La vecina madura que lloró sola en su cumpleaños
Sí, me acosté con Rosa algunas veces más entre enero y junio de aquel año. Las primeras no fueron del todo satisfactorias, al menos para ella.
Desde nuestra noche de Nochevieja, algo en ella había cambiado. Ya sobria, se volvió más reservada. No me esquivaba exactamente, pero se tensaba cuando yo me acercaba demasiado. Cuando la visitaba, sus ojos terminaban siempre en aquella fotografía del aparador: su difunto marido Ernesto, con traje y sombrero, eternamente joven en blanco y negro. Rosa parecía haberse encerrado de nuevo en una habitación a la que solo ella tenía llave.
Durante ese enero hablamos mucho de los que ya no estaban. De mi compañera Lucía, que había muerto el verano anterior después de dieciocho años juntos. De Ernesto. De los huecos que dejan las personas y de las costumbres que tardan en morir más que ellas: servir dos tazas de café por inercia, comprar el pan que ya nadie va a comer. Hasta que llegó el día de su cumpleaños.
***
En aquella época, mi situación económica era desastrosa. En la empresa no podían pagarnos las horas extra acumuladas y, en su lugar, nos daban días de libranza a cambio. Llevaba ya diez días guardados y decidí tomarme tres: libraría desde el jueves hasta el lunes siguiente. Unas minivacaciones para alguien que se había metido en el trabajo como en un búnker, precisamente para no pensar demasiado en su situación, y que ahora tenía demasiado tiempo libre para hacerlo.
Me pasé gran parte de la mañana del jueves frente al ordenador, haciendo lo que había aprendido a hacer solo: buscar en internet ese alivio rápido que calma el cuerpo aunque no calme nada más. Cuando terminé, me serví el tercer café del día y encendí la radio del salón.
Sonó una canción que Lucía adoraba. No me moví a apagarla. La escuché entera con el café en la mano, y cuando terminó, las lágrimas ya habían llegado solas, como siempre llegaban cuando me pillaban desprevenido. Me quedé un rato así, llorando sin ruido, convencido de que era una condena que me había ganado a pulso. Podría haberla apagado sin más, pero no lo hice. A veces el sufrimiento parece lo único honesto.
Cuando pasó, me quedé mirando el fondo de la taza. Y entonces lo recordé: mañana era el cumpleaños de Rosa. ¿Y tú qué le vas a regalar, si estás en números rojos?, me pregunté en voz baja. Acababa de cobrar la nómina de diciembre sin la paga extra, y ya debía dos meses de alquiler. Haciendo cuentas rápidas, comprendí que podía permitirme poco. Pero entonces pensé en las flores. Un ramo no costaría demasiado. Podría pagarlo con lo que me quedaba en la tarjeta.
Me animé. La tarde entera del jueves me la pasé limpiando el piso mientras me imaginaba lo que podría pasar. Me imaginé a Rosa tumbada. Sus pechos de areolas oscuras. Su cuerpo pequeño y firme entre mis manos, sus caderas, la calidez de su interior. Me construí una película completa con ella como protagonista y yo como cómplice entusiasta, y la película me duró las tres horas que tardé en fregar el suelo y ordenar la cocina.
***
No fue hasta el viernes por la tarde que pude llevarle el regalo. Ella, como cada cumpleaños, pasaría la mayor parte del día en casa de su hijo Miguel, un hombre grande y serio que la quería a su manera, que era una manera equivocada.
Por la mañana me duché y me afeité con calma. A las siete de la tarde me puse el único traje decente que tenía, azul oscuro con camisa blanca y corbata, cogí la llave que Rosa me había dado y bajé a comprar el ramo. Doce rosas rojas. Subí casi corriendo. Hacía mucho tiempo que no estaba tan ilusionado por algo tan simple.
Entré sin hacer ruido, pensando que llegaría antes que ella y podría preparar algo. Pero en cuanto crucé al salón, toda aquella ilusión se vino abajo como un castillo de naipes.
Allí estaba Rosa, iluminada solo por la televisión encendida sin sonido. Estaba sentada frente a la mesa del comedor, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados, rodeada de latas de cerveza vacías. La americana de su traje burdeos estaba tirada en el suelo, a los pies del sofá. Su pelo oscuro le tapaba parcialmente la cara.
Encendí la luz y me acerqué despacio.
—¿Rosa? —dije con suavidad, poniéndole una mano en el hombro—. ¿Estás bien?
Levantó la cabeza. Tenía el maquillaje deshecho por las lágrimas ya secas, lo que le daba a la cara un aspecto de alguien que ha llorado hasta no poder más y aun así ha seguido llorando.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó con la mirada perdida.
Le mostré el ramo de rosas y le deseé feliz cumpleaños.
—Qué bonitas… gracias. Hay que ponerlas en agua —dijo, intentando levantarse.
—Ya voy yo —la detuve.
Fui rápido a la cocina, llené un jarrón y volví. La encontré de pie, abrazada al ramo, frotándose los ojos húmedos contra los pétalos rojos. Nuevas lágrimas le emborronaban más el maquillaje.
Entre hipidos y pausas me fue explicando lo que había pasado. Durante la comida de cumpleaños, Miguel le había sugerido, con esa firmeza de los hijos que creen que hacen lo correcto, que ya era hora de pensar en una residencia. Que el barrio no era seguro para ella sola. Que él no podía estar pendiente a todas horas.
—Llevo aquí toda mi vida —me dijo—. Mi marido murió en este piso. Aquí me he levantado todos los días durante cuarenta años. ¿Y ahora me dicen que me vaya porque el barrio es peligroso? Siempre ha sido así. Siempre me he adaptado.
Intenté que comiera algo. Le hice una tostada que no tocó. Le serví un vaso de agua que vació a medias. Hice dos viajes al baño con ella: uno para que orinara y otro para vomitar. En ese tiempo se tomó otras dos cervezas que no pude impedirle. Solo sonrió un poco cuando le dije:
—Rosa, deja ya de beber, que te hace daño. Además, ¿no recuerdas lo que pasó la última vez que bebiste de más?
—Igual es que quiero que vuelva a pasar. Y quiero más. Mucho más.
Me quedé quieto. ¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? La pregunta me bloqueó el pensamiento unos segundos, haciendo que todo lo demás dejara de existir.
—¿Qué quieres decir? —le pregunté directamente.
—Que quiero que pases esta noche conmigo.
Me puse de pie despacio y me acerqué a ella. Me agaché y la besé en los labios con suavidad, un beso pequeño y exploratorio. Ella no se apartó. El segundo beso ya fue otra cosa: lenguas, manos, ese tipo de beso que no tiene nada de tentativo.
—¿Estás segura? —interrumpí—. Estás borracha y yo no quiero que mañana…
—Serena del todo no me atrevería. Cállate y sigue besándome.
***
Nos besamos mientras ella me desabotonaba la chaqueta y yo le quitaba la blusa. La sujeté por las caderas, notando el calor de su cuerpo a través de la tela que quedaba. En un abrazo le desabroché el sujetador y me lancé a sus pechos como si llevara meses esperando ese momento, que era exactamente lo que había hecho.
—Vamos al dormitorio —dijo.
La ayudé a levantarse. Caminó con paso poco firme pero sin caerse, llevándome de la mano por el pasillo hasta su habitación. La cama era grande, de esas antiguas con cabecero de madera oscura. Antes de que se sentara la atraje hacia mí, encajando su cuerpo contra el mío, sintiendo sus pezones apretarse contra mi pecho.
Mientras seguíamos besándonos, sus manos encontraron mi cinturón. Lo soltó con una eficiencia que no esperaba. Bajó los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento y se quedó mirando lo que había encontrado a pocos centímetros de su cara.
—Vaya con el vecino —dijo, y en su voz había algo entre sorpresa y aprobación que me hizo sentir más poderoso de lo que merecía.
Lo mío tampoco era para tanto: unos diecisiete centímetros y algo más grueso que la media, con una punta algo más ancha. Nada extraordinario. Por lo visto, los pocos amantes que había tenido Rosa estaban peor dotados que yo.
Con un movimiento suave de caderas le acaricié la mejilla con mi erección, y nos miramos y nos reímos. Empezó a besarme los testículos con calma, recorriéndolos despacio. Esperé lo que creí que vendría a continuación. No llegó. Rosa se dejó caer de espaldas sobre la cama.
—Hazme lo que quieras.
—¿Lo que quiera? Pues te vas a enterar.
Me arrodillé en el suelo con la cabeza entre sus piernas. Con la luz de la mesilla como única iluminación, pasé la palma de la mano por su vello entrecano, sintiendo el calor y la humedad que ya empezaba a acumularse. Sus caderas subían y bajaban con impaciencia.
Empecé por los muslos. Los besé por dentro, subiendo despacio mientras la acariciaba con la otra mano. La noté temblar como una hoja. Me detuve un momento para mirarla: las piernas abiertas, los ojos cerrados, la boca entreabierta. El vello y la piel empezaban a brillar con la triste luz que los iluminaba. Me pareció la cosa más íntima que había presenciado en mucho tiempo.
Le besé el clítoris directamente, sin más rodeos. Dio un «ay» largo y ronco que le venía del cuerpo entero, y sus manos me agarraron por la nuca. Introduje la lengua tan profundo como pude, arrastrándola hacia arriba en cada movimiento, presionando ese punto que la hacía sacudirse. El sabor era ácido y cálido y real, sin los adornos que los relatos suelen ponerle.
No sé cuánto tiempo estuve así. En algún momento sus caderas dejaron de moverse. Alcé los ojos sin apartar la boca y la encontré mirándome desde arriba, con una expresión en la cara que la hacía casi irreconocible.
—Fóllame. Por favor. Ya.
—Como quieras —dije, y me puse de pie.
Me subí a la cama de rodillas entre sus piernas y la acaricié entera antes de entrar: las rodillas, los muslos, la curva del vientre, los pezones ya erectos. Ella cogió mi erección con la mano derecha y me apretó sin moverse, sosteniéndola como si necesitara convencerse de que era real.
—Métemela ya, joder.
Ve despacio, me dije. No quería hacerle daño. Apoyé la punta contra su entrada, sintiendo el calor que desprendía envolviéndome, y empecé a entrar milímetro a milímetro.
—Despacio, Rosa —le susurré—. Así lo disfrutamos más los dos.
Soltó un «ahhh» largo y grave, de esos que nacen del cuerpo entero y no solo de la garganta. Sus piernas se cerraron alrededor de mis caderas, enganchándome hacia dentro. Cuando estuve completamente dentro, nos quedamos quietos un momento, mirándonos. Habíamos dejado de ser el vecino del cuarto y la señora del segundo. Éramos el bote salvavidas el uno del otro, y los dos lo sabíamos.
Me moví despacio. Cada embestida era lenta y profunda, sin prisa. Ella respondía con un suspiro a cada una, y esos suspiros eran lo más parecido a la honestidad que había escuchado en meses. No follábamos. Hacíamos el amor con toda la torpeza y la seriedad que eso implica, y ya habría tiempo para lo otro.
Cambiamos de posición sin hablar, sabiendo cuándo hacía falta. Cuando ella se puso encima de mí, se tomó un momento para acomodarse, cerrando los ojos.
—Dios mío —dijo, casi para ella misma—. Qué barbaridad.
Durante más de dos horas estuvimos así, cambiando de posición varias veces: a veces con calma y casi en silencio, a veces con más urgencia. El ritmo no cambió del todo nunca. Y en ningún momento llegó a terminar.
Lo intenté todo lo que supe. La acaricié de formas distintas, cambié el ángulo, la besé mientras la penetraba, le presioné el clítoris con el pulgar. Sentía cómo su humedad crecía y menguaba con cada cambio, pero el orgasmo no llegaba. Hasta que, con los ojos brillantes por las lágrimas, me dijo:
—No puedo terminar. Termina tú, mi amor.
Intenté un rato más, controlando mis ganas más allá de lo que creí que podría. Llegué incluso a acariciarle suavemente la entrada del ano, buscando algo que funcionara. Solo conseguí un nuevo pulso de humedad.
—No me va a venir —repitió—. Córrete dentro de mí. Por favor.
Entonces me dejé ir. Cuatro embestidas más fuertes, un sonido que salió de mí sin que yo lo eligiera, y me vine dentro de ella con una intensidad que no recordaba desde hacía mucho tiempo. Perdí la cuenta de las sacudidas. Mi mente era ese par de ojos brillantes que me miraban desde la almohada.
Nos quedamos abrazados después. El único sonido era el radiador silbando suavemente, nuestras respiraciones volviendo a la calma, y de vez en cuando algún ruido esporádico de la calle de abajo. Fuera, el barrio seguía siendo igual de peligroso. Dentro de aquella cama, por fin, estábamos a salvo.
Aquella noche nos curó algo, aunque no del todo. Por mi parte, la falta de orgasmo de Rosa me pesó durante días. Sentí que no había sabido leerla bien, que me había faltado algo que no sabía cómo nombrar. Meses después, ella dejaría atrás a la vecina reservada para enseñarme lo que puede hacer una mujer cuando decide que ya no le debe explicaciones a nadie, ni siquiera a su propia historia. Pero eso, amigos, es harina de otro costal.