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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la sala de cine vacía esa mañana

Pasó un martes laborable, de esos que no tienen nada de especial. Me quedaban días de vacaciones por gastar en el trabajo antes de fin de mes y, si no los usaba, los perdía. Así que elegí algunas jornadas sueltas al azar, sin más plan que descansar y no hacer absolutamente nada. Esa mañana, sin embargo, el aburrimiento empezó a pesarme demasiado pronto.

Necesitaba desconectar de algo que ni siquiera sabía nombrar, así que decidí ir al cine que tenía cerca de casa. Daban una película iraní de la que había leído críticas excelentes en el suplemento del fin de semana. Cine lento, contemplativo, de esos que casi nadie quiere ver acompañado.

Tengo la costumbre de ser puntual hasta lo absurdo, lo que me lleva siempre a llegar antes de tiempo y quedarme esperando. Aquel día no fue la excepción. Entré en una sala pequeña, de butacas numeradas y techo bajo, y caminé sin prisa hasta el asiento central que me habían asignado. A mi derecha quedaba una butaca libre y, justo después, el pasillo.

Respiré hondo y miré alrededor. No había nadie más. Estaba completamente solo.

Lógico, he llegado demasiado pronto. Es temprano, todo el mundo está trabajando.

Entonces, detrás de mí, escuché el sonido sordo de unos tacones, amortiguado a medias por la moqueta gruesa de la sala. Se acercaban hasta donde yo estaba. Una mujer de algo más de cuarenta años se dispuso a ocupar precisamente la butaca libre de mi derecha, con una caja de palomitas entre las manos.

Tenía el pelo largo, ondulado, castaño claro, con algunas mechas más rubias entre las que asomaban unos pendientes dorados de forma que no llegué a identificar. No quería mirarla de manera descarada, pero alcancé a fijarme en su ropa: una blusa blanca con un escote discreto y una falda corta de cuadros grises cuyo tejido parecía suave al tacto.

Nos saludamos con cortesía y nos dedicamos una sonrisa breve. Mientras se acomodaba hubo algún roce casual, nada digno de mención. Yo mantuve la vista al frente, porque su sola presencia me había puesto nervioso, y tragué saliva sin saber muy bien por qué.

Ella, mucho más tranquila, decidió romper el hielo.

—Vaya, se nota que es martes por la mañana. Estamos solos —dijo con naturalidad.

—Sí, además creo que hemos llegado un poco pronto los dos. A lo mejor entra alguien más cuando se acerque la hora —contesté tratando de disimular los nervios.

Miró su reloj de pulsera, de esfera pequeña y correa de cuero negro.

—Es verdad que todavía falta un rato. Y encima es una película iraní en versión original, subtitulada. A mí me cuesta muchísimo convencer a alguien para que me acompañe a ver este tipo de cine —añadió con una media sonrisa.

—Te entiendo perfectamente —sonreí—. Tiene buenas críticas, sobre todo por la fotografía y el guion, pero seguro que no es nada dinámica.

—Ya, creo que va a ser bastante lenta. Aun así me llamó la atención el tema. Lo social, las diferencias de clase en una cultura tan distinta a la nuestra.

—Bueno, a lo mejor nos sorprende por otro lado.

—Perdona, te habré parecido una sabelotodo con todo el rollo de la lucha de clases —se disculpó, algo avergonzada.

—Para nada, yo también había leído algo parecido. Diría que estamos al mismo nivel de sabelotodos —bromeé.

Me regaló una sonrisa preciosa y se colocó el pelo con la mano derecha. Después se llevó un par de palomitas a la boca, las masticó despacio y, inclinándose ligeramente hacia mi asiento, me ofreció la caja por si quería. Al bajar la mirada hacia las palomitas no pude evitar detenerme un segundo de más en su escote.

Se dio cuenta y se cubrió con la mano.

—¡Oye! ¿Dónde estás mirando?

—Perdona, fue sin querer, al ir a mirar las palomitas —corregí de inmediato la postura y clavé la vista en la pantalla apagada.

De pronto se echó a reír.

—Era broma, era broma. Es lógico que echaras una miradita, yo también lo habría hecho —dijo para tranquilizarme—. Y has sido disimulado y respetuoso. Se nota que eres buena gente.

Me relajé un poco y volví a sonreír, completamente colorado, sin saber qué más decir.

—Mira, para que veas que no me ha molestado y que solo estaba bromeando, me voy a desabrochar un botón más de la blusa.

Aquello me descolocó por completo y esta vez miré sin remedio. Unos centímetros más de piel, cubiertos apenas por la tela de un sujetador oscuro, quedaron a la vista. Después levanté de nuevo los ojos hacia su rostro y me fijé en sus labios, gruesos y suaves, que relajados dejaban asomar el filo de dos dientes. Sus ojos color miel llevaban algo de máscara que potenciaba la profundidad de la mirada con la que ahora me enfrentaba directamente.

—Aprovecha para mirar bien, que en cuanto empiece la película y se apaguen las luces no vas a ver nada —me aconsejó con una sonrisa torcida y pícara.

Y, como si lo hubiese invocado, las luces de la sala se apagaron de golpe. Empezaban los anuncios, los tráileres y, después, una película que ya me daba exactamente igual.

—Todavía puedo verte con la luz de la pantalla —fue lo único que se me ocurrió responder.

Pero ya no miraba su escote. Mientras pronunciaba esa última frase, absorto, tuvimos los dos la misma idea al mismo tiempo y nos fuimos acercando, boca contra boca, hasta fundirnos en un beso húmedo y hondo que mandó las palomitas al suelo.

Quise separarme para pedir perdón, pero su lengua entró en mi boca y me lo impidió, dejando muy claro que aquello no le importaba lo más mínimo.

Empezamos a saborearnos. Me perdí enseguida entre su pelo, buscando recorrerle el cuello con besos y pequeños mordiscos suaves. Mi mano izquierda reclamó su derecho a tocar y se paseó por el tejido áspero y agradable de su falda hasta llegarle a la cintura. Poco a poco se nos fue olvidando dónde estábamos, hasta que un destello de cordura nos interrumpió.

Los dos levantamos la cabeza y miramos hacia atrás para comprobar si había alguien más viendo la película. Por suerte, seguíamos siendo los únicos. Ella se llevó el índice a los labios, pidiéndome silencio, discreción, cuidado. Mi boca volvió a posarse en el lateral de su cuello, cerca de la oreja, y le arrancó un gemido contenido.

Reconozco que, si pudiera volver unos minutos atrás, habría deseado exactamente lo que estaba pasando. Estaba claro que era una mujer atractiva y encantadora, pero jamás lo habría esperado. En otra versión de aquella mañana habría sido cordial, quizá habría aceptado un puñado de palomitas, habría visto cine iraní de autor tranquilamente y me habría ido a casa sin recordar a la persona sentada a mi lado. Sin embargo, la situación se había desarrollado de una manera afortunadamente inesperada.

***

La imagen de su escote, con los botones abiertos, se me había quedado grabada. Así que, mientras nuestras lenguas se enredaban en un combate húmedo acompañado de besos profundos y mordiscos juguetones, la mano que tenía aparcada en su cintura trepó y se detuvo sobre uno de sus pechos para masajearlo por encima de la ropa.

Algo en mi cabeza protestó: aquello no bastaba. Le ordené a mis dedos desabrochar el resto de la blusa, colarse bajo la tela y apartar la copa del sujetador. Nunca olvidaré aquella suavidad, ni cómo, cuando apretaba un poco, mi cuerpo entero empezaba a reaccionar con una erección que pronto se volvió incómoda dentro del vaquero.

Quise llevarme su pecho a la boca y quedarme allí un buen rato. Mis labios bajaron desde el cuello en un recorrido decidido que pareció gustarle. Ella misma apartó la prenda para dejar libre la piel y que yo eligiera por dónde empezar. Mi lengua dibujó círculos lentos antes de que me perdiera del todo en aquel instante.

Siempre me han dicho que soy goloso y agradecido cuando me entrego a unos pechos. Disfruto el peso, lo blando, la reacción de quien tengo delante. Me gusta levantar la vista y leer su rostro mientras alterno caricias, besos y mordiscos muy suaves. Me pierden los suspiros, los gemidos contenidos, las súplicas dichas en voz baja.

—Uf, sí, así —fue el susurro que tanto deseaba escuchar de mi inesperada acompañante, que se removía en la butaca intentando no hacer ruido.

Mis ojos gozaban con el placer en su cara: los párpados entrecerrados, la boca entreabierta, la respiración entrecortada. Se mordió el labio inferior mirándome fijamente, y fue entonces cuando supe que necesitaba ir más allá. Llevé las caricias bajo su falda. No opuso resistencia cuando notó las yemas de mis dedos subir por la cara interna de uno de sus muslos. Como la falda era algo rígida, ella misma me ayudó a levantarla, dejándome ver una ropa interior oscura, elegante, con un detalle de encaje en la parte delantera.

Miró por encima de los asientos, hacia atrás, por si alguien podía pillarnos. Yo, en cambio, ya estaba cegado por el deseo y solo nos veía a nosotros. Sobre todo cuando posé los dedos sobre la tela fina y comprobé que la humedad la traspasaba. Era una sensación que pedía a gritos piel con piel, así que no me entretuve más y deslicé la mano por debajo en busca de su clítoris.

Dio un pequeño respingo y soltó un suspiro.

Mi dedo resbaló con facilidad, dibujó círculos con algo de presión y luego entró en busca de más lubricación natural, para volver después a ese punto que yo no dejaba de imaginar contra mi boca. Pero mi boca seguía ocupada, recorriéndole el cuello y el pecho, acompañando su placer mientras pasaba de un dedo a dos, dentro y fuera, repartiendo la humedad hacia el clítoris para estimularlo de manera directa.

La erección era ya tan rígida que dolía. Sentía dentro del pantalón una llamada de atención insistente, un deseo de liberarse, acallado solo por mi propia voluntad de seguir marcando yo el ritmo.

Quise acercarme para sentir su sexo con los labios, saborearlo, respirar su aroma, pero el reposabrazos entre las butacas lo hacía casi imposible. Así que terminé arrodillándome en el suelo de la sala, dispuesto a colocarme en una posición sumisa que, en realidad, me devolvía todo el control. Por fin le quité la ropa interior. Como no veía dónde dejarla sin mancharla con las palomitas desparramadas, actué rápido y me la guardé en el bolsillo. Separé un poco sus piernas y me quedé mirando, salivando ante lo que tenía delante, decidido a entregarme como si fuera mi último día sobre la tierra.

La miré directamente a los ojos.

La miré, sí, con todo el deseo que ya no podía contener. Me fui acercando despacio. Le di el lametón más largo, más mojado y más provocador del que fui capaz.

Sus piernas me hicieron todo el sitio posible y su mano se enredó en mi pelo, atrayéndome con suavidad para que no parara. La saboreé sin prisa, alternando lengua y dos dedos, extendiendo la humedad, llegando todo lo dentro que podía. Lo que empezó siendo lento se convirtió en algo más urgente: roces apurados, chupetones intensos, lametones rápidos. Saber que aquello ya no tenía marcha atrás me mataba de satisfacción. Y, sin embargo, cada vez que notaba el inicio de sus contracciones bajaba el ritmo para alargarle el placer un poco más.

Hasta que sus caricias se transformaron en un agarre firme y me hundió la cara contra ella, dejándome claro que ya no quería que me detuviera. Le di por fin lo que pedía. Insistí sin freno hasta que su cuerpo se sacudió en un orgasmo que le provocó temblores y un último gemido que supo encajar, tapándose la boca, en el momento exacto en que la banda sonora subía de volumen y lo amortiguaba todo.

***

Hubo un instante breve para respirar y recomponer la postura. Me deslicé de vuelta a mi butaca y me senté con las piernas abiertas, necesitando sitio para la erección que aún latía. Entonces ella deslizó la mano por mi torso hacia abajo y, con dedos hábiles, me desabrochó el pantalón, bajó la cremallera y liberó por fin la tensión. Lo sostuvo, lo masajeó subiendo y bajando la palma, y enseguida se dio cuenta de que, recuperadas las fuerzas, podía tomar ella las riendas.

Se incorporó con cuidado y, sin hacer ruido, se sentó sobre mí dejándose vencer por la gravedad hasta llenarse del todo. Arqueó la espalda, gimió bajito, y mis manos surgieron por detrás para abarcarle los pechos. Mi cara volvió a perderse en su pelo, respirando su olor. Subió y bajó las caderas un par de veces, despacio pero con mucho recorrido. Luego miró hacia atrás, preocupada, se levantó, se giró para mirarme de frente y se acercó a mi oído.

—Creo que esto se está notando demasiado y nos van a pillar. Mejor cambiamos de estrategia —susurró. Y añadió dos palabras que me entraron por los oídos como una descarga.

—Déjame chupártela —pidió con un tono caprichoso y amable.

Asentí y me relajé, esperando, mientras la veía descender por mi vientre hasta tener mi sexo justo delante de su cara. Empezó a pasarle la lengua de forma lenta y sensual, desde la base hasta la punta.

Necesitaba aquello.

Se lo metió en la boca y acopló los labios con una precisión que me hacía sentir cada subida y cada bajada como una caricia prieta y húmeda. Me fui rindiendo, deshecho de placer, usando las pocas fuerzas que me quedaban para acariciarle el pelo. Con esos ojos preciosos clavados en los míos y su lengua siempre donde y cuando hacía falta, me dejé llevar durante un rato largo.

Estaba a punto de terminar y se lo dije en voz muy baja. Ella sonrió, le dio un beso juguetón a la punta y volvió a la carga con más intensidad. Aceleró el ritmo, dejándome sentir sus labios en un recorrido que me hizo retorcerme en la butaca.

Le advertí de nuevo, casi sin voz. Pero no frenó.

Lo repetí por si no me había oído. Pero aceleró todavía más.

E, inevitablemente, llegué con una intensidad que me sacudió entero, mordiéndome los labios para no hacer ningún ruido en la sala.

Cuando mi cuerpo dejó de temblar, volvió a fijar sus pupilas en las mías con una mirada que me golpeó como un latigazo en medio del placer. Después se limpió los labios con el dorso de la mano y me sonrió, satisfecha.

Recuperado el aliento, nos recolocamos la ropa lo mejor que pudimos, sin tener ni idea de cuánto le quedaba a la película. Me saqué del bolsillo su ropa interior y se la tendí.

—Quédatela. Así seguro que te acuerdas de mí —me dijo guiñándome un ojo.

—Sí, pero… no sé tu nombre y…

—Estoy casada —me interrumpió—. Espero que no pienses que vine buscando esto, o que hago algo así todos los días.

—Qué va, yo no… —apenas acerté a responder.

—Para mí ha sido algo para recordar. Algo que necesitaba, que ha pasado no sé muy bien cómo, y que no quise frenar —volvió a cortarme—. Lo he pasado como nunca. Pero ahora espero poder volver a mi vida como si nada.

Me sonrió, se inclinó hacia mí y me dio un beso profundo y húmedo. Después se mordió el labio inferior de esa forma tan suya y, como quien escapa de la tentación, abandonó la sala dejándome a solas con una trama enrevesada que ya nunca entendería, mis propios pensamientos y las palomitas regadas por el suelo, que recogí como pude para no complicarle el trabajo al personal de limpieza. Y, claro, con una prenda de mujer en el bolsillo que, en efecto, me serviría para recordar durante mucho tiempo aquel encuentro inesperado con una desconocida.

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Comentarios(1)

lector_bsas

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

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