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Relatos Ardientes

La tormenta que me dejó a solas con mi suegra

Conocí a Marina en un congreso de derecho inmobiliario. Yo iba como arquitecto invitado a una mesa redonda; ella, como ponente joven con su plaza recién ganada. Llegó tarde, entró con paso firme y no se disculpó. No lo necesitaba. Tenía esa clase de autoridad que no levanta la voz, pero se impone.

Nos volvimos a cruzar en un acto del colegio profesional y, sin planearlo, la invité a un café. Desde esa tarde no dejamos de vernos. Pronto conocí a su familia en una cena en su casa, y Marina me avisó antes de entrar.

—Mi padre es impenetrable, nadie le parece suficiente. Mi madre, en cambio, sabrás enseguida si le gustas.

Y lo supe. Elena fue amable desde el primer minuto. Me observó durante toda la cena, como si quisiera analizarme a fondo, con una sonrisa abierta que no juzgaba.

Mi suegro, en cambio, apenas me miró. Notario de los de antes, voz grave, trajes oscuros y una fe casi religiosa en su propio criterio. Don Alberto marcaba el ritmo de todo lo que ocurría en aquella casa. Esa primera noche me hizo tres preguntas: dónde estudié, quién era mi padre y dónde trabajaba. No le gustó ninguna respuesta. Asintió en silencio y, antes de los postres, se retiró a su despacho con un adiós tan tenue que parecía una sentencia.

Desde entonces supe que con él todo sería un examen permanente. Marina nunca le discutía abiertamente; el lazo con su padre era demasiado fuerte. Elena, sin embargo, trataba de compensarlo. Cuando él se levantaba de la mesa, me ofrecía una copa de licor y me hablaba de cómo conoció a Don Alberto en la notaría donde ella entró como auxiliar. Sabía mucho más de lo que aparentaba.

Con los meses, Elena y yo desarrollamos una alianza tácita. Una mirada en mitad de una comida bastaba para cambiar de tema y evitar que mi suegro lo monopolizara todo. A veces ella me llamaba sin que Marina lo supiera.

—Solo para decirte que tengas paciencia. Lo importante eres tú con Marina.

Era como una partida de ajedrez en la que Don Alberto era el rey, Marina la torre que siempre lo protegía, Elena la reina supeditada a él. A mí me habían dejado el caballo: tenía que moverme en diagonales imprevistas para esquivar sus embestidas.

***

Una tarde de primavera comíamos los cuatro en su casa. Marina estaba agotada por una sustitución en el trabajo. Yo, callado, miraba el plato. Entonces mi suegro levantó la vista, se quitó las gafas y habló con su voz seca.

—Me han nombrado decano del colegio. Quiero celebrarlo. He reservado un viaje al Caribe para los cuatro. Una semana.

—¿En serio? —preguntó Marina—. Si a ti no te gusta viajar.

—Lo que no me gusta es la mediocridad. Vamos a un resort de lujo.

Nada más llegar supe que aquel no iba a ser un viaje de descanso convencional. El hotel era un cinco estrellas pensado para venderle a los europeos una idea de paraíso: mármol blanco, camareros que no sabían decir que no, una playa interminable y un campo de golf integrado en el paisaje.

Don Alberto se entregó desde el primer minuto a un programa que él mismo había aprobado con la meticulosidad de quien redacta su testamento. Desayuno a las nueve, visita cultural a las once, piscina por la tarde, cóctel a las ocho. Elena, en cambio, llegó decidida a romper con su vida anodina. Se trajo vestidos de colores, faldas vaporosas y hasta unos pantalones cortos que revelaban un cuerpo mucho mejor conservado de lo que yo imaginaba. Piernas largas, culo firme, unas tetas que se marcaban bajo la tela sin sujetador, y una cintura que ninguna mujer de su edad tenía derecho a lucir. Se me iban los ojos cada vez que se agachaba.

—Yo he venido a vivir —dijo—. Excursiones, sol, fruta fresca, y si me animo, quizá hasta parapente.

Mi suegro y Marina habían traído sus palos de golf. A ella le brillaron los ojos al ver el cartel de un campeonato femenino amateur. La idea de competir la encendía como pocas cosas.

—¿Y tú qué planes tienes? —me preguntó Marina, sonriendo como no la veía sonreír desde hacía meses.

—El mar. Navegar, correr por la playa, bucear.

***

La primera noche cenamos frente al mar. Don Alberto ya había conseguido que el maître lo llamara «don Alberto» y, al menos, había renunciado a la corbata. Marina volvía a reír con naturalidad, como antes de la hipoteca y de la sombra de su padre.

Al día siguiente, mientras padre e hija se iban al golf, yo salí a correr por la arena blanca y estuve una hora haciendo windsurf en paralelo a la costa. Al volver, encontré a Elena en la piscina de adultos, tumbada en una hamaca, con unas gafas oscuras y una piña colada entre los dedos. Charlaba con un monitor de piel morena que gesticulaba mucho y se reía todavía más.

—Me alegro de verte tan suelta —le dije al acercarme.

—¿Te han reclutado de espía?

—Sabes que soy de tu bando. Si me lo pides, esta misma noche abolimos el patriarcado.

Nos reímos. Había algo travieso en su mirada, como si en aquel lugar pudiera por fin ser quien fue antes de casarse. O quien siempre había querido ser.

—¿Y tú? ¿No encuentras nada que te atraiga? —preguntó, ofreciéndome su copa.

Podría haberle dicho que sí, que tenía algo delante mismo, que llevaba media mañana pensando en cómo se le marcaban los pezones bajo el bikini húmedo, pero me lo callé.

—He corrido y navegado. Ahora iré a verlos al campo.

***

Esa noche me costó conciliar el sueño. Salí descalzo al porche del bungaló y me senté a mirar el cielo. Entonces la vi caminando por la orilla, los zapatos en la mano, la falda larga ondeando. Me acerqué sin que me oyera.

—¿Insomnio? —pregunté en voz baja.

Se giró despacio. No pareció sorprendida.

—Hola, Adrián. Es que no quiero perderme esto: el mar, las estrellas, el silencio.

Caminamos un rato dejando huellas que la marea borraba enseguida.

—Este viaje me está devolviendo al pasado —dijo, mirando el agua—. Hay momentos en que me pregunto cuándo dejé de vivir para mí y empecé a vivir para no incomodar a los demás.

—¿Querrías volver a empezar?

—No lo sé. Alberto construyó una vida perfecta y Marina lo siguió sin preguntarse qué quería. Tú eres el único que entró en esta familia sin estar obligado.

Nos sentamos en la arena. La luna se reflejaba en las olas. Sentí a su lado una química nueva, todavía sin nombre. Cuando regresamos, en silencio, supe que algo había empezado a moverse.

***

Al desayuno siguiente, Don Alberto insistió en que Marina lo acompañara a la final del torneo. Elena tenía reservada una excursión a una reserva natural en una isla cercana, y se quedaba sin compañía.

—¿Podrías acompañarla tú? —me pidió Marina—. Así me quedo tranquila mientras jugamos.

—Por supuesto. Será un placer.

—Pobre Adrián, menudo viaje le espera —soltó mi suegro con una falta de respeto que ya ni me molestaba.

En una hora estábamos en un catamarán rumbo a la isla. Un grupo de delfines nos escoltó danzando sobre un agua que parecía un espejo de cristal azul. Elena se quitó el pareo y se quedó en bikini, hablando de los animales que quería ver como una niña en una excursión del colegio. La admiraba: una mujer ilusionada, redescubriéndose, sin pedir permiso. Y con un cuerpo que se me clavaba en la retina cada vez que se giraba: el triángulo de tela que le apretaba el coño, las tetas altas empujando la parte de arriba, el culo que se le movía al caminar por la cubierta.

Atracamos y un jeep nos llevó por un camino de tierra hasta una selva domesticada. Nos detuvimos en una laguna con una cascada y, bajo aquella caída de agua, mojados y vivos, nos abrazamos con la confianza de quien por fin se siente libre. Sentí sus tetas apretándose contra mi pecho, la tela empapada del bikini pegada a la piel, y una polla que empezaba a hincharse sin que yo pudiera disimularla contra su cadera. Ella lo notó. No dijo nada. Solo bajó la mirada un segundo y volvió a subirla con las mejillas encendidas.

—Lo estoy pasando fenomenal —me dijo.

—Mucho más interesante que bucear —respondí.

En el mirador de la cima, con la selva a un lado y el mar al otro, se sentó a recuperar el aliento.

—Sigues siendo una mujer muy atractiva —dije sin pensarlo.

Nos miramos unos segundos. Aflojamos la tensión con una sonrisa.

—Gracias por mirarme como si todavía pudiera atraer a alguien —respondió al fin.

***

El cielo se apagó de golpe, como si alguien bajara un interruptor sobre el Caribe. Empezó a caer una llovizna cálida que en minutos se convirtió en tormenta. Una llamada al refugio confirmó lo inevitable: la carretera anegada, el puerto cortado, el catamarán sin poder zarpar. El resort había previsto un plan B, unas cabañas de madera junto al embarcadero.

—Es como si la isla se negara a devolvernos —comentó Elena, sin dramatismo.

El grupo se repartió por parejas y nos reímos como adolescentes al ver que tendríamos que compartir cuarto. La cabaña era sencilla: dos camas, una lámpara tenue, una ventana que no cerraba bien. Llamamos a Marina y a Don Alberto con el teléfono del guía. Apenas preguntaron si estábamos bien.

—Esto es lo que pasa cuando uno no juega al golf —se rió mi suegro antes de colgar.

Cuando dejamos el aparato, nos quedamos en silencio. Ni siquiera habían preguntado si necesitábamos algo.

—A veces, cuando alguien está demasiado ocupado siendo el protagonista de su propia vida, olvida que los demás también están viviendo la suya —dije.

Ella abrió la ventana. La lluvia golpeaba las hojas con un ritmo casi musical.

—Es curioso —murmuró—. Me siento más libre en esta cabaña que muchas noches en mi propia casa.

***

Encendimos una vela. La llama bailaba sobre la mesilla entre las dos camas, como una imagen de lo que flotaba en el aire. Le propuse un juego para matar la espera.

—Nos hacemos preguntas íntimas, cosas que nunca nos habíamos dicho. El que responde, pregunta.

—¿Y si uno se niega?

—Paga prenda.

—No hará falta —dijo, con esa sonrisa que mezclaba inteligencia y picardía—. Diremos la verdad los dos, sin escapatoria.

Empecé yo. Le pregunté por su última fantasía y me habló, riendo, de un profesor de la universidad con el que nunca pasó nada, y de cómo se lo imaginaba a veces follándola encima de su escritorio con las bragas en los tobillos. Ella me preguntó si Marina había sido mi primer amor y le hablé de una chica de los dieciocho años, mi primer amor de verdad.

—Eres demasiado sensible —dijo, acariciándome la cara—. Con Marina eso no funciona.

Me tocaba a mí.

—¿Eres feliz con Alberto?

Bajó la mirada un instante.

—Hace años que no me hacía esa pregunta. No. No lo soy. Me acostumbré a vivir en una jaula de oro y ya no sé si me atrevería a volar aunque se abriera la puerta.

La abracé. Su confesión me provocó una ternura que no sabía dónde colocar.

—¿Cuándo fue la última vez que te sentiste deseada? —pregunté.

—Ni lo recuerdo. Alberto siempre me miró como una posesión, nunca como la mujer por la que se pierde el juicio. Hace más de dos años que no me toca, y las últimas veces era despacharme en tres minutos, sin ni siquiera desnudarme del todo. —Hizo una pausa—. Y tú, ¿cuándo fue la última vez que te atrajo tanto una mujer como para plantearte serle infiel a Marina?

—Ahora mismo —respondí, sin parpadear.

***

Tragó saliva, se levantó y apagó la vela. La cabaña quedó a oscuras, iluminada solo por los relámpagos lejanos. Se acercó sin tocarme. Me dejó notar su aliento, su perfume que aún resistía al calor del trópico.

—A veces hablar es más íntimo que desnudarse —dijo, deslizando los dedos por mi pecho.

Se sentó en mi cama y me atrajo hacia ella. El sonido de la lluvia se convirtió en un eco de lo que iba a pasar.

—No deberíamos —murmuró.

—Lo sé.

—Pero tampoco quiero renunciar a vivirlo.

Me tocó la mejilla y su pulgar rozó mis labios. Ese primer contacto dijo más que cualquier palabra. Cuando nos besamos, su lengua entró en mi boca con un hambre que llevaba años contenida, mordiéndome el labio, buscándome la mía como si quisiera recuperar todo el tiempo perdido. Mis manos le abrieron el vestido por detrás y se lo dejé caer hasta la cintura. Ahí estaban, por fin: dos tetas maduras, todavía firmes, con los pezones oscuros y duros de puro deseo. Se las agarré, se las apreté, y bajé la boca a chupárselas.

—Dios mío… —jadeó, echando la cabeza atrás—. Cuánta falta me hacía esto, cuánta falta…

Le mordí los pezones sin miedo, le pasé la lengua alrededor, se los chupé uno detrás de otro hasta que se retorció encima de mí. La empujé de espaldas sobre la cama y le terminé de quitar el vestido, y con él las bragas. Elena quedó desnuda, abierta, con las piernas separadas por instinto y una mata de vello oscuro recortada que apenas cubría el coño hinchado. Estaba empapada. Se veía brillar la humedad a la luz del último relámpago.

—Follame ya —dijo con la voz rota—. Llevo toda la tarde imaginándomelo.

—No, todavía no.

Le abrí las piernas del todo y hundí la cara entre sus muslos. La primera lamida la hizo gritar bajito, como si le hubiera dado una descarga. Le pasé la lengua entera por el coño, de abajo arriba, chupándole los labios, buscándole el clítoris con la punta y haciendo círculos lentos. Ella me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverse contra mi boca.

—Sí, ahí, ahí, no pares… así, Adrián, así… ay, cómo me lo comes…

Le metí un dedo, después dos, mientras seguía chupándole el clítoris. La sentí apretarme por dentro, caliente, chorreando, y noté cómo se le tensaban los muslos alrededor de mi cara. Se corrió en mi boca al cabo de un par de minutos, con un grito ahogado, empujando la cadera contra mis labios como si quisiera montarme la lengua. La lluvia tapaba cualquier sonido.

—No aguanto más —jadeó, tirándome del pelo hacia arriba—. Ven, méteme la polla, méteme la polla ya.

Me subí sobre ella. Le agarré la verga con la mano y me la pasé por los labios del coño, empapándomela en su humedad. Ella cerró los ojos y separó más las piernas.

—Despacio la primera vez —le susurré al oído—. Quiero notártelo todo.

La penetré despacio, centímetro a centímetro, y sentí cómo el coño me abrazaba la polla apretándome de una forma que casi me hizo correr en el primer empujón. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo.

—Aaah… madre mía, cómo llenas… se me había olvidado esta sensación… entera, dámela entera…

Cuando estuve dentro del todo, me quedé quieto unos segundos, sosteniéndome sobre los codos, mirándola. Elena tenía los ojos abiertos, brillantes, y una expresión de puro asombro, como si acabara de descubrir algo. Empecé a moverme muy despacio, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta el fondo, obligándola a sentir cada tramo del recorrido.

—Así, así… no vayas rápido… sigue así toda la noche si quieres…

Le fui subiendo el ritmo poco a poco. Le agarré una pierna y me la puse sobre el hombro para embestirla más profundo, y ella empezó a gemir sin ningún pudor, agarrada a mis brazos, con el pelo pegado a la frente por el sudor. Cambiamos de postura. La puse de lado, encajando su culo contra mí, y la follé desde atrás mientras le acariciaba las tetas y el clítoris con la otra mano. Le mordí la nuca, el hombro, y ella se restregaba contra mi polla con la cadera echada hacia atrás, pidiéndome más.

—Más fuerte, Adrián, más fuerte… házmelo como hace años que nadie me lo hace…

La puse a cuatro patas al borde de la cama. Le vi el culo blanco, redondo, y el coño abierto, rojo, empapado de mí. La agarré por las caderas y se la clavé de una embestida seca que le sacó un grito. Empecé a follármela así, con las palmas de las manos apretándole el culo, viendo cómo la polla entraba y salía brillando, cómo se le movían las tetas colgando debajo de ella, cómo empujaba hacia atrás para recibirme. Le di una nalgada suave y ella soltó una carcajada ronca.

—Otra… más… no seas educado esta noche…

Le di otra, más fuerte, y otra, hasta que le dejé la marca de la mano. Ella se corrió otra vez con el coño apretándome la verga en espasmos. Yo me la saqué justo a tiempo, la tumbé de espaldas, se la volví a meter y le hice el amor mirándola a los ojos hasta que no pude más. Le pregunté con la mirada, y ella asintió.

—Dentro. Córrete dentro. Hace años que no siento a un hombre corriéndose dentro de mí.

Me corrí dentro con dos, tres, cuatro embestidas finales que la hicieron temblar. Sentí el semen saliendo a chorros, llenándola, y ella me abrazó con las piernas y con los brazos, sin dejarme salir, respirando contra mi cuello como si le doliera hasta separarse.

Fue una noche larga, sin vergüenza. La follé otra vez a las dos horas, con ella encima ahora, moviéndose despacio y luego rápido, con las tetas botando delante de mi cara, y después una tercera al amanecer, adormilados los dos, penetrándola de costado con pereza mientras la lluvia se apagaba fuera. Cuando todo se calmó, me abrazó por la espalda y supe que aquella noche no la olvidaríamos nunca.

***

Desperté con el cabello de Elena revuelto sobre la almohada y la luz entrando por la ventana. El mar, ya en calma tras la tormenta, no tenía nada que ver con el de la víspera. Ella abrió los ojos poco a poco y se cubrió con la sábana, pero enseguida se acordó de que ya no había nada que taparme y la dejó caer.

—¿Fue real o lo he soñado? —murmuró.

—Si quieres, podemos fingir que no sucedió. Pero yo no me arrepiento.

—Ni yo —respondió—, salvo que para ti haya sido solo un aprovechar la tormenta.

Volví a desearla con toda mi alma. Se me puso dura mirándola desnuda a la luz de la mañana, con las marcas rojas de mi barba en el cuello y en las tetas, y las piernas todavía manchadas de nosotros. Ella lo vio, sonrió y se agachó sin decir nada. Me la sacó de debajo de la sábana y se metió la polla en la boca sin ceremonia. Le lamió la cabeza, se la tragó despacio hasta el fondo, con esos ojos oscuros mirándome mientras se le hundía en la garganta, y estuvo mamándomela un rato largo, con las dos manos, con la boca, con la lengua bailando alrededor. Cuando la iba a hacer parar, se apartó.

—No, no aquí. Ven.

Se puso a horcajadas sobre mí, se me sentó encima y empezó a cabalgarme lento, apoyada en mi pecho, con esas tetas colgando delante de mi cara. Nos miramos todo el rato. Se corrió otra vez, apretándome dentro, y yo la llené por segunda vez esa mañana antes de que se dejara caer sobre mí, temblando y riendo bajito.

Le llevé café y fruta, y desayunamos en la cabaña con el hambre de quien ha gastado la noche entera. Pero su rostro se ensombreció.

—Esto debe quedarse aquí —dijo con calma—. Lo que fuimos anoche solo puede existir en esta isla, bajo la tormenta. No quiero que se convierta en una grieta en la vida de Marina ni en la tuya.

—¿Y si esta noche cambió algo y no quiero volver a mi vida de antes?

—Claro que cambió algo, para los dos. Pero a veces basta con saberlo. No todo tiene que traducirse en actos.

—¿Sabes lo único que lamento? —dije—. Que la tormenta no durara tres días más.

Sonrió, se inclinó y me rozó apenas los labios.

—Gracias por recordarme que sigo viva.

—Gracias a ti por atreverte, sin edad y sin miedo.

***

A mediodía, el coche del hotel nos dejó en los bungalós justo cuando Marina y Don Alberto salían en ropa de golf, con sus viseras impolutas y una energía radiante que contrastaba con nuestro cansancio.

—¡Qué alegría que ya estéis aquí! ¿Todo bien? —preguntó Marina, sin una sombra de preocupación.

—El diluvio universal, pero la isla era preciosa —dijo Elena con una sonrisa medida.

—Nos hemos clasificado para la final —anunció mi suegro casi sin mirarnos—. Jugamos en una hora.

Nadie preguntó si habíamos dormido bien o pasado frío. Su mundo estaba en otro lugar y eso, sin que ellos lo supieran, nos arrastraba a unirnos todavía más. Marina me despidió con un beso protocolario y se fueron envueltos en su euforia.

Nos quedamos solos. Elena sonrió.

—Es como si supieran que no nos dio tiempo a despedirnos de verdad en la isla.

—¿En tu bungaló o en el mío? —pregunté.

—Así me gustan los hombres, con decisión —remarcó.

Entramos en el suyo. Esta vez no hubo tormenta fuera; la verdadera se desató dentro. Nos arrancamos la ropa antes de llegar a la cama. Le mordí el cuello, le bajé el vestido de un tirón, le arranqué las bragas y me arrodillé delante de ella para volver a comerle el coño de pie, con ella agarrándose a mi cabeza y las piernas temblando. Se corrió así, mordiéndose el puño para no gritar. Después me empujó contra la pared, se puso de rodillas y me mamó la polla con una devoción que no había visto en años: chupándome los huevos uno a uno, lamiéndome de arriba abajo, tragándose la verga entera hasta que casi me hace correr en su boca.

—Todavía no —le dije, levantándola.

La llevé a la cama, la puse boca abajo, le levanté el culo con una almohada y se la metí desde atrás, esta vez sin ningún tacto, hasta el fondo, follándomela a plena luz del día como llevaba horas queriendo hacer. Ya no quedaba en ella ningún prejuicio. Era una mezcla de placer y afirmación, dos cuerpos que se reconocían como si llevaran años buscándose.

—Nunca había sentido algo así —dijo, abierta por completo al placer, con la cara contra la almohada y el culo bien alto—. Fóllame más fuerte, no pares…

La embestí sin parar durante largos minutos, oyendo el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo, mirándole el culo botando contra mis muslos. Le mojé un dedo con su propio flujo y se lo pasé por el ojo del culo, y ella gimió más fuerte, sin apartarse. Le hundí el pulgar despacio ahí, mientras seguía follándole el coño, y se corrió otra vez, temblando entera.

—Dios mío, dios mío, qué me estás haciendo…

No tenía prisa por terminar. Cuando estaba a punto, me reservaba y la llevaba al borde otra vez, decidido a dejarle un recuerdo imborrable. La puse boca arriba y le levanté las dos piernas hasta apoyárselas en mis hombros, y así me hundí en ella hasta el fondo, mirándola gemir. Ella se subió encima, soltó su melena y marcó su propio ritmo, primero lento, después salvaje, cabalgándome con las manos en mi pecho y las tetas rebotando, hasta que un segundo orgasmo la dejó temblando sobre mí.

—No llego a bajar del todo —jadeó—. Me dejas arriba en cada vez.

—El morbo es afrodisíaco —dije, consciente de que a mí me pasaba lo mismo.

La tumbé otra vez y le pedí que abriera la boca. Se la abrió sin dudar. Me saqué la polla del coño y me corrí a chorros parte en su lengua y parte en sus tetas, viendo cómo cerraba los ojos y lo recibía todo, cómo se pasaba después el dedo por los pezones untándose el semen, cómo se lamía los labios. Me quedé mirándola como se mira un cuadro. La suegra dócil y educada había desaparecido. En su lugar había una mujer suelta, sucia, viva, riéndose bajo mi cuerpo con la boca todavía brillante.

***

Tumbados entre las sábanas, sabiendo que un campeonato de dieciocho hoyos no terminaría en horas, hablamos como dos amantes que han decidido no renunciar a lo que han encontrado.

—A lo mejor no tenemos que dejarlo —dejó caer en voz baja.

—¿Los apuntamos a todos los torneos de golf? —bromeé.

—Yo tengo partida de cartas los jueves. Podríamos vernos después.

—Y yo podría organizar pádel ese mismo día.

Nos abrazamos, cómplices de una travesura que no pensábamos abandonar. Esa noche, en la cena de entrega de premios, Elena apareció con un vestido negro que se movía con la brisa. Estaba deslumbrante. Mientras Marina comentaba algo con su padre, Elena levantó un pie por debajo de la mesa y me acarició la pierna, subiendo poco a poco hasta rozarme la polla por encima del pantalón. Nadie lo notó. Pero su sonrisa dejaba claro que nuestra historia no había terminado.

Más tarde, cuando los demás se retiraron y a mí me pidieron que acompañara a Elena un rato más, paseamos descalzos por la playa bajo una luna enorme.

—¿En qué piensas? —pregunté.

—Había olvidado lo que era sentir. Contigo ha sido distinto, nuevo.

—Para mí también. He estado con otras mujeres antes de Marina, pero con ninguna sentí lo que siento contigo.

—Suceda lo que suceda cuando volvamos a Sevilla —dijo, apoyando su mano en la mía—, ha valido la pena.

El murmullo del mar nos envolvió como si el mundo entero hubiera quedado reducido a esa orilla. Nos refugiamos detrás de unas barcas varadas en la arena, sin nadie alrededor. La pegué contra el casco de madera, le levanté el vestido hasta la cintura y le bajé las bragas por los muslos. Estaba mojada otra vez. Se agarró al borde de la barca, echó el culo hacia atrás y me miró por encima del hombro.

—Rápido, aquí, ahora —susurró—. Antes de que aparezca nadie.

Me saqué la polla, se la puse en la entrada del coño y me la clavé de un solo empujón. Elena se mordió la mano para no gritar. La follé de pie, contra la barca, con la arena bajo los pies y la luna encima, embistiéndola sin dejarle un segundo de tregua. Le agarraba las caderas y tiraba de ella hacia atrás cada vez que la penetraba, y sentía cómo se le escapaban gemidos ahogados entre los dedos.

—Así, así, hasta el fondo… llename otra vez, no me dejes irme sin sentirlo…

Le pasé una mano por delante, le abrí el escote y le agarré una teta, y con la otra le busqué el clítoris y se lo froté a dos dedos mientras la seguía embistiendo. Se corrió agarrada a la barca, apretándome la polla en espasmos, con la cara escondida en el brazo. Yo aguanté unas embestidas más y me corrí dentro de ella por tercera vez ese día, vaciándole todo lo que me quedaba, sintiendo cómo mi semen le corría por dentro y le empezaba a bajar por el muslo.

Nos quedamos así unos segundos, respirando, todavía unidos. Le besé la nuca, la espalda, el hombro. Se giró despacio, todavía con el vestido subido, y me besó en la boca sin ninguna prisa. La noche caribeña terminó de borrar la última frontera entre lo que debíamos ser y lo que ya éramos.

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Comentarios(5)

Rulo88

Tremendo relato!! De los mejores que lei en mucho tiempo, en serio.

CuriosaLect77

Por favor necesito la segunda parte, no me puedo quedar con las ganas asi...

MarcosGv91

La tension que vas armando desde el principio esta perfecta, te atrapa y ya no podes parar de leer.

lector777

excelente, muy bueno!

IgnacioP

Me hizo recordar una situacion parecida que vivi, sin llegar a tanto claro jaja. Muy buen relato!

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