Don Mauricio, el proveedor maduro que me deseaba
Desde que entré a trabajar en el negocio de mi familia, hace poco más de un año, fui yo la encargada de recibir a los proveedores. Uno de ellos llegaba dos veces por semana con la mercadería de la distribuidora del barrio. Así conocí a don Mauricio, el cuñado de la dueña, que de vez en cuando hacía él mismo el reparto cuando faltaba personal.
No supe explicar al principio por qué me ponía nerviosa cada vez que su camioneta se detenía frente al local. Era una atracción que se me metió debajo de la piel sin pedirme permiso, y que descubrí cuando ya era demasiado tarde para fingir que no existía.
Mauricio era un hombre de unos cuarenta y ocho años, calculo. Tenía esa clase de atractivo que no se nota en una foto pero que llena una habitación apenas cruza la puerta. Barba canosa bien recortada, una mandíbula firme, la nariz recta y unos ojos oscuros que parecían leer lo que una callaba. No tenía un cuerpo de gimnasio, pero caminaba con la seguridad de un hombre que ya no necesita demostrarle nada a nadie.
Yo, en cambio, soy bajita y de curvas generosas, de piel clara y pelo castaño que siempre llevo recogido en el trabajo. Tengo el pecho grande y las caderas anchas, y por mucho tiempo creí que él ni siquiera me miraba dos veces. Estaba equivocada.
Una mañana, mientras firmaba el remito, me soltó un comentario con doble sentido. Algo sobre que yo era lo único dulce que entraba a ese local. Me reí por compromiso y seguí con lo mío, pero esa misma noche, en la cama, la frase me volvió a la cabeza y entendí lo que realmente había querido decir. Desde entonces ya no pude verlo igual.
Empecé a buscar excusas para alargar sus visitas. Le preguntaba por su semana, por el clima, por cualquier cosa con tal de retenerlo unos minutos más frente al mostrador. Cuando se cortaba la barba, se lo notaba enseguida, y yo se lo decía, y él sonreía de costado como un chico al que pescan haciendo travesuras.
Llegué incluso a rozarle la mano cuando le entregaba los papeles. Lo hacía a propósito, como sin querer, solo para sentir su piel un segundo. Yo creía que era la que llevaba el control de aquel juego, que era yo la que lo provocaba poco a poco. Qué ingenua fui. Mucho después entendí que él ya me había tenido en su cabeza de todas las formas posibles, mil veces, antes de que yo me animara siquiera a rozarlo.
***
La tarde que todo cambió, el cielo se vino abajo. Había salido del trabajo más tarde de lo habitual y la lluvia caía gruesa, golpeando el asfalto con furia. Todavía me faltaban dos cuadras hasta la parada del colectivo, y no tenía paraguas. Me refugié bajo el alero de una farmacia cerrada, abrazándome a mí misma, calculando si valía la pena correr.
Un auto rojo redujo la velocidad frente a mí. Sonó la bocina, dos toques cortos. Me di vuelta y, a través del cristal empañado, reconocí esa barba, esa sonrisa. Era él. Bajó la ventanilla del lado del acompañante.
—Subí —me dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Le voy a empapar el auto —contesté, dudando, con el agua chorreándome por la cara.
—No importa. Después lo seco.
No lo pensé dos veces. Abrí la puerta y me dejé caer en el asiento. El aire acondicionado me golpeó el cuerpo mojado y un escalofrío me recorrió de la nuca a los talones. Llevaba una remera blanca finita y un short de jean corto, y la tela empapada se me pegaba a la piel como una segunda capa.
Mauricio me miró un instante de más. Después estiró la mano y me apartó un mechón húmedo de la mejilla. El gesto fue tan suave que se me cortó la respiración.
—Estás helada —murmuró, deslizando los dedos por mi brazo—. Vivo acá nomás, a la vuelta. Vení, te cambiás y te seco la ropa, no podés llegar así a tu casa.
Asentí sin decir palabra. Lo escuché marcar un número y hablar en voz baja mientras arrancaba.
—Preparame algo de ropa seca, por favor, una muda cómoda. Voy para allá... Sí... Gracias.
El resto del trayecto lo hicimos en silencio. Yo miraba la lluvia resbalar por el vidrio y sentía el corazón en la garganta. No estaba helada en absoluto. Por dentro me quemaba algo que no tenía nada que ver con el clima.
***
Llegamos a una casa de dos plantas con un porche amplio. Él bajó corriendo bajo el aguacero, dio la vuelta y me abrió la puerta. Me tomó de los hombros, casi abrazándome, y me guio adentro protegiéndome de la lluvia con su cuerpo.
En el recibidor nos esperaba una mujer mayor, de pelo negro y largo, con un atado de ropa entre las manos. Una empleada de la casa, supuse, o una pariente. Me la tendió con una sonrisa tibia.
—Pobre, mirá cómo venís. Andá al baño y cambiate, no te vayas a resfriar —me dijo. Después se giró hacia Mauricio—. Yo me voy a buscar a la señora, que quedó varada con la lluvia. Vuelvo en un rato.
Él asintió. La mujer tomó un paraguas y salió. Y de golpe, la casa quedó en silencio. Solo nosotros dos, y el repiqueteo del agua contra los ventanales.
Las fantasías que había alimentado durante meses empezaron a desbordarse en mi cabeza, una tras otra, hasta marearme. Me dirigí hacia el baño con la ropa seca contra el pecho, pero antes de entrar me detuve. Algo me hizo volver sobre mis pasos.
Lo encontré de pie en el living, observándome sin disimulo. No aparté la mirada.
—Gracias por traerme —le dije, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba—. Me voy a cambiar.
Él asintió apenas, pero no dejó de mirarme. Y entonces noté hacia dónde iban sus ojos: a mi pecho, donde la remera mojada transparentaba todo, donde mis pezones se marcaban duros por el frío y por algo más.
No sé de dónde saqué el coraje. Lo miré a los ojos, le sonreí, y me llevé una mano al pecho derecho. Antes de que pudiera siquiera apretarlo, Mauricio cruzó la distancia que nos separaba de dos zancadas, me tomó de la cintura y me atrajo contra él, besándome mientras su mano cubría la mía sobre mi seno.
El beso fue feroz, nada de tanteos. Era el beso de un hombre que llevaba demasiado tiempo conteniéndose. Me besaba como si quisiera recuperar cada uno de esos meses en que solo nos habíamos rozado las manos sobre un mostrador.
***
Retrocedimos juntos, a tropezones, hasta que la parte de atrás de mis rodillas chocó con un sofá que yo no había visto. Caí sentada y él se inclinó sobre mí, cubriéndome con su cuerpo. Sus labios bajaron por mi cuello, lento, y sentí su barba raspándome la piel de una forma que me arrancó un suspiro.
Mordisqueó la tela sobre mi pecho, tibio el aliento a través del algodón húmedo. Después me levantó la remera de un tirón, y la tela mojada cedió fácil. Su boca encontró mi piel desnuda y empezó a besar, lamer, succionar cada centímetro mientras yo me arqueaba contra el respaldo.
—Mauricio... —gemí sin querer, y oír su nombre en mi voz pareció encenderlo todavía más.
Sus manos, sorprendentemente ágiles para un hombre tan grande, me desabrocharon el short y me lo bajaron junto con todo lo demás. Quedé desnuda frente a él, expuesta a la luz gris de la tarde lluviosa, y aun así no sentí vergüenza. Solo deseo.
Él no se apuró. Siguió recorriéndome con la boca, bajando despacio por mi vientre, hasta que se arrodilló en el piso frente al sofá y me separó las piernas con las palmas. Cuando su lengua me alcanzó, todo mi cuerpo se sacudió.
—Ya estás mojada en otro lado —murmuró contra mí, con una sonrisa que sentí más que vi.
Sus dedos se sumaron a su boca y yo me aferré al cojín, mordiéndome el labio para no gritar.
—Más —pedí, en un hilo de voz—. Por favor.
No me hizo esperar. Se incorporó y se sacó la ropa con prisa. Su cuerpo no era el de un veinteañero, pero tenía algo mucho mejor: la certeza absoluta de saber lo que hacía. Quise levantarme para devolverle el favor con la boca, pero me detuvo con una mano firme sobre el hombro.
Me dio vuelta y me acomodó de rodillas sobre el sofá, las manos contra el respaldo. Se frotó contra mí, despacio, hasta deslizarse con facilidad, y entonces empujó hondo. Un gemido largo se me escapó de la garganta.
—No sabés cuánto esperé esto —dijo con la voz quebrada, sus manos clavadas en mis caderas—. Tenerte así. Escucharte.
***
Las embestidas se volvieron más firmes, más profundas, y mis gemidos se convirtieron en algo que ya no podía controlar. Una de sus palmas bajó sobre mi nalga con un golpe seco que me arrancó un grito y, de inmediato, una oleada de calor.
—Voy a hacer que te vengas —me prometió al oído, inclinado sobre mi espalda—. Y esto recién empieza.
Me olvidé de que alguien podía volver, de que aquella casa no era mía, de todo. Solo existía el sonido de nuestros cuerpos, su respiración pesada contra mi nuca y la tensión que se acumulaba en mi vientre como una cuerda a punto de cortarse.
Cuando me corrí, lo hice con una sacudida que me dejó temblando, aferrada al respaldo como a una balsa. Lo sentí endurecerse aún más dentro de mí, y a los pocos segundos él también se dejó ir, con un gruñido ronco contra mi hombro.
Nos quedamos así un instante, recuperando el aire. Después me besó la espalda, la nuca, y me susurró:
—Esto solo está comenzando.
Me dio vuelta sobre el sofá y, mientras volvía a jugar con mis pechos, noté las marcas tenues que su boca había dejado en mi piel.
—Son para que te acuerdes de mí —dijo, divertido, y no pude evitar reírme.
Y, para mi sorpresa, sentí cómo volvía a despertar contra mi muslo. Me alzó una pierna sobre su hombro y entró de nuevo, esta vez más despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo, hasta que el placer me arrastró por segunda vez.
***
Al final logré cambiarme, con la ropa seca que la mujer me había dejado. Mauricio insistió en llevarme hasta la puerta de mi casa, y llegamos justo a tiempo, minutos antes de que la lluvia amainara y su mundo volviera a acomodarse en su lugar.
Nos despedimos sin grandes palabras, con una mirada que decía más que cualquier promesa. Ninguno mencionó a su esposa, ni la mujer del pelo negro, ni el negocio. Algunas cosas no necesitan decirse.
Ahora, cada vez que su camioneta se detiene frente al local y él entra a dejar la mercadería, nos lanzamos esa mirada que solo nosotros entendemos. Me roza la mano al pasarme el remito, como antes, pero ya no es lo mismo. Es una promesa.
Y yo sigo esperando, paciente, a que se dé otra vez la ocasión. Sé que llegará. Don Mauricio nunca deja las cosas a medias.





