El jefe de mi marido me llevó a comprar las bebidas
Mi marido llevaba toda la semana insistiendo con esa fiesta. Yo le decía que fuera solo, que se divirtiera, pero él se empeñaba en presentarme a su jefe. «Nunca vienes a nada y los compañeros ya dudan que esté casado», me soltó una noche. Me reí en su cara. En la guardería de la empresa me conocían todas las esposas de sus colegas, así que de fantasma no tenía nada. Pero accedí, más por no discutir que por ganas.
Me puse a buscar algo decente en el armario y, mientras revolvía, el anillo se me enganchó en la tela de un vestido corto que tenía olvidado al fondo. Lo saqué casi por accidente. Era una tela fina, semitransparente, con un escote que prometía. Al sentirla entre los dedos me imaginé cómo me quedaría puesto y algo se encendió en mí.
—Este —dije en voz alta, sin pensar.
En ese momento entró Damián.
—¿Todavía no estás lista? Ponte cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa? —repetí, levantando el vestido.
—Sí, ese mismo. Vamos, que se hace tarde.
—Vale, pero después no me reclames nada.
Tú lo pediste.
Me vestí, me maquillé y me perfumé con calma, disfrutando cada paso. Me calcé unas plataformas de quince centímetros y me eché por encima un chal de seda morado para el frío. Cuando salí al pasillo, Damián no dijo una palabra. Solo me apuraba con la mano mientras yo intentaba seguirle el paso sin romperme un tobillo.
***
Al llegar no entendí muy bien qué clase de reunión era. Había un dj, una mesa de bufé y casi nadie sentado: todos de pie, copa en mano. Le pregunté a Damián si era una fiesta o qué, y él se rió y me dijo «una fiesta, mi amor». Yo solo pensaba que esas zapatillas me iban a matar, aunque también me levantaban el trasero de una forma que valía la pena.
No tardé en notar las miradas. La gente se iba amontonando y, al pasar, me rozaban. Primero sin querer, después con más intención: el dorso de una mano, algún dedo curioso. Yo seguía ahí, plantada con mi copa, charlando como si nada. Damián empezó a llevarme de un lado a otro para presentarme a sus compañeros, y entre ellos no faltaron los piropos a media voz, siempre cuando sus mujeres no estaban cerca.
En un rincón había una silla libre y mi marido me sentó allí.
—Descansa los pies para que puedas bailar luego —me dijo.
—Si tú no bailas nunca.
—Hoy sí. Voy por unas copas.
Apenas se fue, se acercó un chico de unos veinticinco años, sonrisa fácil y demasiada confianza.
—Así que usted es la famosa esposa de Damián.
—La misma. ¿Y tú eres?
—Rubén —dijo, tendiéndome la mano—. Encantado, señorita.
Le seguí la conversación un rato, divertida por su descaro. Él estaba de pie, frente a mí, y yo sentada, lo que ponía cierta parte de su cuerpo a la altura de mi cara. Me di cuenta. Él también. Con tanta gente apretándose alrededor nadie reparaba en lo cerca que estábamos. Empecé a notar el calor subiéndome por dentro.
De reojo vi a Damián charlando con otros, sin mirarnos. Decidí quitarme el chal para que Rubén me viera mejor el escote. Él tragó saliva y siguió hablando, aunque ya no escuchaba lo que decía: la música subió y tuvo que acercarse a mi oído.
—¿Bailamos? —me preguntó, con el aliento rozándome el cuello.
—Vamos.
Me ayudó a levantarme y, cuando estuve de pie frente a él, me recorrió de arriba abajo con la mirada. Bailamos pegados, rozándonos, sus manos resbalando de mi cintura a otros lugares con una lentitud calculada. Yo lo dejaba hacer, midiendo hasta dónde llegaba. Fue divertido mientras duró.
Entonces apareció Damián entre la gente.
—Ven, te voy a presentar a mi jefe.
Dejé a Rubén plantado y seguí a mi marido, que me arrastraba de la mano entre los cuerpos. Cada empujón me obligaba a rozarme con desconocidos, y noté de nuevo las manos ajenas aprovechando el desorden. Llegamos a un grupo más tranquilo, junto a la barra.
—Jefe, le presento a mi esposa.
El hombre me tendió la mano. Era alto, mucho más que Damián, con unos quince años de ventaja sobre mí y un cuerpo todavía firme, sin un gramo de más.
—Un placer, hermosa —dijo.
—Mariela. Mucho gusto.
—Ya sabía tu nombre. Eres famosa por tu belleza entre las señoras.
—Qué pena —respondí, bajando la vista con una sonrisa que no tenía nada de tímida.
—Todo lo contrario. Tenían razón.
Damián escuchaba los halagos a su jefe como si fueran un trofeo propio, cada vez más a un lado de la conversación. Con mis plataformas yo le sacaba la cabeza a mi marido, y aun así aquel hombre, Augusto, me miraba desde arriba.
—¿Te ofrezco algo de beber? —preguntó.
—Creo que ya no queda de lo que tomo.
—No hay problema, jefe, salgo yo a comprar —se ofreció Damián.
—No, no. Quédate. Voy yo, que tengo que salir a hacer unas llamadas. —Y volviéndose hacia mí—: Ven, así eliges tú misma.
—Vamos —dije.
Miré a Damián de reojo. Se quedó con una cara que no supe descifrar, entre orgulloso y bobo.
—No tardamos —le dije, y le di la espalda.
***
En cuanto cruzamos la puerta, Augusto me puso la mano en la cintura.
—De verdad es usted muy hermosa. Cintura fina y un pecho muy generoso.
—Gracias —contesté, dejándome guiar.
—Ahora entiendo las envidias de las señoras.
—¿Y eso? ¿Qué envidias?
—Chismes. Nada importante.
De camino no dejó de hablarme al oído, cada frase un poco más atrevida que la anterior. Me abrió la puerta del coche, me ayudó a subir como todo un caballero, y todo siguió pareciendo normal hasta que entramos en la tienda. Yo caminaba delante buscando la botella; él, justo detrás. Me detuve de golpe al encontrarla en un estante alto y la señalé.
—Esa de ahí.
Augusto me tomó de la cintura con las dos manos y me atrajo hacia atrás con suavidad. Sentí su erección, dura y enorme, apretándose contra mí a través de la tela. Dios, qué barbaridad. No me aparté. Cerré los ojos un segundo y dejé que el calor me recorriera entera.
El dependiente nos saludó por su nombre. Estaba claro que Augusto era cliente habitual.
—Buenas noches otra vez.
—Aquí ando, con mi nueva amiga.
Yo no dije nada, solo escuchaba. El muchacho me repasó con la mirada y dejó escapar un comentario que me hizo enrojecer y, a la vez, escurrirme por dentro. Augusto me hizo dar una vuelta sobre mis tacones, presumiéndome como si fuera suya, y yo apenas podía creer lo que estaba pasando.
—¿Y esta no nos la va a prestar para las reuniones del campo? —preguntó el chico.
—A esta no —respondió él, tajante.
Esa posesividad repentina, ese «a esta no», me prendió como pocas cosas. Pagamos, salimos y caminamos hacia su auto. Me abrió la puerta y me senté. Antes de que pudiera acomodarme, Augusto se quedó de pie en el hueco de la puerta, frente a mí, y bajó la cremallera.
Me tomó con cuidado de la nuca y me acercó. Yo abrí la boca todo lo que pude. Él era paciente y firme a la vez, una mano en mi cabeza marcando el ritmo, la otra metiéndose bajo el escote para apretarme un pecho y pellizcarme el pezón por encima de la tela. Lo sujeté con ambas manos, sintiendo el peso, el latido, el calor. Me empujó la cabeza un poco más abajo, y el cuerpo se me tensó enseguida cuando me llenó la boca hasta la garganta. Chupé con ganas, tragando saliva y acomodándome como pude mientras él soltaba un gemido ronco, cargado de satisfacción. Le lamí la punta, le recorrí la base con la lengua y, cuando lo vi temblar, aceleré un poco más, disfrutando de oírlo respirar a trompicones. No tardó ni cinco minutos en terminar con un gruñido bajo, dejándome la boca y la barbilla empapadas de semen tibio. Me limpié con el dorso de la mano, mareada de adrenalina.
—Eres increíble —murmuró, subiéndose la cremallera.
Rodeó el coche y se sentó al volante. Abrió la guantera, sacó un pequeño control remoto y me lo enseñó.
—Reclina el asiento. Todo lo que puedas.
Lo hice sin pensar. Quedé casi horizontal. Él me subió el borde del vestido, apartó la tela de mi ropa interior con dos dedos y soltó un silbido bajo.
—Estás empapada.
Entonces sentí la vibración. Un juguete que apareció de no sé dónde, encendido a la velocidad más suave, mientras él arrancaba el coche y conducía de vuelta a la fiesta. Yo iba tendida en el asiento, retorciéndome despacio, y él aprovechaba cada semáforo para meter la mano bajo el vestido, separar la tela y frotarme el clítoris con precisión, como si supiera exactamente en qué punto me deshacía. A ratos me abría un poco más los muslos con la rodilla, mirándome de reojo, y yo respondía con gemidos sordos y un vaivén involuntario de caderas. El calor me subía entre las piernas, húmedo, espeso, insoportable. Me corría por dentro solo con sentir cómo me tocaba, cómo me tensaba el abdomen al pasar el juguete y cómo me apretaba los pezones entre dos dedos cuando el coche quedaba detenido.
Cuando reconoció la entrada del salón, subió la intensidad al máximo.
—Ya llegamos. Termina rápido, antes de que tu marido salga a buscarte.
No me costó nada. Llevaba todo el trayecto al borde. Apreté los muslos, dejé escapar un grito ahogado y me sacudí entera contra el respaldo, empapando la ropa interior mientras el orgasmo me subía como un golpe caliente desde el vientre. Él me observaba con una media sonrisa, satisfecho, hasta que por fin apagó el aparato y lo guardó.
***
Se bajó del coche en cuanto vio que alguien se acercaba. Yo me arreglé el vestido como pude, me acomodé el escote y me sequé la cara con un pañuelo. Tomé la botella y entré casi corriendo, preguntando por el baño antes de que nadie me detuviera.
Damián me vio desde lejos y me hizo señas para que fuera con él. Le contesté con un gesto de «ya voy» y me metí directa al baño. Me enjuagué la boca, le di un buen trago a la botella para disimular el sabor y respiré hondo frente al espejo. La mujer que me devolvía la mirada tenía las mejillas encendidas y una sonrisa imposible de borrar.
Al salir, Damián me esperaba con cara de preocupación.
—¿Qué pasó? Tardaron un montón.
—Es que ya no aguantaba las ganas de ir al baño —mentí.
—Hueles mucho a tequila, mi amor.
—Ya sabes que me encanta. Me tomé un par de caballitos por ahí.
—No bebas tanto —dijo, y me dio un beso en la frente.
El resto de la fiesta transcurrió entre música y risas. Yo solo miraba de lejos a Augusto, que charlaba con otros como si nada hubiera ocurrido, y pensaba: si supieras, Damián, lo que tu jefe acaba de hacerme.
Esa noche, al volver a casa, mi marido se quedó sorprendido de lo encendida que estaba. Me lo cogí como hacía meses que no pasaba. Y mientras él se hundía en mí, convencido de ser el causante, yo cerraba los ojos y pensaba en otro hombre, en un asiento reclinado y en una promesa silenciosa de que aquello no iba a quedar en una sola vez.





