La despedida privada que le di a mi jefe
Para quienes ya me conocen por otras confesiones, esta es una más de esas tardes que no se cuentan en casa. Pasó hace cuatro años, cuando todavía trabajaba en la coordinación regional y mi coordinador, Rodrigo, anunció que se iba.
Yo había empezado mis aventuras tiempo atrás con un amigo, Mateo. Después fueron más, no con cualquiera, sino con quien yo elegía. Y a Rodrigo lo había elegido un par de veces: en su oficina con el seguro puesto, en la sala de juntas vacía, en el almacén de la planta baja. Él me llevaba más de diez años. Le gustaba mi forma de mirarlo desde mi escritorio cuando había gente alrededor. A mí me gustaba que aguantara las ganas hasta que la última puerta se cerraba.
A mediados de aquel diciembre nos llegó la noticia. Había ganado una plaza de supervisor en otra ciudad y el tres de enero se presentaba en su nuevo cargo. Le organizamos una despedida entre todos los compañeros. La hicimos en mi pueblo, en El Mirador, un restaurante de cortes y mariscos que queda sobre la carretera principal.
Mi marido me dio permiso de llegar tarde. Le inventé que probablemente terminaríamos tomando.
Me vestí para él. Vestido amarillo corto, plataformas, conjunto de encaje del mismo color debajo. Sabía que su esposa estaba invitada, pero algo me decía que no iba a aparecer. Y no apareció.
Cuando los compañeros llegaron a mi casa para concentrarnos, esperamos unos minutos. Rodrigo cruzó la puerta solo, con el saco al brazo y una sonrisa medida. Antes de salir en caravana me pidió que viajara con él para no perderse en el camino.
Apenas cerré la puerta del auto me dijo que me veía guapa. No tenía sentido fingir.
—Me arreglé para ti —le dije—. Es tu despedida.
Me puso la mano en la pierna y la dejó ahí durante toda la curva de la carretera. Habló de que iba a extrañarnos. Sobre todo a mí.
La comida fue larga. Entradas, los cortes para compartir, postre, una botella de tinto y otra de blanco. Me senté frente a él, entre dos compañeras. Cada vez que levantaba la copa lo encontraba mirándome.
Llegó el momento de los discursos. Cada uno le agradeció algo. Le regalamos un anillo de oro que habíamos cotizado entre todos. Él respondió con palabras justas, sin ponerse meloso, dándole un guiño a cada uno.
Cuando terminamos yo ya estaba medio mareada. Las compañeras se despidieron en la puerta del restaurante. Rodrigo se ofreció a llevarme a casa. Las luces de los otros autos se perdieron en la carretera.
—No me lleves a casa todavía —le dije con el cinturón ya puesto—. Quiero despedirte como te mereces.
Tomamos rumbo al Saint-Honoré, el motel de lujo a la salida del pueblo. Pagó la habitación sin mirar la lista de precios. Al bajar la cortina de la cochera, todavía dentro del auto, me besó como si lo hubiera estado conteniendo seis horas. Sus manos recorrieron el vestido por encima y después por dentro. Me prendí tan rápido que tuve que bajarme.
Lo seguí afuera. Apoyada contra el costado del auto le quité el saco, le desabroché la camisa, le besé el pecho. Él me acariciaba la cara como si tuviéramos toda la noche por delante. Le bajé el cierre y lo saqué con la mano derecha. Estaba duro. Con la izquierda lo abracé.
No nos pusimos nada. Me dio la vuelta, me apoyó en el cofre tibio, hizo a un lado mi ropa interior y entró de una. Sus embestidas eran lentas al principio, después firmes, después brutales. Las palmas se me pegaban al metal caliente. Le pedía más en un tono que jamás había usado en la oficina.
—Espera —le dije. Cambié de posición.
Me trepé al cofre. Me quitó los tacones, le abrí las piernas, lo abracé del cuello para no resbalar. Él me sostenía las nalgas y la cintura. Le avisé cuando sentí venir el orgasmo y me dijo que él también, que ya sentía las contracciones. Nos vinimos casi a la vez. Las piernas me temblaron sobre el metal. Me pidió disculpas por haberse vaciado dentro.
—Estabas demasiado caliente —murmuró.
Me ayudó a bajar. Subimos al cuarto con el vestido pegado y la ropa interior empapada. Él se desnudó y se metió bajo las cobijas. Yo recorrí la habitación con el vestido todavía puesto, modelándolo, bajándolo despacio. Cuando lo dejé caer del todo quedé en encaje amarillo manchado.
Pedimos botellas al cuarto. Yo seguí tomando. Él menos. Cuando volví a la cama vi los preservativos en el buró. Llegaban tarde.
Nos volvimos a besar. Cuando intenté quitarme la ropa interior me dijo que la dejara puesta, que así le gustaba más.
***
A los pocos minutos lo sentí duro otra vez. Me acosté boca arriba y le dije que se subiera. No quiso. Se arrastró hasta arriba de la cama, me tomó la nuca con las dos manos y puso su pene contra mis labios.
Empecé a chuparlo. Me lo metía a su ritmo. Sabía que me gustaba que fuera rudo. Me daba con él en la boca, en la cara, en la lengua. Mi saliva lo lubricaba y goteaba sobre mi cuello.
—Es la última vez —le dije cuando me dejó respirar—. Te voy a dar el culo.
Me puso en cuatro. Empezó con la lengua. Me lamió el ano, me pasó la lengua por todo el sexo, alternó entre los dos. Cuando entró un dedo no me dolió. Dos tampoco. Cuando me la metió entera me agarré de la sábana y le pedí más. Me dio nalgadas con las dos manos. Cada palmazo me iba prendiendo más.
Después de un rato me pidió cambiar. Se sentó en el sillón de la habitación, recostado, y yo me senté de espaldas sobre él, dejándome caer despacio hasta sentirlo entero. Empecé a moverme en círculos. Después arriba y abajo. Él miraba mis movimientos sin hacer nada con las manos, sólo agarrado de mis caderas para guiar el ritmo. Las tetas me rebotaban con cada bajada. Cabalgué hasta que me mareé más con el esfuerzo que con el alcohol.
Lo solté, le pedí cambiar otra vez. Volvimos a la cama. Me recosté boca arriba con las piernas abiertas y él hincado entre ellas. Me la metió por atrás de nuevo y mientras me cogía me toqué el sexo con dos dedos. Entraban y salían mis dedos al mismo tiempo que él. Me los chupé después, me chupé la mano. Él me golpeó los pechos con la palma abierta. Después me puso la mano en el cuello, sin apretar fuerte, sólo lo suficiente.
Cuando sentí venir el segundo orgasmo le pedí que no parara. Siguió hasta que me vine. Después cambió el ritmo él. Más rápido. Sentía cómo su pene se hinchaba. Me vació dentro otra vez, esta vez por atrás. Me dejé caer en la cama sobre el vientre, me cobijé y me dormí no sé cuánto.
***
Cuando abrí los ojos estaba sentado en uno de los sillones, fumando, con el celular en la otra mano. Me dio vergüenza haberme quedado dormida así. Me dijo que había estado fenomenal, que no me preocupara. Habían pasado sólo tres horas desde que habíamos llegado al motel. Eran las siete.
—Métete a la ducha —me dijo—. Yo ya lo hice.
El agua caliente me lo puso todo en su lugar. Me dolían las piernas y me dolía el culo. Era un dolor que disfrutaba, como cuando uno vuelve al gimnasio después de meses. Salí del baño con la toalla, me senté en el sillón frente a él. Me pasó un cigarro. Fumamos.
—Eres una mujer inolvidable —dijo, y lo dijo con una voz que no era la de la oficina.
Me contó que ojalá no llegara una coordinadora nueva, que prefería pensar que después de él no iba a haber nadie más. No le aclaré que la lista era larga. Que él era apenas uno más. Para él era el único, aparte de mi marido. Que se quedara con esa idea.
—Antes de irnos —le dije— te tengo que dar la despedida de verdad. Ya estoy sobria.
Me solté la toalla. Quedé desnuda frente al sillón. Volvió a besarme. Yo me senté en el otro sillón, subí los pies al filo, abrí las piernas y me empecé a tocar. Me metí dos dedos. Me apreté un pezón. Le dije que era un espectáculo para él. Él se acariciaba por encima del pantalón. Lo veía cansado. Me lleva más de diez años: en ese momento él tenía cuarenta y ocho y yo treinta y cinco.
Me arrodillé y fui a gatas hasta su sillón. Lo recosté bien. Le dije que no se moviera. Le metí el pene en la boca despacio. Le besé el tronco. Le metí los testículos uno por uno. Él no soltaba el cigarro. Me agarraba el pelo con una mano, fumaba con la otra. Lo masturbaba mientras le chupaba los huevos.
Cuando terminó el cigarro me tomó del cuello y me besó. Me mordió el labio. Me dijo que siguiera. Me dejé llevar otro rato. Le di mordiscos suaves en el glande. Le gustaba aunque le molestara. Me pidió que no mordiera tan fuerte, que estaba muy sensible. Volví a mamar sin morder.
Me cansé de la mandíbula. Lo llevé de la mano a la cama. Me senté sobre su vientre y me fui acomodando hacia atrás hasta meterlo en la vagina otra vez. Empecé a moverme como nunca me había movido con él. Quería que se acordara de ese momento toda la vida. Apreté los pechos con los antebrazos para que los viera enmarcados. Le mostré los pezones erectos. Sus manos no se soltaron de mi cintura.
Cambiamos. Me acosté, le subí una pierna al hombro, lo dejé entrar. Se movió delicioso. Bajé la pierna, lo abracé de la cintura con las dos. Él me preguntaba si me gustaba. Le dije que sí.
Cuando se recostó sobre mí y siguió moviéndose, me dijo que me amaba. Lo dejé pasar.
—Sigue —le dije.
Lo repitió en cada embestida. Te amo. Vente conmigo. Te amo. Le seguí el juego con otra cosa.
—Hazme un hijo —le susurré—. Vente otra vez. Préñame.
Le brillaron los ojos. Me dijo que sería excitante. Yo me apreté contra su pecho y nos movimos los dos a la vez, mis caderas envolviendo las suyas. Mis gemidos llenaban el cuarto. Cuando me vine, me mojé entera con él adentro.
Me cambió de posición. Me puso de lado, en posición fetal, él hincado detrás. Me dio nalgadas mientras me sostenía las piernas juntas. Después me puso boca abajo, las nalgas un poco levantadas, él encima. Sus manos en mi cintura. Cuando me dijo que venía el suyo, lo saqué a tiempo. Me arrodillé frente a él y lo terminé a mano. Cayó en mis labios, en la garganta, en la cara. Le limpié el glande con la lengua. Me tragué lo que quedaba. No sabía mal.
Caímos los dos. Me acosté sobre su pecho. Él me besó la frente. Otra vez me dijo que dejara a mi marido, que me llevara a los chicos con él, que empezáramos algo en su nueva ciudad. Le dije que no. Que la habíamos pasado muy bien, pero que no confundiera el sexo bueno con el amor.
Sonó el teléfono del cuarto. Las cuatro horas se habían cumplido. Me vestí. Los tacones no aparecían hasta que recordé que se habían quedado en la cochera. Bajamos. No volví a mencionar nada de irme con él. Antes de subir al auto lo abracé.
—Felicidades por el ascenso —le dije—. Ojalá algún día a mí me toque el mío.
—Piénsalo —insistió.
No lo pensé. Era la calentura del momento. Yo lo sabía y él también, aunque no lo aceptara.
Me dejó en la puerta de mi casa. Le agradecí todo, le di un beso en la mejilla. Arrancó. Fue la última vez que lo vi.
Entré. Mi marido estaba con el control de la consola en la mano. Le di un beso en la mejilla para no interrumpir la partida. Me puse la pijama. Cuando me preguntó cómo me había ido, le conté de la comida, del anillo, de los discursos. Todo lo demás se quedó conmigo. Como tiene que ser.