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Relatos Ardientes

Mi mejor amigo me consiguió a la vecina del frente

Durante dos años, Marisol fue mi vecina del frente y mi secreto mejor guardado. Vivía en la casa de fachada color tierra, justo frente a la mía, con un marido al que casi nunca se le veía y que, según los rumores del barrio, prefería sus pantallas antes que a su mujer. Yo la espiaba desde la ventana de mi cuarto cada vez que salía a regar el jardín con su uniforme de enfermera, y me convencía de que ese cosquilleo en el estómago era una tontería de estudiante.

Porque eso era yo: un estudiante de cine, tímido, con sobrepeso, el tipo de muchacho que se escondía en la última fila y que jamás se animaba a hablarle a una mujer como ella. Y Marisol era una mujer hecha y derecha, de unos cuarenta y tres años, con una figura generosa que el uniforme no alcanzaba a disimular. Tenía el pelo castaño con las puntas claras, siempre tomado, y unos ojos grises que parecían reírse de uno antes de que uno dijera nada.

Es imposible, me repetía. Está casada, le saca quince años a cualquiera de nosotros y, además, ni sabe que existo.

Mi amigo Bruno, en cambio, era todo lo contrario a mí. Sobrino de la dueña del condominio, con auto propio y una labia que envidiaba, conocía a cada vecino, cada secreto y cada deuda pendiente del barrio. Llevaba semanas con una sonrisa rara cada vez que me veía mirar hacia la casa de enfrente.

—Algún día te voy a dar una sorpresa —me decía, y se reía solo.

***

La sorpresa llegó el día de mi cumpleaños. Bruno pasó a buscarme a la salida de la universidad con esa cara de quien esconde algo. Yo venía muerto de hambre, sin haber almorzado, y le pedí que paráramos a comer.

—Comerás algo mejor —respondió, concentrado en el tráfico.

—¿Una parrillada?

—Algo así.

Tomó la salida de la autopista y se metió por una carretera secundaria, bordeada de árboles altísimos, hasta llegar a un camino de tierra. Cuando leí el cartel de aquel motel apartado, en medio de los campos, fruncí el ceño y empecé a desconfiar.

—¿Adónde me trajiste?

Bruno detuvo el auto frente a una vieja casona colonial y me puso una llave pequeña en la mano.

—Habitación número diez. Está todo pagado, y después te van a venir a dejar a la casa.

—¿Una prostituta? —Negó con la cabeza, casi ofendido.

—Ni se te ocurra decirle así. No tienes idea de lo que me costó conseguirla. —Me dio una palmada en el hombro—. Quizás sea la única vez en tu vida que tengas algo así de exclusivo. Feliz cumpleaños, amigo.

Antes de que pudiera preguntar nada más, me sacó la mochila, la tiró al asiento de atrás y aceleró dejándome ahí parado, con la llave en la mano y el corazón a mil.

***

Adentro, una anciana dormitaba detrás del mesón con un cigarrillo colgándole de los labios. Ni me miró. Subí al segundo piso, recorrí un pasillo en penumbra y abrí la puerta de la habitación diez.

No había nadie.

La hiciste bien, Bruno, pensé, sonriendo con resignación. Me jugaste una broma y por eso te fuiste tan rápido.

Me di media vuelta y puse la mano en el picaporte para irme, cuando escuché que tocaban. Abrí: el pasillo estaba vacío. Cerré, y volvieron a golpear, pero esta vez el sonido venía de un viejo ropero de madera contra la pared. Tragué saliva y me acerqué con los dedos temblando. Tiré de la manija y tuve que contener un grito.

—¡Feliz cumpleaños! —me dijo Marisol, con una voz melosa que jamás le había escuchado.

Salió con cuidado para no tropezar con unos tacones de plataforma blancos, sosteniendo una torta de chocolate con una vela encendida. Llevaba el pelo en una coleta firme, un short diminuto blanco y un top tan ajustado que me costaba creer lo que veían mis ojos. Era un disfraz de conejita, con orejas y todo, y le quedaba como si lo hubieran cosido sobre su cuerpo.

—V-vecina… —fue lo único que me salió.

Empezó a cantarme el cumpleaños feliz mientras movía las caderas en círculos, y a mí se me secó la boca. Dejó la torta sobre una mesita, dio unos saltitos hacia mí y se me colgó del cuello. El peso de sus tetas contra el mío me hizo perder el equilibrio.

—Bruno preparó todo esto. ¿Te gusta? —Se llevó un dedo a la boca—. ¿O querías a alguien más bonita?

—Usted es… perfecta —tartamudeé—. Pero esto es imposible.

—No lo es. —Miró el reloj de la pared—. Hasta las seis de la tarde soy toda tuya. Toda, pero toda, tuya. Cada centímetro de este cuerpo es tuyo hasta las seis, ¿me entiendes?

—¿Y su marido? —Me puso el dedo índice sobre los labios y negó despacio.

—Hoy no existe nadie más. Solo tú y yo. —Soltó una risita—. Ay, mírate, estás temblando. Y mira cómo se te marca ahí abajo, pillín. Eso es lo primero que voy a atender.

***

Me empujó con suavidad hasta el sillón y caí sentado. Marisol se arrodilló frente a mí sin dejar de mirarme a los ojos, apoyó las manos en mis muslos y noté que ella también tenía las mejillas encendidas.

—¿Te gusto? —Asentí como un idiota—. ¿Desde cuándo?

—Desde siempre —confesé, y su sonrisa se ensanchó.

—Entonces te voy a dar el mejor cumpleaños de tu vida. Te voy a mamar la polla como nadie te la ha mamado nunca, mi amor. Vas a ver.

Me desabrochó el pantalón con dedos firmes, me bajó los boxers hasta las rodillas y cuando mi verga saltó, dura y palpitando, abrió mucho los ojos y soltó un suspiro largo.

—Mira lo que tenías escondido, vecinito. Toda esta polla dura para mí…

Rodeó la base con la mano y le dio un beso húmedo en la punta. Sacó la lengua y me recorrió entero de abajo hacia arriba, desde los huevos hasta el glande, muy despacio, sin quitarme los ojos grises de encima. Yo apretaba los dientes para no correrme ahí mismo. Volvió a lamerme, esta vez con la lengua bien plana, chupándome como si fuera un helado que se derretía, y cuando llegó arriba abrió la boca y se la metió entera.

—Ay, mi amor —murmuró soltándomela un segundo, con un hilo de saliva colgándole del labio—, qué rica polla tienes. Qué gruesa. Me llena toda la boca.

Y volvió a tragársela. No era una experta de película; a ratos se atragantaba, a ratos se le escapaba la saliva por la comisura, pero ese esfuerzo desprolijo me calentaba mil veces más que cualquier técnica. Empezó a subir y bajar con la boca a un ritmo firme, chupándome con las mejillas hundidas, mientras con la otra mano me acariciaba los huevos.

—Mmmhh… —gemía con la boca llena, y el sonido se me metía en los oídos y me apretaba el estómago.

La coleta le rebotaba con cada movimiento de la cabeza y el pompón blanco del disfraz se sacudía a su espalda. Me sacó la polla de la boca con un chasquido y la usó para golpearse los labios y las mejillas, riéndose bajito.

—Mírame, mi amor. Mírame cómo te la chupo. ¿Te gusta ver a tu vecina de rodillas mamándote la verga?

—Sí… —fue lo único que pude decir—. Sí, mucho.

Volvió a metérsela y esta vez se la fue hasta el fondo, hasta que la nariz le tocó mi vientre y sentí la garganta cerrarse alrededor de mi glande. Se quedó ahí unos segundos, respirando por la nariz, con lágrimas asomándole a los ojos, y cuando se la sacó tosió, se rió y se limpió el hilo de saliva con el dorso de la mano.

—Uy, parece que te dejé todo desordenado. Déjame que lo arregle.

Yo apenas podía respirar. Cada vez que pensaba que iba a perder el control y correrme en su boca, ella se detenía, apretaba la base con dos dedos y me miraba con cara de niña buena.

—No, todavía no, tramposo. Todavía no. Te quiero adentro. Quiero sentir cómo me llenas el coño con toda esta leche.

Me dio un beso lento en la punta, chupó una última vez, y se puso de pie con una sonrisa.

—Ahora viene mi parte favorita.

***

Se subió a horcajadas sobre mí en el sillón. Cruzó los brazos, tomó los bordes del top blanco y lo levantó de un tirón. Sus tetas quedaron libres frente a mi cara, generosas, pesadas, con los pezones rosados endurecidos apuntándome. Tuve que tragar saliva otra vez.

—¿Te gustan? —preguntó, y me puso una mano en el pecho cuando me adelanté—. Momento. No seas hambriento. Mira.

Sin bajarse, estiró el brazo hacia atrás y metió los dedos en la torta. No escatimó: untó los pezones con chocolate hasta dejarlos brillantes, embarró toda la piel de alrededor y se lamió los dedos con un gemidito que me hizo palpitar la polla contra su culo.

—Ahora sí son todas tuyas. Chúpalas bien, mi amor. Que no quede ni una gota.

Enterré la cara en una y chupé sin pensar en nada más. Le mordí el pezón con cuidado, se lo tironeé con los labios, se lo lamí de punta a punta. Pasé al otro, le hice lo mismo, chupé el chocolate, la saliva y todo lo que me encontré. Ella me sostenía la cabeza contra el pecho y jadeaba, moviendo las caderas encima de mí, frotándose contra mi polla dura, marcándomela con la humedad que le chorreaba desde debajo del short.

—Así, mi amor, así… muérdeme más fuerte… ay, qué rico chupas…

Cuando se incorporó, tenía los pezones hinchados, brillantes de saliva y chocolate, y respiraba entrecortado. Me limpió la boca con el pulgar y se chupó el dedo con los ojos entornados.

—Déjame a mí, mi amor. Es tu cumpleaños. Déjame trabajar a mí.

Se bajó del sillón un segundo, se llevó las manos al short diminuto y se lo fue bajando despacio, contoneándose, hasta dejarlo caer a sus pies. No llevaba nada debajo. Su coño estaba depilado casi por completo, salvo una franja finita arriba, y brillaba de lo mojado que estaba. Se acarició los labios con dos dedos y me los mostró, empapados.

—Mira cómo me tienes, vecinito. Toda esta agüita es por ti. Por dos años mirándome como si me quisieras comer entera.

Se metió los dedos en la boca, los chupó frente a mí y se acomodó de nuevo sobre mis piernas. Tomó mi polla con la mano, se la refregó por los labios del coño, mojándome la punta con sus jugos, y buscó su entrada.

—Aguanta, mi amor. Aguanta que voy despacio.

Empezó a bajar. La sentí abrirse alrededor de mi verga, apretada, calentísima, mientras se dejaba caer centímetro a centímetro. Su cara fue cambiando a medida que me iba recibiendo: la boca abierta, los ojos entrecerrados, el ceño fruncido de puro placer. Cuando terminó de sentarse por completo y mis huevos quedaron contra su culo, soltó un grito que no se molestó en contener y se aferró a mi cuello para no caerse.

—Dios… ay, dios… qué grande la tienes, mi amor… me llenas toda… quédate quieto, déjame moverme a mí…

Y empezó. Subió despacio, hasta dejarme casi afuera, y volvió a caer con todo su peso. Y de nuevo. Y de nuevo. Cada bajada era un golpe seco, húmedo, un chasquido de nuestras pieles mojadas encontrándose. Yo le agarré las caderas, esas caderas anchas y firmes de mujer de verdad, y la ayudé a marcar el ritmo. Le sentía el coño apretarme como un puño, chuparme para adentro cada vez que subía, tragárseme entero cada vez que bajaba.

—Ay, así, así, más fuerte, mi amor… métemela toda… fóllame bien fuerte que hace mucho que nadie me folla así…

Las tetas le rebotaban a centímetros de mi cara y le atrapé un pezón con la boca sin dejar de embestirla desde abajo. Ella se agarró de mis hombros, echó la cabeza hacia atrás y empezó a gritar sin importarle nada.

—¡Sí, sí, sí…! ¡Ay, qué rico, mi amor, qué rico me la metes!

La levanté un momento, la di vuelta sobre el sillón y la puse en cuatro patas contra el respaldo. Le miré el culo, redondo, blanco, con la marca del short todavía en la piel, y el coño abierto y brillante entre las piernas. Volví a metérsela de una y ella soltó un aullido.

—¡Ay, así, papi, así por atrás, dame, dame duro!

La empecé a coger con todas mis ganas, con las dos manos apretándole las caderas, mirando cómo mi polla entraba y salía de su coño, cómo lo dejaba brillante de sus jugos y cómo su culo rebotaba cada vez que la embestía. Le di una nalgada, floja al principio, y ella gimió más fuerte.

—Otra, mi amor, dame otra.

Le di otra, más fuerte, y le vi la piel enrojecerse. Le tironeé de la coleta y le hice arquear la espalda, y ella empujaba el culo hacia atrás para encontrarme en cada estocada. El sillón crujía debajo de nosotros, sus tetas se sacudían con cada golpe y ella no paraba de gritar guarradas contra el respaldo.

—Me voy a correr, mi amor… ay, dios, me voy a correr… no pares, no pares, no pares…

La sentí apretarse alrededor de mi polla como si me la quisiera arrancar. Se convulsionó entera, se le tembló el culo, se le doblaron los brazos y se dejó caer contra el sillón con un gemido largo y roto, empapándome los huevos y los muslos.

—Ahora ven —jadeó, dándose vuelta con las piernas todavía temblando—. Ven, córrete adentro de mí. Todo. Quiero todo.

Volvió a acostarse boca arriba en el sillón, abrió las piernas y se llevó dos dedos al coño para abrírmelo. Me metí de una y la cogí encima, embistiéndola tan fuerte como pude, con ella agarrándome del cuello y susurrándome al oído.

—Así, papi… córrete adentro de tu vecina… llename el coño de leche… es tu regalo… todo tuyo…

Terminé con un gruñido ronco, hundido hasta el fondo, sintiendo cómo la corrida se me escapaba en oleadas dentro de ella. Ella me apretó contra su pecho, me pasó los dedos por el pelo y siguió moviendo las caderas despacio, ordeñándome cada gota, hasta que me quedé quieto encima de ella, con el corazón golpeándome en la garganta.

—Feliz cumpleaños, mi amor —susurró, y me dio un beso en la frente.

Nos quedamos así un rato largo, con mi polla todavía adentro suyo, ablandándose de a poco, y su semen mezclado con el mío escapándose por los bordes de su coño y manchando la tapicería del sillón. Ella se reía bajito y me acariciaba la espalda.

***

Después se vistió despacio, volvió a ser la vecina del frente, y me llevó de vuelta hasta un par de cuadras antes del condominio, como habíamos quedado.

—No le cuentes a nadie —me pidió en el auto, pero lo dijo sin miedo, casi con ternura—. Aunque, si te soy sincera, hace mucho que no me sentía así.

—¿Así cómo?

—Deseada. Follada. Como una mujer y no como un mueble. —Se encogió de hombros y me sonrió de costado—. Una se acostumbra a ser invisible en su propia casa. Tú me miraste durante dos años como si fuera la mujer más bonita del barrio, y hoy me cogiste como si te fuera la vida en eso. Eso no se paga con nada.

Me bajé del auto sin saber qué decir, todavía con el corazón golpeándome el pecho y el olor de ella pegado a la piel. La vi alejarse y entrar a la casa de fachada color tierra, donde la esperaba un marido que ni siquiera había notado que ella se había ido.

Esa noche, cuando Bruno me preguntó cómo me había ido, no encontré palabras. Solo le di la mano y le agradecí. Él se rió y me dijo que esa había sido la idea desde el principio.

—Es una fiera, ¿no? —comentó.

—La mejor experiencia de mi vida —admití.

Y era verdad. Durante años la había mirado desde lejos, convencido de que un muchacho como yo jamás tendría una mujer como ella. Resultó que a veces la vida, o un buen amigo, te regala exactamente lo que más deseas, envuelto en un disfraz de conejita y con una vela encendida.

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Comentarios(7)

RodroCba

jajaja el giro del ropero no me lo esperaba para nada, tremendo!!

SebaCba88

Que historia mas rica. La sorpresa me mato jaja. Queremos segunda parte si o si

Facundo_Bs

Me recordo a una situacion que me paso de pibe, aunque sin la torta jeje. Muy bien narrado, se siente real

Karla_BA

excelente!!!! sigan asi

MatiasQ_91

Espera, el amigo sabia todo desde el principio? Eso lo hace todavia mas interesante. Buen relato

VeroPaz88

Que bien escrito esta, se nota que hay feeling genuino. Me gusto mucho el detalle de la torta, le da un toque de ternura que no te esperarias. Ojala haya mas partes!

Lautaro88

corto pero intenso, mas porfavor

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