Mi esposo eligió la ropa que usaría con el otro hombre
Cuando entré a casa después de la segunda cita con Damián, lo primero que vi fue a mi esposo charlando con mi suegro en el sillón. Los dos miraban el fútbol con esa concentración que no admite interrupciones. Saludé, y mi suegro apenas levantó la vista del plato de botana.
—¿Cómo te fue con tus amigas, amor? ¿Te divertiste? —preguntó Rodrigo, y aunque sonreía como si hablara del clima, yo sabía perfectamente que él sabía con quién había salido.
—Sí, estuvo bien. La verdad fue más interesante de lo que esperaba —respondí, sosteniéndole la mirada un segundo de más.
Era nuestro secreto, ese que no podíamos nombrar frente a su padre. Me fui a la habitación sin agregar nada, sintiendo cómo sus ojos me seguían hasta que cerré la puerta.
Me recosté sobre la cama. Mi amor por Rodrigo era absoluto y nada de lo que estaba pasando ponía eso en duda; sin embargo, cuanto más intentaba calmarme, más volvían las imágenes de la tarde. Damián abriéndome las piernas frente al espejo del cuarto de hotel, su cara enterrada entre mis muslos, la lengua trabajándome el coño con una paciencia que me hizo gritar. Mi propio reflejo, encendido, irreconocible, con las tetas al aire y los pezones tan duros que dolían. Sin darme cuenta deslicé la mano bajo la ropa y empecé a acariciarme despacio, repasando cada detalle: cómo me había separado los labios con dos dedos antes de meterme la polla de una sola embestida, cómo me había follado contra el espejo mientras me obligaba a mirarme correrme.
Mis dedos ya estaban empapados. Me froté el clítoris en círculos lentos, sintiendo cómo mi coño se contraía solo, pidiendo más. Metí dos dedos y me arqueé sobre la cama, mordiéndome el labio para no gemir.
Entonces la cara de Rodrigo cruzó mi mente y me detuve en seco. No así, todavía no. Saqué la mano brillante de mis jugos y me levanté. Me metí bajo el agua fría, pero mis pezones seguían duros y entre las piernas latía un vacío insoportable.
***
Cuando salí de la ducha, él ya estaba acostado, esperándome.
—Una ducha larga. ¿Entonces la pasaste muy bien con tu amigo? —dijo, y esa sonrisa suya no desaparecía nunca.
Sentí las mejillas calientes. Me metí entre las sábanas evitando su mirada.
—Es lo que querías, ¿o no?
—Solo quiero que me cuentes cómo te sentiste. Si lo disfrutaste, si en algún momento pensaste en mí —insistió, abrazándome por la espalda.
Su insistencia terminó por cansarme y decidí soltarlo de golpe, segura de que se molestaría y que después de una pelea volveríamos a la normalidad.
—Me gustó cuando no podía dejar de mirarme el escote en el restaurante. Parecía hipnotizado, como si una fuerza lo obligara a voltear cada vez que tenía la oportunidad —dije, exagerando un poco el tono.
Esperaba enojo. Lo que sentí, en cambio, fue la sábana levantándose a la altura de su cadera. Me quedé sin palabras.
—Perdón, amor —murmuró—. Solo de imaginarte ahí, con él mirándote… ¿Me cuentas más?
No lo podía creer. Su verga estaba dura y él quería más detalles. Pero mi hombre me necesitaba, y yo no iba a dejarlo así.
—¿Te excita saber lo que hice? ¿Seguro que quieres escucharlo? —pregunté, mirando alternativamente sus ojos y el bulto bajo la sábana.
—Me encantaría saberlo todo.
Pasé la mano por debajo de la tela y le agarré la polla directo, sin ropa interior de por medio. Estaba dura como una piedra, caliente, con una gota de líquido ya asomando en la punta. La froté con el pulgar y me la llevé a la boca, saboreándolo antes de volver a empuñársela. Al sentirlo así de duro por mi culpa se me escapó un gemido y mi coño volvió a mojarse.
—Él me miraba el pecho como si quisiera resistirse y no pudiera —empecé, mientras comenzaba a masturbarlo con calma, deslizando la mano de la base al glande y apretando en cada subida—. Y a mí me encantaba. Me sentía dueña de todo, el centro del mundo.
—¿Y fueron más allá? —preguntó con la respiración entrecortada.
—Fuimos a un hotel. Me tiró en la cama y me arrancó las bragas con los dientes. Me abrió las piernas y me comió el coño hasta que le grité que parara, que no aguantaba más. Me hizo correrme dos veces con la boca antes de sacar la polla siquiera. Y cuando lo hizo, amor… la tiene gruesa, gruesa de verdad.
Rodrigo gimió sin querer y le sentí la polla dar un latido en mi mano.
—Se la chupé de rodillas frente a él —seguí, apretándole los huevos con la otra mano—. Se la metí toda, hasta la garganta, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Me agarraba del pelo y me la clavaba él mismo, y a mí me encantaba.
Sentí cómo se ponía aún más firme entre mis dedos y aumenté el ritmo. Rodrigo gemía bajito, con los ojos cerrados, la cadera empujando contra mi puño.
—¿Cómo te lo hizo? —preguntó con la voz ronca—. Dime cómo te folló.
—Me puso a cuatro patas al borde de la cama y me la metió de una sola embestida. Grité, amor, grité tanto que me tuvo que tapar la boca. Me la clavaba entera, hasta el fondo, sacándomela casi toda y volviéndomela a meter de golpe. Me daba nalgadas mientras me follaba y yo se lo pedía, le pedía más fuerte, más adentro. Me abrió el culo con los pulgares y me escupió ahí mientras me embestía. Me llamaba puta, y yo le decía que sí, que era su puta.
—Dios mío… —jadeó Rodrigo.
—Después me volteó boca arriba, me subió las piernas a los hombros y me abrió en dos. Me miraba a los ojos mientras me la enterraba hasta los huevos. Yo veía cómo entraba y salía brillando de mí. Me corrí tan fuerte que se me nubló la vista, sentí el coño apretándole la verga y él seguía, seguía, hasta que se derramó dentro de mí y me llenó entera. Sentí cada chorro, amor, caliente, hasta el fondo.
Lo masturbaba rápido ahora, con la mano resbalando por la humedad de su propia excitación, sintiendo las primeras gotas tibias en los dedos.
—Te conozco —dijo él, mirándome de reojo, casi sin voz—. Te encanta terminar lo que empiezas.
Aparté las sábanas y me lancé sobre su polla sin pensarlo más. Me la metí entera de una, cerrando los labios apretados contra la base, dejando que el glande me golpeara el fondo de la garganta. Empecé a mamársela con hambre, subiendo y bajando la cabeza, la lengua girándole alrededor, chupándole los huevos entre embestida y embestida. Rodrigo me agarró del pelo y empezó a follarme la boca sin control, gimiendo mi nombre. No tardó demasiado en explotar. Sentí los primeros chorros pegar contra mi paladar y me quedé quieta, apretándolo con la lengua, tragando cada descarga sin desperdiciar una gota. Cuando la última corrida se derramó en mi boca, la mantuve ahí un segundo, saboreándola, y me la tragué mirándolo a los ojos. Después le lamí la punta hasta dejársela limpia.
—Mierda, amor —susurró él, deshecho.
Después nos quedamos dormidos abrazados, yo todavía con el sabor de su corrida en la boca y una sensación nueva que no sabía nombrar.
***
Durante varios días no pasó nada interesante. Revisaba el teléfono por costumbre, pero no buscaba a Damián; simplemente me había caído bien, así de simple, y se lo comenté a Rodrigo. Craso error. Él me alentó a escribirle de nuevo.
—Son amigos —argumentó—. Pueden olvidar lo que pasó, fingir que no pasó y seguir saliendo a comer. Solo como amigos.
Yo sabía que ese «solo como amigos» significaba otra cosa para él. Y aun así caí. Le escribí a Damián y me respondió con la cordialidad de siempre. Estuvimos días mensajeándonos por WhatsApp, cada rato libre, hasta que me propuso vernos el fin de semana. Le dije que tenía que hablarlo con mi esposo, algo que Rodrigo aceptó sin dudar y con esa misma sonrisa.
Ya había elegido mi ropa para la salida, pero a él no le convenció.
—¿Qué tal algo que resalte un poco más? —dijo, tratando de disimular su entusiasmo.
—Esto está perfecto para ir a comer —respondí, porque sabía exactamente hacia dónde apuntaba.
—Pero, amor, ¿no me decías que te gustaba ser el centro de atención? Es una buena oportunidad. Y no tiene que pasar nada más si tú no quieres.
«Si tú no quieres». Lo pensé un momento. Creí, ingenua, que podía manejarlo a mi manera. Damián parecía un hombre de palabra.
—Está bien. ¿Qué sugieres que use?
Buscó entre los cajones y sacó una falda tableada negra con líneas blancas y una blusa de cuadros oscuros de manga media. Me lo probé esperando que no combinara, pero me quedaba sorprendentemente bien.
—Te ves preciosa —dijo—. ¿Puedo pedirte un favor?
—¿Cuál?
—Que no uses sostén. Te aseguro que la pasarás mejor.
No podía creer lo que me pedía. Una parte de mí, sin embargo, sintió curiosidad por las reacciones que provocaría. Le dije que no saldría de casa así, pero que podía entrar a un baño público antes de llegar y quitármelo ahí. Aceptó encantado.
***
Llegué al centro comercial más temprano de lo acordado, ya un poco nerviosa. El baño estaba prácticamente vacío. Frente al espejo me quité el sostén y lo guardé en el bolso, me acomodé la blusa y me quedé fascinada con la libertad de esa sensación. Y entonces fui un paso más allá: bajé el escote hasta el borde mismo de lo permitido. Me sentí atrevida, deseable, dueña de algo poderoso. Salí.
Pasé primero por una tienda a comprar agua, porque el verano siempre me dejaba sed. No hubo un solo hombre que no me mirara el escote, y eso me encantaba. Al inclinarme sobre el refrigerador sentí cómo el pecho se movía libre bajo la tela; un señor me observó sin decir nada. En la caja, el cajero intentó conversar, pero había demasiada gente y solo me cobró.
Me senté en una banca a esperar a Damián. Nadie se me acercó, pero no me importó: las miradas furtivas, y sobre todo las descaradas, las que no se molestaban en disimular, me hacían sentir victoriosa.
Damián llegó puntual.
—Te ves hermosa. Esa falda te queda increíble —dijo con la serenidad que lo caracterizaba.
Le sonreí, agradecida. Fuimos a un restaurante y la conversación fluyó tranquila, de amigos, hasta que poco a poco fue tomando otro tono. Me preguntó por mi esposo, por su reacción. Le conté que a Rodrigo le había encantado todo, que incluso había elegido mi ropa para ese día.
—¿En serio tu esposo te eligió cómo venir vestida? —preguntó, divertido.
—Claro. Tiene ideas muy interesantes.
—No solo tiene ideas interesantes. También tiene una esposa muy interesante.
Me reí del coqueteo, y algo dentro de mí empezó a despertar.
—¿Y tú? ¿Tienes alguna idea interesante? —pregunté.
—Hay un pensamiento que me ronda desde que llegamos. Pero para mostrártelo necesitarías acercarte. Me encantaría tocar tus piernas. Me parecen muy bonitas.
No lo dudé. Tomé mi silla, me acerqué, y su mano se posó en mi pierna casi de inmediato, acariciándome despacio. La adrenalina de estar a la vista de todos me encendió más de lo que esperaba. Su mano subía centímetro a centímetro, colándose bajo la falda, los dedos rozando la piel interna del muslo. Cuando llegó al borde de mis bragas, ya estaban húmedas. Se dio cuenta.
—Estás empapada —susurró contra mi oreja.
Corrió la tela a un lado y me pasó dos dedos por los labios del coño, de abajo hacia arriba, encontrando el clítoris y frotándolo despacio. Yo apretaba el mantel con las dos manos, disimulando, mirando fijo a la mesa de al lado por miedo a que alguien se diera cuenta. Metió un dedo, después dos, y empezó a bombearlos con calma bajo el mantel mientras con el pulgar seguía trabajándome el clítoris. Cuando quise darme cuenta, la falda estaba casi por completo levantada y él me tenía a punto.
—Espera, alguien puede vernos —susurré, con la voz temblando.
Sacó los dedos brillantes de mí, se los llevó a la boca y los chupó sin dejar de mirarme. Después me acomodó la falda en su lugar.
—Me dejé llevar. Pero tú tampoco decías nada —sonrió—. ¿Y si vamos a un lugar más privado y vemos qué pasa? Mira cómo me dejaste.
Con la mirada me invitó a bajar la vista hacia su entrepierna. El bulto se marcaba con descaro contra el pantalón, largo, grueso, imposible de disimular. Comprobé que nadie nos prestaba atención y, envalentonada, llevé la mano hasta ahí, apretándosela por encima de la tela, sintiendo cómo latía contra mi palma. Le dije que nos fuéramos, y salimos rápido, sin levantar sospechas, yo apretando las piernas para no dejar un rastro húmedo en la silla.
***
En el coche no pude esperar. Mientras él manejaba rumbo al hotel, yo le tocaba las piernas, me metía la mano bajo la falda y me tocaba yo misma, tan mojada que los dedos entraban solos. Le abrí el cinturón, le bajé el cierre y le saqué la polla. Estaba ardiendo, dura como un fierro, gruesa como me la había imaginado bajo el pantalón. Me acomodé como pude, dejando el culo pegado al asiento y la cara sobre su regazo, y bajé la cabeza para metérmela en la boca. La besé primero, lamí la punta, recogí con la lengua la gota espesa que se le había formado. Después me la tragué entera, hasta sentirla golpeando el fondo de la garganta, ahogándome un poco a propósito, escupiendo saliva sobre el tronco para que resbalara mejor. Subía y bajaba con la boca abierta, chupando fuerte al salir, apretándole la base con la mano. Sentí su mano en mi nuca, empujándome, y un gemido contenido que se le escapó entre dientes. Cuando me incorporé, un hilo de saliva todavía nos unía y él tenía la polla brillante hasta los huevos.
—No aguanto más. ¿Dónde estamos? —pregunté, sentándome, con la boca todavía llena de su sabor.
Miré alrededor. Estábamos casi en medio de la carretera, rodeados de vegetación, sin una sola casa cerca y con apenas algún auto pasando de vez en cuando.
—Detente a un lado. Ya no aguanto. Quiero tu polla ya —dije, con esa forma de hablar que se me suelta cuando estoy muy excitada y que él aún no conocía. Lo sorprendió, pero no me reprochó.
—En cuanto vea dónde, me orillo.
No tardó. Encontró un árbol que daba sombra y unos arbustos que nos tapaban casi del todo de la vista de la carretera. Apagó el motor, rodeó el coche y abrió mi puerta. Antes de que dijera nada me arrodillé en el asiento y volví a tomarlo en la boca, esta vez más despacio, saboreándolo, sintiendo cada vena bajo la lengua. Le chupaba los huevos, se los metía uno por uno en la boca mientras le masturbaba la polla con la mano llena de saliva, y volvía a subir para tragármela hasta la garganta. Sus manos guiaban mi ritmo, tirándome del pelo, marcándome cuándo bajar más hondo. Después me sacó del coche, me hizo dar la vuelta y me inclinó sobre el capó. Me arrancó las bragas por debajo de la falda y se las guardó en el bolsillo. Me subió la falda hasta la cintura, dejándome el culo al aire.
Sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo se pasaba la punta de la polla por los labios del coño de arriba abajo, mojándose entera con mis jugos. Me abrió con los dedos y de un solo empujón me la metió hasta el fondo. Grité contra el metal caliente del capó.
—Me encanta que vinieras así de decidida —dijo, dándome una nalgada seca que me arrancó otro gemido.
Empezó a follarme fuerte, sin piedad, agarrándome de la cintura con las dos manos y clavándomela hasta los huevos en cada embestida. El coche se sacudía. Yo veía los autos pasar a lo lejos y no podía dejar de gemir. Sentí cómo me bajaba la blusa de un tirón y me dejaba las tetas al aire, colgando sobre el capó, moviéndose al ritmo de sus embestidas. Me agarró los pezones desde atrás, retorciéndomelos, mientras seguía enterrándome la polla.
—Que se vean —murmuró contra mi oído—. Que vean cómo te follo, puta.
La actitud de Damián había cambiado por completo, y lejos de asustarme, sus palabras me encendían. Me tomó del cabello y me tiró la cabeza hacia atrás, arqueándome. Me cambió la posición: me levantó una pierna y me la apoyó sobre el capó, abriéndome más, y volvió a entrar desde ese ángulo que le permitía llegar hasta un lugar dentro de mí donde nadie había llegado. Sentí la polla golpeándome ahí, una y otra vez, mientras con la mano libre me buscaba el clítoris y me lo frotaba en círculos rápidos.
—Córrete para mí. Córrete en mi polla —me ordenó.
Me llevó un mojado dedo pulgar al culo y me lo hundió hasta el nudillo mientras seguía embistiéndome. Fue demasiado. Todo era tan vulgar y tan intenso que sentí el orgasmo llegar sin aviso, arrasador, arrancándome un grito que rebotó contra los árboles. El coño se me cerró en espasmos alrededor de su polla, apretándolo, ordeñándolo. El cuerpo me tembló entero, las piernas dejaron de responderme, y él siguió, sosteniéndome de la cintura, follándome mientras yo temblaba, hasta que terminé deshecha sobre el metal tibio del coche, babeando, con las tetas aplastadas contra el capó.
Cuando lo sentí acelerar, cuando noté que la polla se le hinchaba aún más dentro de mí, me aparté de golpe, me di la vuelta y me arrodillé en la tierra frente a él. Recogí mi cabello con una mano, abrí la boca y saqué la lengua. Él se agarró la polla brillante de mí y se la masturbó dos, tres veces frente a mi cara.
—Abre bien —jadeó.
El primer chorro me cayó en la lengua, caliente, espeso. El segundo me pintó los labios y la mejilla. El tercero se lo recibí directamente en la boca, cerrándome sobre el glande, chupando para sacarle hasta la última gota. Tragué mirándolo a los ojos. Después, todavía agitada, le limpié la punta con la lengua, recogí lo que me había quedado en la cara con dos dedos y me lo llevé a la boca, sin dejar rastro.
***
Nos acomodamos la ropa entre risas. Yo lo regañaba en broma por haberme arruinado el maquillaje y por haberse quedado con mis bragas, y él, ya de vuelta en su personalidad amable y serena, se disculpaba sin dejar de sonreír, prometiendo devolvérmelas la próxima vez. Me dejó en casa al atardecer, con el coño todavía palpitando y el sabor de su corrida en la boca.
Entré sabiendo que Rodrigo me esperaría con la misma pregunta de siempre, con esa sonrisa paciente, lista para escucharlo todo. Y por primera vez entendí que aquello ya no era un secreto que cargaba sola, sino un juego que los dos habíamos decidido jugar. Hasta dónde llegaría, todavía no lo sabía. Pero esa tarde, frente al espejo del baño, ya había descubierto que me gustaba demasiado el camino.





