El hombre mayor que quería comprarme con lujos
Mi madre tuvo muchos amantes y nunca se avergonzó de ninguno. Disfrutaba de los hombres a su antojo porque siempre fue una mujer bella, de curvas que hacían girar cabezas en cualquier calle. De ella heredé todo: el cuerpo, la risa fácil y, sobre todo, el mismo apetito que ella jamás disimulaba.
Hubo muchos a los que ella ni miró. Uno de esos era Ernesto, un hombre mayor que se le quedaba mirando con la boca entreabierta cada vez que la cruzaba en el mercado. Tenía dinero, mucho, y eso parecía darle permiso para babear delante de cualquiera.
Ernesto era viudo. Alto, de ojos oscuros, el pelo completamente canoso y una barba poblada que mantenía cuidada. Un poco de barriga, sí, pero vestía con gusto y siempre olía a una colonia cara que se quedaba flotando en el aire después de que se iba. Tenía sesenta años y era dueño de medio pueblo: propiedades, autos, un apellido que abría puertas.
Cuando dejé de ser una niña y me convertí en una mujer de caderas anchas y mirada directa, sus ojos cambiaron de objetivo. Dejó de mirar a mi madre. Empezó a mirarme a mí.
—Cásate con ella —le dijo un día a mi madre, sin bajar la voz, conmigo a dos pasos—. Le doy todos los lujos que se le antojen.
Siempre repetía lo mismo, incluso delante de mí, como si yo fuera un objeto en una vitrina. Mi madre me lo contaba después, entre risas, y siempre llegábamos a la misma conclusión: yo tenía demasiada hambre para un hombre de su edad. Estaba convencida de que Ernesto no aguantaría mi ritmo.
—Aunque —decía ella, encogiéndose de hombros— dile que sí, pero que te deje tener amantes para calmar lo que él no pueda.
Nos reíamos las dos. Con mi madre hablábamos de todo, sin filtros.
***
Yo me vestía para que me miraran. Vestidos cortos, ajustados, telas que se pegaban a cada curva. Cada vez que Ernesto me veía tragaba saliva y soltaba algún piropo, a veces dulce, a veces tan grosero que me hacía enrojecer. Cuando estaba rodeado de sus amigos era peor: todos se reían, todos comentaban, y yo caminaba entre ellos sabiendo exactamente el efecto que causaba.
—¡Buenas, don Ernesto! —le saludaba con mi mejor sonrisa.
—¡Mi reina, qué bonita que está usted! Déjese querer por este viejo —respondía, y a veces se atrevía a darme una palmada en la cadera o a rodearme la cintura con el brazo.
—¡Don Ernesto, así no! —le reprochaba, y le golpeaba el brazo flojito.
Pero la verdad es que cada vez que me tocaba sentía un corrientazo recorrerme entera. Su perfume era mi debilidad. Y cuando me alejaba, me inclinaba un poco más de lo necesario, le dejaba ver el escote o la curva de la espalda, y seguía mi camino. Me gusta que me miren. Aunque sean unos morbosos. Eso me excita más de lo que quiero admitir.
Cuando lo encontraba a solas era distinto. Me sentaba cerca, cruzaba las piernas despacio, dejaba que la falda subiera apenas un poco. Lo calentaba sabiendo que él pagaría lo que fuera por más. Y, de paso, yo también me calentaba.
***
Un fin de semana salí con Marcela, mi amiga de toda la vida, a buscar lo de siempre: música, copas y, con suerte, alguien que valiera la pena. Esa noche no apareció nadie interesante. Volvíamos caminando a casa, resignadas, cuando pasamos frente a un bar que nunca cerraba, de esos donde los hombres mayores se quedan bebiendo hasta el amanecer.
Y ahí estaba Ernesto, con un grupo de amigos y un vaso en la mano.
Le sonreí desde la vereda, traviesa, porque sabía lo que esa sonrisa provocaba en él. Esa noche llevaba un vestido azul claro de tela elástica, ceñido, sin tirantes, que se sostenía solo gracias a lo justo que me quedaba. Debajo, apenas una prenda mínima de encaje. Cuando me vio, se levantó como impulsado por un resorte y me agarró del brazo.
—¡Vengan, señoritas, tómense algo con nosotros!
Me puse roja porque todos en esa mesa nos miraban como lobos. Aun así aceptamos. Me senté junto a él, crucé las piernas, y Marcela quedó al lado de uno de sus amigos, uno mucho más joven. Empezaron las preguntas de siempre, cada vez más subidas de tono: que por qué tan solas, que dónde estaban nuestros novios, que qué desperdicio.
Llevábamos un par de horas bebiendo cuando Ernesto, ya entonado, empezó a acariciarme la pierna por debajo de la mesa. Subía despacio, hasta casi llegar donde no debía. Yo, también mareada por el alcohol, solo le sonreía. Marcela ya estaba enredada en una conversación con el más joven.
—¡Don Ernesto, qué atrevido! —le dije, fingiendo seriedad mientras su mano seguía subiendo.
—Tan esquiva. Vente a vivir conmigo. Te doy todo lo que quieras —insistió.
Uno de sus amigos se acercó a escuchar y se reía.
—¡No, don Ernesto, usted es muy mayor para mí! —solté, divertida—. Además…
—¿Además qué?
Miré de reojo a Marcela y me animé.
—A los hombres como usted ya no se les levanta. Y eso, a una mujer como yo, le hace falta.
Los tres hombres se miraron y estallaron en carcajadas. Ernesto se echó hacia atrás en la silla, tranquilo, y entonces noté el bulto que se le formaba en el pantalón. Se lo agarró sin pudor.
—No te imaginas a cuántas como tú he hecho gritar con esto —dijo, y todos rieron, hasta Marcela.
Sentí un escalofrío. Me humedecí ahí mismo, sin tocarme.
—Y si esto no alcanza —añadió, lamiéndose el labio—, tengo lengua y tengo dedos. Te puedo hacer ver las estrellas.
Se me erizó toda la piel.
***
Marcela se fue con el amigo joven. Yo me quedé con Ernesto, que se ofreció a llevarme a casa. En el coche no aguantó: la mano volvió a mi muslo, subió hasta encontrarme empapada por encima de la tela. Abrí un poco las piernas para que sintiera lo que él mismo había provocado.
Llegamos a mi puerta. Le di un beso rápido, más por costumbre que por despedida, y me agaché para bajar. Él aprovechó para deslizarme el vestido hasta la cintura, dejándome casi descubierta bajo la luz amarilla del farol.
—¡Qué atrevido, don Ernesto! —murmuré, acomodándome la tela, con la voz de quien busca exactamente eso.
—¿Atrevido yo? —respondió, fingiéndose inocente.
Me lamí los labios despacio.
—¿Es cierto lo que dijo hace rato?
—¿Qué cosa, mi reina?
Casi no me salían las palabras.
—Que usted todavía puede hacer sentir a una mujer como yo.
—Claro que sí. Cuando quieras te lo demuestro.
—Soy muy exigente —le advertí.
—Se nota que eres puro fuego. Pero déjame ver con qué estoy tratando.
No me lo pidió dos veces.
Como ya era de madrugada y no pasaba un alma, subí la tela y aparté lo poco que llevaba debajo. Le mostré todo. Él se quedó mirando, tragó saliva, y yo entré a mi casa antes de que pudiera tocarme. Lo dejé ahí, encendido, con la promesa flotando entre los dos.
***
A la mañana siguiente mi madre me interrogó en la cocina.
—Milagro que dormiste en tu cama. ¿Quién te trajo anoche?
—El viejo Ernesto. Me lo encontré en el bar del parque. Sigue insistiendo, todo morboso. Me metió mano toda la noche.
—¿Y entonces? —preguntó, divertida—. Conociéndote, me extraña que no lo subieras.
—Lo dejé con las ganas. Le mostré todo en la puerta y me metí corriendo.
—Eres terrible —dijo, y nos reímos las dos, cómplices como siempre—. Dale una oportunidad al viejo. Capaz te sorprende.
***
Pasaron unos días hasta que volví a cruzármelo. Esta vez me invitó a comer a su casa y, después de tanto insistir, acepté. Me puse un vestido verde ceñido, sin mangas, con la ropa interior justa a juego, y unas sandalias de plataforma que me estilizaban las piernas. Me veía peligrosa y lo sabía.
Una empleada me abrió la puerta, me midió de arriba abajo y sonrió con resignación, como quien ya ha visto pasar a otras. Ernesto me esperaba impecable. Comimos, pasamos a la sala, abrió una botella de vino tinto y mandó a los empleados a retirarse. Nos quedamos solos.
Una cosa llevó a la otra. Empezó a acariciarme las piernas, después subió a los senos, y yo le respondí besándolo. Su mano trepó por mi muslo hasta encontrarme húmeda por encima de la tela. Me senté a horcajadas sobre él y sentí, contra mis nalgas, lo duro que estaba. No era lo que esperaba de un hombre de su edad.
Pasamos a su cuarto. Me quité el vestido y los tacones, me tendí en la cama y abrí las piernas. Él se rió al ver lo mojada que estaba la tela mínima que me quedaba, y la apartó con dos dedos antes de hundirlos en mí. Me hizo terminar rápido, casi de inmediato.
Después se desnudó. Yo me deshice de lo último que llevaba puesto y volví a abrirme para él. Bajó, separó con la lengua, y su barba me raspó la piel mientras me llevaba al límite por segunda vez. Subió besándome el vientre, los pechos, el cuello.
—Métemela toda —le pedí, sin aire.
Lo hizo. Despacio al principio, después con una fuerza que no parecía propia de su edad, hasta arrancarme un gemido largo. Cada embestida me sacudía entera. Me succionaba los pechos, me mordía apenas, y yo sentía las piernas temblar, débiles, mientras él seguía sin tregua.
De pura euforia me lo llevé a la boca y lo saboreé hasta que terminó. Luego lo cabalgué hasta perder la cabeza, brincando y gimiendo sin reconocerme. Cuando me puse en cuatro y me incliné para él, me tomó de las caderas y se entregó por completo, hasta vaciarse con un gruñido ronco.
Fue una de las mejores noches que un hombre me ha dado. Ahí entendí que la edad no dice nada: que un hombre mayor puede guardar más fuego del que cualquiera imagina.
Con Ernesto seguí muchas noches más. Me llenó de regalos a mí y a mi madre, que solo movía la cabeza y sonreía. Fui tantas veces a esa casa que la curiosidad terminó llevándome también a la cama de un sobrino suyo, más joven y igual de dispuesto. Pero esa, ya saben, es otra historia.





