Confieso mi obsesión por el sexo oral femenino
Hay una parte de mí que nunca confesé a nadie, ni siquiera a la mujer con la que me casé. Durante años, lo que más me ha excitado en este mundo no ha sido el sexo en sí, sino el momento exacto en que una mujer separa las piernas y me deja acercar la boca. Esa entrega. Ese permiso silencioso. Es lo que más he deseado en mi vida y, probablemente, lo que más voy a echar de menos hasta que me muera.
Soy un hombre casado desde hace ya unos años, y últimamente me sorprendo recordando con demasiada nostalgia la época en que vivía solo. Tendría poco más de treinta entonces, un piso pequeño en las afueras y todo el tiempo del mundo. Publiqué un par de relatos en una web y colgué un anuncio en una página de contactos sin esperar gran cosa. Lo que vino después fue la etapa más intensa de mi vida.
Conocí a mujeres de toda clase. Solteras, casadas, separadas, de veintitantos y de más de sesenta. Delgadas, llenitas, depiladas al ras o con una mata espesa de vello entre las piernas. Cada una distinta, cada una con su olor y su forma de gemir. Lo único que tenían en común era que, durante unas horas, me dejaron hacer lo que mejor sé hacer.
Ahora todo eso quedó atrás. El matrimonio no me da la libertad que tenía, y aunque mi cuerpo todavía me pide morbo, ya no sé dónde buscar. Internet cambió, la gente cambió, yo cambié. Así que he decidido escribir esto a modo de homenaje. Unas palabras para las mujeres que me permitieron disfrutar de lo más íntimo de ellas. Una despedida, quizá. O simplemente la prueba de que no las he olvidado.
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Carla, de Leganés. El primero. La primera mujer que se abrió para mí sin pedir nada a cambio. Recuerdo que estaba tan nervioso que me temblaban las manos cuando le bajé la ropa interior. Me dijo que no tuviera prisa, que cerrara los ojos y la conociera despacio, primero con la nariz, después con los labios y solo al final con la lengua. Aquel juego de descubrirla sentido a sentido me marcó para siempre. Todavía nos escribimos de vez en cuando, los dos con nuestras vidas ya hechas, pero ninguno olvida aquella tarde.
Yamila, de Alcorcón. La primera que cruzó la puerta de mi piso recién independizado. Dominicana, de piel canela y una risa que llenaba el salón. Tenía curiosidad por probar el sabor de una mujer como ella, y no me decepcionó. El problema fue que ella buscaba otra cosa, algo más directo y rápido, y a mí lo que me gustaba era demorarme. Solo nos vimos una vez, pero recuerdo perfectamente cómo arqueaba la espalda cuando por fin la rozaba donde debía.
Daniela, de Vallecas. Con ella aprendí que el deseo no tiene pudor. Colombiana, adicta a tocarse, capaz de hacerlo delante de mí sin la menor vergüenza. Pasábamos tardes enteras en mi casa sin más plan que ese. La recuerdo de pie frente al televisor, tumbada en el sofá, sentada en el borde de la cama, en la cocina. Nunca conocí a otra mujer tan libre con su propio cuerpo. Me enseñaba sus dedos después de tocarse y yo se los chupaba, fascinado por compartir con ella esa misma obsesión por lo íntimo. Cuando su vida dio un giro inesperado, desapareció sin aviso. Me dejó con la sensación de haber perdido algo irrepetible.
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Marta, de Oviedo. Durante unas vacaciones por el norte conocí, por fin, lo que tanto había buscado: una mujer con el vello sin tocar. Estaba casada, lo cual añadía a todo aquello un sabor a prohibido que me ponía nervioso y eufórico a partes iguales. Le pedí expresamente que viniera con vaqueros, porque quería sentir ese vello bajo mis dedos antes de verlo. Cuando le bajé el pantalón y la ropa interior y apareció ante mí esa mata oscura, hundí la cara en ella, la besé, la respiré. Después abrí camino con calma para llegar hasta donde de verdad importaba. Solo pudo escaparse una tarde hasta mi hotel. Una sola tarde, y la recuerdo entera.
Cristina, de Marbella. Otra mujer casada, otro encuentro robado. Esa misma semana de playa quedamos dos veces en mi habitación. En la segunda, mientras estaba entregado a ella, le sonó el teléfono. Era su marido. Nos detuvimos en seco para que respondiera con voz tranquila, como si nada, y cuando colgó intentamos seguir, pero ya no fue lo mismo. El peso de lo que estaba haciendo se le subió a la cara y la apagó por completo. Aprendí esa tarde lo que cuesta cargar con la culpa. Años después lo entendería en mi propia piel.
Lorena, de Cádiz. La mujer más generosa que he conocido. Nos habíamos escrito apenas unos días por internet, así que antes de subir a mi apartamento me llevó en su coche a tomar algo en un chiringuito de un amigo suyo, para asegurarse de que yo era de fiar. En cuanto entramos y cerró la puerta me dijo, sin rodeos, que necesitaba empezar ya. Me pidió que pusiera un par de toallas sobre el sofá porque, según me había advertido, se entregaba sin contención. Y vaya si lo hizo. Me había confesado que normalmente le daba vergüenza, que siempre intentaba controlarse, pero que aquel día había decidido dejarse llevar. Salí de aquel encuentro con la cara empapada y la certeza de que jamás viviría algo igual.
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Patricia, de mi propio barrio. No vivíamos en el mismo edificio, pero nuestras casas estaban a cinco minutos andando. Para ella, lo que a mí me apasionaba era solo un trámite breve antes de pasar a otra cosa, y a mí esa otra cosa nunca me ha entusiasmado demasiado. Lo intentamos un par de veces y no cuajó. De cuando en cuando me la cruzo por la calle, nos saludamos con educación, y no puedo evitar recordar que hubo dos tardes en que la conocí de la manera más íntima posible.
Verónica, de Almería. La mujer más madura con la que estuve. Fue en un hotel naturista donde los dos pasábamos las vacaciones. Tenía sesenta y dos años entonces, una piel curtida por el sol y una seguridad que solo dan los años. El lugar era una tortura deliciosa: ver tantos cuerpos y no poder disfrutar de ninguno. Pero no me marché sin probar al menos uno. Una lástima que se diera al final de mi estancia, cuando ya solo quedaban dos noches y un par de encuentros en su habitación.
Sandra, de Pozuelo. Rubia, casada, y la primera vez que le era infiel a alguien. La única mujer con ese tono claro de vello que he visto de cerca. Vino una sola tarde a mi casa, cargando con un sentimiento de culpa que tardó un buen rato en soltar. Cuando por fin se relajó, lo disfrutamos los dos como pocas veces. Hablamos de repetir, dijimos que buscaríamos otra ocasión, y esa ocasión nunca llegó. Aún me pregunto qué habría pasado si la vida nos hubiera dado más tiempo.
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Tania, de Torrejón. La que más cariño me dejó. Con ella todo era juego y risa, una complicidad que no había tenido con nadie. Tardes enteras en el sofá, en la cama, hasta en la bañera, sin reloj ni prisa. Todavía nos mandamos algún mensaje, aunque los dos sabemos que aquello pertenece a otra época. Me quedé con la espina de no haber conocido nunca su casa.
Inés, de Logroño. La más joven, con veintitrés años recién cumplidos cuando la conocí. Estudiaba en Madrid y le excitaba someterse, así que durante un tiempo mantuvimos un juego a distancia por internet, ella obedeciendo, yo dando órdenes. Antes de marcharse a vivir a Inglaterra nos vimos una sola vez en persona. Un paseo por el centro, una visita a una tienda para comprarle un capricho y, después, mi casa. Lo cierto es que el papel de mando nunca me ha quedado del todo. Soy mucho mejor cuando soy yo el que se arrodilla. Lo intentamos igual, y aunque no salió perfecto, fue un encuentro que volvería a vivir sin pensarlo.
Beatriz, de Huelva. Mi turista favorita. Sus visitas a Madrid eran siempre una fiesta. Yo le hacía de guía durante el día, le enseñaba la ciudad, y al volver a casa la recompensaba con largos masajes de los míos. Tenía un detalle de su anatomía que recuerdo con especial debilidad y que me volvía loco. Seguimos en contacto, aunque sus circunstancias ya no la traen por aquí, y aunque pudiera venir, mi anillo ya no me dejaría recibirla como antes.
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Y por último, Mónica, de las afueras de Madrid. Mi último encuentro con una mujer, hace ya seis años. Con ella sentí en carne propia lo que tantas veces había visto en otras: el nerviosismo, la culpa y, debajo de todo eso, una excitación enorme por lo prohibido. Estaba casada, y me ofreció lo que su marido ya no le daba en el lugar más incómodo del mundo, los asientos traseros de su coche. No importó la estrechez ni la postura imposible. Recuerdo sus gemidos contenidos, sus manos hundiéndome la cabeza, su voz pidiéndome que no me detuviera. Seguimos en contacto, pero los dos acordamos no volver a cruzar la línea. Aquella tarde la guardamos los dos con el mismo cariño y la misma sombra de remordimiento.
Las he nombrado a todas y, al hacerlo, me doy cuenta de cuánto las extraño. No a ellas en concreto, quizá, sino a aquel hombre libre que fui, capaz de arrodillarse ante una desconocida y entregarse sin pensar en nada más. Ahora tengo una vida estable, una mujer a la que quiero y una casa tranquila. Y, sin embargo, algunas noches, cuando todos duermen, cierro los ojos y vuelvo a aquellas tardes a oscuras, a aquellas faldas cayendo al suelo, a aquel placer que daba sin esperar nada a cambio.
Quizá algún día escriba sobre alguna de ellas con todo detalle.
Por ahora, me conformo con este homenaje. Gracias a todas. Sigo siendo, en el fondo, el mismo de siempre.





