La fiesta de la oficina me convirtió en su secretaria
Llevaba un mes trabajando en aquellas oficinas del centro. Me habían puesto en recepción, que no era exactamente lo que yo buscaba a mis treinta y ocho años, pero el sueldo alcanzaba y el ambiente era cómodo. Acepté pensando que ya aparecería algo mejor más adelante, que la paciencia siempre termina pagando. A veces paga de formas que una ni siquiera imagina.
Ese viernes mis compañeros organizaron la reunión mensual que tenían por costumbre. Me invitaron, claro, y yo dije que sí de muy buena gana. En tan poco tiempo ya me llevaba bien con casi todos, así que me pareció buena decisión asistir. Seríamos ocho hombres y ocho mujeres en un bar reservado solo para nosotros.
La noche empezó tranquila, con conversaciones de trabajo y las primeras cervezas. Pero cerca de la medianoche, con unas cuantas copas de más encima, todos se fueron soltando. Las risas subieron de tono, las sillas se acercaron, y esa frontera invisible que hay en la oficina entre semana se borró de golpe.
Esteban llevaba un rato coqueteándome de manera muy descarada. Era esposo de otra compañera, una mujer simpática que en ese momento charlaba en la otra punta de la mesa, ajena a todo. Él, bajo el mantel, me había puesto la mano en la rodilla. La subió despacio, apretándome el muslo, y yo no la aparté. Sus dedos llegaron al borde de la braga y se colaron por debajo de la tela, buscándome el coño. Cuando encontró lo que buscaba, lo escuché soltar el aire por la nariz. Yo ya estaba empapada.
Hacía mucho que nadie me tocaba así.
Me puso caliente más rápido de lo que me habría gustado admitir. Me metió dos dedos y empezó a moverlos dentro, buscándome el punto por el lado de arriba, con el pulgar apretándome el clítoris en círculos. Lo dejé hacer y, muy disimuladamente, deslicé mi mano hasta su entrepierna. La acaricié por encima del pantalón y noté cómo se endurecía bajo mis dedos, gruesa, marcándose contra la tela como si me estuviera pidiendo salir.
—Ya estás mojada —me dijo al oído, fingiendo que comentaba cualquier cosa—. Se te va a notar en el vestido, guarra.
—Pues así me pones, tocándome ahí —respondí sin mirarlo, apretando el muslo contra su mano para que no la sacara.
—Es que estás muy buena. Te la meto ahora mismo si me dejas.
—¿Y tú? ¿También estás caliente? —pregunté ya demasiado excitada, apretándole la polla por encima del pantalón—. Vamos al baño. Quiero mamártela.
Me encendía sentir cómo se le marcaba contra la tela, dura, más grande de lo que esperaba. De pronto me entraron unas ganas que no sentía desde hacía años, las ganas urgentes y un poco egoístas que llegan con la edad, cuando ya no tienes paciencia para los rodeos.
Nos escabullimos al baño con la naturalidad de quien no quiere que lo noten. Una vez dentro, no hubo demasiado preámbulo. Le puse el pestillo, me giré y él ya me estaba desabrochando el cinturón mientras me besaba la boca a lengüetazos, sin delicadeza, con la lengua entrándome hasta el fondo. Le bajé la bragueta, le saqué la polla, y me quedé un segundo mirándola en la mano: dura, hinchada, con la punta ya brillante de líquido.
Me arrodillé en las baldosas y se la mamé despacio, empezando por lamerla entera de arriba abajo, chupándole los huevos uno a uno, sacando la lengua para que él viera cómo se la envolvía. Después me la metí en la boca hasta donde me dio, hundiéndola hasta la garganta cada vez que bajaba, ayudándome con la mano en la base para masturbársela mientras se la chupaba. Sentí cómo le temblaban las piernas y cómo se sujetaba del lavamanos para no venirse abajo.
—Joder, Mariela —jadeó—. Joder, joder, así no aguanto nada.
Yo aceleré. Le agarré el culo con las dos manos, tiré de él hacia mi cara y le hice follarme la boca sin freno, embistiéndome, oyéndolo respirar entrecortado encima de mí. La verdad es que lo disfruté bastante, sentir esa verga golpeándome contra la garganta, saborear el sudor y las ganas contenidas de todo un viernes. Hasta que de golpe soltó un gruñido, me agarró de los pelos y se vino sin avisar. La primera corrida me dio en el paladar, caliente y espesa; el resto se la dejó dentro, con tres embestidas cortas, hasta vaciarse. Me quedé con la boca llena de semen y, sobre todo, con muchísimas más ganas de las que tenía al entrar.
—Perdón —murmuró, medio avergonzado, ya con la polla ablandándosele contra mi mejilla—. No aguanté.
No le dije nada. Tragué, me limpié la comisura con el dorso del pulgar, me enjuagué la boca en el grifo, me retoqué el labial frente al espejo y salí antes que él, todavía caliente, todavía con el coño palpitándome dentro de la braga, todavía insatisfecha. Mientras volvía a la mesa, pensé que esa frustración me iba a durar toda la noche y parte del fin de semana. No tenía ni idea de lo equivocada que estaba.
***
Lo que no había calculado era que mi jefe se diera cuenta de todo. Adrián era un hombre de unos cuarenta y tantos, de esos que no necesitan levantar la voz para que una sienta que mandan. Cuando volví a la mesa, disimuladamente se sentó a mi lado, en la silla que Esteban había dejado libre.
—¿Qué estabas haciendo? —me preguntó directo, sin rodeos.
—Nada —contesté.
—¿Nada? Salieron juntos del baño —dijo, y había más diversión que reproche en su voz.
Lo miré a los ojos. Pude haber inventado una excusa, mil mujeres lo habrían hecho. Pero algo en su forma de mirarme, tranquila y segura, me dio ganas de decir la verdad.
—Solo se la mamé un ratito —respondí—. Y se me vino en la boca en dos minutos, así que ni disfruté.
No se sorprendió por el acto en sí. Lo que pareció descolocarlo fue la franqueza, lo descarada que fui al admitirlo sin bajar la mirada. Sonrió en silencio y asintió despacio, como quien acaba de descubrir algo que le interesa.
—Eres muy guapa —dijo al fin—. Tienes muy buen cuerpo y se nota que eres una mujer caliente. De esas que necesitan que se la metan bien, no que se la corran en la boca y se vayan.
—¿Tú crees? —respondí, coqueta, jugando con el borde de mi copa.
—Me gustaría comprobar qué tal lo haces —soltó, mirándome a los ojos, y ya tenía una mano apoyada sobre mi pierna, subiéndomela por debajo del vestido, sin disimulo, hasta rozarme la braga todavía húmeda de antes—. Mira cómo estás. Ese cabrón te dejó a medias.
Me estremecí con el contacto de su palma tibia, que subía y subía con una calma que me ponía más que cualquier prisa. Me pasó un dedo por encima de la tela, presionándome el clítoris a través de la braga, y yo abrí las piernas un poco más sin pensarlo. Sentí que la noche se torcía hacia un lugar mucho más interesante.
—Pues vamos —dije—. Y esta vez me la vas a meter tú.
Me sorprendí a mí misma con esa respuesta que ni siquiera había pensado. Salió sola, desde algún lugar de mi cuerpo que tenía demasiado tiempo en silencio. Asentí con la cabeza y una sonrisa media torcida. Salimos del bar sin decir palabra, cada uno por su lado para que nadie atara cabos, y nos encontramos en la esquina.
***
Había un motel a dos calles, uno de esos discretos con cocheras tapadas. Entramos sin hablar mucho, todavía con la electricidad del bar pegada a la piel. Apenas cerró la puerta de la habitación, Adrián se acercó por detrás y me besó el cuello mientras me bajaba el cierre del vestido. Me pegó el bulto contra el culo, apretándomelo, para que sintiera lo dura que la tenía. Yo empujé para atrás y le froté las nalgas contra la polla, restregándome, y lo escuché gruñir bajito.
No tuvo prisa, y eso fue lo que más me gustó. Esteban había sido pura urgencia adolescente; Adrián era otra cosa. Me giró, me sentó en el borde de la cama y me fue desnudando despacio, observándome como se observa algo que se ha esperado un buen rato. Me sacó el sostén, me miró las tetas sin tocarlas todavía, y después bajó, se arrodilló entre mis piernas y me quitó la braga con los dientes, mordiéndome el interior del muslo por el camino.
—No tienes que apurarte conmigo —me dijo, recorriéndome el hombro con un dedo—. Quiero ver bien lo que tengo delante. Quiero verte el coño abierto antes de comértelo.
Me dejé mirar. Hay una edad en la que dejas de esconder el cuerpo bajo las sábanas y empiezas a disfrutar de que te miren, y yo había llegado a ella hacía rato. Sentí su mirada bajar y demorarse en mis pezones duros, en la barriga, en el coño ya empapado y latiendo, y en lugar de cubrirme, me incliné un poco hacia atrás, apoyada en las manos, y separé las piernas para que lo viera todo, hasta lo más rosado, hasta el agujero de atrás.
—Así me gusta —murmuró—. Guarrita.
Cuando estuvo desnudo, me arrodillé otra vez. Pero esta vez no fue por obediencia, sino porque quería. Le vi la polla y se me hizo agua la boca: gruesa, larga, con las venas marcadas y los huevos bien pesados. La agarré por la base, la apreté, y le pasé la lengua desde abajo hasta la punta, dando un lametón largo y lento. Le chupé los huevos primero, uno y otro, metiéndomelos en la boca de a uno, y después subí y me la metí entera de golpe, hasta el fondo, hasta hacer arcadas.
Se la mamé con calma, mirándolo hacia arriba, disfrutando del poder que tiene una mujer cuando sabe exactamente lo que está haciendo. Le escupí encima para lubricarla mejor y se la trabajé con la mano y la boca a la vez, girando la muñeca en cada subida, chupándole la punta con el labio inferior estirado, sacando la lengua para que viera cómo le rodeaba el glande.
—Qué barbaridad, Mariela —dijo entrecerrando los ojos—. Sí que lo haces rico. Menuda boca de puta tienes.
—Te lo dije —respondí, y volví a lo mío, tragándomela otra vez hasta la garganta.
—Creo que vas a dejar la recepción —murmuró con la voz ronca—. Te quiero de secretaria. Mi secretaria privada. Con esa boca no puedes estar contestando teléfonos.
—¿Y la chica que está ahí ahora? —pregunté, insinuante, sin soltarlo, mientras le acariciaba los huevos con la yema de los dedos.
—Ya encontraré dónde ponerla —respondió—. Tú te vienes conmigo. Y todas las mañanas antes de la reunión de las diez me la vas a chupar así.
Sonreí contra su piel y seguí. No sé si lo decía en serio o si era el calor del momento, pero la idea me gustó más de lo que quería reconocer.
Al rato me tenía completamente desnuda sobre las sábanas, boca arriba, con la cabeza entre mis piernas y la lengua recorriéndome despacio. Me abrió el coño con dos dedos, se quedó mirándomelo un momento como quien admira algo, y después bajó la boca y me lo comió con hambre. Me lamió los labios de afuera hacia adentro, me clavó la lengua dentro, me la sacaba y me la volvía a meter, follándome con la lengua mientras el pulgar me apretaba el clítoris.
Llevaba tanto tiempo siendo yo la que daba que casi había olvidado lo que era recibir así, sin reloj, sin culpa, con alguien empeñado en que me deshiciera. Me agarré a las sábanas y me dejé estremecer, arqueándome contra su boca. Me metió dos dedos y los curvó hacia adentro, buscándome el punto, mientras me chupaba el clítoris con los labios cerrados alrededor.
—Estás temblando —dijo, levantando un momento la cara, con la boca y la barbilla brillándole de mí—. Me gusta. Te vas a correr en mi boca, ¿verdad?
—No pares —fue lo único que conseguí pedir—. No pares, por favor.
Le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté contra mí, desesperada, restregándole el coño en la cara, moviendo las caderas contra su lengua. Me vine así, en su boca, con las piernas cerrándose alrededor de su cabeza y un grito que no me molesté en tapar. Sentí las contracciones por dentro, el coño apretándose sobre sus dedos, y él siguió chupándome hasta la última descarga, sacándome hasta la última gota.
Cuando levantó la cara estaba sonriendo, satisfecho. Se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se recostó sobre las almohadas, boca arriba, con la polla apuntándole al techo, más dura que antes. Tiró de mi mano para que me sentara encima.
—Ahora la montas tú —dijo—. Quiero verte trabajar.
Me subí a horcajadas, le agarré la polla, me la puse en la entrada y me dejé caer despacio, sintiéndola entrar centímetro a centímetro. Solté un gemido largo que no me molesté en disimular. Estaba tan mojada que resbaló hasta el fondo casi sola, abriéndome, llenándome hasta un punto que ni recordaba. A mis treinta y ocho años ya no tenía edad para fingir pudores que no sentía.
Empecé a moverme, primero lento, buscando el ángulo, girando las caderas encima de él, sintiéndomela hasta el útero. Después como me pedía el cuerpo: hasta el fondo, rebotando sobre él, con las tetas saltándome delante de su cara. Él las agarró, me las apretó, me pellizcó los pezones y me atrajo hacia abajo para chupármelas de a una, mordiéndomelas mientras yo seguía moviéndome encima.
—Así —jadeaba él, agarrándome las caderas y clavándome los dedos en las nalgas—. Justo así. Métetela toda, hasta abajo.
Me eché hacia atrás, apoyando las manos en sus muslos, para que me la clavara más profundo. Empezó a embestir de abajo hacia arriba, follándome desde debajo, mientras yo bajaba a su ritmo. El chapoteo se oía en toda la habitación, obsceno, húmedo, y a mí en vez de darme vergüenza me ponía todavía más.
—Voy a correrme otra vez —le avisé, jadeando.
—Córrete, puta. Córrete encima de mi polla.
Qué placer estaba sintiendo. El muy condenado tenía con qué, y sabía usarlo. Me llevó la mano al clítoris para que me lo frotara mientras me la metía, y así, con él embistiéndome desde abajo y yo tocándome arriba, me vine encima de él, despacio y temblando entera, con el coño apretándoselo dentro en oleadas. Me dio tiempo a montarlo un poco más, aturdida, hasta que él me agarró de las caderas, me clavó las uñas y se corrió dentro con tres embestidas hondas que sentí explotar contra el fondo.
Me quedé encima, empalada todavía, sintiendo cómo se le vaciaba adentro y cómo iba resbalándome por los muslos cuando por fin me levanté. En ese momento supe que aquello no iba a ser una sola noche. Supe que volvería, que iba a querer más, y que esa certeza, lejos de asustarme, me daba una calma extraña.
***
El lunes siguiente llegué un poco tarde a propósito. La otra chica ya estaba en recepción y me saludó apenas con un gesto, sin saber que su silla, en realidad, había sido siempre prestada. Pasé de largo y entré directa al despacho de Adrián. Me estaba esperando.
No hubo buenos días ni café. Cerró la puerta con llave, corrió la persiana y me sentó en el borde de su escritorio. Me subió la falda, me arrancó la braga de un tirón y se arrodilló entre mis piernas para comerme el coño con la misma hambre del viernes, ahí mismo, sobre los papeles de la mesa. Después se puso de pie, se bajó el pantalón, me agarró de las caderas y me la metió de una sola embestida, hasta el fondo, tapándome la boca con la mano para que los del pasillo no me oyeran gritar.
Lo que vino después se volvió costumbre: un buen rato de mañanas que empezaban antes de que sonara el primer teléfono, follando contra la mesa, contra la ventana, con él sentado en la silla y yo montándolo, o de rodillas debajo del escritorio mamándosela mientras él fingía atender una llamada. Rápidas y deliciosas, con el cartel de mi nombre nuevo todavía sin colgar en la puerta.
Así fueron casi todas mis mañanas en el puesto nuevo. La paciencia, después de todo, había pagado. No exactamente como yo lo había imaginado cuando firmé el contrato un mes atrás, pero a veces lo que una busca y lo que una necesita no son la misma cosa. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, tenía las dos.





