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Relatos Ardientes

El semental que encontré detrás de la cascada

Todavía recuerdo los veranos en que aprendí a no avergonzarme de lo que me gustaba. Tenía veintinueve entonces, suficiente camino recorrido como para saber qué quería de un hombre y suficiente descaro como para ir a buscarlo sin pedir permiso. Aquella temporada me escapé con dos amigas a la casa de fin de semana que la familia de una de ellas tenía en una villa serrana, de esas con un río ancho y casas dispersas entre los árboles.

En el pueblo había un tipo del que todos hablaban. Se llamaba Bruno y tenía un taller donde armaba karting para competir. Vivía solo, manejaba como si la muerte le debiera dinero y se había salvado de tres o cuatro vuelcos sin un rasguño. Decían que estaba mal de la cabeza, que ninguna mujer lo aguantaba, y lo atribuían a su carácter brusco. Yo descubriría el verdadero motivo dos días después de llegar.

Esa mañana mis amigas decidieron irse al camping de la villa, pero a mí me daba pereza la multitud. Preferí salir a pasear en bicicleta y probar caminos que nadie me había marcado. Llegando a una lomada bajé hacia la orilla del río por una senda angosta, contenta de tener el lugar para mí sola.

Avancé poco más de un kilómetro hasta que en una curva apareció otra huella, casi tapada por la vegetación. La curiosidad pudo más que la prudencia. Dejé la senda principal y me interné por ahí hasta toparme con una pequeña cascada que parecía no figurar en ningún mapa.

Era un brazo del río que se abría más arriba y volvía a unirse después. Bajé de la bici y caminé hacia la caída de agua, de no más de dos metros de ancho. Las piedras eran blancas y el agua tan cristalina que se veía el fondo sin esfuerzo. Detrás de la cortina líquida noté un resplandor extraño, así que rodeé por el costado y asomé la cabeza.

No era una cueva. Era una cavidad abierta por la erosión, del tamaño de una habitación, con el piso de piedra lisa y un pozo de agua quieta a un lado, como una tina natural. Por una grieta del techo entraba la luz del mediodía y lo iluminaba todo con una claridad casi indecente.

Ahí estaba Bruno.

Estaba sentado contra la pared, con los ojos cerrados y las dos manos ocupadas en lo suyo. Tenía una verga gruesa y de punta ancha, tan generosa que necesitaba ambas manos para abarcarla, una encima de la otra, y todavía le sobraba glande brillante asomando por arriba. Se la trabajaba despacio, con la piel corrida hacia la base, y una gota espesa le colgaba de la punta. Me quedé clavada en la entrada, fascinada, recorriendo con la vista ese pedazo de carne antes de subir hasta su cara. Sentí de golpe que el short se me pegaba entre las piernas, el coño empapado con solo mirarlo.

Un sonido se me escapó de la garganta sin que pudiera evitarlo, medio gemido y medio suspiro. Él abrió los ojos de golpe y giró la cabeza, sobresaltado, con la mano todavía cerrada alrededor de la polla. Yo no me moví. Pasé la mirada de sus ojos a su entrepierna y de vuelta a sus ojos, sin disimular nada de lo que estaba pensando, mordiéndome el labio de abajo.

Al ver que no salía corriendo, una sonrisa lenta le cruzó la cara. Se levantó sin cubrirse, con la verga apuntándome como si supiera exactamente adónde iba, se acercó y me tomó del brazo para hacerme entrar a su escondite.

—Sabía que algún día iba a aparecer alguien —dijo en voz baja, la voz ronca todavía.

Yo seguía muda. Una parte de mí pensaba en que era un tipo del pueblo, de los que podía cruzarme en cualquier esquina, y que con su fama de loco no había garantías de que fuera discreto. La otra parte, la que mandaba, solo miraba lo que tenía entre las piernas y calculaba cómo iba a hacer para que me entrara entera. Me tomó la mano y la llevó hasta él. Cuando notó que no la retiraba, me cerró los dedos alrededor y me hizo bombear despacio, enseñándome el ritmo que le gustaba. Estaba dura como un fierro y ardía. Después me sujetó la nuca y me guió hacia abajo, sin preguntar.

Me arrodillé en la piedra y abrí la boca sin resistirme. La primera vez apenas pude con la cabeza; la lengua se me llenó del gusto salado del líquido pre-seminal, y él soltó un gruñido cuando le pasé la punta por el frenillo. Empujó con una brusquedad que debería haberme molestado y me obligó a tragarla más adentro, hasta que sentí que se me trababa la garganta. Escupí, me acomodé, y volví a lanzarme a chupársela como si llevara meses esperándola. Con una mano se la agarraba de la base, con la otra le acariciaba los huevos pesados, tirando suave. Él me tomó del pelo y empezó a marcarme el ritmo, hundiéndomela hasta que las lágrimas me nublaron los ojos.

—Así, puta, así la querías —susurró, y a mí la palabra me atravesó el cuerpo entero.

Le pedí entre jadeos que aflojara cuando me apretó demasiado los pechos por arriba de la remera, y él respondió con un mordisco suave en el hombro, a modo de disculpa que no lo era. Sus dedos eran toscos, impacientes, y a mí esa torpeza me gustaba más que cualquier caricia ensayada. Me sacó la ropa a tirones, con cuidado de no romperla solo porque se lo pedí. Me quedé desnuda sobre la piedra tibia, con los pezones parados y los muslos brillando de lo mojada que estaba. Me miró de arriba abajo y silbó por lo bajo.

—Estás chorreando —dijo, pasándome dos dedos entre los labios del coño y mostrándomelos hilados de flujo—. Chupá.

Se los limpié uno por uno, mirándolo a los ojos. Él bajó la boca a mis tetas y me chupó los pezones hasta ponerlos duros como piedritas, mientras dos dedos suyos ya se me metían adentro y me buscaban ese punto que me hacía arquear la espalda. Me hizo venir así, rapidísimo, contra su mano, temblando y mordiéndole el hombro para no gritar. La palma se le quedó empapada. Se la lamió sin sacarme los ojos de encima.

Me hizo girar, me acomodó a su antojo y me puso en cuatro sobre una toalla que tenía tendida en la piedra. Sentí la cabeza gorda de la polla apoyada contra la entrada del coño, restregándose de arriba abajo, buscando meterse. Entró de una sola vez, hasta el fondo. Dolió un segundo, apenas, un ardor que me hizo apretar los dientes, y enseguida el dolor se transformó en otra cosa, en una sensación de estar rellena hasta la garganta.

—Despacio al principio —le dije, y por una vez me hizo caso.

Se movió con embestidas largas y controladas, sacándola casi entera y volviendo a hundirla, y yo sentía cómo cada centímetro me abría paso adentro. La toalla se me arrugaba entre los dedos. Al minuto ya no quería despacio. Me apoyé en los codos y empecé a empujar el culo hacia atrás yo misma, a buscarlo, a follármelo. Él captó la señal enseguida y se soltó.

Me tiraba del pelo hacia atrás, me marcaba las nalgas con la palma abierta, y cada chirlo me arrancaba un aullido que retumbaba contra las paredes de piedra. La verga me entraba y salía haciendo un ruido húmedo, obsceno, y yo sentía el chorreo bajándome por la cara interna del muslo. Me metió el pulgar en la boca desde atrás y me lo hizo chupar; después ese mismo pulgar mojado bajó y se me apoyó contra el ojete, empujando suave, jugando, sin llegar a meterlo del todo. Me tembló todo el cuerpo. El eco de la cascada se mezclaba con mi respiración y con el chasquido húmedo de nuestros cuerpos, y por un momento me olvidé por completo de dónde estaba y de quién era aquel hombre.

—Voy a acabar —gruñó.

—Adentro no —le pedí, una trampa mía para empujarlo justo a lo contrario.

Funcionó. Me sujetó de la cintura con los dedos hincados, me apretó contra él y me clavó los últimos golpes rabiosos, cortos y profundos. Sentí cómo se hinchaba y cómo el primer chorro caliente me llenaba adentro, y me vine con él, gritando contra la toalla, las rodillas temblando sobre la roca y los dedos clavados en la tela. Siguió corriéndose por lo que me pareció medio minuto, apretándome contra su pubis, hasta que se dejó ir. Cuando salió, sentí el semen escurriéndose por los muslos, tibio, denso.

***

Se apartó y se dejó caer a mi lado, respirando fuerte. Yo me quedé un rato así, boca abajo, con el culo todavía en alto, sintiendo cómo la corrida me chorreaba. Me pasé dos dedos por el coño, los levanté hilados de blanco y me los llevé a la boca por curiosidad. Él me miraba de reojo, sonriendo.

Me acerqué al pozo de agua, me metí hasta la cintura y me limpié sin prisa. El agua estaba helada y me puso los pezones duros otra vez. Volví. Lo encontré recostado, mirando el techo de piedra como si nada de aquello fuera raro, la verga descansando gorda y a media asta sobre el muslo, brillante todavía.

—Bruno —dijo, ofreciéndome el nombre que yo no le había preguntado.

Le di uno falso. No iba a darle el verdadero a un hombre del que medio pueblo desconfiaba.

Me incliné sobre él y lo tomé con la boca otra vez, buscando despertarlo. No me costó nada. La sentí engordar entre mis labios, palpitar contra mi lengua, estirarse hasta chocar contra el fondo de mi garganta. Le pasé la lengua por todo el largo, de los huevos a la punta, y le chupé el glande con los cachetes hundidos hasta que soltó una puteada por lo bajo. Reaccionó de inmediato, listo para seguir, y yo me trepé encima para llevar el ritmo a mi manera.

Me abrí con los dedos y la ubiqué contra la entrada. Bajé despacio, sintiendo cada centímetro abriéndome de nuevo, con un jadeo largo que se me escapó de adentro. Cuando la tuve entera dentro, me quedé quieta un segundo, apretándolo con los músculos internos, sintiéndolo pulsar. Después empecé a moverme cada vez con más ganas, subiendo y bajando, mientras él aprovechaba para volver a mis pechos con la lengua y los dientes. Le mordía los pezones y yo le clavaba las uñas en los hombros. Me tenía tan al borde que llegué pronto, apretándome sobre él, temblando con la boca abierta contra su cuello.

Entonces me di vuelta, de cara a la piedra, apoyándome en las manos, y le ofrecí la espalda para que él tomara el control. Le apunté yo misma la verga entre las nalgas y la volví a bajar sobre el coño, esta vez de espaldas, en cowgirl invertida. Lo hizo desde la primera embestida, sin tregua: me agarró de las caderas y empezó a empujar hacia arriba, rebotándome, mientras yo me sostenía con las palmas contra sus muslos. Podía verme el vientre subir y bajar, las tetas saltando con cada golpe. Me metió una mano por delante y empezó a frotarme el clítoris con dos dedos, rapido y sucio, hasta hacerme venir por segunda vez. Se corrió apenas terminé yo, empujándome hacia abajo contra él y descargando de nuevo en el fondo, con un gruñido largo.

Volví al agua a refrescarme, todavía con las piernas flojas. Pensé que el hombre necesitaría un buen rato, pero no habían pasado diez minutos cuando ya estaba otra vez encima de mí, duro como si no hubiera hecho nada. Era un animal de resistencia, con energía de sobra. Me tiró sobre la piedra tibia, me acomodó de costado y se puso él en la otra dirección, buscando un sesenta y nueve. Me abrió las piernas con las manos y me pegó la boca al coño, sin previo aviso.

Me chupó como si tuviera hambre, con la lengua ancha y plana pasando de arriba abajo, deteniéndose en el clítoris para chupármelo entre los labios. Después me clavó la lengua adentro, follándome con ella, y yo perdía el hilo mientras trataba de devolver el favor. Le agarré la verga con las dos manos y me la volví a meter en la boca, chupándosela desde ese ángulo mientras le acariciaba los huevos con la otra mano y le presionaba con un dedo detrás, en ese pedazo suave antes del ano. Él gimió contra mi coño y esa vibración me hizo apretar los muslos alrededor de su cabeza. Me acabé encima de su boca, chorreándome en su barbilla, y él siguió lamiendo hasta el último temblor. La grieta del techo seguía dejando entrar el sol, y la luz nos caía encima como un foco.

Cuando terminamos esa ronda, me llevó de nuevo a las piedras tibias. Me abrió las piernas y se hundió entre ellas con la boca, paciente esta vez, chupándome sin apuro, alternando lengua y dedos. Me metió dos adentro, curvándolos hacia arriba, mientras me lamía el clítoris con la punta de la lengua. Yo me deshice bajo él más de una vez, gimiendo sin importarme quién pudiera oírme en aquel rincón perdido del río, agarrándolo del pelo y empujándole la cara contra mí hasta que ya no aguanté más.

***

Más tarde se metió al agua a relajarse mientras yo seguía tendida en la roca, con el cuerpo flojo, la respiración entrecortada y la entrepierna latiéndome como un segundo corazón. Apareció con un puñado de frutas que tenía guardadas en una bolsa, y comimos en silencio, mirando la cascada. Pasaron unos veinte minutos antes de que cualquiera de los dos hablara.

—¿La pasaste bien? —preguntó, con una curiosidad casi infantil.

No tuve problema en ser sincera. Le dije que hacía mucho que un hombre no me dejaba así de rota, que me gustaban exactamente esos encuentros sin nombre ni futuro, intensos y sin promesas. Le confesé que disfrutaba que me trataran con esa mezcla de hambre y descaro, que me gustaba que me hablaran sucio, que me dieran chirlos y me tomaran del pelo, y que pocas veces me había topado con alguien tan dispuesto a darme todo lo que pedía.

Mientras hablaba, noté que volvía a despertar entre sus piernas. Me dieron ganas de probarlo una última vez, así que lo empujé suavemente para que se recostara y me tomé mi tiempo, lenta, jugando con la lengua por toda la verga, escupiendo encima de la punta y usándomelo como lubricación, subiendo y bajando la mano sincronizada con la boca. Observaba cómo se retorcía de placer al verme, cómo se le tensaba el vientre y cómo me buscaba con la mano el pelo para agarrarse. Esa imagen —un hombre rendido por completo, todo su tamaño y su fama de bruto reducidos a jadeos por mi boca— me encendía tanto como el resto. Me metí los huevos en la boca de a uno, chupándolos con cuidado, y volví a tragarme la verga hasta la base.

Quería verlo terminar de cerca, así que cuando lo sentí al límite me aparté y me arrodillé frente a él, con la boca abierta y la lengua afuera. Le agarré la verga con las dos manos y se la bombeé rápido, mirándolo a los ojos. Explotó a los pocos segundos: el primer chorro me cayó en la mejilla, el segundo en la lengua, el resto sobre los pechos, gruesos hilos blancos que me chorreaban entre las tetas. Me lamí los labios y le sonreí, embadurnada. No me cansaba de comprobar cuánta energía le quedaba todavía a aquel cuerpo.

Después lo hice acostarse de nuevo, me limpié con agua rápido, y me subí una vez más, solo un rato, lo justo para arrancarme un último estremecimiento con él bien adentro. Cabalgué despacio, con las manos apoyadas en su pecho, dejándome caer entera y sintiéndolo tocarme el fondo. Me vine así, apretándolo con todo mi coño, temblando por encima de él con la cabeza tirada hacia atrás.

Descansé otros diez minutos y volví al agua a enjuagarme el pelo, la cara y el semen seco de la piel. Me vestí, le di un beso largo de despedida con gusto todavía a él en la boca, y agarré la bici. Habían pasado más de tres horas desde que salí; mis amigas debían estar preocupadas, así que pedaleé de vuelta lo más rápido que pude, sintiendo el asiento apretándome contra un coño hinchado y ardiente que no iba a olvidarse fácil de lo que le habían hecho.

Al día siguiente dejamos la villa. No volví nunca, en parte por miedo a que aquel hombre se fuera de boca en el pueblo. Aunque ganas no me faltaban, lo admito. Me quedé con la curiosidad de saber si la fama de loco que arrastraba no sería, en el fondo, una forma de espantar a quienes no estaban a la altura de su apetito.

De vez en cuando, en las tardes largas, todavía pienso en la cascada escondida, en la luz cayendo por la grieta sobre la piedra blanca y en un desconocido que me trató exactamente como yo siempre había querido que me trataran. Aprendí esa tarde que las mejores historias son las que una busca sola, lejos del camino marcado, y que el deseo, cuando se vive sin culpa, no necesita nombres ni promesas para dejar marca.

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Comentarios(6)

Caminante88

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras

SolaEnCasa77

Por favor seguí escribiendo, me quede con unas ganas terribles de saber que pasa despues jaja

RosaLee88

increible!!! me encanto

HoracioRosario

Me hizo acordar a unas vacaciones que tuve en las sierras hace años... esas cosas que te pasan cuando menos las esperas jaja. Muy bueno el relato, se siente real

PatoDelSur

jajaja la entrada al relato no me la esperaba para nada, tremendo giro

NoraMedina

Que bien escrito esta todo, se nota que le pusiste dedicacion. Me queda una duda, vas a contar mas sobre lo que paso despues? El final me dejo con ganas de saber como continua

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