La mañana en que el amo de su hija la sometió
Adriana evitó mirarlo a los ojos cuando le abrió la puerta. Tenía miedo. Temía que, si sostenía su mirada un segundo de más, él descubriera lo que ella misma apenas se permitía pensar: las ganas que tenía de acostarse con el hombre que estaba parado en el umbral de su casa.
En cualquier otra circunstancia no habría escondido ese deseo. A sus cuarenta y cinco años, divorciada desde hacía tiempo, disfrutaba de una vida sexual tranquila con dos o tres amigos de confianza. Pero Marcus, alto, de hombros anchos y piel oscura, no era un amigo cualquiera. Era el novio de su hija.
—Carla me pidió que pasara a buscar algunas cosas mías —dijo él en voz baja—. Te mandó un correo avisándote.
—Todavía no abrí el correo esta mañana —respondió ella, apartándose para dejarlo entrar.
—¿Llegaron bien anoche? ¿Ella está bien?
—Sí. La llamo más tarde.
—Yo también la voy a llamar —dijo él, con un tono casi de disculpa.
Carla tenía veintidós años y había decidido tomarse un año libre de la carrera de medicina para viajar con dos compañeras. La casa, de pronto, le quedaba demasiado grande a Adriana.
—Subí, ya conocés el camino —le dijo ella.
Él sonrió. Sus ojos se cruzaron apenas un instante antes de que ella sintiera otra vez ese miedo y bajara la vista. Marcus subió la escalera sin decir nada más.
El primer encuentro entre ellos había dejado una marca imborrable en la memoria de Adriana. Una mañana había vuelto antes de lo previsto de una reunión de trabajo y lo había encontrado en la cocina, preparando café, completamente desnudo. Tenía el cuerpo trabajado, los músculos marcados, y entre las piernas le colgaba la verga más imponente que había visto en su vida: gruesa, oscura, pesada, con los huevos grandes y firmes debajo. Aun blanda, era el doble de lo que ella estaba acostumbrada a tocar.
Antes se había cruzado con otros novios de Carla en situaciones parecidas, pero todos iban vestidos y disimulaban. Aquella mañana, en cambio, no había dudas sobre dónde y con quién había dormido él. Lo peor fue que ni siquiera se incomodó: con toda calma le ofreció una taza de café mientras la polla se le bamboleaba entre los muslos con cada movimiento. Cuando ella negó con la cabeza, incapaz de despegar los ojos de aquel bulto, él tomó las dos tazas y volvió al cuarto de su hija. Todavía le daba vergüenza admitir que se quedó mirándole el culo mientras se alejaba, y que esa misma noche se había metido tres dedos en el coño pensando en él, corriéndose dos veces seguidas mordiendo la almohada para que la hija no la escuchara.
Adriana tenía una debilidad por la espalda y los hombros de los hombres. Y también, aunque casi nunca lo decía en voz alta, una fantasía vieja: la de entregarse a un hombre así, dejar de decidir, que alguien la agarrara de los pelos, la doblara y se la cogiera sin pedir permiso.
Recordó la noche en que había vuelto tarde de otro viaje, semanas atrás, y había tenido que soportar acostada, del otro lado de la pared, los gritos de su hija. No eran gemidos suaves: eran alaridos, ruegos, palabras sucias. «Más fuerte, papi», «cogeme el culo», «llenámelo de leche». Adriana se había levantado la camisola y se había masturbado en silencio, con dos dedos, escuchando los golpes secos del cuerpo de Carla contra la pared. Sintió celos. Y todavía sentía algo parecido a la envidia.
Marcus reapareció con un bolso grande en la mano. Lo dejó sobre una silla de la cocina y le preguntó si podía usar el baño. Ella asintió sin prestar demasiada atención, y entonces sus ojos cayeron sobre algo que sobresalía del bolso: el mango de una fusta, demasiado largo para que la cremallera lo cubriera del todo.
Tragó saliva.
¿Qué hacen con eso?, pensó.
Estuvo tentada de mirar adentro del bolso. Dio medio paso y se frenó. La vida íntima de su hija no era asunto suyo.
Cuando Marcus volvió, la sorprendió todavía con la vista clavada en el bolso.
—Si querés, te la presto —dijo él.
Ella empezó a tartamudear y negó con la cabeza, pero las palabras no le salieron.
—A Carla no le molestaría que te la dejara —agregó.
Él la observaba mientras ella intentaba, sin éxito, recomponerse. Le apoyó las manos en los hombros, con firmeza, como para traerla de vuelta a la realidad.
—No hay nada de qué avergonzarse —le dijo, sonriendo—. No hay nada de malo en disfrutar de estas cosas. ¿Vos sabés que Carla y yo tenemos una relación muy abierta, no?
Ella sonrió, sin contestar.
—Cuando vos tenías su edad, lo que se esperaba era que encontraras un buen muchacho, te casaras y tuvieras hijos. Ahora es distinto. La gente se casa más tarde, y antes prueba otras cosas, otros modos de vivir el deseo.
Adriana se descubrió mirándolo a los ojos. Se sintió vulnerable, casi desnuda, como si él pudiera leerle algo escrito por dentro.
—¿Querés que te muestre lo que traigo acá? —dijo Marcus, soltándola para alcanzar el bolso.
Dejó la fusta sobre la mesa y sacó un par de esposas y un collar ancho con tachas. El collar le llamó la atención al instante. Siempre había querido usar uno, con el hombre indicado.
¿Se da cuenta de que me gusta?, pensó.
—A Carla le encanta usarlo para mí. Es muy obediente —dijo él, acercándose. Lo desabrochó y se lo fue acomodando alrededor del cuello—. Nunca usaste uno de estos, ¿verdad?
—No —respondió en voz baja, antes de aclararse la garganta.
—Porque nunca te cruzaste con nadie a quien le gustara este mundo.
Ella asintió.
—Hay muchos como yo buscando mujeres que quieran entregarse de verdad —dijo él—. No las que fingen, las que solo quieren que las calienten un rato. Yo prefiero a las que se toman esto en serio. Carla se lo toma muy en serio.
Marcus le apoyó las manos en los hombros desnudos. Ella podía sentir el calor de sus palmas y, sobre todo, podía sentir cómo se le empapaba la bombacha, un hilo tibio que ya le bajaba por la cara interna del muslo.
—Dejame que te dé un ejemplo. Tenés amigos, ¿no? —preguntó él.
—Sí.
De pronto, las manos bajaron y le apretaron los pechos por encima de la blusa. Le pellizcó los pezones, que ya estaban duros, hasta hacerla gemir.
—¿Qué tengo acá?
—Mis tetas —respondió ella, con una risa nerviosa.
—Ahí está el error. Deberías decir que son sus tetas. Suyas para chuparlas, para morderlas, para escupirlas si quiere. Suyas, incluso, para que otros hombres se las cojan si él decide.
A Adriana le temblaron apenas las rodillas.
—¿Entendés a lo que voy? —dijo Marcus, mientras una de sus manos abandonaba el pecho y descendía despacio por su cuerpo.
Ella supo, por instinto, hacia dónde iba esa mano. Suspiró cuando se detuvo entre sus piernas, no solo apretándole el coño por encima de la falda, sino atrayéndola hacia él. Sintió la verga enorme, dura como un fierro, presionándole la cadera a través del pantalón.
—¿Y esto qué es? —preguntó él, hablándole al oído.
—Es… es su coño.
—Ahora sí lo estás entendiendo, Adriana.
—Sí —murmuró ella.
Por un instante esperó el movimiento siguiente, pero él retiró las manos, le desabrochó el collar y lo volvió a guardar. Después le mostró las esposas de metal y, una a una, las demás cosas: unas esposas de cuero con cadenas, y por último la fusta, que sostuvo con las dos manos a la altura de sus ojos.
—¿La usaste con Carla? —se animó a preguntar, después de aclararse la garganta.
—¿Vos qué pensás? —respondió él, sonriendo.
Para Adriana era evidente que sí. Intentó no mirar la fusta y no pudo. Se imaginó a su hija atada, con el culo al aire, entregada, a merced de aquel hombre, y supo que él sabía ser muy duro.
—Esto, en realidad, me lo regaló ella —dijo Marcus, rompiendo el silencio incómodo.
—¿A Carla… le gustan estas cosas?
—A muchas mujeres les gustan, como decís vos —contestó, con un brillo en los ojos.
Ella tragó saliva mientras él la miraba fijo.
—Todas tienen un costado que esconden —siguió él—. Estoy seguro de que vos también guardás cosas adentro. Fantasías, deseos que por una razón u otra nunca te animaste a contar. A mí me gusta sacar a la luz ese costado oculto de una mujer.
Adriana se quedó callada.
—Habrá noches en que te acuestes pensando en estas cosas, metiéndote los dedos en el coño, hundiéndolos hasta que te venís temblando y mordiendo la almohada —dijo él—. Pero todo es mucho mejor cuando hay una polla dura de verdad ocupándose de eso.
Ella tuvo que apartar la mirada. Era casi como si él pudiera ver dentro suyo. Marcus le tocó el mentón y la obligó, con suavidad, a volver a mirarlo.
—Tenés algo que te gustaría compartir conmigo, ¿no es cierto, Adriana?
Los labios de ella se entreabrieron, pero no salió ninguna palabra.
—Podés decírmelo. Yo te ayudo a darle forma, a disfrutarlo —insistió él.
No tenía dudas de que lo haría. Si se lo contaba, él la llevaría a un punto de excitación que ella nunca había conocido.
—¿Te gustaría ser mía, Adriana? Con Carla afuera todo un año, necesito a alguien que ocupe su lugar. Creo que serías ideal.
—Pero… ella es mi hija. No estaría bien —respondió en voz baja.
Marcus le acarició la nuca.
—A ella no le molestaría. Ya te dije que lo nuestro es abierto. No somos novios en el sentido tradicional.
Ella se quedó pensando unos segundos.
—Cuando decís «mía», ¿a qué te referís exactamente?
—Creo que lo sabés muy bien —contestó él—. Disponible para mí, cuando y como yo quiera. Con las piernas abiertas cuando yo lo diga, la boca abierta cuando yo lo diga, el culo levantado cuando yo lo diga. Lo veo en tus ojos, Adriana. Lo tenés escrito en la cara. En el fondo, hace tiempo que buscás al hombre que te trate así.
Ella desvió la mirada, pero enseguida volvió a girar la cabeza hacia él.
—¿Me compartirías? —preguntó.
—Es probable. Vos querés que te compartan, ¿no es cierto? Apuesto a que tenés esa fantasía guardada, esperando salir. Dos o tres pollas al mismo tiempo, la boca llena, el coño lleno, el culo lleno.
Adriana intentó apartarse otra vez, pero él no se lo permitió.
—Necesito que seas honesta conmigo si vamos a hacer esto.
De pronto, ella se encontró con la cabeza apoyada en su hombro y los brazos de él alrededor de su cintura. Sus propios brazos respondieron solos, rodeándolo, apretándose contra su cuerpo.
—Tenés razón —dijo en voz baja—. Te necesito.
—¿Querés ser mía, entonces? —preguntó él, mientras una mano le bajaba hasta el trasero y se lo apretaba con fuerza, clavándole los dedos.
—Sí, pero vas a tener que enseñarme.
La besó. Por primera vez, sus labios se encontraron. Le metió la lengua entera, invadiéndole la boca, y le mordió el labio inferior hasta hacerla gemir.
—Lo primero que te voy a pedir es compromiso y obediencia.
Ella lo miró a los ojos y, por primera vez en toda la mañana, no sintió miedo.
—Lo tenés, amo.
—Bien. Lo primero que quiero es inspeccionar lo que me pertenece.
Adriana sintió que se le encendía la cara. Dio un paso atrás y se llevó las manos al primer botón de la blusa. Los dedos le dudaron.
—¿Quizás el amo prefiera arrancarle la ropa él mismo? —dijo ella.
Una sonrisa le iluminó la cara a Marcus.
—El amo puede ser muy bruto cuando quiere.
—No esperaría menos.
Las manos de él agarraron las solapas de la blusa color verde mar. La miró fijo, con esos ojos castaños oscuros, penetrantes. Después soltó la tela, la hizo darse vuelta y le cerró las muñecas con las esposas a la espalda.
Me va a esposar, alcanzó a pensar ella, un segundo tarde.
Nunca la habían atado. De pronto se sintió completamente vulnerable. Con las manos libres, al menos, podría haberlo apartado; ahora no. Estaba indefensa, y empezó a preguntarse hasta dónde llegaría él. Su hija lo sabía; ella, no. Y esa misma incertidumbre la mareaba de deseo. El coño le chorreaba, empapando la bombacha, y sentía cómo el líquido se le deslizaba por los muslos.
Marcus volvió a agarrar las solapas de la blusa y, de un tirón, la rasgó. Los botones saltaron y la tela le quedó colgando de los hombros. Después fue hasta un cajón de la cocina y sacó unas tijeras grandes. Ella contuvo el aliento mientras él le cortaba las mangas, que terminaron en pedazos en el piso.
Con la frialdad de las hojas contra la piel, fue cortándole también el corpiño, los breteles, la falda estampada. Podría haber desabrochado todo con los dedos, pero usó las tijeras a propósito, despacio, como quien disfruta del miedo ajeno. Cuando le cortó la bombacha por los costados y la tela le cayó al piso, empapada, ella notó cómo él la olfateaba antes de guardarla en el bolsillo. Un escalofrío le recorrió la espalda a Adriana, seguido de inmediato por una oleada de excitación cuando se vio completamente desnuda, de pie en su propia cocina, atada, con los pezones erectos y el coño brillante de humedad a la vista de aquel hombre.
—Te cuidás bien. Estás impecable —dijo él, acariciándole el cuerpo. Le tomó las tetas con las dos manos, se las sopesó, se las apretó, le retorció los pezones hasta que ella gimió.
—Gracias, amo.
Se puso de rodillas frente a ella y le abrió los labios del coño con dos dedos. Se lo estudió como quien tasa una compra.
—Bien depilada. Rosada. Tu hija tiene el coño idéntico.
Adriana cerró los ojos, muerta de vergüenza y de calentura al mismo tiempo. Antes de que pudiera responder, sintió la lengua de él pasarle de abajo hacia arriba, larga, lenta, hundida entre los labios hinchados. Marcus le clavó los dedos en las nalgas y se hundió en su coño con la boca, chupándole el clítoris, mamándoselo con hambre. Ella echó la cabeza para atrás y gritó. Nadie le había comido el coño así en su vida: no era una caricia amable, era una lengua que la penetraba, que le raspaba las paredes, que la marcaba.
—Amo… amo, me voy a caer —jadeó, tirando de las esposas.
Él le respondió metiéndole dos dedos gruesos en el coño mientras seguía chupándole el clítoris. Los curvó, encontró el punto y empezó a golpearla adentro, rápido, con el ruido húmedo llenando la cocina. En menos de un minuto ella se corrió, temblando de arriba abajo, con las piernas cediendo. Él la sostuvo por el culo y no la soltó hasta que la última oleada se le fue.
—Una —murmuró Marcus, poniéndose de pie y limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Vamos a ver cuántas te saco hoy.
Sus dedos bajaron otra vez, exigentes, y ella supo que ya no había vuelta atrás. Otros amantes le habían pedido cosas a lo largo de los años, y siempre se había negado. Esta vez no se negó a nada.
—¿Alguna vez probaste por el culo? —preguntó él, con el dedo del medio apoyado en el aro apretado, presionando apenas.
—No, amo —respondió, negando con la cabeza.
—Lo vas a disfrutar. Lo vas a pedir a los gritos, como lo pide ella.
De golpe, las manos de Marcus la tomaron por la cintura, la levantaron como si no pesara nada y la sentaron en el borde de la mesa de la cocina. Ella admiró su fuerza.
—Pies arriba, piernas abiertas —ordenó.
Adriana se sostuvo a duras penas, con las muñecas esposadas a la espalda, mientras él le abría los muslos a la fuerza y le miraba el coño de cerca. Estaba muy excitada, chorreando, y él lo notó enseguida.
—Sos estrecha —dijo, casi divertido, metiéndole un dedo hasta el fondo—. No estás acostumbrada a nada gordo, ¿no?
Ella negó en silencio.
—Vamos a tener que arreglar eso —agregó, sumando un segundo dedo y abriéndolos en tijera para estirarla.
El plural la asustó: era una manera de decirle que pensaba compartirla. Y, sin embargo, el miedo venía mezclado con un deseo cada vez más fuerte.
Marcus siguió un rato más, metiéndole y sacándole los dedos con un ritmo cruel, torciéndoselos, buscándole el punto y abandonándolo justo antes de que se corriera otra vez. La dejó al borde tres, cuatro veces, hasta que ella lloriqueaba de frustración. Después retiró la mano, brillante de flujo, y se la llevó a los labios de ella. Ella nunca había hecho algo así, pero abrió la boca y aceptó los dedos hasta el nudillo, chupándose su propio sabor.
—Hay una buena puta adentro tuyo —le dijo, hundiéndole los dedos en la garganta hasta hacerla arcadear—. Una buena sumisa.
—¿Estuviste alguna vez con una mujer? —preguntó él después.
Ella negó.
—Otra cosa para arreglar, entonces. Te va a encantar comerle el coño a otra puta mientras yo me la cojo por atrás. ¿Qué decís, Adriana?
—Sí, amo —respondió, asintiendo.
Él volvió a besarla con los dedos todavía adentro de su boca.
—Así me gustás. Odio escuchar la palabra «no». Y odiaría tener que castigarte por eso.
Adriana sintió que el cuerpo le temblaba en una mezcla de miedo y excitación.
—Iba a castigarte primero y después cogerte —dijo él, empezando a desvestirse—. Pero lo voy a hacer al revés.
Cuando él terminó de quitarse la ropa, ella se quedó sin aire. Había estado con muchos hombres, pero nada se parecía a aquello. La verga de Marcus estaba tiesa, apuntando al techo, gruesa como una muñeca, con las venas hinchadas latiendo bajo la piel oscura. La cabeza, morada y pulida, brillaba con una gota de líquido preseminal. Los huevos, enormes, le colgaban pesados. Ella soltó un gemido involuntario solo de mirarla.
—Abrí la boca —ordenó él, acercándose.
Ella obedeció. Marcus le agarró la nuca con una mano y le empujó la polla adentro, primero la punta, después medio pito, hasta que sintió el fondo de la garganta. Ella arcadeó. Los ojos se le llenaron de lágrimas y un hilo de saliva le colgó del mentón.
—Así, así, respirá por la nariz —le dijo, retirándose apenas para dejarla tomar aire, y volviendo a hundirse.
La cogió la boca sin piedad, con las dos manos en la cabeza, marcándole el ritmo. Adriana sentía la verga chocarle contra las amígdalas, el sabor salado del pre-semen, el olor fuerte del hombre. Cada embestida le arrancaba una arcada nueva, pero él no paraba. La baba le corría por la barbilla, por el cuello, le caía sobre las tetas. Cuando la soltó, ella tosió, boqueó, respiró como si saliera del agua. Un hilo de saliva espesa la unía a la punta del pito de él.
—Buena chica —dijo Marcus, dándole una cachetada suave en la mejilla con la verga mojada—. Ahora abrí las piernas.
La empujó de espaldas hasta que quedó recostada sobre la mesa, con las manos esposadas aplastadas debajo del cuerpo. Le tomó los tobillos y le abrió las piernas de par en par. Se acomodó entre ellas, apoyó la cabeza de la polla en la entrada del coño empapado y frotó despacio, arriba y abajo, sin meterla.
—Pedímelo.
—Por favor, amo…
—Pedímelo bien.
—Cogeme, por favor. Metémela. Rompeme el coño.
Marcus sonrió y empezó a empujar. Ella sintió cómo la cabeza gruesa le abría los labios, cómo se abría paso adentro suyo centímetro a centímetro. Le ardía. La ensanchaba de un modo que no conocía. Cuando él estuvo entero adentro, con las bolas apoyadas contra el culo de ella, se detuvo un instante y la miró.
—Tranquila —murmuró—. De a poco.
Empezó a moverse con una lentitud calculada, mirándola a los ojos, sacándosela casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo. Cada embestida le sacaba a Adriana un gemido nuevo. Tenía una sonrisa distinta ahora, una sonrisa de conquista.
Los labios de ambos se encontraron mientras las embestidas se hacían más profundas, más brutales. La mesa crujía. El ruido húmedo del coño empapado de ella tragando la polla enorme llenaba la cocina. Entonces él le acercó la boca al oído.
—Ahora estás empezando a sentir exactamente lo que siente tu hija conmigo. Esta misma verga, Adriana. La misma que le rompe el coño a Carla todas las noches.
Al escucharlo, Adriana gimió y tiró de las ataduras, impotente. Quiso odiarlo. Por un instante lo odió: por usarla así, por darle tanto placer al mismo tiempo, por nombrarle a la hija mientras le clavaba el pito hasta el útero. Pero cuando él se inclinó y la besó, ella le devolvió el beso con la lengua, y casi sin darse cuenta, le dijo «gracias, amo».
—Me alegra que lo disfrutes —dijo él—. Me gustan las putas que gritan.
Ella sonrió, avergonzada. No quería escuchar lo que vino después, pero era inevitable: él y su hija compartían el mismo hombre, la misma polla.
—A Carla le gusta rápido —dijo Marcus, acelerando de golpe—. Igual que como te voy a coger a vos ahora.
Empezó a embestirla con toda la cadera, con violencia, sacándole el aire con cada golpe. Los huevos le chocaban contra el culo de Adriana con un ruido seco. La agarró de las tetas, le retorció los pezones, se los estiró.
—No… por favor —pidió ella, sin convicción, con la voz cortada por cada golpe.
—Todo lo que le hago a ella lo voy a hacer también con vos. Todo. Le doy la leche en la cara, en las tetas, en el culo. Se la doy también en el coño cuando estamos calientes y no nos importa. Vos vas a tragar mi leche como ella la traga.
Le tomó una pierna y se la puso al hombro, cambiando el ángulo. La punta de la polla ahora le pegaba en un punto nuevo, adentro, y ella empezó a gritar sin poder pararlo.
—Ahí, ahí, ahí, amo, ahí no pares —chilló.
—¿Ahí, puta? ¿Justo ahí?
—¡Sí! ¡Sí, cogeme ahí, no pares, por favor!
Marcus le agarró la garganta con la mano libre, apretando apenas, y siguió cogiéndola sin bajar el ritmo. Adriana volvió a gritar, pero esta vez por otra cosa: por el orgasmo que la sacudió de punta a punta, un orgasmo largo que le contrajo el coño alrededor de la verga en oleadas, mientras ella arqueaba la espalda y se sacudía sobre la mesa. Las palabras de él lo habían precipitado, pero fue el pito el que lo mantuvo estirándose por lo que le pareció una eternidad.
Pasó un largo rato antes de que él se detuviera. La cambió de posición dos veces más: la puso de costado, con una pierna arriba, y le clavó el pito de nuevo; después la sentó a horcajadas sobre él en una silla y la hizo saltarle encima, aunque ella apenas podía moverse con las manos atadas atrás. La sostuvo por la cintura y la usó como si fuera un juguete, levantándola y dejándola caer sobre la verga hasta arrancarle otro orgasmo. Cuando por fin se apartó, sin haberse corrido todavía, ella se quedó quieta, recuperando el aliento, sintiéndose extrañamente liviana, con el coño palpitante e inflamado.
—¿Qué mirás? —preguntó ella, al notar que él la observaba.
—Lo bien que se ve una puta después de esto —respondió, sonriendo.
—¿Mirás así a todas?
—A veces. Y, antes de que preguntes: sí, a tu hija también.
—Yo no estaba pensando en eso —mintió ella.
Él sonrió y empezó a levantarla de la mesa para ponerla de pie. Todavía la tenía dura, brillante del flujo de ella, apuntándole al vientre.
—Ahora viene tu castigo —dijo, recogiendo el bolso.
La llevó hasta el comedor y la hizo apoyarse boca abajo sobre la mesa grande, con las tetas aplastadas contra la madera fría y el culo levantado en el aire. Sacó las esposas con cadenas y, arrodillado, se las cerró alrededor de los tobillos, separándole bien las piernas. En pocos segundos, Adriana se descubrió atada de pies y manos, con el coño y el culo completamente expuestos.
—Así lo prefiere Carla —comentó él, deslizando la mano por su espalda hasta llegar a las nalgas, apretándoselas, abriéndoselas—. Antes le gustaba la fusta, hasta que le mostré lo que puede hacer un buen cepillo de madera.
—En mi tocador hay uno —jadeó ella, sin pensar.
Él se rió, le dio una palmada juguetona en el culo desnudo y fue a buscarlo. Adriana se quedó quieta, jadeando, con el coño chorreando un hilo que le corría por el muslo hasta la rodilla. Cuando volvió con el cepillo de madera, le pasó la mano por el pelo, casi con ternura, y después le hundió dos dedos en el coño empapado, los dejó ahí un rato, quietos, para que ella sintiera bien la humillación.
—Toda mujer necesita una figura firme al lado —le dijo, sacando los dedos y untándole el jugo por el aro del culo, presionando apenas—. Carla lo sabe. Estuvo sobre esta misma mesa tantas veces como vos ahora, con la polla mía adentro del culo mientras yo la marcaba. Tengo la sensación de que vos también lo necesitás. ¿O me equivoco?
Adriana vio el brazo de él levantarse en el aire, con el cepillo bien sujeto, y cerró los ojos.
—No te equivocás, amo —respondió, dócil.
El primer golpe le cayó seco en la nalga derecha y le sacó un grito. El segundo, en la izquierda. Después uno tras otro, ordenados, sin apuro. La piel se le encendió, primero rosa, después roja. Cada golpe le hacía apretar el coño, y cada apretón la acercaba más a otro orgasmo. Marcus se detenía cada tantos golpes para meterle los dedos, para comprobar cuán empapada estaba, para clavárselos hasta el fondo mientras ella jadeaba pegada a la mesa.
—Contá —ordenó, y bajó el cepillo otra vez.
—Uno… dos… tres… —contó Adriana, con la voz quebrada.
Antes de llegar a diez ya estaba temblando otra vez, corriéndose con el culo ardiendo, el coño chorreando sobre la madera, gimiendo la palabra «amo» como una plegaria. Cuando el castigo terminó y ella creyó que podría descansar, sintió la cabeza gruesa de la polla apoyarse contra el aro del culo, mojada del flujo de ella misma. Marcus empujó despacio, la punta primero, mientras le sostenía las caderas con firmeza.
—Aflojá. Respirá. Es tuyo también.
Adriana gimió, mordiéndose el labio, mientras la verga le entraba en el culo por primera vez en su vida. Le ardía, le dolía, y aun así movió las caderas hacia atrás, buscándolo, entregando lo último que le quedaba por entregar. Él la cogió por el culo largo y lento, y cuando por fin se corrió, se corrió adentro, llenándoselo, dejándole la leche caliente que ella sintió gotearle por los muslos apenas él salió.
Era su primer castigo, su primera vez, y lo aceptó con una calma que ella misma no se conocía. A partir de esa mañana, Marcus tenía a las dos: a la hija y a la madre. Y Adriana, mientras contaba en silencio cada golpe y sentía el semen del hombre corriéndole por las piernas, supo que ya no había marcha atrás.





