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Relatos Ardientes

El masaje de mi vecino me cambió la rutina

Marisol tenía treinta y cinco años y una vida que, vista desde fuera, parecía perfectamente ordenada. Llevaba la cuenta de un par de clientes en una consultora pequeña, volvía a casa cuando ya había caído la noche y compartía el apartamento del octavo piso con Tomás, su marido, un hombre que vivía con la maleta a medio hacer y la cabeza siempre en el próximo vuelo. Apenas se miraban. El sexo entre ellos, cuando lo había, era una transacción rápida y silenciosa: Tomás se subía encima, empujaba tres o cuatro veces con la polla a medio empalmar, se corría en su vientre con un gruñido y se dormía dándole la espalda antes de que ella pudiera siquiera humedecerse. Marisol se quedaba mirando el techo, con el semen enfriándose sobre la piel, preguntándose si aquello era todo lo que le tocaba en la vida.

Lo que de verdad la torturaba era la espalda. Tenía un pecho generoso que arrastraba consigo desde la adolescencia, y al final de cada jornada sentía el peso tirándole de la columna como dos pesas mal repartidas. Por las noches, al soltarse la ropa, respiraba hondo y se masajeaba los hombros con las manos cansadas, sin alivio.

Una tarde, revisando el grupo de vecinos del edificio, un mensaje le llamó la atención. Era de un hombre del quinto, alguien con quien apenas había cruzado un saludo en el ascensor. En la foto se veía a un tipo de unos cuarenta y tantos, cabello con canas bien cortado, barba recortada y una sonrisa tranquila. «Buenas a todos, soy Andrés. Ofrezco masajes descontracturantes en mi casa. Años de experiencia, primera sesión sin compromiso».

Marisol se quedó mirando la pantalla más tiempo del necesario. Ese día la espalda la estaba matando. Total, es un vecino. Sin darle muchas vueltas, le escribió en privado: «Hola, vi tu mensaje. Me vendría bien un masaje para la espalda».

La respuesta llegó enseguida: «Hola, Marisol. Sé quién eres, la del octavo. El primero es gratis y esta noche tengo hueco. ¿Te viene bien a las ocho?». Sintió que se ruborizaba sin razón. Era un vecino amable, nada más. Y Tomás, por supuesto, estaba otra vez de viaje. «Perfecto, ahí estaré», contestó antes de arrepentirse.

***

A las ocho en punto tocó el timbre del quinto. Andrés abrió con esa misma sonrisa de la foto. Era más alto de lo que recordaba, de hombros anchos y una espalda firme que se adivinaba bajo la camisa. Para su edad estaba en una forma sorprendente, y eso le provocó un cosquilleo entre las piernas que prefirió no nombrar.

—Pasa, Marisol. Bienvenida.

Su voz era grave, pausada, con un punto de seguridad que la hizo enderezar la espalda por instinto. La condujo a una habitación acondicionada como sala de masajes: una camilla en el centro, luz tenue, aroma a lavanda flotando en el aire como una bruma cálida.

—Ponte cómoda y túmbate boca abajo. Tápate con esta toalla —dijo, tendiéndole una toalla limpia y dejándola sola para que se cambiara.

Marisol dudó un segundo. Nunca se había dado un masaje profesional, pero supuso que así funcionaba. Se desvistió despacio, sintiendo el aire fresco rozarle la piel, y se acostó en la camilla con la toalla por encima. El vinilo estaba frío contra el vientre y los pezones se le pusieron duros al instante. El corazón le latía más rápido de lo que correspondía a una simple sesión de espalda.

Andrés volvió, se remangó la camisa hasta el codo y se frotó las manos con aceite tibio.

—Avísame si aprieto demasiado —dijo.

Empezó por los hombros. Sus manos eran grandes, firmes, y se deslizaban por la piel con una presión exacta que encontraba cada nudo escondido. Marisol soltó un gemido bajo, de puro alivio, antes de poder contenerlo.

—Tienes una tensión brutal aquí —murmuró él—. ¿Cargas mucho peso?

—Más del que parece —contestó ella, sonriendo contra la camilla.

—Lo noto.

Trabajó la espalda entera, bajando por la columna con los pulgares, abriendo los músculos a ambos lados. Cada pasada le arrancaba un suspiro. Y entonces, casi sin darse cuenta, empezó a notar otra cosa: el calor que subía, la respiración que se le hacía más densa, la conciencia repentina de estar desnuda bajo una toalla mientras las manos de un desconocido la recorrían. Sintió cómo el coño se le humedecía contra la camilla, cómo los muslos se apretaban solos buscando alivio.

***

—¿Te molesta si bajo a las lumbares? —preguntó Andrés—. Ahí es donde más se acumula.

—No —dijo ella, y la palabra salió más ronca de lo que pretendía.

Él bajó las manos hasta el arranque de la espalda, justo donde empezaba la curva del culo. Marisol sintió cómo el pulso se le aceleraba. No era el masaje. Era cómo lo daba: con una calma deliberada, sin prisa, como si supiera perfectamente lo que estaba provocando y eligiera no decirlo. Los pulgares le rozaban el nacimiento de las nalgas por debajo de la toalla, y a cada pasada ella tenía que morderse el labio para no gemir.

—Te voy a ser sincero —dijo él en voz baja, sin dejar de amasar—. Te he visto en el ascensor más de una vez. Y nunca te he visto sonreír.

Marisol giró la cabeza sobre la camilla. Él la miraba desde arriba, las manos quietas en su cintura.

—Igual no tenía motivos —respondió.

—Igual no.

El silencio se cargó de algo espeso. Ella sabía que en ese instante podía levantarse, agradecer el masaje y marcharse al octavo con la espalda más suelta y la conciencia intacta. Pensó en Tomás, en la alianza que había dejado en el plato del baño antes de bajar. Pensó en los meses, los años, de sentirse invisible.

—No pares —dijo.

Fue todo lo que él necesitó. Las manos volvieron a moverse, pero distinto ahora, más lentas, los dedos rozándole los costados, el borde de la cadera, el límite de la toalla. Andrés le apartó la tela con una parsimonia estudiada y le descubrió el culo entero. Marisol lo oyó respirar hondo detrás de ella.

—Joder, qué culo tienes —murmuró, y le pasó las palmas abiertas por las nalgas, apretándolas, separándolas.

Un dedo se le escurrió por el surco y bajó hasta rozarle el coño empapado. Marisol gimió sin poder evitarlo, la cadera levantándose sola en busca de más contacto.

—Estás mojada —dijo él, casi sorprendido, casi orgulloso—. Mojada de verdad.

—Cállate.

Él rió por lo bajo y le hundió el dedo medio entre los labios del coño, deslizándolo despacio de atrás adelante, empapándolo. Cuando le rozó el clítoris con la yema, Marisol soltó un gemido largo que le retumbó en el pecho.

—Date la vuelta —murmuró Andrés.

Ella obedeció. La toalla resbaló al suelo y no hizo nada por sujetarla. Quedó boca arriba, expuesta, las tetas cayéndole a los lados por su propio peso, los pezones tiesos, los muslos abiertos sin pudor. Por primera vez en mucho tiempo se sintió mirada de verdad. Él la recorrió con los ojos sin tocarla todavía, y esa demora fue más excitante que cualquier caricia.

—Eres preciosa —dijo—. ¿Tu marido te lo dice?

—Mi marido nunca está.

—Pues esta noche no está —respondió, y se inclinó sobre ella.

***

La besó despacio, una mano abierta sobre el esternón, sintiendo cómo el corazón le golpeaba. Bajó por el cuello, por el hombro, dejando un reguero tibio de aliento. Marisol enredó los dedos en su pelo plateado y tiró de él hacia abajo, impaciente de un modo que hacía años no recordaba.

Las manos de Andrés, que minutos antes deshacían nudos, ahora la abrían a ella entera. Le agarró las tetas con una avidez contenida, sopesándolas, apretándolas, hundiéndoles los dedos en la carne blanda hasta hacerla jadear. Se llevó un pezón a la boca y lo chupó con hambre, mordisqueándolo, tirando con los dientes, mientras con la otra mano le pellizcaba el otro.

—Llevas cargando estas tetas sola demasiado tiempo —murmuró contra su piel—. Alguien tiene que ocuparse de ellas como se merece.

—Cállate y sigue —jadeó ella, y él rió grave, complacido.

Le pasó la lengua por el valle entre los pechos, bajó por el vientre, le mordió la carne blanda de la cadera, le lamió el hueso del pubis. Marisol ya temblaba antes de que él llegara. Le abrió las piernas con las manos, se las colocó sobre los hombros y se hundió entre sus muslos con la boca abierta.

La primera lamida le arrancó un grito. Andrés le pasó la lengua entera por el coño, de abajo arriba, despacio, saboreándola. Luego separó los labios con los pulgares y le clavó la punta de la lengua en el clítoris, dibujando círculos, alternando con succiones suaves que la hacían retorcerse. Marisol arqueó la espalda contra la camilla y se mordió el dorso de la mano para no despertar al edificio entero.

Él le metió dos dedos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que ella misma casi había olvidado. Los movía dentro con una cadencia lenta mientras seguía chupándole el clítoris, y Marisol sentía el orgasmo subir como una marejada. Justo cuando iba a llegar, él redujo el ritmo, retirando la boca, dejándola al borde.

—Hijo de puta —jadeó ella.

—Todavía no —susurró Andrés, y volvió a lamerla, y volvió a llevarla al filo, y volvió a apartarse.

El aceite, la lavanda, el calor de la habitación: todo se mezcló en una niebla densa mientras él la comía con una paciencia que rozaba la crueldad. A la cuarta vez que la dejó colgada, Marisol le clavó los talones en la espalda.

—Por favor —suplicó, y no había nada de resistencia en su voz, solo hambre—. Fóllame ya.

Andrés se incorporó, se desabrochó el pantalón sin dejar de mirarla y se sacó la polla. Marisol se quedó mirándola: gruesa, dura, el glande brillante de líquido preseminal. Se le hizo la boca agua. Alargó la mano y se la envolvió con los dedos, apretándola, pasándole el pulgar por la punta y esparciéndole el húmedo. Luego se incorporó a medias, se la llevó a la boca y se la chupó entera, hundiéndosela hasta la garganta.

—Joder —gimió él, agarrándola del pelo—. Así, así.

Marisol la mamó despacio, sacándola casi entera y volviéndosela a tragar, dejando hilos de saliva colgándole de los labios. Le lamió los huevos, le pasó la lengua por debajo del glande, la volvió a engullir hasta que él tiró de su pelo para apartarla.

—Para o me corro en tu boca ahora mismo.

—Puede ser luego —murmuró ella, relamiéndose.

Él la empujó de nuevo contra la camilla, le abrió las piernas de par en par y se colocó entre ellas. Se pasó el glande por los labios del coño, embadurnándose de flujo, restregándoselo en el clítoris hasta hacerla gemir. Cuando la penetró, despacio al principio, ella soltó un gemido largo que se le escapó del fondo del pecho al sentir cómo la iba abriendo centímetro a centímetro. La polla le encajaba tan justa que sintió cómo se estiraba entera.

—Estás apretadísima —jadeó él, hundido hasta el fondo—. Joder, qué coño más apretado.

—Es que llevo meses sin follar —confesó ella entre dientes—. Muévete. Muévete de una puta vez.

Andrés empezó a embestir, primero con calma, sacándosela casi entera y volviéndosela a meter de un envión que le hacía temblar las tetas. Luego con una urgencia que los hizo perder el ritmo de la respiración. La camilla crujía bajo el peso de los dos. Marisol le arañó la espalda, dejándole surcos rojos en la piel curtida, sin importarle nada de lo que la esperaba arriba, en el octavo, en su vida ordenada.

—Mírame —dijo él, sosteniéndole la barbilla—. Quiero verte la cara mientras te follo.

Y la miró mientras la penetraba, la observó torcer los ojos y morderse los labios, escuchó cada gemido que le arrancaba. Le agarró una pierna, se la subió al hombro y en ese ángulo la embistió más profundo, la polla golpeándole el fondo con cada estocada. Marisol gritó, agarrándose a los bordes de la camilla.

—No te corras todavía —jadeó ella—. Quiero estar arriba.

Él la dejó hacer. Se sentó en la camilla con la polla erguida, brillante de los jugos de ella, y Marisol se montó a horcajadas, se agarró la verga con la mano y se la fue metiendo despacio, sintiéndola entrar entera hasta empalarse contra sus caderas. Empezó a cabalgarlo marcando ella misma el compás, subiendo y bajando, los pechos rebotándole a la altura de la cara de él. Andrés se llenó la boca con un pezón, chupándoselo hasta hacerla jadear, mientras le sujetaba las caderas y la ayudaba a moverse.

—Así —gimió Marisol—. Así, así.

Le hundió los dedos en el pelo canoso, tirando, mientras se restregaba el clítoris contra la base de la polla de él a cada bajada. Sintió el placer trepándole por dentro como una marea, imparable, y cuando llegó se aferró a sus hombros temblando, la frente contra la suya, el coño contrayéndose alrededor de la verga en espasmos que la dejaron sin aire.

—Me corro —jadeó él—. ¿Dónde?

—Dentro no —susurró ella—. En las tetas.

La levantó, la tumbó de nuevo boca arriba y se puso de rodillas sobre ella. Se meneó la polla con la mano rápida, dos, tres veces, y se corrió a chorros calientes sobre sus pechos, largos hilos de semen espeso que le salpicaron el cuello, los pezones, el hueco entre las tetas. Marisol se pasó los dedos por encima, esparciéndoselo, se llevó uno a la boca y lo chupó mirándolo a los ojos. Andrés soltó un gruñido y se dejó caer a su lado, la respiración deshecha.

***

Se quedaron quietos un rato largo, recuperando el aire, la lavanda ya mezclada con el olor a sexo, sudor y semen. Marisol notó cómo le palpitaba la espalda, pero por primera vez en mucho tiempo no le dolía. Era otra cosa. Una flojera buena, como después de una tormenta. Tenía el coño todavía latiendo y los muslos pegajosos de flujo suyo mezclado con el preseminal de él.

—Esto no estaba en el folleto —dijo ella, sonriendo apoyada en su pecho.

—El folleto se queda corto —contestó Andrés, acariciándole el pelo.

Marisol se incorporó despacio, buscó la ropa en la penumbra y se vistió sintiendo la mirada de él en cada movimiento, con el semen secándosele bajo la blusa porque no se molestó en limpiárselo. No había culpa, todavía no. Solo la certeza extraña de haber recuperado algo que creía perdido bajo capas de rutina y silencio.

—La tensión va a volver —dijo él desde la camilla, las manos cruzadas detrás de la nuca, la polla todavía a media asta descansando contra el muslo.

—Lo sé.

—Sabes dónde vivo.

Ella se detuvo en la puerta, con la mano en el picaporte, y lo miró por encima del hombro. Pensó en Tomás, en su maleta eterna, en la alianza esperándola en el plato del baño. Pensó que el martes siguiente él volvía a viajar.

—El martes tengo otra vez la espalda fatal —dijo.

Andrés sonrió, sin moverse.

—El martes te espero. Y trae menos ropa.

Marisol subió por las escaleras en vez de coger el ascensor, despacio, sintiendo cada peldaño, sintiendo el coño latir a cada paso. Cuando entró en su apartamento vacío y se quitó la ropa frente al espejo, se miró distinto. Tenía los pezones enrojecidos de tanto chupón, marcas de dedos en las caderas y restos secos de semen en el escote. La mujer cansada de siempre seguía ahí, pero detrás asomaba otra, una puta hambrienta que llevaba mucho tiempo dormida y que esa noche, en un quinto piso que olía a lavanda y a follada, había decidido por fin despertar del todo.

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Comentarios(7)

Romi_89

Buenisimoooo!!! una de las mejores que lei en mucho tiempo, de verdad.

LauraM_BA

jajaja como no se me ocurrio a mi antes lo del vecino. Muy buen relato!

Manu_Cba

Por favor que haya segunda parte, con ese final no puede quedar asi...

Caro_Baires

Me encanto como esta contado, se siente tan real y natural. Segui escribiendo!

Ernesto_B

Muy bueno. Me recordo a algo parecido que le paso a un amigo mio, aunque no termino tan bien jajaja

MatiasR77

La tension del principio esta muy bien lograda, te mantiene enganchado hasta el final. Felicitaciones por el relato.

taniaBsAs

excelente!! se hizo muy corto, queria mas :)

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