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Relatos Ardientes

El camionero que me consoló durante la gran nevada

Me llamo Carolina, aunque casi todo el mundo me dice Caro. Tengo veintidós años y estudio diseño industrial. Soy morena, de ojos castaños, mido un metro sesenta y ocho y peso poco más de cincuenta kilos. Cuento todo esto porque la noche que voy a relatar no me reconocí en absoluto.

Mi familia vive a más de doscientos kilómetros de la ciudad donde estudio, así que comparto un piso pequeño con otras dos chicas. Por aquel entonces tenía novio, Mateo, que estudiaba también en la ciudad aunque en otra facultad. Nos habíamos conocido en las fiestas del pueblo y llevábamos casi dos años juntos.

La noche en que pasó todo había discutido con él. Una amiga me había contado algo que me revolvió el estómago: que Mateo me estaba poniendo los cuernos. Y yo, en lugar de llamarlo por teléfono, cogí el coche y conduje más de doscientos kilómetros para mirarlo a la cara.

Era enero y estaba en plenos exámenes. Daba igual. Necesitaba decirle unas cuantas cosas en persona.

Después de la discusión, con los nervios destrozados, volví a meterme en el coche para regresar al piso. Como si no tuviera bastante con los exámenes y con confirmar que mi novio —mi ex, en realidad— era un mentiroso, empezó a nevar.

Y no fue una nevada cualquiera. Fue la nevada del año. O de la década.

Paré en una estación de servicio, temblando por dentro. Necesitaba gasolina, pero además habían cortado varias carreteras y aproveché para entrar a tomar algo y serenarme un poco.

No lo conseguí. Allí estaba yo, en una gasolinera perdida, de madrugada, sola, después de descubrir que me habían engañado, en época de exámenes y con el mundo entero cubierto de blanco. Una lágrima me resbaló por la mejilla. El zumo de piña y la tila que había pedido no me calmaban nada.

De repente, una voz grave sonó a mi lado.

—¿Qué te ocurre, niña?

Me giré. Vi a un hombre de edad difícil de adivinar. Calvo, no muy alto, de brazos gruesos, cara redonda y barba de varios días. Tenía unos ojos oscuros y pequeños, y una barriga enorme que le tensaba la camisa de cuadros. Vaqueros gastados, botas pesadas.

Me di cuenta de que esperaba una respuesta.

—¿Qué? —respondí, tímida. La voz me salió temblorosa.

—Que si te pasa algo, bombón.

No entendía de dónde sacaba aquel hombre el derecho a llamarme niña o bombón. Pero no tenía fuerzas para discutir con nadie más esa noche.

—Estoy en exámenes, he conducido más de doscientos kilómetros para decirle a mi novio que es un cabrón por engañarme —y, sin poder evitarlo, rompí a llorar.

El hombre se acercó y me rodeó el hombro con su brazo, que era tan ancho como mi cintura.

—¿Quién dejaría a una chica tan guapa como tú? Tiene que ser idiota.

—Lo es —contesté entre lágrimas.

—Déjame que te invite a algo y verás qué rápido lo olvidas.

Sin esperar respuesta, pidió dos cervezas en la barra.

No sé muy bien por qué acepté. En pocos minutos estábamos sentados en una mesa, hablando. Me dijo que se llamaba Ramón, que era camionero y que había dejado el tráiler aparcado fuera porque la nieve le había cortado la ruta.

Era extraño, pero me sentía a gusto con él. Quizá solo necesitaba contarle mis problemas a alguien. Por eso dejé pasar que, de vez en cuando, sus ojos bajaran hasta mi pecho.

Llevaba unos vaqueros y un jersey grueso de invierno. Aun así, se me notaban las tetas.

—Pues tu novio es imbécil. Con una hembra como tú, hay que ser muy imbécil para irse con otra —se rió.

No sé si fue mi estado de ánimo, pero dejé que me llamara hembra. Es más, le seguí la conversación.

—Muchas gracias, señor —dije, más por cortesía que otra cosa.

—¿Señor? Si solo tengo cincuenta y cinco. Y tú tendrás, ¿qué?, ¿veintitrés?

—Veintidós.

—¿Y con veintidós años estás llorando por un imbécil? Deberías hacer tú lo mismo que hizo él. Y llámame Ramón, anda.

—No te entiendo.

—Ya sabes lo que dicen en mi pueblo: un clavo saca otro clavo.

Soltó una carcajada estruendosa y, al reír, la barriga le tembló como un flan. Quizá por ese movimiento, o quizá no, su mano fue a parar a mi muslo.

—O sea, ¿que me líe con alguien? —dije, sin apartarle la mano.

—¿Liarte? No hablo de enamorarte. Hablo de echar un buen polvo. Estás estresada con los exámenes y un buen revolcón siempre relaja. ¿Me entiendes?

Me miró directo a los ojos y, al mismo tiempo, pidió otras dos cervezas.

En otro momento lo habría mandado a paseo. Pero Ramón había logrado que, aunque fuera un instante, me olvidara de los exámenes y de Mateo. Por eso le concedí mi atención.

—Cre… creo que sí. Tal vez. Pero ¿con quién? Vivo a doscientos kilómetros de aquí y…

No dije nada más. Nos quedamos en silencio, mirándonos. Ahora era plenamente consciente de su mano sobre mi muslo. Y seguí sin moverla.

—Si quieres —dijo él—, vamos a la cabina del camión. Nos tomamos un par de birras y me sigues contando con quién te vengarías de ese cabrón.

No me lo podía creer. Había dicho «un par de birras», pero su mano apretando mi pierna decía otra cosa muy distinta.

—Bueno, si es para tomar algo… —respondí. Más que nada, porque no me apetecía quedarme sola en aquella gasolinera.

Ramón fue a pagar mientras yo esperaba junto a la puerta, dándole vueltas a todo lo que había pasado ese día. Estaba tan ensimismada que no me di cuenta de cuándo me tomó de la cintura y me condujo hacia fuera. En la otra mano llevaba un par de latas.

El frío de la madrugada me hizo reaccionar. Por un lado, aquel hombre feo, gordo y mayor me estaba llevando a la cabina de su camión, y noté una arcada de rechazo en la garganta. Por otro lado, una corriente distinta me recorrió por dentro. Una corriente de venganza. Tiene razón —pensé—. Me lo merezco.

No sé cómo, pero me encontré caminando hacia el tráiler. Al llegar a la puerta del copiloto, Ramón se adelantó, la abrió y me ofreció la mano para subir el escalón.

—Gracias —dije, y empecé a trepar.

Cuando puse el pie en el peldaño, él me soltó y se colocó detrás de mí. En esa posición, con él abajo, tenía una vista perfecta de mi culo. Por si me quedaba alguna duda, lo oí silbar.

—Joder, qué culo, niña.

Me giré para protestar. Pero sus ojos clavados en mí me provocaron un latigazo de placer que no esperaba. No me lo podía creer: me estaba gustando que aquel viejo me mirara así.

De hecho, me sorprendí a mí misma cuando, en lugar de quejarme, le sonreí. Y no fue una sonrisa cualquiera. Fue la sonrisa que pongo cuando quiero seducir a alguien.

Me acomodé en el asiento del copiloto mientras él daba la vuelta para subir por el otro lado. Aproveché para curiosear la cabina. Detrás de los asientos había una cortina.

Ramón cerró su puerta y me tendió una de las cervezas. Sus ojos volvían una y otra vez a mi pecho.

—Por la venganza, bombón —dijo.

—Chinchín —respondí, sonriendo.

—Uy, chinchín. Qué fina la niña.

No contesté. Choqué mi lata con la suya y le sostuve la mirada. Estuvimos unos minutos en silencio, observándonos. Y, de repente, su mano enorme volvió a posarse en mi muslo.

El corazón me latía a mil. Ramón esbozó una sonrisa pícara.

—¿Quieres que te enseñe dónde está la cama?

—Cla… claro —respondí, aguantándole la mirada.

Se incorporó, giró el cuerpo y descorrió la cortina. Yo asomé la cara entre los asientos y quedé a pocos centímetros de la suya. Detrás había una pequeña litera que ocupaba casi todo el hueco.

Al volver a mirarlo, nuestras caras estaban frente a frente. No sé cómo ocurrió, pero nos besamos. Empezó como un beso suave y enseguida nos comimos la boca como dos adolescentes.

Ni yo misma me lo creía. Un tipo que casi me triplicaba la edad, feo y gordo, me estaba besando con desesperación. Y lo peor era que yo lo disfrutaba muchísimo.

Más todavía cuando esas manos enormes se posaron sobre mis pechos.

—Joder, niña, menudas tetas tienes —rió—. ¿Por qué no me las enseñas?

El cuerpo me temblaba. Una cosa era besar a un desconocido y otra muy distinta enseñarle el pecho. No sé qué me pasó. Solo sé que me separé un poco, agarré el borde del jersey y me lo saqué por la cabeza.

La forma en que se relamió mirándome, todavía con el sujetador puesto, me confirmó que estaba disfrutando como nunca.

—Joder, qué tetitas.

—Tetas o tetitas, decídete —dije, juguetona.

—No sé, como no las veo bien…

Pocas veces en mi vida me he quitado un sujetador tan rápido. Le estaba enseñando el pecho a un hombre al que acababa de conocer y que no se parecía en nada a los chicos de mi edad.

Sus manos se lanzaron a acariciarme. Yo estaba descontrolada. Todas las emociones del día afloraban a la vez y, entre las piernas, sentía unas punzadas que no recordaba haber sentido nunca.

—Joder, niña, qué buena estás.

—Gracias —respondí, halagada.

Entonces empezó a quitarse la camisa. Lo miré. Ese cuerpo enorme, fofo, nada que ver con los chicos con los que había estado. Y lo más raro de todo: era yo la que ahora lo miraba con hambre.

Se desabrochó los pantalones y, pese a lo estrecho de la cabina, en pocos segundos estaba completamente desnudo. Su sexo era corto pero muy grueso, distinto de los chicos con los que había estado. Lo contemplé unos instantes.

—¿Qué? ¿Te gusta? —dijo, como si me leyera la mente—. Seguro que no es como la de ese imbécil. Pero es suficiente para darte un buen revolcón.

No dije nada. Solo sonreí.

—Bombón, ¿por qué no te quitas los pantalones y me dejas ver bien ese culazo?

Llevada por un impulso salvaje, me los bajé y le dejé ver el tanga que llevaba.

—Joder, qué culo —y me dio un azote seco en una nalga—. Sería una maravilla follártelo.

—No serías el primero —respondí.

¿De verdad había salido eso de mi boca? Sí. Y, además, estaba aceptando que aquel desconocido lo hiciera.

—Hostia, niña, menudo revolcón te voy a dar. Esta noche no la olvidas en mucho tiempo.

—Ni tú tampoco —contesté, excitada.

—¿Ah, sí? Pues empieza comiéndomela.

Esa forma de hablarme me encendió. Me recogí el pelo en una coleta, me apoyé sobre el asiento y me la metí entera en la boca. Era corta, pero tan gruesa que me llenaba por completo.

—Joder, qué boquita tienes, niña.

Halagada, seguí. Por sus gruñidos supe que no lo hacía nada mal. En esa postura, además, me dio un par de azotes con esas manos enormes.

—Para, niña, que me corro —dijo de pronto—. Y quiero darte el revolcón.

—¿Así, sin protección? —caí de golpe en ese detalle. No quería un embarazo a mis veintidós años y menos de él.

—Cuando vaya a correrme, te aviso y la saco. Pasa, anda.

***

Descorrió del todo la cortina y pasamos a la litera. Se echó encima de mí con toda su barriga y empezó a penetrarme. Sus embestidas eran lentas pero brutales: salía casi del todo y volvía a entrar de golpe.

Al principio aquel grosor me hizo algo de daño. Poco a poco, mi cuerpo cedió y empecé a disfrutarlo de verdad. Los dos lo disfrutábamos.

—Ponte a cuatro patas, niña.

Me giré, con la cabeza asomada entre los dos asientos delanteros, y él comenzó a embestir desde atrás, de una forma salvaje. Por increíble que parezca, ese hombre me estaba dando un placer que jamás había imaginado.

De pronto se detuvo. Iba a preguntarle por qué cuando me dijo:

—Solo cojo aire, que ahora te toca el culo.

Así, sin más, empezó a penetrarme por detrás. Yo, con la cara casi encajada entre los asientos, miraba hacia la gasolinera, hacia la misma mesa donde minutos antes lloraba por todo lo que me había pasado. Y ahora me dejaba follar por un desconocido. Lo peor era que me encantaba.

A los pocos minutos, Ramón rugió.

—Que me corro. Abre la boca.

Pocas veces he dejado que alguien acabe en mi boca. Pero me giré, saqué la cabeza de donde estaba, lo miré fijamente y abrí la boca. Encantada. Él se sujetó con una mano, me puso la otra en la nuca y explotó.

Me tragué todo, que no fue poco, hasta el último temblor.

—Joder, niña, qué polvazo.

Me limpié los labios con el dorso de la mano.

—Desde luego —dije con una sonrisa.

—Ya te lo dije: lo mejor para olvidar a ese imbécil es un buen revolcón. ¿Tenía razón o no?

Asentí.

Nos quedamos un rato más en la litera. Ahora era yo la que estaba medio tumbada sobre él, mientras su mano me palmeaba el culo de vez en cuando. Estábamos los dos así, como una pareja cualquiera.

Miré el reloj. Eran casi las cuatro de la mañana. Llevaba casi dos horas en aquel camión y, lo más sorprendente de todo, no me quería marchar.

Pero las cosas no siempre salen como una quiere. La radio de la cabina pitó: las quitanieves habían terminado y volvían a abrir las carreteras. Ramón me miró sin decir nada. Entendí el mensaje.

Me vestí despacio. Justo antes de bajar, me pidió el número de teléfono.

Y bueno… si queréis saber cómo sigue, dejádmelo en los comentarios.

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Comentarios (6)

MariC_

Que hermoso relato, se siente autentico. Muy bien escrito!

TaniaQuilmes

Por favor seguila!!! quede con ganas de saber que paso despues. Se hizo muy corto...

SurRomantic

Algo en los encuentros inesperados de madrugada tiene una magia especial. Me hizo acordar a un viaje que hice por la ruta hace anos, muy distinto pero ese feeling de estar perdido y encontrar compania de golpe... igual de intenso. Muy buen relato.

Morbologo

Como era el camionero fisicamente? me lo imagino enorme y con buena pinta jajaj

HernanBA

Las nevadas traen estas sorpresas que uno no espera. Muy bueno, me gusto bastante

Mirta_BA

una joyita!!! sigue escribiendo por favor

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