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Relatos Ardientes

Mi vecina madura me esperaba con el taxista fuera

Por aquellos años yo tenía poco más de veinte y una idea muy clara de lo que buscaba: nada serio. Salía, conocía a alguien, pasábamos unas semanas y en cuanto la conversación derivaba hacia planes de futuro, yo desaparecía. Funcionaba. Hasta que en la casa pegada a la mía se mudó una pareja, y todo mi catálogo de chicas de mi edad dejó de interesarme de golpe.

Ella se llamaba Marisol. El marido era taxista y se llamaba Damián, aunque a él lo vi poco: trabajaba turnos eternos y vivía más dentro del coche que en su propia casa. Marisol, en cambio, estaba siempre ahí, y desde el primer día supe que iba a complicarme la vida.

No era una mujer convencionalmente perfecta. Bajita, de piel muy blanca, con el pelo negro y rizado que se recogía mal en un moño del que siempre se escapaban mechones. Pero tenía un cuerpo que me desordenaba la cabeza: caderas anchas para agarrar, unas piernas gruesas que llenaban cualquier vestido y unas tetas grandes que rebotaban a cada paso cuando caminaba hasta la tienda de la esquina. Yo la miraba desde mi ventana como un idiota, con la polla dura debajo del pantalón.

A esa mujer me la tengo que coger como sea, pensé el primer día. Y me lo tomé en serio.

Nunca fui el más guapo del barrio, pero tampoco me sobraban los complejos. Entrenaba en casa desde adolescente, así que aunque era delgado tenía los brazos marcados y el abdomen firme, ese tipo de cuerpo que a algunas mujeres mayores les llama la atención más que los músculos de gimnasio. Lo único que necesitaba era una excusa para acercarme.

Las primeras semanas nos limitamos a saludarnos. Un «buenos días» en la puerta, un cruce en la tienda. Ella era amable pero escurridiza: respondía con una sonrisa cortés y se iba enseguida, como si supiera de qué pie cojeaba yo. Entonces me acordé del árbol.

En mi patio crecía un níspero viejo cuyas ramas pasaban por encima del muro y caían sobre el terreno de Marisol. Estaba descuidado, enorme, perfecto. Le dije a mi madre que la vecina me había pedido podarlo, y mi madre, un poco extrañada, me dejó ir.

***

El día que entré a su casa con la sierra y la escalera, Damián todavía estaba. Apenas alcancé a verla antes de subirme a la rama más alta, maldiciendo mi suerte. Pero a los diez minutos lo llamaron por una carrera y se fue. Y me quedé solo con ella.

—¿No te vas a caer ahí arriba? —me preguntó desde abajo, una mano sobre los ojos para taparse el sol.

—Llevo haciendo esto desde chico —mentí—. Quédate y me cuentas algo, que esto es aburrido.

Se quedó. Hablamos de todo mientras yo cortaba ramas: del barrio, de lo caro que estaba el alquiler, de que ella había estudiado enfermería aunque nunca había llegado a ejercer. Me contó que de vez en cuando ponía inyecciones a domicilio para sacarse unos pesos. Yo, desde la rama, asentía y la miraba: llevaba un vestido largo con un escote en el que, cada vez que se agachaba, se le abrían las tetas y se me perdía la vista entre esas dos redondeces blancas.

Cuando terminé, bajé, me quité la camisa con la excusa del calor y me puse a juntar las hojas. No dijo nada de mi cuerpo, pero sentí su mirada recorrerme la espalda más de una vez, y cuando me di vuelta le pillé los ojos clavados en mi vientre. Era un comienzo.

***

El destino, a veces, hace su parte. Esa misma noche me subió la fiebre: una gripe de las malas, de las que te tumban tres días. En cuanto pude tenerme en pie, convertí mi enfermedad en una oportunidad. Le pedí a Marisol que me pusiera las inyecciones del tratamiento. Los primeros días me acompañó mi madre, y aunque apenas crucé palabra con la vecina, al menos pude estar cerca.

Al tercer día fui solo. Y antes de llegar a la puerta escuché la pelea.

Era Damián. Le gritaba cosas, ella le respondía con la voz quebrada, y entre todo el ruido entendí una palabra que lo cambió todo: él le estaba siendo infiel y ni se molestaba en negarlo. Cuando el portazo del coche sonó y el taxi arrancó, esperé un minuto y toqué.

Me abrió con los ojos rojos.

—¿Estás bien? —pregunté, aunque sabía que no.

—No es nada —dijo, y se le rompió la voz a la mitad.

—Lo escuché desde mi casa, Marisol. Las paredes son finas.

Entonces se derrumbó. Empezó a llorar diciendo que ahora todo el barrio sabría que su marido la engañaba, que qué vergüenza, que qué iba a hacer. Y yo, en un impulso que no medí, la abracé. Pensé que me apartaría. Me apretó más fuerte, con las tetas aplastadas contra mi pecho, y me di cuenta de que se me estaba poniendo dura ahí mismo, con ella llorando entre mis brazos.

***

La sostuve hasta que dejó de temblar. Le hablé bajito, le saqué una sonrisa contándole una tontería, y cuando levantó la cara para reírse, algo en el aire cambió. Estábamos demasiado cerca.

—Gracias —dijo—. Hacía tiempo que nadie me hacía reír.

—Tu marido es un imbécil —solté—. Una mujer como tú no debería llorar por nadie.

Se quedó muy quieta. Yo me acerqué un poco más, le aparté un mechón de la cara y, antes de que pudiera pensarlo, la besé. Duró un segundo. Marisol se separó como si la hubiera quemado.

—¿Estás loco? ¿Qué haces? —dijo, levantándose de golpe.

—Me gustas. Si él no te folla, es su problema.

—Vete. Vete de mi casa.

Me fui. Pero volví al día siguiente.

***

Tardé una semana de disculpas en que volviera a abrirme la puerta. Le juré que había sido un error, que no se repetiría, que solo quería terminar el tratamiento. Cedió a regañadientes, con la condición de que en cuanto me pusiera la inyección me marchara.

Me acosté boca abajo en el sofá, con el pantalón bajado hasta medio muslo, y sentí sus dedos suaves apoyarse en la piel de mi nalga para buscar el sitio. Se demoró un segundo de más. Yo tenía la cara girada contra el respaldo y no podía verla, pero la respiración se le había vuelto más lenta y me di cuenta de que estaba mirando. La aguja entró con un pinchazo seco y después su pulgar apretó y masajeó despacio, en círculos, mucho más de lo que hacía falta.

Cuando me incorporé para irme, la tomé de la muñeca. La besé otra vez. Me empujó, con la mano abierta contra mi pecho, pero sin fuerza. La volví a besar, más hondo, metiéndole la lengua entre los labios. Y entonces, despacio, dejó de empujar.

Sus manos pasaron de mi pecho a mi nuca. El beso se hizo lento, húmedo, de los que se sienten en la polla. La recosté contra el respaldo del sofá mientras le mordía el cuello, y ella repetía un «no, no» que sus dedos clavados en mi espalda desmentían.

—¿Cuánto hace que nadie te toca de verdad? —le pregunté contra la piel, mientras le bajaba un tirante del vestido.

—Más de un año —admitió, y esa confesión fue todo lo que necesité.

Le desabroché el vestido sin prisa, botón a botón, besándole cada centímetro de piel que iba quedando al aire. Debajo llevaba un sostén azul apretado que le levantaba las tetas hasta casi el mentón. Le solté el broche y saltaron pesadas contra mi cara, blancas, con los pezones rosados ya duros como piedras. Me metí uno en la boca y chupé hasta que soltó un gemido ronco que no supo disimular.

—Chsss —susurré—, que te van a oír los vecinos.

—Cállate y sigue —contestó, agarrándome del pelo para pegarme más a su pecho.

Le comí las tetas una a una, mordiéndole los pezones sin cuidado, mientras le subía el vestido por los muslos. Cuando le metí la mano entre las piernas y le aparté las bragas, ya estaba empapada. El coño le chorreaba en los dedos. Le hundí dos, hasta el fondo, y Marisol se arqueó contra el sofá con un jadeo largo.

—Estás mojadísima —le dije al oído—. Un año, y mira cómo se te pone el coño con un vecino.

—No hables —jadeó—, no me hables así.

—Te gusta que te hable así.

No contestó. Se me abrió más de piernas.

Me arrodillé en la alfombra, le arranqué las bragas azules de un tirón y le puse la cara entre los muslos. Tenía el coño rosado, hinchado, con los labios brillantes de lo mojada que estaba. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba y ella soltó un grito que se tapó con la mano. Le chupé el clítoris, le metí la lengua adentro, se lo comí despacio y después rápido, hasta que sentí que las piernas le empezaban a temblar contra mis orejas. Se corrió en mi boca agarrada del respaldo del sofá, mordiéndose el dorso de la mano para no aullar.

—Dios mío —murmuró cuando pudo hablar—, dios mío, qué he hecho.

—Todavía no hemos hecho nada —le contesté, y me bajé los pantalones.

Cuando le vio la polla dura, tiesa contra el ombligo, se le abrieron los ojos. La miró un segundo largo, mordiéndose el labio, y sin decir nada se agachó y me la metió en la boca. Marisol chupaba como una mujer con hambre atrasada. Me la lamía entera, desde los huevos hasta la punta, se la metía hasta el fondo de la garganta y se la sacaba dejando un hilo de saliva entre sus labios y mi glande. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la boca despacio, viendo cómo el pelo negro se le desarmaba del moño.

—Para —le dije de golpe—, para que me corro.

La levanté del pelo, la tumbé de espaldas en el sofá y le abrí las piernas de par en par. Le pasé la punta de la polla por el coño empapado un par de veces, restregándola contra el clítoris, y ella me clavó los talones en el culo.

—Métemela ya —pidió, con la voz ronca—, métemela de una vez.

Se la metí de un empujón, hasta el fondo. Marisol arqueó la espalda y me clavó las uñas en los hombros. Estaba tan estrecha y tan mojada que estuve a punto de correrme ahí mismo. Me quedé quieto un segundo, respirando, y después empecé a follármela despacio, hondo, sintiéndole el coño apretarme la polla con cada embestida.

—Más fuerte —jadeaba—, más fuerte, coño.

La agarré por debajo de las rodillas, le abrí las piernas hasta pegarle las tetas con las suyas, y le di duro. El sofá crujía a cada envión, sus tetas se sacudían de un lado a otro, y ella tenía la boca abierta contra mi cuello, mordiéndome sin morder, gimiendo un «sí, sí, así, así» que me volvía loco. La follé de espaldas, la puse a cuatro patas y le comí el culo con las manos mientras se la metía por detrás, viéndole el coño abrirse alrededor de mi polla cada vez que salía. Le di una nalgada, después otra, y le dejé la nalga blanca marcada de rojo.

—Puta —le dije bajito—, mira cómo se te mete.

—Sí —contestó, mordiendo el cojín—, sí, soy tu puta, pero cállate la boca.

Me subí encima, le agarré el pelo, tiré, y seguí embistiéndole el coño hasta que sentí que me subía la corrida por dentro. Sacar y correrme afuera no era opción; ella ya me había apretado con las piernas para que no me moviera.

—Adentro —jadeó, agarrada del respaldo—, córrete adentro, me da igual, córrete adentro.

Y me corrí. Un chorro largo, espeso, mientras le mordía el hombro para no gritar. Sentí cómo mi semen le llenaba el coño y se le escapaba por los bordes, resbalándole por el muslo. Me quedé encima de ella un rato largo, con la cara hundida en su cuello, respirándole el pelo.

***

Después vino el arrepentimiento. Marisol se cubrió con el vestido y empezó a llorar de nuevo, con el semen todavía escurriéndole entre las piernas, diciendo que estaba casada, que era una mala mujer. Yo la dejé desahogarse y luego, con toda la calma del mundo, le pregunté por qué ella tenía que guardarle fidelidad a un hombre que se cogía a otra sin siquiera disimularlo.

Vi cómo la respuesta le cambiaba la cara. El arrepentimiento se le fue apagando y, en su lugar, asomó algo distinto: rabia, ganas, una especie de revancha. Dejó de llorar. Y me besó ella a mí.

—Que no se entere nunca —me advirtió, agarrándome la cara con las dos manos.

—No tiene por qué —le prometí.

***

A partir de ahí, mi vida se organizó alrededor de los horarios de un taxi. Cada mañana, cuando el coche de Damián arrancaba calle abajo, yo ya tenía un ojo en la ventana. Algunos días Marisol me abría la puerta antes de que tocara, ya en bata y sin nada debajo. Otros me escribía desde su cama, con el marido durmiendo al lado, una sola palabra: «mañana».

Aprendí su cuerpo como no había aprendido el de ninguna chica de mi edad. Marisol no tenía la prisa de las veinteañeras ni su inseguridad; sabía exactamente lo que le gustaba y, cuando agarró confianza, no le dio vergüenza pedirlo. Me esperaba con la ropa interior que sabía que me volvía loco —un conjunto negro de encaje, unas medias con liguero, unas bragas que se abrían por el medio— y me recibía de rodillas en el recibidor, sacándome la polla del pantalón antes de que cerrara la puerta.

—Llevo toda la mañana pensando en esto —me decía con la punta de mi polla rozándole los labios.

Y me la chupaba ahí mismo, con la puerta apenas cerrada, arrodillada sobre las baldosas, mientras yo apoyaba una mano en la pared para no caerme. Marisol chupaba mejor que cualquier mujer con la que había estado. Se metía la polla entera, jugaba con los huevos con la lengua, me la sacaba y me miraba desde abajo con los labios brillantes de saliva.

Después la llevaba a la cama —la cama en la que dormía con el marido, el detalle no era menor— y me la follaba entre las sábanas que él había arrugado esa mañana. Le gustaba encima, cabalgándome despacio, con las tetas colgándome cerca de la cara para que se las chupara. Le gustaba de costado, con una pierna levantada y mi mano en el clítoris. Le gustaba a cuatro, agarrada del cabecero, mirándose al espejo del armario para ver cómo se le metía la polla.

—¿Soy mejor que él? —le pregunté una tarde, sin poder evitarlo, con la polla enterrada hasta los huevos en su coño.

—No vuelvas a nombrarlo cuando estás dentro de mí —respondió, y me tapó la boca con un beso mientras me cabalgaba más fuerte.

Nos corrimos juntos esa vez, mordiéndonos las bocas para no gritar, con las manos entrelazadas contra la almohada del marido.

***

El día que el chisme llegó a oídos de Damián, pensé que se había acabado. Marisol me escribió, asustada, diciendo que alguien le había contado al marido que un vecino entraba demasiado a su casa, y que era mejor no vernos más.

No duré ni dos días. Una mañana, en cuanto el taxi se perdió en la esquina, no toqué la puerta: salté el muro que separaba nuestros patios. Caí del otro lado entre las plantas, me asomé a la ventana y la vi pegar un respingo del susto.

—¿Estás loco? —me dijo, abriendo, entre el miedo y la risa—. ¿Y si te ve alguien?

—Por eso salté la pared. Nadie me vio entrar.

Se rió. Y me besó. Y en el mismo pasillo, sin llegar a la cama, me arrancó el cinturón, me bajó los pantalones y se dio vuelta apoyando las manos contra la pared. Se levantó el vestido hasta la cintura. No llevaba bragas.

—Rápido —me dijo por encima del hombro—, rápido y fuerte, que no tenemos mucho.

Le agarré las caderas y se la metí de un envión. Marisol echó la cabeza atrás y ahogó un gemido contra el brazo. Le follé el coño de pie, contra la pared del pasillo, con sus tetas sacudiéndose dentro del vestido y mis huevos golpeándole el clítoris. Le tapé la boca con una mano cuando empezó a gritar. Me corrí adentro, otra vez, viendo cómo mi semen se le escurría por el muslo hasta la corva.

Y así, sin proponérnoslo, encontramos la fórmula que nos mantuvo unidos meses: yo dejé de usar la puerta. Cada vez que Damián salía a trabajar, yo saltaba el muro como un gato, caía en su patio y me colaba en una casa que olía a ella.

***

Hubo de todo en esos meses. Tardes enteras en su cama deshecha, con el sol pegando de lleno y ella empapada de sudor debajo de mí. Mañanas rápidas, contra reloj, mamándomela en la cocina mientras hervía el agua para el mate, escupiendo mi corrida en el fregadero un minuto antes de que el taxi doblara la esquina. Una madrugada en la que no aguanté las ganas, salté el muro a las tres de la mañana y me la llevé a un cuarto del fondo, a oscuras, en silencio, con el marido dormido en la otra punta de la casa.

Esa vez fue distinta. La puse contra la pared del cuarto, le tapé la boca con una mano y le follé el coño sin hacer ruido, con embestidas cortas y hondas, mientras ella me clavaba las uñas en la espalda y me mordía la palma para no gritar. Podíamos oír al marido roncar del otro lado de la casa. Cada vez que roncaba más fuerte, ella se apretaba más contra mí, con el coño chorreándole por los muslos. Se corrió tres veces esa noche, en silencio, con los ojos clavados en los míos. Yo me corrí en su boca, arrodillada contra la pared, y me tragó todo sin soltar una gota.

El peligro le encendía algo a ella que en la cama nunca había visto. Cuanto más cerca estaba Damián, más zorra se ponía.

Nos escribíamos a todas horas, mensajes que habríamos muerto de vergüenza si alguien hubiera leído. Ella me mandaba fotos: las tetas apretadas contra el sostén, el coño abierto con dos dedos adentro, el culo respingado en el espejo del baño. Yo le contestaba con las mías: la polla dura en el puño, un video corto pajeándome pensando en ella. Nos inventábamos excusas para vernos un rato, aunque fuera diez minutos, aunque fuera para que me la chupara contra la puerta y me fuera.

—Algún día esto se nos va de las manos —me dijo una vez, con la cabeza apoyada en mi pecho y mi semen todavía secándose entre sus tetas.

—Ya se nos fue —contesté, y los dos nos reímos.

***

Lo nuestro terminó como terminan estas cosas: sin un final, apagándose. Casi medio año después, Damián consiguió un alquiler más barato al otro lado de la ciudad y se mudaron. Fui a visitarla a su casa nueva un par de veces —una vez la cogí contra la lavadora mientras él estaba en el taxi, otra en el sofá nuevo con la puerta sin llave—, pero ya no era lo mismo: no había un muro que saltar, ni un taxi cuyo horario memorizar, ni esa sensación de estar robándole algo a alguien. La emoción vivía, en parte, en el riesgo.

Poco a poco dejamos de escribirnos. Ella volvió a su vida, yo a la mía. Pero todavía hoy, cuando paso por una calle y veo un árbol cuyas ramas pasan por encima de un muro, se me pone dura y me acuerdo de Marisol, de su pelo rizado escapándose del moño, de su coño apretándome la polla contra la pared del pasillo, y de la primera vez que descubrí que las mujeres que ya saben lo que quieren son las que de verdad valen la pena.

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Comentarios(7)

GonzaOK

buenisimo!!! sigue publicando

NicoMpolis

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de mas. El excerpt ya me engancho.

Torrente_93

Jaja me recordó algo parecido con una vecina de mi barrio. Los patios compartidos son peligrosos jaja

CarmenVR_76

Lo leí de un tirón y se siente muy real, sin ser burdo. Me gustó como lo contaste, tiene ritmo y tensión. Muy bien!

Carlitos85

y el taxista nunca sospecho nada?? jaja eso quedó en el aire

Maxi_Cba

El arbol haciendo horas extra jajaja tremendo

PatriciaOk22

Qué bueno encontrar relatos con historia de por medio y no solo el morbo. La tensión de lo prohibido le da otro sabor. Esperando el proximo!

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