. Y yo, en la oscuridad, con dos dedos hundidos en mi propia humedad, terminaba imaginando que era yo quien recibía esa verga, que era mi culo el que él apretaba con esas manos enormes.

***

Una tarde, mientras mi madre y yo doblábamos ropa, me animé a preguntarle.

—¿Por qué te acuestas con Marcelo? —solté, como sin darle importancia.

Ella se rió sin levantar la vista.

—Porque me gusta. Me consiente, me trata bien, es un hombre que sabe estar. ¿Por qué la pregunta?

—Por nada. Es que cuando viene, no me dejan dormir.

Mi madre detuvo las manos sobre una toalla y me miró fijo.

—¿Nos escuchas?

—Todo —admití, y sentí que me ardía la cara—. ¿Y quién no? Es un hombre guapo. Tan seguro de sí mismo que cualquiera querría estar en tu lugar.

—Cualquiera no —dijo ella, entre divertida y alarmada—. Marcelo es mucho mayor que tú. Esas cosas se piensan, Valeria.

No le contesté. Pero algo en su mirada me dijo que lo había entendido todo, y que la idea, lejos de escandalizarla, le había despertado una curiosidad parecida a la mía.

***

Mi madre nunca fue una mujer convencional. En vez de prohibirme nada, empezó a darme consejos. Que caminara distinto, que aprendiera a sostener una mirada, que me vistiera para que se notara lo que tenía. Me llevó de compras y me eligió vestidos ajustados, blusas que marcaban la cintura, ropa que me hacía sentir, por primera vez, dueña de mi propio cuerpo.

—Si vas a jugar con fuego —me dijo una vez, ajustándome el tirante de un vestido frente al espejo—, al menos juega bien.

Y vaya que jugué. La mañana siguiente bajé a desayunar con un short corto y una blusa fina, sin nada debajo. Los pezones se me marcaban duros contra la tela. Marcelo estaba en la mesa con mi madre. Cuando me vio, dejó la taza a medio camino de la boca y tragó saliva. Yo lo miré a los ojos y le sonreí, despacio, como si no pasara nada. Me senté, me levanté a buscar agua, me demoré frente a la pileta más de lo necesario, agachándome apenas para que el short se me subiera. Sentí su mirada recorrerme la espalda como una mano, clavársele en el culo, imaginé su polla endureciéndose bajo la mesa.

Desde ese día, todo cambió entre nosotros. Marcelo se volvió más atrevido. Cuando mi madre no miraba, me rozaba la cintura al pasar, me sostenía la mirada un segundo de más. Una vez me apretó una nalga en la cocina, rápido, con la mano abierta, y siguió caminando como si nada. Y mi madre, lejos de frenarlo, se reía. Las pocas veces que dijo algo fue casi un permiso disfrazado de reproche.

—Te dejas tocar y no le dices nada —comentó una noche, cuando él ya se había ido.

—Tú tampoco dices nada —le respondí—. Y bien que te das cuenta de cómo me mira.

Ella se quedó callada un momento, con una media sonrisa que lo decía todo.

—Lo provocas —murmuró al fin—. Y a mí me da lo mismo. Eres grande. Sabes lo que haces. Si te quiere follar, déjate follar.

Esa frase me quitó el último freno.

***

La oportunidad llegó un sábado de lluvia. Marcelo había pasado la noche en casa, y por la mañana mi madre anunció que tenía que salir a ver a una amiga. Antes de irse, entró a mi cuarto, se sentó en el borde de la cama y me acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Me voy un rato. Te quedas con Marcelo —dijo, y agregó, con una calma que me erizó la piel—: Pórtate como quieras.

No hizo falta que dijera más. Las dos sabíamos qué iba a pasar, y las dos lo queríamos.

Cuando escuché el motor del auto alejarse, el corazón me latía en la garganta y sentí cómo el coño se me humedecía de golpe. Me metí a la ducha, me lavé rápido, me pasé el jabón entre las piernas con dedos temblorosos, y salí envuelta apenas en una toalla. En el pasillo me crucé con Marcelo, que volvía de la cocina. Me detuve frente a él, lo miré a los ojos y, sin decir una palabra, dejé caer la toalla al suelo.

Por un segundo no se movió. Me repasó entera con esa mirada de hombre que sabe lo que quiere: se demoró en las tetas, en la curva del vientre, en el triángulo depilado entre mis piernas. Después dio un paso y me tomó de la cintura con esas manos enormes que tantas veces había imaginado sobre mi piel.

—Hace meses que espero esto —dijo, con la voz ronca, muy cerca de mi boca—. Meses queriendo comerte ese coño.

—Yo también —contesté, y le agarré la mano y me la puse entre las piernas—. Tócame. Metémelos.

Sus dedos se hundieron en mí sin resistencia. Ya estaba empapada. Marcelo soltó un gruñido en cuanto sintió lo mojada que estaba, y empezó a moverlos despacio, en círculos, apretándome el clítoris con el pulgar mientras me metía dos dedos hasta los nudillos.

—Sos una puta —murmuró contra mi cuello—. Estabas esperando esto, ¿no?

—Sí —jadeé—. Hace meses. Todas las noches. Los escuchaba a mi madre y a vos y me tocaba pensándote.

Me besó. No fue un beso suave: fue el beso de un hombre que llevaba demasiado tiempo conteniéndose. Me sostuvo la cara con una mano mientras con la otra me seguía cogiendo con los dedos, la lengua metida entera en mi boca, la barba raspándome los labios y el mentón. Sentí un escalofrío bajar por toda la columna hasta el culo.

Lo tomé de la mano y lo llevé a mi cuarto. Le arranqué la camisa a los tirones, botón por botón, y le clavé las uñas en el pecho velludo. Después le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. Su polla saltó dura, gruesa, más grande de lo que había imaginado en tantas noches. Se me hizo agua la boca.

—Dios —murmuré—, mirá qué verga tenés.

Me arrodillé en la alfombra sin pensarlo. Le agarré la polla con las dos manos, la sopesé, le pasé la lengua desde la base hasta la punta y me detuve en el glande para chuparlo lento, cerrando los labios alrededor. Marcelo dejó salir un gemido ronco y me enterró los dedos en el pelo.

—Así, nena. Metétela toda.

Se la metí hasta la garganta. La sentí golpearme el paladar, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no paré. Iba y venía, chupándosela con la boca abierta, dejando que la saliva me chorreara por el mentón y le cayera sobre los huevos. Con una mano le acariciaba las bolas, con la otra le apretaba la base. Marcelo me embestía la boca despacio, guiándome con las caderas, mirándome desde arriba con los ojos entrecerrados.

—Cómo mamás, hija de puta —jadeó—. Mejor que tu madre.

Esa frase me prendió fuego. Le chupé más rápido, sacándomela para lamerle los huevos uno por uno, metiéndomela otra vez hasta que casi me ahogaba. Cuando sentí que le temblaban los muslos, me la saqué de la boca y le sonreí.

—No te corras todavía.

Me levantó del pelo y me tiró sobre la cama. Caímos enredados. Me abrió las piernas con esas manos anchas y se hundió entre mis muslos con la cara. La primera lamida me sacó un grito. Me lamió el coño de punta a punta, se demoró en el clítoris chupándolo como si fuera un caramelo, me metió la lengua adentro y la sacó, y volvió a chupar. La barba me raspaba la carne tierna de la ingle y esa mezcla de aspereza y placer me volvía loca. Le agarré la cabeza y le apreté la cara contra mí.

—Ahí, ahí, no pares, seguí ahí —gemí, arqueándome—. Chupámelo todo.

Él, que solo había conocido el apuro de los chicos de mi edad, me hizo descubrir lo que era estar con un hombre que sabía esperar. Me lamió hasta que se me tensaron las piernas, hasta que sentí que me corría en su cara con un temblor que me sacudió hasta los pies. Grité contra la almohada, mordiéndola, y él siguió chupando mientras yo me retorcía, aprovechando cada espasmo.

Por fin, pensé, mientras me arqueaba contra su boca. Por fin entiendo a mi madre.

Se subió sobre mí, la polla dura goteando de líquido sobre mi vientre. Se pasó el glande por los labios del coño, arriba y abajo, empapándolo, y me miró.

—¿Querés que te la meta?

—Metémela ya —le rogué—. Toda. Cogeme.

Empujó de una sola vez y me la clavó hasta el fondo. Grité. Sentí que me abría entera, que me llenaba de una manera que ningún chico había podido. Se quedó adentro un segundo, quieto, dejándome sentirla, y después empezó a moverse. Despacio primero, atento a cada gesto mío, leyendo en mi cara lo que necesitaba. Salía casi entera y volvía a hundirse hasta el fondo, con un golpe seco que me hacía rebotar las tetas contra el pecho de él.

—Qué apretada estás —gruñó contra mi oreja—. Me estás exprimiendo la verga.

Después el ritmo creció, y yo dejé de pensar. Me aferré a sus hombros, a su espalda ancha, le clavé las uñas hasta hacerle sangre. Me la metía cada vez más fuerte, la cama chocaba contra la pared, se escuchaba el chapoteo húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño empapado. Gemí sin control, sin importarme nada, porque por primera vez sentía mi cuerpo respondido por completo.

Me dio vuelta. Me puso en cuatro patas, me apretó la cintura y me la metió por atrás de un envión. Yo hundí la cara en la almohada y le ofrecí el culo. Me agarró del pelo con una mano, me tiró la cabeza hacia atrás, y con la otra me dio una nalgada que me hizo aullar.

—Decime que te gusta.

—Me encanta, me encanta, no pares —gemí—. Cogeme fuerte, rompémelo.

Me la metía hasta que sus huevos me golpeaban el clítoris. Sentía su verga tocándome hasta lugares que no sabía que tenía. Me pasó el pulgar por el ojete, apretando apenas, y sentí que me venía otro orgasmo, más largo, más profundo. Se me contrajo todo, me temblaron las piernas, me caí de bruces contra el colchón mientras seguía embistiéndome desde atrás.

—¿Estás bien? —me preguntó en algún momento, frenando apenas, con la polla enterrada hasta el fondo.

—No pares —fue lo único que pude decir—. No pares. Cogeme hasta que te corras adentro.

Me volteó otra vez de espaldas, me abrió las piernas contra su pecho, y me la clavó con las últimas embestidas, rápidas, brutas, mirándome a los ojos. Yo le apretaba las nalgas con los talones, tirándolo contra mí. Cuando lo sentí temblar, cuando lo escuché soltar ese gruñido ronco que tantas veces le había escuchado a mi madre, me apretó las caderas con fuerza y descargó chorros calientes dentro de mí. Sentí cada latido de su polla vaciándose. Yo me corrí con él, con la boca abierta, sin voz, contrayendo todo alrededor de esa verga que no dejaba de derramarse.

Terminamos los dos agotados, empapados de sudor, enredados entre las sábanas. El semen le chorreaba por el muslo cuando salió de mí. Marcelo se dejó caer a mi lado y me atrajo contra su pecho. Yo apoyé la cabeza sobre el vello tibio y escuché su respiración agitada ir calmándose poco a poco.

—Quién diría —murmuró, acariciándome el pelo— que detrás de esa cara de niña buena había una puta así.

Sonreí contra su piel. Me quedé un largo rato escuchando los latidos de su corazón, con el coño palpitando y el semen bajándome por entre las piernas, hasta que el cansancio nos venció a los dos y nos dormimos.

***

Desperté tres horas después. Marcelo ya no estaba. Me puse una bata y bajé al comedor con las piernas todavía temblorosas y el coño todavía dolorido. Él estaba sentado a la mesa, y frente a él, tomando un café como si nada, estaba mi madre.

—Hola, dormilona —dijo ella, con una sonrisa que conocía demasiado bien.

—Te tardaste —respondí, sin poder esconder el rubor.

—Me entretuve hablando con mi amiga —contestó, y me sostuvo la mirada un instante más de la cuenta—. ¿Estás feliz?

Marcelo me miró de reojo, conteniendo la risa. Mi madre, también.

—Como nunca —dije, y era verdad.

Ella había salido a propósito. Había querido que su hija probara lo que ella probaba cada noche, y verme entrar a la cocina con esa cara de recién cogida la llenó de una satisfacción extraña, cómplice, que jamás me explicó del todo.

***

Durante varios meses, las dos compartimos a Marcelo. Cada vez que venía, lo esperábamos con la misma ansiedad. A veces era con mi madre, a veces conmigo, a veces nos cruzábamos en el pasillo, ella saliendo del cuarto con el pelo revuelto y el olor a sexo pegado a la piel, y yo entrando a que me follara a mí, y ninguna decía nada. Alguna noche, incluso, nos lo turnamos en la misma cama: él acababa dentro de mi madre, se quedaba unos minutos duro todavía, y después me montaba a mí, sin lavarse, mientras ella nos miraba desde al lado, con una mano entre las piernas. Se volvió una rutina nuestra, un secreto que solo nos pertenecía a las tres personas que estábamos dentro.

Aprendí con él lo que ningún chico de mi edad me había enseñado: que el deseo se construye despacio, que la mirada vale tanto como las manos, que un hombre que sabe esperar es infinitamente más peligroso que uno apurado, que una buena verga puede hacerte olvidar el nombre propio. Marcelo supo despertar algo en mí que ya no volvió a dormirse.

La historia terminó como suelen terminar estas cosas. Marcelo descubrió que ni mi madre ni yo le éramos tan exclusivas como él creía, y un día simplemente dejó de venir. Se acabó sin escándalo, casi en silencio, igual que había empezado.

Beatriz, hasta donde sé, nunca se enteró de nada. Y mi madre y yo, cada tanto, todavía cruzamos una mirada cuando alguien menciona su nombre. No hace falta decir nada. Las dos sabemos exactamente lo que pasó aquel verano, y ninguna de las dos se arrepiente.

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Comentarios(7)

Maxi_uy

Que morbazoooo!!! de los mejores de esta categoria sin dudas

DieguiRio

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas. No puede terminar ahi

SergioMontoya

Esa tension que describís, ese juego de miradas sin decir nada... demasiado real. Me enganchó desde el primer parrafo

Gastón_86

increible jaja no sé como hacen para escribir tan bien esto

LectorK_23

Lo leí de una sola vez sin parar. Tiene algo especial este relato que te arrastra. Esperando la continuacion con ansias!!

Ferchu_ok

ese final me mato jaja tremendo, no me lo esperaba

MiriamV_ok

Y despues que paso?? no puede quedar asi, necesito saber como termina

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