Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El plomero que vino a arreglar algo más que la canilla

Me llamo Mariana y tengo cuarenta y cuatro años. Vivo en una casa de barrio en Mercedes, con un jardín que ya no atiendo y una cama que casi siempre está vacía a la hora de la siesta. Mi marido viaja casi toda la semana por trabajo, y yo me quedo recorriendo habitaciones que conozco de memoria. Cuento esto porque hace quince días pasó algo que todavía no me saco de la cabeza.

Esa mañana de enero hacía un calor pesado, de esos que pegan la ropa al cuerpo apenas te levantás. Me había puesto un vestido suelto de algodón fino, corto, sin nada de ceremonia: estaba sola y no esperaba a nadie. Debajo, apenas una bombacha. El aire acondicionado del living estaba roto desde diciembre, así que andaba descalza por la cocina buscando el rincón más fresco.

La pérdida del baño venía desde hacía días. Una gota constante, terca, que de noche sonaba como un reloj. Había llamado a un plomero que me recomendó una vecina, y a las diez en punto sonó el timbre.

Cuando abrí la puerta me encontré con un hombre de unos cincuenta, ancho de espaldas, con las manos curtidas y una caja de herramientas en el hombro. Me miró un segundo de más antes de hablar.

—Buen día. ¿Mariana? Vengo por la canilla que pierde —dijo, y noté cómo bajaba la vista apenas un instante antes de volver a mis ojos.

—Sí, pase. Es por acá —contesté, y me hice a un lado.

Mientras caminaba delante de él hacia el baño, fui consciente de pronto de lo poco que llevaba puesto. Sentí su mirada en mi espalda como una mano. No me dio vergüenza. Me dio algo que no sentía hacía mucho tiempo.

—Ramiro —se presentó tarde, ya agachado frente al inodoro—. ¿Hace cuánto que pierde?

—Una semana, más o menos. Mi marido no está, así que… —dejé la frase a medias, sin saber bien por qué le aclaraba eso.

¿Por qué le digo que estoy sola?

Volví a la cocina con la excusa de prepararme un café. Lo escuché trabajar, el ruido metálico de las herramientas, alguna puteada por lo bajo cuando una tuerca no cedía. Cada tanto le llevaba algo fresco: un vaso de agua con hielo, después una limonada. Cada vez que le acercaba el vaso, sus dedos rozaban los míos un poco más de lo necesario, y yo no apuraba el movimiento.

—Gracias, señora —decía, y esa palabra, «señora», en su boca no sonaba a distancia. Sonaba a otra cosa.

***

Pasó casi una hora hasta que vino a avisarme que la cosa era más complicada de lo previsto: había que cambiar una pieza entera del flexible. Tenía la remera mojada de sudor pegada al pecho y el pelo entrecano húmedo en las sienes. Me apoyé en la mesada con el café en la mano y lo miré sin disimular demasiado.

—¿Querés tomar algo más fresco antes de seguir? Hace un calor de morirse —le ofrecí.

—Una cerveza no le diría que no, si tiene —respondió, con media sonrisa.

Me agaché a la heladera a buscar las dos últimas latas que quedaban en el fondo. El vestido se me subió. Lo supe en el momento exacto en que el aire de la cocina cambió, en que dejé de escuchar su respiración tranquila. Me quedé un segundo de más agachada, a propósito, dándole tiempo a mirar la bombacha blanca metida entre los cachetes del culo y la mancha de humedad que ya tenía en la entrepierna.

Cuando me incorporé y me di vuelta, lo tenía a un paso. No me tocó. Se quedó ahí, mirándome con una pregunta entera en la cara.

—Disculpe —dijo en voz baja—. La estuve mirando toda la mañana. No quiero faltarle el respeto.

Podría haberle dado las latas y mandarlo de vuelta al baño. En cambio le sostuve la mirada más de lo que una mujer casada debería, y dejé las cervezas sobre la mesada sin abrirlas.

—¿Y si no me faltás el respeto? —pregunté.

Fue todo lo que necesitó. Me puso una mano enorme en la cadera, despacio, dándome tiempo a frenarlo. No lo frené. La otra mano me subió por la espalda hasta la nuca, me agarró del pelo y me besó con una urgencia contenida que me dobló las rodillas. Metió la lengua hasta el fondo, sin preguntar, y yo se la chupé como si tuviera sed. Olía a sudor, a metal, a hombre que trabaja. Sentí contra mi cadera el bulto duro adentro del pantalón, grueso, prometiendo, y sin pensarlo bajé una mano y le apreté la verga por encima de la tela. Se le escapó un gruñido en mi boca.

—Te voy a manchar el vestido —murmuró contra mi boca, con las manos grasientas a centímetros de la tela.

—Sacámelo, entonces —le dije, y me sorprendió mi propia voz.

***

Me bajó los breteles con cuidado y el vestido cayó al piso de la cocina. Me quedé en bombacha frente a un desconocido, con la luz de la mañana entrando por la ventana, y en vez de taparme arqueé la espalda y le mostré las tetas sueltas, los pezones ya duros de la calentura. Me miró el pecho, la cintura que ya no es la de los veinte, las marcas que dejan los años, y me miró como si todo eso le gustara más, no menos.

—Mirá lo que escondías abajo del vestidito —dijo, y me pasó el pulgar áspero por un pezón hasta que se me escapó un suspiro. Después bajó la boca y me lo chupó, entero, con la lengua girando alrededor y los dientes marcándome apenas. Pasó al otro pezón y lo mordió más fuerte, hasta que gemí. Me colgaban las dos tetas de su boca y él tironeaba como un hambriento, mientras con la otra mano me apretaba la cola por encima de la bombacha, hundiéndome los dedos entre los cachetes.

Me senté en el borde de la mesada, donde tantas veces tomé el café sola, y él se acomodó entre mis piernas. Me besó el cuello, bajó por el medio del pecho, me mordió apenas. Yo le tironeaba la remera hasta que se la sacó de un movimiento y la tiró al piso, sobre mi vestido. Tenía el torso ancho, una panza de hombre grande, una mata de pelo cano en el pecho. Le pasé las manos por ahí y me gustó lo real que era, lo lejos de cualquier cuerpo de revista. Bajé una mano hasta el pantalón y le solté el botón, le bajé el cierre y metí la mano dentro del calzoncillo. La tenía gruesa, dura, caliente, con la punta ya mojada. Le pasé el pulgar por la cabeza y la sentí latir.

—Qué grande la tenés —le dije al oído, y él se rió bajito.

—Toda para vos, señora.

Bajó de a poco, de rodillas en mi cocina, y me arrancó la bombacha de un tirón que sonó a tela rasgada. Me abrió las piernas con las dos manos, sin ningún pudor, y se quedó un segundo mirándome el coño abierto delante de la cara, brillante, hinchado. Después se acercó y me sopló despacio, y yo me estremecí entera.

—Estás toda mojada —murmuró, y me pasó un dedo por la raja de abajo hacia arriba, recogiendo el flujo, mostrándomelo antes de chupárselo.

Cuando su boca me alcanzó tuve que agarrarme del borde de la mesada para no caerme. Empezó por los labios de afuera, chupándolos uno por uno, y después clavó la lengua adentro, hasta el fondo, moviéndola como si me estuviera cogiendo con ella. Subió al clítoris y lo agarró entre los labios, tirando despacio, hasta que grité. Lo hacía con paciencia, escuchando lo que mi cuerpo le contestaba, ajustando el ritmo cada vez que se me escapaba un gemido. Metió dos dedos gruesos en el coño mientras seguía chupándome el clítoris, y los curvó adentro buscando el punto justo. Los encontró al primer intento. No tenía apuro. Era un hombre que sabía que el tiempo jugaba a su favor.

—Así, no pares —le pedí, con una mano enredada en su pelo húmedo y la otra apretándome una teta—. Chupámelo, dale, chupámelo todo.

Metió un tercer dedo. Me empujaba adentro con fuerza mientras me lamía sin parar, y yo sentía cómo se me llenaba el coño de la mano entera, cómo me hacía ruido de mojada cada vez que sacaba y volvía a meter. El primer orgasmo me llegó casi sin aviso, una ola que me tensó las piernas alrededor de su cabeza, me cerró la vista y me sacó un grito que rebotó en los azulejos. Le apreté la cara contra el coño mientras me acababa en la lengua, temblando de arriba a abajo, chorreando sobre sus dedos. Él siguió unos segundos más, chupándome despacio mientras yo me deshacía, y recién entonces se incorporó, con el mentón brillante, lamiéndose el labio, mirándome con una satisfacción tranquila.

—Hacía rato que no me hacían eso —confesé, todavía agitada.

—Hacía rato que no encontraba a una mujer que valiera la pena hacérselo —contestó.

***

Me bajé de la mesada con las piernas todavía flojas y fui yo la que lo empujó contra la pared de la cocina. Le solté el cinturón del todo, le bajé el pantalón de trabajo hasta los tobillos y el calzoncillo con él. Se le paró la verga contra la panza, gruesa, roja en la punta, marcada de venas. Me arrodillé sobre el vestido tirado en el piso y me quedé un segundo mirándosela de cerca, con la boca abierta. Quería devolverle algo de lo que me había dado. La tomé con las dos manos, le pasé la lengua desde la base hasta la cabeza, despacio, chupándole después las bolas una por una hasta que le arranqué un puteo largo. Volví a la punta y me la metí entera en la boca, lo más adentro que pude, apretándola con la lengua contra el paladar, mirándolo desde abajo, disfrutando cómo se le iba la cabeza hacia atrás y se le escapaba un gruñido ronco.

Me la sacaba y volvía a metérmela, escupía sobre ella y la trabajaba con las dos manos mientras le chupaba las bolas, después la envolvía otra vez con la boca y aceleraba, dejándome caer saliva sobre la mano, con el ruido húmedo llenando la cocina. Él me agarró la nuca y empezó a marcar él el ritmo, empujándome la cabeza hacia adelante, cogiéndome la boca despacio primero, más fuerte después, hasta que las lágrimas me llenaron los ojos y me atraganté una vez.

—Pará, así no termina la cosa —dijo después de un rato, sacándose la verga de mi boca con un ruido húmedo y levantándome del piso de los hombros—. Date vuelta. Quiero cogerte de una vez.

Me apoyé de espaldas a él contra la mesada, con las palmas planas sobre la madera fría, mirando por la ventana el jardín reseco. Levanté la cola y separé las piernas. Sentí su mano en mi cintura, su cuerpo grande cubriéndome la espalda, su aliento en mi nuca. Me pasó la punta de la verga por la raja del coño, arriba y abajo, embarrándola en mi flujo, hasta encontrar el agujero.

—¿Estás segura? —me preguntó al oído, y que lo preguntara, a esa altura, me derritió más que cualquier otra cosa.

—Cogeme de una vez —le dije, sin reconocerme—. Metémela toda.

Entró despacio, empujando de a poco, abriéndome, y aun así tuve que morderme el labio y agarrar el borde de la mesada con las dos manos. Hacía mucho que no sentía algo así, ese estiramiento, esa sensación de que un cuerpo ocupa todo el lugar, de que una verga te acomoda por dentro. Se quedó quieto un momento con la pija hasta el fondo, con una mano abierta sobre mi vientre, esperando a que me acostumbrara. Podía sentir cada centímetro adentro, latiendo. Cuando empecé a mover yo las caderas hacia atrás, buscando más, entendió que ya podía.

La sacó casi entera y me la volvió a clavar de una, y yo grité contra la mesada. Lo hicimos sin apuro al principio, mi pecho contra la madera, su mano subiendo a veces a mi hombro, a veces a mi pelo, tironeándome la cabeza para atrás. Después más rápido, con la madera crujiendo y los vasos de la alacena tintineando, hasta que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó toda la cocina, un plaf plaf húmedo, sucio, cada vez que me daba contra la cola. Yo gemía sin cuidarme, decía guaranguerías que no sabía que tenía guardadas, porque por primera vez en años no había nadie a quien ocultarle nada.

—Mirate cómo estás —me decía contra el oído, mordiéndome el cuello—, toda una señora y temblás como una nena. Cómo te gusta esta pija, ¿eh? Decime cómo te gusta.

—Me encanta, me encanta tu pija —le contesté jadeando—, cogeme más fuerte, dale, rompeme.

Sus palabras, lejos de molestarme, me empujaban más. Me tironeó del pelo, me dobló todavía más sobre la mesada y me la empezó a meter con todo, sin ninguna delicadeza, hasta el fondo cada vez, mientras con la otra mano me estiraba una nalga para verse entrar. Bajó el pulgar y me lo apoyó en el otro agujero, apretando de a poco, y yo abrí más las piernas sin pensar. El segundo orgasmo me agarró todavía de espaldas a él, doblada sobre la mesada, con la verga hasta el fondo y el dedo grueso metiéndoseme por atrás, y fue tan largo que pensé que se me iban a aflojar las piernas del todo. Me apretaba con el coño tan fuerte que él tuvo que agarrarse de mi cintura para seguir moviéndose.

—Qué rica que sos, cómo apretás —gruñía—, me vas a hacer acabar así.

—Todavía no —le pedí, todavía temblando—, quiero más.

***

La sacó y me di vuelta, y sin decir nada nos fuimos al piso de la cocina, sobre la ropa amontonada. Se acostó de espaldas y yo me trepé encima, con las piernas abiertas a los costados de sus caderas. Le agarré la verga, todavía brillante de mí, y me la guié adentro despacio, bajando hasta que la sentí golpear el fondo. Me quedé quieta un segundo, sentada sobre él, con toda la pija adentro, y él me apretaba las tetas con las dos manos, retorciéndome los pezones.

—Movete, dale —me dijo—, cogeme vos.

Empecé a subir y bajar, primero despacio, apoyándome en su pecho de pelo cano. Me miraba las tetas rebotar, los ojos entrecerrados, con una sonrisa medio de costado. Fui más rápido, dando saltitos cortos, sintiendo cómo la punta me pegaba adentro justo donde tenía que pegar. Después me eché para atrás, apoyada en sus muslos, y empecé a girar las caderas restregándole el clítoris contra la base de la pija, mirándolo mientras me tocaba las tetas yo misma.

—Mirá cómo me cogés —le dije, sorprendida de mi propia boca—, mirá cómo me la meto toda.

Quería verle la cara cuando acabara. Me apoyé otra vez en su pecho, fui más rápido, subiendo y bajando con fuerza, y lo sentí tensarse entero debajo de mí, las manos clavadas en mis caderas, las venas del cuello hinchadas.

—Esperá, esperá que… me voy a acabar, dejame salir —alcanzó a decir.

—No esperes nada —le contesté, y me quedé donde estaba, moviéndome sobre él—. Acabá adentro, quiero sentirte.

Acabó con un gruñido largo, el cuerpo arqueado, los dedos marcándome la piel de la cadera. Sentí la verga latir adentro mío, chorro tras chorro, caliente, llenándome entera. Me quedé quieta sobre él, con la pija todavía adentro, aprietándolo con el coño para sacarle hasta la última gota, escuchando cómo los dos jadeábamos. Cuando por fin me subí, el semen empezó a chorrearme por dentro de los muslos, tibio, y él me miró desde el piso con una sonrisa de satisfacción total.

—Mirá lo que hiciste —me dijo, pasando un dedo por el reguero que me bajaba por la pierna y llevándoselo a la boca.

Nos quedamos un rato así, tirados en el piso de la cocina, hasta que empezamos a escuchar otra vez la gota del baño, esa que él había venido a arreglar y que seguía cayendo.

Nos reímos los dos al darnos cuenta.

—Al final no te la arreglé —dijo, pasándose una mano por la frente.

—Me arreglaste otra cosa —contesté, y era verdad.

Se vistió despacio, juntó las herramientas, prometió volver al día siguiente con la pieza que faltaba. Antes de irse me besó en la puerta, sin apuro, como se besa a alguien a quien uno piensa volver a ver.

—Mañana a las diez —dijo—. Y traé esa limonada.

Cerré la puerta y me quedé un rato apoyada contra la madera, en bolas, con el vestido roto en la mano y el cuerpo todavía latiendo, sintiendo cómo me seguía escurriendo entre las piernas. Hacía años que no me sentía deseada de esa manera, cogida de esa manera. Junté la ropa, me metí en la ducha y dejé que el agua se llevara el olor a metal y a sudor y a semen que me había quedado en la piel.

La canilla del baño volvió a sonar esa noche, gota tras gota, y por primera vez no me molestó. Era casi una promesa de que Ramiro iba a volver. Y a las diez del día siguiente, cuando sonó el timbre, ya tenía la limonada lista, un vestido todavía más corto y ninguna bombacha debajo.

Algunas pérdidas conviene no arreglarlas del todo.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(9)

Marcos_mdp

que bueno!!! me encantó de principio a fin

CarmenVlc

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de saber más de ella. Muy bien contado.

LuchoBA33

Me recordó a una situacion de hace años jaja. Esas cosas que pasan en la vida real y nadie cuenta. Buenísimo.

curiosa88

Que buena manera de escribirlo, se siente autentico. Sigo leyendo tus relatos!

DiegoLectorBA

Tremendo relato. La descripcion de los personajes es muy buena, te los imaginás de verdad.

NadieSabe_77

increible!!!

Tomas_del_Sur

Me hize fuerza para no leerlo tan rapido jaja, muy bueno.

NocheDeMilán

Espero ansioso el proximo. Saludos desde el sur!

RosaLectora

Cuanto tiempo hacia que no leia algo tan bien escrito. Gracias por compartirlo, me llegó mucho el personaje de ella.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.