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Relatos Ardientes

La limpiadora del camping me cambió esas vacaciones

Aquel verano Cristina se iba de despedida de soltera con sus amigas a Ibiza, y a mí me daba pereza quedarme solo en casa contando los días. Así que reservé un par de noches en un camping naturista cerca de la costa de Cadaqués: un bungalow minúsculo, una cocina-comedor con baño y una sola habitación. Metí poca ropa en una mochila, un libro, monté en la moto y a rodar.

No me gusta correr, prefiero disfrutar del paisaje, así que tardé unas tres horas tranquilas en plantarme allí. Hice el registro, dejé las cosas en el bungalow y me desnudé. Lo primero fue darme una vuelta para conocer las instalaciones: los baños, la piscina, la zona del bar. Cogí la toalla y empecé a explorar sin rumbo.

Lo que más me llamó la atención fue ver al personal de limpieza trabajando sin parar. Es de agradecer que esté todo impecable. Entré en el bloque de duchas y allí coincidí con una chica colombiana de piel muy oscura. Llevaba un pantalón cargo blanco, un polo de la empresa y un delantal naranja, como de cocinera.

—Uy, perdone, ya salgo, no quiero molestarle —dijo ella, retrocediendo hacia la puerta.

—No, mujer, para nada. Tú estás trabajando, no molestas. Además somos todos personas, no creo que sea el primer cuerpo que ves —contesté con una sonrisa.

Aun así esperó fuera a que yo terminara. Cuando salí volvió a disculparse.

—Perdone, no quería interrumpir su trabajo —insistí.

—No, señor, si no me cuesta nada. Usted disfrute de sus vacaciones —respondió.

—Las voy a disfrutar igual, pero me sabe mal que pares por mí. ¿Cómo te llamas, por cierto?

—Yamila. ¿Y usted?

—Daniel. Un placer.

—Muy amable, señor.

Seguí mi ruta sin insistir, aunque me habría quedado un rato charlando con ella. No era muy alta y debía rondar los cuarenta y pocos. Tenía los labios pintados de rojo, una cara dulce y un maquillaje ligero. Con la bata del trabajo no podía adivinar mucho, pero el culo se le marcaba enorme bajo el pantalón. Es de esas cosas que se notan a la primera.

Me fui a la piscina, pedí un refresco y me di un baño. Era un camping familiar, lleno de niños con sus madres detrás, un ambiente muy acogedor. Pedí un bocadillo para no tener que cocinar y luego me retiré al bungalow a echar la siesta, no sin antes pasar por los baños a ver si me cruzaba otra vez con Yamila.

La vi al fondo, ocupada con las duchas. Me metí en una de las primeras y cerré la puerta. Esta es mi oportunidad. Abrí el agua templada y me fui acariciando despacio mientras escuchaba sus pasos acercarse. Cuando la noté cerca, cerré el grifo y salí del compartimento.

—Uy, Yamila, perdona que te moleste, pero pongo el agua caliente y sale fría. ¿Podrías echarle un vistazo?

—Pues aviso a los chicos de mantenimiento, que ellos lo arreglan enseguida —dijo, y se le escapó una miradita hacia abajo.

—Gracias, entonces me iré a duchar al bungalow. Perdona la molestia —añadí, fingiendo timidez. Noté que volvía a mirarme un par de veces y que empezaba a titubear al hablar.

—No es molestia, para lo que haga falta.

—¿Qué horario haces? —pregunté.

—En verano hacemos horas extra. Más gente, más faena, pero está bien pagado. Hoy, por ejemplo, termino a las diez.

—Si está bien pagado, eso es lo importante. Hasta luego, Yamila, que tengas buen día —me despedí con la mejor de mis sonrisas. Me habría quedado, pero no quería incomodarla.

***

De vuelta en el bungalow no pude evitar pensar en ella. ¿Me estoy obsesionando? Era de esas mujeres que llevan el pantalón ajustado y se les marca todo, con esa carita dulce y ese acento que desarma. Una ternura. Ese acento era pura miel.

Al despertar de la siesta fui a un supermercado cercano a comprar cuatro cosas, volví a merendar un café fresco con unas galletas y retomé la vida de camping. Cogí el libro —una historia de la antigua Roma— y me senté junto a la piscina. ¿Lo mejor de aquella época? Lo mismo que de esta: las mujeres.

Pasé un par de veces por los baños a propósito, pero no hubo suerte. En la zona de ocio, al lado del bar, los monitores organizaban un torneo de ping-pong y me apunté. Había gente de todas las edades. Yo, que me creía bueno, me topé con un chaval que me ganó sin despeinarse, pero pasé un rato estupendo. Refresco va, refresco viene, se hace fácil hacer migas. Sobre las ocho regresé hacia el bungalow y, qué suerte la mía, me crucé con Yamila.

—Buenas tardes, Yamila.

—Buenas tardes, caballero.

—Llámame Daniel, por favor.

—Disculpa, es la manía del trabajo. ¿Qué tal el día?

—Muy bien, muy a gusto. ¿Tú entras ahora o terminas?

—Empiezo una ronda de dos horas para los sanitarios y luego me voy a casa.

—Perfecto, entonces nos vemos, que me gusta ducharme antes de dormir.

Era mentira, claro. Solo buscaba provocar otra situación. Cogí el gel y una toalla y fui directo a las duchas. Ella ya estaba trabajando. Me metí en uno de los primeros compartimentos y empecé otra vez a tocarme. La idea de que pudiera verme me ponía. En cuanto la tuve dura, cerré el grifo como si no hubiera nadie y seguí en silencio, esperando. Oí la puerta abrirse y entonces apareció.

—¡Ay, señor mío! Perdón, no sabía que estaba ocupado —dijo, saliendo del cubículo con la vista clavada en el suelo.

—Yamila, tranquila, soy yo. Y perdona, soy yo quien debe pedir disculpas por hacer esto aquí —contesté, saliendo detrás de ella para que no se alejara.

—No vi nada, de verdad. Sigo a lo mío —respondió, claramente nerviosa.

—Perdón, he sido un sinvergüenza. Pero tengo que confesarte algo: me pareces guapísima y no tenía el valor de decírtelo. Por eso he hecho esta tontería. Ya sé que parezco un crío.

—Qué vergüenza. Y no diga eso, que soy mucho mayor para usted —murmuró, apartando la mirada.

—No me has interrumpido nada. Me gusta hablar contigo, me pareces una mujer dulce y simpática. Me gusta estar cerca de ti —dije, cogiéndole la mano para calmarla. Vi cómo se le iban los ojos hacia abajo.

—Estoy trabajando, tengo que seguir.

—¿Y si no estuvieras trabajando? ¿Te quedarías a hablar conmigo?

—Puede ser, no lo sé. Estoy nerviosa.

—Mi bungalow es el diez. Cuando acabes, pásate si quieres. A hablar, a cenar algo, sin compromiso. Perdona si te he incomodado.

***

No eran ni las nueve y yo estaba inquieto como si fuera una primera cita. No cené, por si ella quería picar algo. Fuera refrescaba, así que la esperé dentro y encendí un poco el calefactor. De pronto, unos golpes en la cristalera. Toc, toc.

—Adelante —dije, y se me aceleró el pulso al verla entrar.

—Buenas noches. Solo vengo a aclararte un par de cosas, no quiero malentendidos, ¿vale?

—Claro, pasa, pasa.

—Primero, que he hecho la faena más rápido para poder venir. Y, segundo, que soy una mujer casada. No debería ni estar aquí.

—Tranquila, Yamila, solo estamos hablando. ¿Quieres un refresco? —El calefactor había caldeado el ambiente y se la veía acalorada.

—Vale, una cola o lo que tengas. Y otra cosa: no puedes ir así por el camping, puedes incomodar a la gente y echarte líos. Lo digo por tu bien.

—Gracias por el consejo, pero lo he hecho por ti. No sabía cómo llamar tu atención. Digamos que me gustas —le tendí un vaso con cola.

Yamila se bebió media de un trago. Tenía sed y sudaba un poco, pero seguía de pie, sin querer sentarse.

—Gracias. Y no me creo que yo te llame la atención. Eres joven, aquí hay muchas chicas guapas con quien hablar.

—Te veo acalorada, ponte cómoda. Quítate al menos el delantal, que con eso debes asarte. Y no, me gustas tú. Tu manera de ser, educada, amable. Y muy guapa.

—No te creo, Daniel —dijo, mientras se desabrochaba el delantal.

—¿Por qué crees que he pasado más rato en los baños que en todo el camping? ¿Por qué he buscado tu mirada mientras trabajabas? ¿Por qué te he pedido que vinieras? Habrá muchas chicas, sí, pero solo tengo ojos para ti. Algo en ti me llama y no puedo evitarlo.

A cada palabra me iba acercando, hasta que mi mano rozó la suya. Sin dejar de mirarla a los ojos, sentí cómo la tensión crecía entre los dos. Yamila intentó hablar, pero no le salían las palabras. Estaba bloqueada.

—Si quieres, me retiro y te dejo en paz. Pero si quieres que te bese, no digas nada y lo haré.

Me fui acercando a su cara, mirándola, hasta quedar a escasos centímetros. No dejaba de observarme. Fue ella quien cerró los ojos y me besó. Era justo lo que más había deseado en todo el día. Nos besamos despacio, fundiéndonos, y nuestros cuerpos se enredaron casi solos.

Le quité el polo del trabajo mientras ella levantaba los brazos. Se pegó a mí y se desabrochó el sujetador ella misma, liberando dos pechos no muy grandes pero bonitos, de aureolas oscuras y pezones que pedían atención a gritos. Me volví loco solo con eso. La besé mientras los acariciaba, bajé las manos hacia su pantalón y noté cómo todo entre nosotros se aceleraba.

—Y esto que sientes es por ti —le dije, cogiéndole la mano—. Y solo llevamos cinco minutos a solas.

Ahí fue cuando se abalanzó sobre mí como una loba. Había conseguido lo que quería.

Me llevó casi a empujones a la habitación y me tumbó en la cama. Delante de mí terminó de quitarse los pantalones y la ropa interior. Se subió encima y empezó a frotarse, pero la giré y la tumbé a ella: quería tomarme mi tiempo.

—No sabes las ganas que tenía —murmuré entre besos por su vientre.

—No esperaba que lo hicieras tan bien —respondió con la respiración entrecortada.

—Quiero disfrutarte. Sin prisas.

—Hoy no podemos demorarnos mucho. He salido antes para venir, pero tengo que volver a casa como siempre. No quiero que mi marido sospeche nada.

—O sea que ya sabías que terminaríamos así —dije, mirándola con un punto de desafío.

—No lo sabía. Pero tenía curiosidad por ti —contestó, con cara de timidez.

Nos buscamos sin tregua, ella arqueando la espalda y apartándose la melena de la cara. La tensión del día entero se descargó de golpe entre las sábanas. Cuando le avisé de que estaba a punto, se giró y terminó de provocarme con la boca hasta el final, sin dejar de acariciarme, tragándose todo y bajando luego el ritmo, despacio.

Acabamos rápido y nos quedamos tumbados unos minutos, recuperando el aliento.

—Tengo unas ganas locas de repetir contigo —le dije.

—Más ganas tengo yo —respondió con una sonrisa.

Nos despedimos y se marchó a su casa. Yo salí fuera a tomar el aire y a asimilar lo que acababa de pasar. Hacía fresco, pero me supo a gloria. Aquel encuentro estaría en mi lista de los mejores de no ser por las prisas del final. Y, sinceramente, ya quería más.

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Comentarios(1)

PatriVerano23

excelente!!! me encantó de principio a fin

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