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Relatos Ardientes

Volví a su cuarto por lo que no podía olvidar

Pasaron los días y no lograba quitármelo de la cabeza. Por las noches era peor. Apagaba la luz y, en la oscuridad, todo volvía: lo veía sentado al borde del colchón, con las piernas separadas, y recordaba el peso de su polla en mi mano, el sabor salado de la punta en mi lengua, la respiración entrecortada que se le escapaba mientras yo se la chupaba de rodillas.

Eso me encendía más de lo que quería admitir.

Y sin proponérmelo, terminaba tocándome casi todas las noches. Deslizaba la mano bajo las bragas, encontraba mi coño ya empapado y me abría los labios con dos dedos. Cerraba los ojos y ya estaba otra vez en su habitación. Solo que en mi imaginación las cosas iban más allá: ya no estaba arrodillada en el suelo mamándosela, sino sobre la cama con él, con las piernas abiertas de par en par, sintiendo su peso encima, sus manos apretándome las tetas, su verga gruesa forzando la entrada de mi coño. Imaginaba cómo sería que me follara, cómo esa polla que ya conocía se abriría paso dentro de mí de un solo empujón, hasta el fondo, hasta hacerme gritar.

Me metía primero un dedo, luego dos, imaginando que eran los suyos. Los movía dentro con el mismo ritmo con el que fantaseaba que él me penetraría. Con la otra mano me frotaba el clítoris en círculos rápidos, apretando cada vez más fuerte, hasta que las caderas se me despegaban del colchón solas. Llegaba rápido, con los gemidos ahogados contra la almohada, mordiéndola para no despertar a nadie, pensando justo en eso: en la corrida caliente de él llenándome por dentro, en si habría una próxima vez, en si él querría más, en si yo lo dejaría descargarse dentro. Esa posibilidad era la que me tenía perdida. Con el calor del orgasmo llegaba después la culpa, fría e inmediata, mientras sacaba los dedos empapados y me los llevaba a la boca sin querer. Pero al día siguiente, sin falta, ya lo estaba pensando otra vez.

***

No fui ese jueves. Dejé pasar la fecha. Se fue una semana y luego otra. Seguí con mi vida, con las clases y la tesis, pero el recuerdo seguía ahí, como un zumbido de fondo que no se apagaba.

El martes anterior al otro jueves, me llegó un mensaje. Un número que no tenía guardado. Cuando lo abrí, era una foto suya. Estaba en su cuarto, con la bata blanca entreabierta, dejando ver el torso y, más abajo, el bulto marcado bajo la tela del pantalón de pijama. Debajo solo había tres palabras: «Te extrañé, Mariana.»

El aire se me quedó atorado. Miré alrededor de la biblioteca, pero nadie veía mi pantalla. Esas palabras me golpearon en el pecho. No era una pregunta. Era una afirmación. Decía que me había extrañado, como si lo nuestro fuera algo real, algo de los dos.

Sentí un calor rápido subirme a la cara y otro, distinto, instalarse más abajo. Me humedecí al instante, las bragas se me empaparon debajo de la falda ahí mismo, en la biblioteca. Apreté los muslos bajo la mesa. Apagué la pantalla y me quedé quieta, pero la imagen ya no se iba. Te extrañé. Y ese bulto que se le marcaba, que había visto de reojo pero que se me quedó grabado. Sabía perfectamente lo que había ahí debajo. Ya me lo había metido en la boca. Ya lo había sentido crecer contra mi lengua.

***

No pude concentrarme en nada más. Recogí mis cosas y me fui a casa. Hacía un calor pegajoso esa tarde.

Me duché con agua tibia y no me puse ropa de dormir. Solo unas bragas y una playera vieja y larga, de esas que me quedan como vestido y me cubren hasta la mitad del trasero. Me acosté así, con la sábana enredada en los pies. El aire de la noche entraba caliente por la ventana.

En la oscuridad, el teléfono vibró otra vez.

Lo tomé. El brillo de la pantalla me cegó un segundo. Decía: «Ya debes estar acostada. Dime qué llevas puesto.»

Me quedé inmóvil. Si le contestaba, le estaba confesando que estaba en la cama, casi desnuda, pensando en su mensaje. Si no lo hacía, quizá lo tomaría como un no. O quizá lo intentaría de nuevo.

Bajé la mirada hacia mi cuerpo. La playera subida a la altura de la cintura, las piernas al aire, el algodón de las bragas ya con una mancha oscura en el centro. Podía decirle la verdad. Podía contarle exactamente cómo estaba. La idea me devolvió ese calor, esa presión baja en el vientre, el latido pesado en el clítoris.

Después de un rato, contesté: «Hace mucho calor. Solo una playera larga. Y nada más.»

Apreté enviar. El corazón me latía con fuerza. Le había dicho que no llevaba pantalón, que solo había una capa de tela entre su mirada y mi coño. Ahora él lo sabía todo.

***

La respuesta llegó casi de inmediato. «Quiero ver.»

Dos palabras. Otro latido más fuerte en el pecho. No era una pregunta. Era una orden, suave, pero una orden al fin.

Miré hacia la puerta de mi cuarto, como si alguien pudiera estar mirándome. No había nadie. Solo yo, el calor de la noche y su mensaje en la pantalla.

Me incorporé en la cama. Sin pensarlo demasiado, me levanté y caminé hasta el espejo del clóset. De un tirón, me quité la playera larga. Quedé solo en bragas. El aire me rozó los pezones y se me pusieron duros al instante, tanto que dolían.

Luego tomé el collar de la mesita, el que él me había dado. Me lo puse. El oro cayó frío entre mis pechos, justo en el centro. No cubría nada. Apenas brillaba contra la piel.

Dudé un segundo y luego me bajé las bragas también. Las dejé caer al suelo y las aparté con el pie. Me quedé desnuda frente al espejo, solo con el collar entre las tetas. Vi mi propio reflejo: el vello del pubis recortado, los muslos brillantes por la humedad que me bajaba, los pezones tensos apuntando hacia adelante.

Me hice una foto en el espejo. Sin la cara, del cuello hacia abajo. Mis pechos, el collar colgando entre ellos, el vientre, el pubis, todo bajo la luz tenue de la lámpara. La envié sin escribir nada más. La foto lo decía todo: yo, en mi cuarto, completamente desnuda, con su collar puesto, porque él me lo había pedido.

Pasaron unos minutos sin respuesta. Los nervios empezaron a comerme por dentro. ¿Fue demasiado? ¿Se habrá asustado? Me senté de nuevo en la cama, abrazándome las piernas. Sentía mi propia humedad pegajosa contra los muslos.

Entonces el teléfono vibró una última vez. «Te veo el jueves. Tengo algo para ti.»

Eso fue todo. Ningún cumplido por la foto, ningún «qué bonita». Solo un plan y una promesa. Tengo algo para ti.

Apagué el teléfono y me quedé en la oscuridad. El collar seguía frío entre mis pechos. Sin poder evitarlo, deslicé la mano entre las piernas. Estaba empapada, los labios hinchados, el clítoris latiendo. Me froté despacio, pensando en él, en lo que me tendría guardado, en su polla, en su boca. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio, con dos dedos hundidos en el coño y los ojos cerrados imaginando que eran los suyos. El jueves ya no era un día cualquiera. Era una cita con algo que él tenía guardado para mí. Y por la forma en que lo dijo, yo sabía que no se trataba de una joya más.

***

El jueves llegó. Me vestí con cuidado. Elegí un vestido ligero, fresco, que se ceñía un poco al cuerpo. Debajo, una tanga de encaje, solo por sentirla, aunque sabía que nadie iba a verla. O quizá sí. Me puse unos tacones bajos. No eran nada prácticos para andar por los pasillos, pero me hacían sentir distinta. Más segura. O más dispuesta, no sabría decirlo.

Sabía que algo iba a pasar. No era una visita de trabajo más. Él tenía algo para mí.

Llegué a la residencia más temprano de lo habitual. Saludé a Dora en recepción con una sonrisa que esperaba que pareciera normal. Firmé el registro. «Vengo a terminar unas mediciones en el ala oeste», dije, mostrando la libreta. Ella asintió, distraída con un crucigrama.

Recorrí los pasillos saludando a algunos residentes que ya conocía. Fingí revisar mis apuntes y medí el marco de una puerta con una cinta que no necesitaba. Todo era un montaje para que nadie sospechara que mi destino era uno solo.

Por fin llegué frente a la habitación catorce. La puerta estaba cerrada. Respiré hondo y me alisé el vestido. Toqué con los nudillos, suave.

—¿Quién es? —preguntó su voz desde dentro.

—Soy yo —dije, casi en un susurro—. Mariana.

—Pasa.

Abrí la puerta y entré. Estaba de pie en medio de la habitación. Solo llevaba unos pantalones de pijama de algodón, nada más. El torso desnudo, ancho, cubierto de ese vello entrecano. Tenía un aire de hombre que esperaba algo. Sobre la mesita, a un lado, había una botella de vino y dos copas. Y una caja pequeña.

Cerré la puerta a mi espalda. El clic del pestillo sonó demasiado fuerte en el silencio.

Él no se movió. Solo me miraba, sus ojos recorriendo el vestido, los tacones.

—Te queda bien —dijo al fin, con esa voz grave. No aclaró qué.

No supe qué responder. Me quedé junto a la puerta, con el corazón en la garganta.

Dio un paso hacia la mesita y tomó la caja. La abrió. Adentro, sobre el terciopelo, brillaban unos aretes. De oro, como el collar, pero más delicados, con una pequeña perla colgando de cada uno.

—También eran de ella —dijo, sin mirar las joyas, mirándome a mí—. Pero no te los doy como un trato. No es un pago.

Hizo una pausa. El aire de la habitación pareció volverse más denso.

—Sé que quieres más —continuó, y sus palabras eran claras, directas—. Quieres que te folle. Lo sé desde que me mandaste la foto desnuda con mi collar. Y yo también quiero. Así que esto es solo porque te quedan bien. Porque quiero verte con ellos mientras te la meto.

Se acercó, con la caja abierta en la palma. Quedó lo bastante cerca como para que yo sintiera el calor de su cuerpo y algo más: el bulto duro que se le marcaba bajo el algodón fino del pantalón, rozándome apenas.

—Póntelos —dijo. No era una sugerencia.

Tomé los aretes con dedos que temblaban un poco. El oro estaba frío. Me quité los míos, pequeños, y me puse aquellos, uno en cada oreja. Sentí el peso ligero de las perlas balanceándose contra mi cuello.

Él observó, sin apartar los ojos de mí. Cuando terminé, asintió despacio.

—Así —murmuró—. Ahora sí.

Después su mirada bajó de los aretes a mi boca, y de ahí, más abajo.

—¿Y bien? —preguntó, como si ya supiera la respuesta—. ¿Me vas a decir a qué viniste en realidad?

***

—Vine por lo que llevo soñando todos estos días —dije, con la voz baja pero firme—. Vine a que me folles.

Me miró un segundo. Luego, sin decir nada, dio media vuelta. Se acercó a la cama y se sentó al borde, con las piernas abiertas. Los pantalones de pijama le colgaban holgados, pero el bulto seguía ahí, hinchado, esperando.

—¿Y? —preguntó desde ahí, mirándome. El tono era seco, práctico—. Muéstrame. Desnúdate. Toda.

Sin dejar de mirarlo, llevé las manos a los tirantes del vestido. Lo deslicé por los hombros y lo dejé caer al suelo. Quedé frente a él, solo con la tanga de encaje y los tacones. El collar colgaba frío entre mis pechos, las perlas de los aretes balanceándose contra mi cuello, y la tela de las bragas ya estaba oscura y pegada al coño en el centro.

Él no dijo nada. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, sin prisa, deteniéndose en los pezones y luego, mucho más, en la mancha húmeda del encaje. Se le vio tragar. Después extendió una mano y me hizo una seña para que me acercara.

Di un par de pasos hasta quedar entre sus piernas.

Sus manos, grandes y de venas marcadas, se posaron en mis caderas. Las palmas estaban ásperas y calientes. Lentamente las deslizó hacia atrás, hasta abarcar casi por completo mis nalgas. Cerró los dedos sobre la carne, apretando con firmeza, sin dureza, pero dejando claro que podía manejarme a su antojo. Se me escapó un gemido. Me acercó a él y su cara quedó a la altura de mis tetas.

—Así lo soñabas —dijo. No como pregunta, sino como un hecho.

En un solo movimiento, su boca se cerró sobre mi pecho. No fue un beso suave. Atrapó el pezón a través de la cadena del collar, succionando con fuerza, la lengua girando alrededor, mordiendo la punta hasta hacerme jadear. Cambió al otro pecho, chupándolo entero, ensalivándomelo, mientras los dientes rozaban la piel. Un gemido ronco salió de mí. Al mismo tiempo, la mano que tenía en mi trasero se movió. Sus dedos gruesos agarraron el encaje de la tanga y lo estiraron hacia un lado, rasgando la costura con un sonido seco. La tela cedió y dejó mi coño al descubierto.

El aire fresco me golpeó allí, seguido al instante del calor de su mano. Sus dedos me recorrieron los labios hinchados, separándolos, comprobando lo empapada que estaba.

—Estás chorreando —murmuró contra mi teta—. Estás hecha una puta.

Su dedo medio, grueso y áspero, encontró mi entrada, ya empapada, y se hundió de un solo empuje. Me llenó por completo, un estiramiento intenso y exacto que llevaba semanas imaginando. Grité, un sonido que se ahogó y se convirtió en jadeo. El dedo entraba y salía haciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba la habitación. Enseguida metió un segundo dedo, abriéndome más, curvándolos dentro para tocar ese punto que me hacía temblar las piernas.

—Te gusta —gruñó, confirmando lo que ya sabía—. Lo querías desde el primer día. Querías mi polla desde que me viste.

Sacó los dedos brillantes de mi flujo y se los llevó a la boca. Los chupó despacio, sin dejar de mirarme, saboreándome. Después bajó una mano y se sacó la verga por encima del elástico del pantalón. La vi ahí, dura, gruesa, con la punta morada y una gota espesa brillando en la ranura. Con la otra mano me empujó por el hombro hacia abajo.

—Chúpamela primero. Como aquella vez. Que la pongas bien mojada.

Me arrodillé entre sus piernas sin pensarlo. La tomé con una mano, sintiendo el peso, el latido caliente. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde los huevos pesados hasta la punta, recogiendo esa gota salada. Me la metí en la boca. Cerré los labios alrededor y empecé a bajar hasta donde podía, sintiendo cómo llenaba mi boca hasta el fondo de la garganta. Él soltó un gruñido y me agarró el pelo, no para forzarme, sino para guiarme.

—Así, así… hasta el fondo.

Subía y bajaba, chupando fuerte al sacarla, dejándola brillante de saliva. Me caía baba por la comisura. Le tomé los huevos con la otra mano y los apreté suave, girándolos. Él jadeaba más rápido, la cadera empezaba a moverse contra mi cara.

Me apartó de un tirón antes de acabársele. Un hilo de saliva me colgaba del mentón a la punta de su polla.

—Basta. Ahora te toca a ti.

Su boca y sus dedos me habían llevado rápido al borde, pero una parte de mi mente seguía alerta. Las prisas. Las sospechas. No podíamos demorarnos.

Entre gemidos que intentaba contener, jadeé las palabras.

—No… no tenemos mucho tiempo. Hazlo. Métemela. Ahora.

Él asintió, sin hablar. Con sus manos fuertes en mis caderas, me levantó del suelo y me dio la vuelta. Me empujó con suavidad pero con firmeza hacia la cama. Entendí. Me incliné, apoyando las manos en el colchón, el trasero hacia él, las piernas separadas. La tela rasgada de la tanga colgaba a un costado. Sentía el aire fresco entre las nalgas, sabía que le estaba enseñando todo, el coño abierto y goteando, el culo también expuesto.

Oí el roce del elástico de su pijama al bajar. Un segundo después sentí la presión gruesa y caliente contra mí. La cabeza de su polla se pasó primero por toda la raja, empapándose, buscando la entrada. Él la sostuvo con la mano, la apoyó justo ahí y empujó. Entró de una sola vez, hasta el fondo, hasta chocar contra el cuello del útero. Un grito ahogado se me escapó contra la colcha. Era demasiado, una presión y un estiramiento para el que no estaba lista, pero que mi cuerpo, empapado, aceptó al instante. Sentí cada centímetro, cada vena marcada dentro de mí.

No esperó a que me acostumbrara. Me tomó de las caderas y empezó a moverse. Cada embestida era fuerte y directa, entrando hasta el fondo y saliendo casi por completo antes de volver. El sonido de su piel contra la mía, de sus huevos golpeándome el clítoris, llenaba el cuarto, mezclado con sus gruñidos roncos y mis gemidos cortados. El chapoteo de mi coño empapado tragándose la verga era obsceno, hacía eco en la habitación.

El ritmo era rápido, urgente. Él también sabía que el tiempo era poco. Una de sus manos se enredó en mi pelo y tiró de mi cabeza hacia atrás, arqueándome más la espalda. La otra no soltaba mi cadera, marcándola con los dedos. Me dio una nalgada seca que me hizo apretar el coño alrededor de él.

—Así… así la querías —jadeó sin dejar de moverse—. Dura y rápida. Dime que la querías.

—Sí… sí, así… más fuerte —conseguí gemir contra la colcha.

Yo apenas podía hablar. Solo sentía. El grosor abriéndome por dentro, la fricción que me hacía ver blanco, cada empujón golpeando ese punto profundo que me arrancaba oleadas de placer. Las piernas me temblaban, pero su agarre me mantenía en mi sitio, y el collar se balanceaba sin control entre mis tetas colgantes, las perlas de los aretes golpeándome las mejillas. Sentí el primer orgasmo subir, apretándome entera alrededor de su polla, y me corrí ahogando un grito, empapándolo aún más. No había tiempo para más, y yo me lo dejaba hacer, sabiendo que lo había buscado desde el principio.

De pronto me sacó la polla, brillante de mí, y me dio la vuelta. Me acostó de espaldas sobre la colcha arrugada. Me separó las piernas con las manos, abriéndomelas bien, doblándomelas hacia el pecho. Quedé del todo expuesta ante él, con los aretes balanceándose, el collar en el pecho, la tanga destrozada a un lado y el coño rojo, hinchado y abierto ante sus ojos.

—Mírate —murmuró, con la voz ronca, pasando dos dedos por mis labios abiertos—. Toda mía.

—Quiero verte —dijo entonces, más alto—. La cara. Cuando te la meta.

Volvió a colocarse entre mis piernas. Se agarró la polla con la mano, la pasó por mis labios empapados, restregándola contra el clítoris hasta hacerme gemir, y después la apoyó en la entrada. Me miró fijo mientras empujaba, entrando de nuevo, centímetro a centímetro esta vez, para que sintiéramos los dos cómo se hundía. Esta vez gemí sin ahogarlo, viendo cómo su cuerpo se fundía con el mío, cómo la verga desaparecía dentro de mi coño. Él no apartaba los ojos de mi cara ni de las perlas que brillaban con cada movimiento. Se agachó y me chupó un pezón, mordiéndolo, mientras la cadera empezaba a moverse otra vez.

Su ritmo se volvió más rápido, más descontrolado. Los gruñidos, más seguidos. Me tomó las dos manos y me las sujetó contra el colchón por encima de la cabeza, inmovilizándome del todo. Sus embestidas eran ahora más profundas, salvajes, la cama crujía debajo de nosotros, la cabecera golpeaba la pared. Yo sabía lo que significaba. Lo sentía en cómo se ponía más duro, en cómo las embestidas perdían el compás y se hacían más profundas.

—Me voy a venir —jadeó, como un aviso—. Dentro. Te voy a llenar entera.

—Sí… hazlo… acaba dentro —le supliqué, sin reconocerme, envolviendo las piernas alrededor de su cintura para no dejarlo salir.

Su mano me apretó la cadera con más fuerza, clavando los dedos. Los movimientos se hicieron cortos y rápidos, empujando hasta el fondo una y otra vez. Cerré los ojos, sintiendo cómo el calor se acumulaba también en mí, a punto de seguirlo. El segundo orgasmo me estalló entonces, más fuerte que el primero, el coño convulsionando alrededor de su verga, apretándola, ordeñándola.

Con un gemido ronco y profundo que le salió del pecho, lo sentí. Un calor que se derramó dentro de mí, latiendo una y otra vez mientras él temblaba encima. Sentí cada chorro, espeso y caliente, disparándose contra mi fondo, llenándome. Su cuerpo se tensó y luego se dejó caer un poco, sin soltarme, la polla todavía dentro, palpitando los últimos restos. Me besó el cuello, la mandíbula, sin dejar de moverse suave, exprimiéndose entero dentro.

Fue una sensación extraña, caliente, íntima. Sentí su semen empezar a escaparse alrededor de la verga todavía enterrada, bajando por mis nalgas hasta la colcha. No era como en mis sueños. Era más real, más crudo, algo que yo no podía controlar y que llenaba un espacio que hasta hacía minutos era solo mío.

Se separó despacio. Su polla salió con un ruido húmedo, y detrás de ella un chorro espeso de su corrida mezclada con mi flujo se derramó entre mis piernas. Me miró, los ojos todavía oscuros, contemplando el reguero que él mismo había dejado.

—Mía —dijo al fin, en voz baja, como si esa palabra lo explicara todo. Pasó dos dedos por mi coño abierto, recogiendo un poco de lo que salía, y me los llevó a la boca. Los chupé sin pensar, saboreándonos a los dos.

Me quedé quieta, sintiendo cómo el calor se enfriaba sobre mi piel, cómo su semen seguía escurriéndoseme del coño. Esas palabras quedaron flotando en el aire cargado de la habitación. No supe qué contestar. Solo asentí, casi sin darme cuenta.

—Gracias —agregó entonces, de repente. La voz más suave. No dijo por qué, pero lo entendí. Gracias por venir. Por no echarme atrás. Por dejar que me corriera dentro. Por darle eso que tal vez nadie le daba desde hacía mucho.

La urgencia volvió de golpe. El tiempo. Las sospechas. Él lo vio en mi cara y señaló con la cabeza hacia el pequeño baño de la habitación.

—Límpiate —dijo, práctico otra vez.

Me levanté con las piernas temblando. Sentí el chorro caliente bajarme por el muslo apenas me puse de pie. Fui al baño y me arreglé como pude con papel y agua, limpiándome entre las piernas, sacándome lo que él había dejado dentro. En el espejo me vi: el pelo revuelto, los aretes torcidos, los ojos demasiado brillantes, los pezones todavía duros y rojos de sus mordidas, marcas de dedos en las caderas. Me acomodé un poco, pero no había forma de disimular lo que acababa de pasar.

Cuando salí, él ya se había puesto la parte de arriba del pijama. La caja de los aretes estaba sobre la mesita. La tomó y me la entregó.

—Guárdalos —dijo—. Para la próxima.

No pregunté cuándo sería la próxima. Solo guardé la caja en el bolso. Recogí el vestido del suelo, me lo puse sobre el cuerpo todavía pegajoso, me calcé los tacones. Sin bragas, porque las había dejado destrozadas en el suelo de la habitación. Ya casi era otra persona.

—Sal por el pasillo de atrás —indicó—. La puerta de servicio. A esta hora no hay nadie.

Asentí. En el umbral me detuve un segundo. Nos miramos. No hubo beso ni abrazo. Solo ese silencio cargado y su «gracias» todavía suspendido en el aire.

Salí. Caminé rápido por el corredor oscuro hacia la puerta de servicio y llegué a la calle, hasta la parada del autobús. Sentía a cada paso el líquido caliente de él resbalarme muslo abajo bajo el vestido.

Mientras esperaba, los pensamientos no paraban. Lo que había hecho, en la residencia, con un residente. Había cruzado una línea. Podía perder la tesis, la carrera entera. Sabía que no estaba bien.

Pero también pensaba en lo otro. En cómo se había sentido. Sus manos en mi piel. Su verga dentro del mío. Su corrida llenándome. Su voz al decir «gracias». Eso no se sentía mal. Se sentía real.

Subí al autobús casi vacío y me senté junto a la ventana, apretando los muslos, sintiendo cómo seguía empapada de él. Ya no importaba si estaba bien o mal. Ya estaba hecho. No podía deshacerlo.

***

Volví a la residencia un par de veces más antes de terminar la tesis, con la excusa de medir los últimos detalles. La primera vez terminé otra vez arrodillada frente a él, con su polla hasta el fondo de la garganta, tragándome hasta la última gota de su corrida porque no había tiempo para más. La segunda fue en la cama, con él encima, más lento pero igual de callado, viéndolo acabar sobre mis tetas y el collar antes de limpiarme rápido. Después de ninguna hubo despedidas: yo me arreglaba y me iba, él se quedaba, y a los dos parecía bastarnos.

La última vez que fui, para dejar una copia de la tesis terminada, supe de antemano que no lo vería. Pasé frente a su puerta cerrada. No toqué. Solo me detuve un instante y seguí caminando.

Nunca supe si lo que hicimos estuvo bien o mal. Pero descubrí algo sobre mí: que también era capaz de dejarlo todo a un lado por el simple placer de sentir aquello, una polla dura dentro y una corrida caliente llenándome. Y eso, para bien o para mal, ahora era parte de mí.

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Comentarios(7)

NocturnoX

increible, me engancho desde la primera linea. Muy buen relato!!!

PatriciaVR

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas!!!

SebaMDP

Que imagen mas perfecta la del mensaje a medianoche. Se siente real, casi como si te hubiera pasado a vos mismo.

CosasDeNoche_ok

jajaja ese mensaje a medianoche... esa hora siempre es trampa. Muy buen relato

LolaWolff_82

Me recordo a algo parecido que me paso hace tiempo, esas situaciones te quedan grabadas para siempre. Buen trabajo!

CarmenNieve

hay continuacion? porque si no voy a llorar jaja. En serio, estuvo genail

Silvina_BA

Me encanto como transmitís la tension sin necesitar decir demasiado. Eso es lo que distingue a los que saben escribir de verdad.

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