La madura Renata y la lección de su joven amante
El golpe sonó seco contra la piel y se expandió por toda la casa, escapando de la cocina hacia el salón a oscuras. Renata dejó salir un gemido contenido, levantó una pierna y movió las caderas, como si así pudiera repartir el ardor que la palma de Darío acababa de dejarle sobre la nalga derecha. Estaba inclinada sobre la barra, con el pecho apoyado en la superficie fría y la mejilla pegada al mármol.
Él la sujetaba del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, obligándola a curvar la espalda. Sus nalgas, redondas y firmes, hacían que la cintura pareciera todavía más estrecha. La falda corta, discreta hasta hacía un rato, se le había trepado por los muslos. La blusa entreabierta dejaba ver el borde del sujetador y el nacimiento de los pechos.
—No te muevas —dijo él, en voz baja—. Todavía no terminé.
Renata mordió el labio inferior. A los cuarenta y cuatro años creía conocerse, creía saber exactamente qué la encendía y qué no. Pero ese hombre, casi quince años más joven que ella, había encontrado una puerta que ni ella sabía que tenía.
La mano volvió a caer. Los golpes eran duros, pausados, bien distribuidos. Ella apretaba los labios para que no se le escapara un grito, y los ojos se le ponían vidriosos, al borde de las lágrimas. Pero las lágrimas no salían. Era mucho más fuerte el placer de sentirse dominada, de estar en esa posición con el sexo empapado y la certeza de que él lo notaría en cuanto quisiera comprobarlo.
La penumbra del salón y la poca luz que escapaba de la campana de la cocina volvían la atmósfera más densa, más caliente. Darío tiró otra vez del pelo, le fijó la mirada en el techo y le soltó una tanda de nalgadas seguidas: diez sobre la nalga derecha, diez sobre la izquierda, sin darle tiempo a recuperarse. Cuando comprobó que ella no protestaba, que se entregaba al castigo, le soltó el cabello.
Renata dejó caer la frente sobre los brazos, escondiendo el rostro. Él se colocó detrás, le rozó las nalgas con el bulto que tensaba el pantalón y, despacio, le subió la falda hasta enrollarla en la cintura. Tomó la tanga por los lados y la fue bajando centímetro a centímetro, recorriendo las piernas hasta los tobillos, hasta sacarla por completo.
Le separó las nalgas enrojecidas con las dos manos y la observó sin prisa.
—Mírate cómo estás —murmuró.
Empezó a recorrerle los labios del sexo con un dedo, rozándole apenas el clítoris. Comprobó lo mojada que estaba y siguió, lento, como si dibujara, arrancándole primero unos gemidos suaves y después una respiración agitada. Renata separaba las piernas, le cedía el paso, abandonada por completo. Los dedos se perdieron en su interior y ella balanceaba las caderas buscando el ritmo, subiendo una rodilla como si quisiera retener el placer antes de tiempo.
Él la giró de frente, la sentó al borde de la barra y siguió, ahora trabajando sobre el clítoris con el pulgar mientras dos dedos entraban y salían. Las piernas de Renata se cerraban sobre su mano cuando sentía que el orgasmo se acercaba. Llegó con fuerza, ciego, y la dejó temblando, con los muslos apretados y un chorro tibio que se escapó entre sus labios.
***
La calma volvía a ella de a poco. Entreabrió los ojos, fijó la vista al frente y distinguió una silueta en lo alto de la escalera que de momento no reconoció. Antes de que pudiera enfocar, Darío sacó de su bolso una mordaza de bola con correas y se la ajustó en la boca. Cuando él se apartó, ella miró otra vez hacia el corredor del piso superior y entonces sí: era una silueta conocida, demasiado conocida.
Renata abrió los ojos de par en par y trató de zafarse. Darío la sujetó con firmeza, la volvió a poner de espaldas a él y le soltó un par de nalgadas más. Ella balbuceaba contra la mordaza, intentando avisarle de lo que veía, pero él se inclinó sobre su oído.
—Lo sé desde la segunda nalgada —le dijo—. Ya vio bastante. Da igual si ve el final.
Mi hija. Está mirando.
Camila tenía veintidós años, vivía todavía en la casa mientras terminaba la carrera, y se suponía que esa noche dormía. Renata no podía articular palabra. Los ojos se le llenaron de lágrimas, suplicantes, pero no servirían de nada.
Darío empezó a sacarle el resto de la ropa. Le subió la blusa por encima de la cabeza, le desabrochó el sujetador y lo lanzó lejos. La dejó con las medias que le llegaban a los muslos y los zapatos de tacón, nada más, irreverentemente expuesta. Se desabrochó el pantalón, lo bajó hasta la mitad del muslo y giró un instante hacia la escalera, mostrándole su erección a la joven que observaba desde la sombra del muro, convencida de que su madre no la había descubierto.
Volvió a Renata. Le golpeó las nalgas con el miembro un par de veces y después lo frotó en la entrada del sexo. Ella se olvidó por un segundo de que la observaban; solo quería sentirlo dentro. Cuando recordaba a Camila pensaba que el deseo se le apagaría, pero ocurría lo contrario.
Él la penetró de una vez, hasta la mitad, y le ordenó que terminara de clavárselo ella misma, que se moviera. Renata obedeció, empujándose hacia atrás hasta quedar completamente llena, e inició un vaivén de caderas, rotando primero, retrocediendo después. Darío entendió enseguida lo que le gustaba y empezó el mete y saca, arrancándole alaridos sordos contra la mordaza.
Le llegó otro orgasmo, brutal, y antes de que pudiera reaccionar él cambió de orificio y empujó contra el ano. Renata se tensó, intentó protestar, pero la mitad ya estaba dentro, abriéndose paso en ese hueco apretado. Las nalgas se le separaban alrededor del miembro grueso, sacudidas por los espasmos del placer.
***
Él la bombeó así un buen rato. Después le llevó las manos detrás de la espalda, juntándolas, demostrándole quién mandaba. De su bolso sacó una cinta y se las inmovilizó. La madre de familia quedó amordazada, sometida y atada de las muñecas, doblada sobre la barra de su propia cocina.
Cada vez que él salía por completo, el ano de Renata quedaba abierto un instante antes de cerrarse. La empinó del todo, le aplastó los pechos contra el mármol, le separó las piernas y se las fue enrollando con cinta a las patas de la barra, dejándola inmóvil, a merced de lo que él decidiera.
Entonces Darío desapareció. Renata lo llamaba con gruñidos, movía la cabeza de un lado a otro, buscándolo con la mirada. Cuando volvió, traía una sorpresa: había subido por Camila.
La joven bajaba atónita, obedeciendo a aquel hombre, con el pijama de short y camiseta que dejaba adivinar un cuerpo ya formado, de mujer adulta. Renata, con los ojos desorbitados, negaba con la cabeza, gruñía contra la mordaza, intentaba decir que su hija no entraba en ese juego. Nunca se lo habría imaginado: ni que ella mirara, ni que él la trajera.
Darío la colocó frente a Renata y se puso detrás de la chica. Le metió las manos bajo la camiseta y le apretó los pezones. Camila enmudeció. No lo rechazó; solo se estremeció al sentir esas manos. Él bajó una mano hasta el sexo de la joven, comprobó que estaba empapada y le mostró los dedos mojados a Renata, sin una palabra.
—Lleva un rato mirándote —dijo, al fin—. Ya estaba así cuando subí.
Empezó a masajear el clítoris de Camila, que se inclinó hacia adelante sintiendo el mismo placer que su madre había sentido minutos antes. La masturbó sin que ella se resistiera, mientras Renata, atada e inmóvil, no podía hacer otra cosa que mirar. Un temblor en las piernas de la joven anunció un orgasmo fuerte; Darío la sostuvo en vilo sin retirar la mano, hasta que pasó.
***
Después la desnudó. Le quitó el short y la inclinó sobre la barra, frente a su madre, y empezó a pasarle el miembro por el sexo. Camila lo disfrutaba: movía las caderas, buscaba ese contacto igual que lo había hecho Renata. Él la fue penetrando despacio, con cuidado, sin llegar a la mitad, y la joven abría la boca buscando aire, con los ojos cerrados. Frente a ella, su madre la observaba; sabía que su hija estaba gozando, porque ella conocía ese placer.
Camila se corrió pronto, retorciéndose, gimiendo. Cuando terminó, Darío salió de ella y volvió al ano de Renata, deslizándose ahora sin esfuerzo. Renata se abandonó al placer de sentirse llena, y entre gemidos creyó escuchar que él decía algo sobre dejarla bien lubricada, porque el siguiente turno sería de Camila por el mismo lugar.
La joven abrió los ojos, alarmada: ni siquiera le había entrado todo por el sexo, ¿cómo iba a caberle eso? Renata, mientras tanto, llegaba otra vez al borde y se corría, con las piernas temblando, los jugos corriéndole por los muslos.
Darío trajo a Camila junto a su madre, la hizo subir a una silla y la puso en cuatro. Le trabajó el ano con la lengua primero, con un dedo después, despacio, dejándola ceder al tacto. La madre, sin poder ver, solo escuchaba los gemidos de su hija. El primer intento de penetración la hizo gritar de dolor; Renata negaba con la cabeza, suplicando con la mirada que se detuviera. Él alternó, metiendo el miembro en el sexo de la joven y volviendo al ano para lubricarla, ganando terreno de a poco, mientras Camila se mordía los labios. Era su primera vez por ahí.
Cuando logró entrar un poco, la levantó de la silla y la apoyó sobre la espalda de Renata. La madre sintió los pechos duros de su hija contra su columna. Buscando una altura cómoda, Darío volvió a hundirse en el ano de Renata un rato, salía y entraba en el de Camila, notando la diferencia entre los dos cuerpos.
La joven dio un alarido que se escuchó en toda la casa. Las lágrimas le brotaron, igual que a su madre, mientras él, enloquecido, no escuchaba los ruegos. Cuando sintió que iba a correrse, se hundió hasta el fondo en Camila y soltó los primeros chorros; después salió y dejó el resto dentro de Renata. Las dejó a las dos así, vencidas, y se sentó en una silla a contemplar lo que había provocado.
***
Camila se levantó sola, se sujetaba las nalgas tratando de calmar el dolor, y se dejó caer en uno de los sillones del salón. Darío, ya recuperado, desató a Renata y le quitó la mordaza.
En cuanto se sintió libre, ella le cruzó la cara de una bofetada. Tenía los ojos encendidos de ira. Pero él se la devolvió, firme, y Renata se tambaleó. La tomó del pelo, la puso de pie, la llevó al sillón y la dobló sobre sus piernas, azotándole de nuevo las nalgas sin piedad.
—Yo soy tu hombre —le repetía—. Mando yo.
Contra todo pronóstico, Renata se mostró dócil. Sintió rabia, sí, pero el placer fue mayor. Sentirse humillada la encendía, y recién ahora lo entendía del todo. No lo dijo en voz alta, pero lo sintió.
Cuando terminó de castigarla, la puso de rodillas sobre la alfombra y le ordenó que lo chupara, y que invitara a su hija a hacer lo mismo. Renata obedeció. Y así, madre e hija, arrodilladas frente a aquel hombre, compartieron la misma boca, el mismo deseo, con una destreza que no esperaban de sí mismas. Él terminó sobre los labios y el rostro de las dos, marcándolas, mientras Renata pensaba que esa noche había perdido algo y, al mismo tiempo, encontrado algo que ya no podría apagar.
Darío se vistió sin prisa y salió de la casa con una sonrisa de triunfo. Detrás dejaba a una mujer deseada por muchos, conquistada por pocos, y ahora también a su hija.





