Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La apuesta que perdí con el padre de mi novio

Me llamo Carla, y esto que voy a contar pasó cuando llevaba un par de años con Bruno. Para entonces ya conocía bien a mi suegro, Horacio, un hombre de cincuenta y cinco años que se conservaba como pocos: alto, ancho de hombros, con esa seguridad que dan veinte años de gimnasio diario. Estaba divorciado, y Bruno lo trataba con una frialdad que a mí siempre me dio lástima.

El divorcio había dejado heridas, supongo, y mi novio descargaba parte de eso en su padre. Yo, en cambio, me llevaba bien con Horacio. Tenía conversación, sentido del humor y una forma de mirar que, si soy honesta, a veces me hacía bajar la vista sin saber por qué. Más de una vez, cuando venía a cenar a casa, me había sorprendido mirándome las tetas o el culo sin ningún disimulo, y yo, en lugar de incomodarme, sentía un cosquilleo entre las piernas que después me costaba borrar.

Aquella semana Horacio se mudaba a una casa nueva. Bruno había prometido ayudarlo a cargar el camión, pero después se iba a ver un partido con sus amigos y lo dejaba solo con el caos del desempaque. Me dio pena imaginarlo así, ordenando cajas hasta la madrugada, y me ofrecí a echarle una mano con lo de adentro.

—¿En serio te quedarías a ordenar conmigo? —me preguntó, y se le iluminó la cara.

—Claro. Tú bajas todo del camión y yo acomodo. Bruno ni se va a enterar de lo pesado que es.

El miércoles llegué a la casa nueva mientras Bruno ya estaba con sus amigos. Hacía un calor sofocante. Horacio descargaba las cajas grandes y yo entraba las pequeñas, y cuando tuvimos todo adentro empezamos por el baño, que era lo más rápido. Con el bochorno, él se quitó la camiseta y se quedó en pantalón corto. El torso desnudo, la piel morena brillando de sudor, el vello del pecho canoso, me distrajo más de lo que esperaba. Yo había llevado un short y una blusa de tirantes por las dudas, así que me cambié también.

Cuando salí, Horacio soltó un silbido bajo, casi sin querer.

—¿Qué pasó? —le pregunté.

—Nada, me golpeé con una caja —dijo, y se rió—. No me dolió.

No le di importancia. Yo colgaba la cortina del baño mientras él ordenaba el estante, y de pronto sentí una palmada firme en la nalga que me hizo pegar un salto.

—¡Ey! —protesté.

—Perdón, tenías un mosquito. Lo maté antes de que te picara.

—Me avisas la próxima, casi me matas del susto.

—Si te avisaba, se escapaba —dijo con una calma desarmante.

Terminamos el baño y pasamos al dormitorio. Después al cuarto que sería de Bruno, donde armamos la cama y empezamos con el ropero. Mientras guardábamos su ropa interior, Horacio sacó de entre las cosas un hilo rojo diminuto, una tanga mía que había perdido hacía un año.

—Vaya, vaya, con mi nuera —dijo divertido—. No sabía que usabas esto.

—Sí, me queda perfecto, no creas que estoy tan rellena —contesté, siguiendo el juego.

Volvió a acercarse por detrás y me dio otra palmada.

—Otro mosquito —se justificó—. Aunque, la verdad, dudo que ese hilito te suba. Tienes demasiado atrás. Más que tu suegra, te lo digo.

—Eso sí que no, ella tiene mucho más que yo —reí.

—Apostemos. Si te entra, te dejo la casa para ti todo el fin de semana mientras yo limpio el apartamento viejo.

—Trato hecho. La casa entera para mí, qué ganga.

Me metí al baño, me quité el short y me probé el hilo. Apenas si me cubría el coño, la tela se me perdía entre las nalgas y el hilito trasero se me clavaba en la raja del culo. Salí caminando como si desfilara, segura de mi triunfo.

—Gané. Fin de semana mío.

Horacio me miró de arriba abajo, fingiendo seriedad, pero se le notaba el bulto endureciéndose bajo el short.

—Para asegurarme de que no hiciste trampa con crema o algo, déjame tocar.

—Toca lo que quieras, no hice nada. Gané limpio.

Me di vuelta y le mostré el culo. Sus manos grandes, callosas, me recorrieron despacio, palpando cada nalga entera, apretando la carne con los dedos abiertos, separándolas hasta que sentí el aire fresco contra el ojete. Uno de los pulgares se le fue derecho por el medio, deslizándose de arriba abajo por el hilo, rozándome el agujero del culo por encima de la tela y bajando hasta el borde del coño. Se demoró ahí más de lo que cualquier comprobación necesitaba, presionando con dos dedos justo donde el hilo se hundía en mi raja mojada. Yo sabía perfectamente lo que estaba pasando, y no me aparté. Sentí cómo el coño se me humedecía y el hilo se pegaba a los labios. Cuando terminó, me dio una palmada seca que me hizo rebotar las nalgas.

—Parece que perdí —admitió, y su voz sonaba ronca.

—Te lo dije. Y me quedo así, para que no se te olvide tu derrota.

Seguimos al cuarto de invitados, yo adelante, él detrás, aprovechando cada descuido para otra palmada. Pude notar, por la forma en que le caía el short, que la cosa lo afectaba más de lo que admitía: la punta le marcaba la tela y se le veía un manchón húmedo justo en el frente.

—Te estás vengando, abusador —bromeé.

—No me gusta quedar derrotado. Hagamos otra apuesta. Hay unos tacones de aguja en el cuarto de Bruno. Si aguantas todo el día con ellos sin caerte, te dejo también la camioneta el fin de semana.

—¿La casa y la camioneta? Imposible negarme.

Me senté en la cama y me puse los tacones negros. Cuando me vi en el espejo, hasta yo me sorprendí. Con esa altura todo cambiaba: las piernas más largas, la silueta más marcada, el culo levantado, ese hilito rojo perdiéndose donde debía. Horacio me miraba con la boca entreabierta y una mano encima del bulto, apretándoselo por fuera del short.

—Ey, ey, vuelve a la Tierra —le chasqueé los dedos.

—Perdón, perdón. Estás de infarto, en serio.

—Gracias —reí—. Aunque caminar con esto cuesta. Hace siglos que no uso tacones, capaz pierdo esta.

—Por mí, mejor si pierdes.

—¿Y qué ganas tú si me caigo?

—Que te quedes en hilo y corpiño todo el fin de semana, aquí, conmigo.

—¿Qué? Eso no.

—Ya aceptaste. Tu palabra es tu palabra.

—Eso es trampa, no me lo dijiste antes.

—No preguntaste.

Y, sin más, me dio una palmada tan fuerte que casi pierdo el equilibrio ahí mismo. Nos reímos y seguimos ordenando. Me agaché en cuatro para meter unas cajas bajo la cama, y él, parado detrás pasándome las cosas, se pegó a mí. Sentí su erección acomodándose contra la raja del culo por encima del short, la polla dura marcándose entre mis nalgas, buscando el hueco. Los empujoncitos cada vez que me alcanzaba algo se convirtieron en un frotón lento y constante, la punta de su verga presionando el hilo justo contra el ojete. Cuando terminamos, me tomó de la cintura para levantarme y me apretó contra su cuerpo, restregándome la polla dura por atrás mientras me pasaba una mano por el vientre y bajaba peligrosamente hasta el borde del hilo.

—Oye, no es justo que yo esté casi desnuda y tú vestido —dije, caminando hacia la sala con mis pasos de modelo.

—Eso tiene fácil solución —respondió.

Se bajó el short de un tirón y quedó desnudo. Yo había visto un solo hombre en mi vida, Bruno, y aquello no se parecía en nada. Era grande, grueso, con las venas marcadas a lo largo del tronco y la cabeza morada asomando fuera del prepucio. Todavía a medio despertar y ya le colgaba más pesada que la de Bruno en sus mejores momentos. Los huevos, grandes, colgaban tirantes, afeitados. Se me hizo agua la boca sin darme cuenta.

—Vaya, Horacio. ¿Y mi suegra te dejó con semejante cosa? —dije, intentando sonar burlona y no tan impresionada como estaba.

—Me encontró en la cama con su mejor amiga —se rió—. Yo qué culpa tengo, donde veo un buen culo pierdo la cabeza.

Y me dio otra palmada para subrayarlo.

***

Pasamos a la cocina. Yo acomodaba cosas sobre la mesada y él se las arreglaba para rozarme con su cuerpo cada dos por tres, disculpándose siempre con una excusa que ninguno de los dos creía. La polla, ya completamente dura, chocaba contra mi cadera, mi muslo, mi culo, dejando un rastro de líquido preseminal sobre mi piel cada vez que me tocaba. Tuve que agacharme a guardar algo en un mueble bajo, en cuclillas, y él se paró justo enfrente, su verga a la altura de mi cara, pasándome las cosas. En uno de esos movimientos giró y me rozó la mejilla con el glande caliente, dejando una raya brillante en la piel. No se inmutó. Lo repitió, una vez en cada lado, mientras yo lo miraba desde abajo con la boca entreabierta, sintiendo el olor a hombre y a sudor de sus huevos a un palmo de mi nariz.

Cuando se estiró para alcanzar lo último del estante alto, todo su cuerpo quedó pegado a mi rostro. La polla me rebotó contra los labios, los huevos me rozaron la barbilla. Y entonces, cuando volvió a acercarse, abrí la boca y dirigí su verga hacia ella sin tocarla con la mano. Él entendió y, sin aviso, empujó las caderas y me metió la punta hasta que sentí el glande golpear contra mi paladar.

—Uy, disculpa, yernita —dijo con falsa inocencia, sin retirarse, moviendo las caderas para que la polla se me hundiera un poco más adentro—. Fue sin querer.

Intenté contestar y solo salió un balbuceo ahogado contra su carne caliente. Me liberó un segundo. Un hilo de saliva me quedó colgando del labio a la punta de su verga.

—¿Qué dijiste? No te entendí nada.

—Que no te preocupes —reí, tomando aire—. Sé que fue sin querer.

Volvió a estirarse, volví a abrir la boca, y esta vez puso una mano en mi nuca y presionó hasta que no quedó nada afuera. La sentí bajar por mi garganta, la nariz aplastada contra los huevos, sin poder respirar, la baba escurriéndome por el mentón hasta las tetas. Me sostuvo así unos segundos largos, hasta que empecé a golpearle el muslo con la mano. Me soltó. Escupí, tosí, jalé aire desesperada. Lo miré con los ojos llorosos, sin aliento, un hilo de mocos y saliva colgándome del labio.

—De nuevo, ups —murmuró, acariciándome la mejilla mientras se pasaba la polla mojada por mi cara—. Vas a pensar que lo hago a propósito.

Nos detuvimos a tomar algo. Abrió dos cervezas y decidimos dejar lo que faltaba para el día siguiente. Le escribí a Bruno que me quedaría a terminar con su padre; me respondió que él pasaría la noche en casa de Esteban jugando videojuegos con los amigos. Dejé el teléfono de lado.

Terminamos varias cervezas en el sofá, yo en tacones y aquel hilo mínimo, él desnudo y sin que se le bajara la erección desde hacía rato. Cada tanto se pasaba la mano por la polla, sin disimulo, mirándome las tetas.

—Horacio, vas a explotar —le dije—. Ve al baño y desahógate.

—Qué va, no soy de hacer eso solo —se rió—. Desde que te la metí en la boca sin querer, no se me baja.

—Eso fue un accidente, no se puede repetir.

—Lo sé, lo decía en broma. Mejor hagamos otra apuesta, una jugosa. Lanzo una moneda: si sale cara, te doy quinientos dólares para que los gastes este fin de semana.

—¿Y si sale cruz?

—Me la chupas hasta que termine.

—Estás loco, soy la novia de tu hijo.

—Por eso mismo es más divertido.

Me lo pensé más de lo que me gustaría admitir. La cerveza, el calor, la forma en que me había mirado todo el día, el sabor a preseminal que todavía tenía en los labios. Acepté. Lanzó la moneda y salió cara. Salté de alegría, y mis movimientos lo dejaron mirando otra vez las tetas rebotarme bajo la blusa.

—Dos de tres —dijo—. Mil dólares, dos fines de semana con la casa y la camioneta.

—Va.

Tiró la moneda. Cruz. La recogió y volvió a tirarla; la vi subir y caer como en cámara lenta. Cruz de nuevo. Había perdido. Él se reclinó en el sofá, victorioso, abriendo las piernas, la polla apuntándome al techo, pesada, palpitante.

—Ven. Arrodíllate aquí y empieza a pagar.

Me arrodillé sobre un cojín que puso para mí. La tomé con la mano —no me la cerraba entera—, la besé desde la base, subí por el tronco con la punta de la lengua siguiendo la vena gruesa que le corría por debajo, hasta la corona. Le lamí el glande en círculos, saboreando la gota espesa que asomaba por la hendidura, y me lo metí en la boca hasta donde pude. Con la otra mano le agarré los huevos, pesándoselos, jugando con ellos mientras la lengua le rodeaba la cabeza. Bajé por el tronco lamiéndolo entero, hasta los testículos, y me metí uno a la boca, después el otro, chupándolos despacio mientras lo masturbaba con la mano, subiendo y bajando el prepucio.

—Para no saber, lo haces de maravilla —jadeó, echando la cabeza atrás.

Volví a subir hasta la punta y me la tragué otra vez, esta vez más profundo, hasta que la boca del estómago se me contrajo y me atraganté. Me sostuvo la cabeza con las dos manos y empezó a moverse él, follándome la boca a su ritmo, sin dejarme respirar entre embestidas. La saliva me chorreaba por el mentón, por el cuello, se me metía entre las tetas. Yo abría la boca todo lo que podía, ahogándome a ratos, sintiendo el glande golpearme la garganta una y otra vez. Así estuvimos quince minutos largos hasta que me avisó, apretándome más fuerte del pelo.

—Me vengo, yernita, me vengo…

Se levantó, me sacó la polla de la boca, se masturbó frente a mí con la mano cerrada sobre el glande hinchado. El primer chorro me pegó en la frente y me bajó por el puente de la nariz. El segundo, más grueso, me cayó sobre los labios y el mentón. Después me terminó a chorros más chicos sobre las mejillas, la lengua, las tetas. Yo tenía la boca abierta y la lengua afuera, lamiéndole la punta cada vez que podía, tragando lo que me caía en la boca. Cuando terminó, la polla siguió goteando y yo la limpié con la lengua, chupando hasta la última gota. Después se desplomó en el sofá.

—Listo, ya cumplí —dije, limpiándome con los dedos y llevándome la corrida a la boca, y volví con mi cerveza.

—No. Aún me debes una. Duplicamos la apuesta, ¿recuerdas?

—Ay, es verdad.

—Fue de las mejores que me han hecho en la vida —dijo—. Que quede entre nosotros.

—Tranquilo, soy una tumba.

***

Me tendí boca abajo sobre la alfombra, las piernas apenas abiertas, la cara todavía brillante de semen. Horacio se bajó del sofá y se acostó a mi lado, paseando los dedos por mi nalga, suave al principio, después con la mano entera, apretando de vez en cuando, abriéndolas para mirarme el ojete y el hilo enterrado en el coño.

—Son perfectas —dijo—. Deberíamos apostarlas.

—Ni loca, siempre pierdo. Solo gané la primera.

—Entonces véndemelas —bromeó, dándome otra palmada que sonó fuerte en el silencio.

—Son caras, no te alcanza —seguí el juego, y le dije una cifra alta, una suma que solo nombré para que volviera a la realidad.

—Espera —dijo, serio de pronto.

Se levantó, desapareció por el pasillo y volvió. Me tiró encima un fajo de billetes que se desparramó sobre mi espalda y mi culo.

—Ahí está lo que pediste, y algo más.

—¿Qué? Estás loco. —Me quedé helada, sin entender de dónde había sacado eso.

—Te estoy comprando el fin de semana entero. Primero terminas de pagar la apuesta. Después tenemos toda la noche.

Se paró frente a mí. Me arrodillé otra vez, con la boca abierta antes de que llegara. Me tomó del pelo con las dos manos y entró hasta el fondo, esta vez sin disimulo, ni excusas, ni disculpas. Me folló la boca con embestidas largas, sacándomela entera y volviendo a meterla hasta los huevos, obligándome a tragar cada centímetro. Me decía al oído cosas que nunca me habían dicho, cosas que Bruno jamás se habría atrevido.

—Mírate, arrodillada frente a tu suegro, con el culo lleno de mi plata, tragándote la verga que hizo a tu novio. Vas a ser mi mujer, yernita, vas a ser mi puta. Te voy a coger todos los fines de semana, en la casa que le prometí a mi hijo, en mi cama, con esa boquita de puta abierta para mí.

Yo le contestaba con gemidos ahogados, agarrándole los huevos con una mano y ayudándome con la otra a masturbarle lo que no me entraba en la boca. Cuando avisó que se venía otra vez, me sacó la polla y me terminó sobre la cara y la lengua. Recogí lo que cayó al suelo con el dedo y me lo llevé a la boca mientras lo miraba a los ojos.

—Buena chica —murmuró.

Me levanté y me apoyé en la isla de la cocina, los codos sobre la superficie, la espalda arqueada, el culo levantado, ofrecido. Él se acercó por detrás, pegó su pecho a mi espalda y me abrazó, una mano subiendo hasta amasarme una teta por encima de la blusa, la otra bajando hasta hacer a un lado el hilo y meterme dos dedos en el coño empapado.

—Estás mojadísima, yernita. Chupármela te calentó como una perra.

—Cállate y hazlo —le pedí, apretándome contra sus dedos.

—Te voy a hacer mi mujer —susurró, moviendo los dedos dentro de mí, buscándome el punto justo, sacándolos y volviéndolos a meter con la palma golpeándome el clítoris.

—Pues vas a tener que convencerme —contesté bajito, jadeando ya sin poder disimular.

Se escupió en la mano, se untó la polla, hizo a un lado el hilo y me apoyó la punta en la entrada. Empujó la cabeza y me abrió despacio. Gemí fuerte, agarrada al borde de la isla. Era mucho más grande que Bruno, mucho más gruesa, y me fue entrando centímetro a centímetro, estirándome, forzándome a acomodarme a él. Cada tanto sacaba un poco y volvía a meter, un poco más profundo, hasta que sentí su pelvis chocar contra mis nalgas y sus huevos golpearme el clítoris. Se quedó ahí un momento, hundido hasta el fondo, respirándome en la nuca.

—Toda adentro, yernita. ¿Sientes cómo te llena?

—Sí… dios, sí…

Me tomó de las caderas con las dos manos y empezó lento, sacándomela hasta la punta y volviendo a meterla entera de un golpe. Subiendo de a poco la velocidad, hasta que el sonido de la carne golpeando contra la carne llenó la cocina y yo no podía contener los gemidos, la baba goteando de mi boca contra la mesada de mármol. Con una mano me agarró del pelo y me tiró hacia atrás, arqueándome más, mientras con la otra me cruzaba una palmada en la nalga que me hizo gritar.

—Ay, papi, así, así, no pares.

—¿Papi ahora, eh? Puta rica. Grita más fuerte, que nadie te oye.

Me llevó al sofá, me puso en cuatro sobre los cojines y siguió por atrás, esta vez agarrándome del pelo con las dos manos como si fueran riendas, embistiéndome tan fuerte que las nalgas me temblaban en cada golpe. La polla entraba y salía brillando de mis jugos, y yo sentía la corrida acumulándoseme abajo, el clítoris a punto de explotar. Me metió un dedo en la boca y yo se lo chupé; después me lo sacó, lo bajó y me lo puso en el ojete del culo, presionando despacio, hasta que el dedo entero se me hundió mientras la polla seguía martillándome el coño. Fue demasiado. Me vine gritando contra el sofá, con espasmos que me hacían apretarle la verga adentro.

—Eso es, córrete en mi polla, mi amor, córrete como la puta que eres.

Después se sentó y me dejó montarlo. Me acomodé encima, dándole la cara, y me empalé despacio, sintiendo cómo me abría de nuevo. Empecé a moverme de arriba abajo, apoyándome en sus hombros, mientras él me tomaba de las tetas y me chupaba los pezones a través de la blusa. Nos besamos por primera vez, con lengua, despacio, sin dejar de movernos, sintiendo su verga tocarme el fondo cada vez que bajaba. Le mordí el labio, me agarré de su nuca, cabalgué más rápido, más fuerte, hasta que ya no aguantó y me pidió que me pusiera de rodillas de nuevo. Me volvió a coger la boca por unos segundos y terminó sobre mis tetas y el cuello, echando chorros calientes que me resbalaron hasta el vientre.

Nos limpiamos, comió algo que improvisó, y de madrugada terminamos en su cama, donde me tuvo en todas las posiciones: boca arriba con las piernas sobre sus hombros, cucharita mientras me susurraba porquerías al oído, cabalgándolo de espaldas, en cuatro con la cara contra la almohada. Me penetró el culo por primera vez esa noche, despacio, con mucha saliva y paciencia, y cuando terminé aprendí a correrme con una polla clavada donde nunca la había tenido. Descubrí de a una cosas que con Bruno nunca había imaginado: cómo se siente que te escupan en la boca, que te aten las manos con un cinturón, que te llamen puta mientras te acaban dentro. A la mañana siguiente nos bañamos juntos, y él me hizo arrodillarme bajo el chorro y tragarme todo lo que le quedaba. Terminamos de ordenar la casa y volvimos al dormitorio antes de que me fuera, para una despedida rápida contra la pared.

Cuando llegué a mi casa tenía varios mensajes de Bruno. Le contesté que recién salía de lo de su padre, que ya estaba todo en orden. Hablamos un rato y le dije que ese fin de semana estaría ocupada. Me respondió que no había problema, que él andaría con sus amigos.

Así que tendría la casa, la camioneta y, sobre todo, todo el fin de semana libre para mí. Y para Horacio. Pero eso ya es otra historia.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(8)

Maxi_BR

tremendo relato jajaja no lo esperaba para nada

Clarita_Mdp

me quede sin palabras... empece a leerlo casi sin querer y no lo pude soltar. buenisimo

NachoRio89

Por favor seguí con esto, necesito saber que pasa despues!!

ElTucuman44

el principio me parecio lento pero despues no pude parar. bien jugado

LauraV_77

Que situacion jajaja. yo en ese lugar no hubiera sabido que hacer honestamente

RobertoM_77

me recordo algo que viví hace años, no tan extremo pero en ese vibe jaja. muy bueno

suspiro_lector

lo de las apuestas es un detalle genial, le da un ritmo que no te suelta

ValentinaKruz

la narrativa esta muy bien lograda, se siente natural. Espero segunda parte!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.