Descubrí que me gustan los hombres maduros
Todo empezó dos días después de cumplir la mayoría de edad, un lunes cualquiera. El sábado anterior había sido mi fiesta, en mi casa, con todos mis amigos. Salió perfecta, aunque yo había imaginado que esa noche por fin pasaría algo con un chico que me gustaba desde hacía meses, alguien con quien ya había intercambiado besos y caricias en más de una ocasión.
No pasó nada. Resultó que tenía novia y lo único que conseguí fue un abrazo torpe y una disculpa. Me fui a dormir triste, sintiéndome estúpida. Pero algo dentro de mí, una intuición que todavía no sabía nombrar, me decía que las cosas estaban a punto de cambiar.
Llegó el lunes. No fui a clase porque mi grupo se iba de viaje y yo no tenía ninguna gana de ir. Así que me quedé en casa, decidida a no hacer absolutamente nada en todo el día. Mis padres trabajan de sol a sol y casi nunca vuelven a comer; ese lunes, además, tenían un almuerzo con mis padrinos, así que tenía la casa entera para mí.
Aproveché para meterme a la piscina. Tengo que confesar algo: desde niña me encantan los bikinis. Jamás me he puesto un bañador entero, me gusta enseñar mi cuerpo, y la verdad es que tengo buenas razones para estar orgullosa. Soy delgada, de pecho generoso, con un trasero que más de uno se ha quedado mirando, el pelo largo y castaño. Aunque esté sola en casa, me gusta verme bien.
Una vez dentro del agua me quité la parte de arriba para nadar casi desnuda. Es una sensación que siempre me ha gustado, sentir el agua deslizarse por toda la piel. A veces me acaricio los pechos bajo la superficie, o bajo la mano más abajo, y el calor me sube hasta hacerme cerrar los ojos. En eso estaba cuando sonó el timbre.
Me puse el bikini a las apuradas y me envolví en la toalla. Pensé que serían mis padres. Cuando abrí la puerta, me encontré con Esteban, un amigo de mi papá. Tendría unos cuarenta años y solía venir a casa en Navidad y en las fiestas, siempre acompañado de su esposa y de su hija Lucía, que por cierto es amiga mía.
Venía impecable, con camisa y pantalón de vestir; es arquitecto y siempre anda arreglado. Y no es nada feo: alto, deportista, con esa seguridad de los hombres que ya pasaron los cuarenta y saben perfectamente lo que valen. Le dije que pasara, pero que cerrara los ojos, que la casa estaba hecha un desastre y yo en toalla.
Se rió.
—Tranquila —me dijo—. Solo vine a dejarle unos planos a tu padre.
Le expliqué que mi papá no estaba, que volvería de noche. Mientras hablaba, noté que sus ojos bajaban por mis piernas, por donde todavía escurría el agua de la piscina.
—Qué raro —insistió—. Hablé con él hace un rato y quedamos de vernos acá.
Me sorprendió, pero le creí. Le ofrecí algo de beber. Yo me estaba tomando una copa de vino blanco; él aceptó una cerveza. Le encendí el televisor del salón y le dije que cualquier cosa me buscara en la piscina, que seguro mi papá no tardaba.
—Sí, princesa, no te preocupes. No tengo prisa.
Princesa. Me llamó la atención. Siempre me había dicho por mi nombre, nunca así. No le di importancia y salí al jardín. Era una tarde preciosa, de esas en las que el sol pega justo. Pero estaba a punto de ponerse mil veces mejor.
No habían pasado ni diez minutos cuando Esteban apareció en el borde de la piscina.
—¿Qué pasó, Esteban? ¿Se le ofrece algo? —pregunté desde el agua.
Me miró con una sonrisa que tenía algo distinto, algo que no le había visto nunca.
—Sí, princesa. Lo que pasa es que quiero otra cerveza, pero no las encuentro y no quería andar revolviendo en tu cocina.
Le dije que ningún problema, que ya se la traía. Me alcanzó la toalla y se quedó mirándome fijo mientras yo salía del agua, siguiendo cada gota que me resbalaba por la piel.
—Oye —me dijo despacio—, me tienes que contar cómo le haces para estar más guapa cada vez que te veo.
Sentí un calor en la cara, mezcla de halago y de algo que todavía no me animaba a aceptar.
—No hago nada especial —contesté riéndome—. Algo de ejercicio, nada más.
Caminamos hacia la cocina. Me puso la mano en la espalda para que entrara primero y la sentí deslizarse, apenas, un poco más abajo de lo necesario. Saqué la cerveza de la heladera y se la destapé.
—Cumpliste años el sábado, ¿no? —dijo apoyado en la encimera—. Seguro te llenaron de regalos.
—No me fue mal —respondí—. No me dieron todo lo que quería, pero no me quejo.
—Vení, te acompaño afuera, no vaya a ser que te enfríes.
—Está bien. Tómese la cerveza ahí conmigo, así no se queda solo.
Mientras volvíamos al jardín empecé a notar una humedad que no tenía nada que ver con la piscina. No entendía bien por qué, o tal vez sí: era la forma en que Esteban me hablaba, esas palabras dichas a media voz, la manera en que me miraba como si me conociera por dentro.
Le dije que me volvía a meter al agua. Él acercó una silla y se sentó al borde.
—Y ese regalo que no te dieron, ¿qué era? —preguntó.
Me puse colorada.
—Un novio —admití, casi en broma.
—Eso sí que no me lo creo. Una chica tan hermosa como tú debe tener una fila de pretendientes. —Le dio un trago a la cerveza y agregó—: Y no me digas más Esteban con tanto respeto. Decime Esteban a secas, o como quieras.
—Es la verdad, estoy soltera —le dije.
Se quedó un momento callado, mirándome. Después habló más bajo, más lento, como quien se decide a cruzar una línea.
—Si yo pudiera, te pediría que fueras mía. Me encantaría enseñarte de qué se trata todo esto, los placeres que todavía no conoces. Sabía que tu padre no iba a estar, ni nadie más. Por eso vine. Hace mucho que te miro y ya no puedo seguir guardándomelo. Te ves demasiado bien.
No sentí miedo. Tampoco indignación. Sentí, para mi propia sorpresa, un deseo que me dejó sin aire. Bajé la vista y vi cómo se le marcaba la erección bajo el pantalón. No pude apartar los ojos.
—Creo que tengo muchas cosas que aprender, Esteban —dije con una voz que apenas reconocí como mía—. ¿Por qué no vienes conmigo?
Ni yo misma podía creer lo que acababa de decir.
***
En menos de lo que esperaba, Esteban estaba desnudo al borde de la piscina. Nunca había visto a un hombre así de cerca, así de seguro de su cuerpo. Se metió al agua, me rodeó con los brazos y empezó a besarme el cuello, los hombros, la boca.
—Quiero que seas mía —me dijo contra el oído—. Esta piel, esta boca, todo tuyo tiene que ser para mí.
Me soltó la parte de arriba del bikini y bajó la cabeza hasta mis pechos. Los besaba, los mordía suave, mientras sus manos me apretaban el trasero con una firmeza que me hacía temblar. Yo lo abracé con las piernas, dejándome llevar por el agua y por él.
—Vas a sentir cosas que no sabías que existían —me prometió—. Despacio, sin apuro. Te va a encantar.
Me acariciaba entre las piernas con una paciencia que me volvía loca, sin prisa, leyendo cada reacción de mi cuerpo. No tenía nada que ver con la torpeza de los chicos de mi edad, con esas manos apuradas que solo buscaban llegar al final. Esteban se tomaba su tiempo, como si para él lo único que existiera en el mundo fuera ese instante y mi piel mojada bajo sus dedos.
Cuando por fin me hizo suya, lo hizo con una suavidad que no esperaba, atento a cada gesto mío, deteniéndose apenas notaba que me costaba, cubriéndome la boca de besos. Solté un gemido largo y me aferré a su espalda, clavándole las uñas sin darme cuenta, sintiéndome encendida de una forma completamente nueva. Cada vez que se movía, una corriente me subía desde el vientre hasta la nuca.
—Qué rica eres —murmuraba—. Te voy a hacer mía muchas veces más.
Yo le devolvía las palabras sin filtro, pidiéndole más, diciéndole que le pertenecía, que no se detuviera. El agua se movía con nosotros, tibia, cómplice.
En un momento se apartó. Se sentó en el borde de la piscina y me pidió que me acercara. Me hundí entre sus piernas y lo tomé en la boca, despacio, mirándolo a los ojos como él quería. Le gustaba verme, decírmelo, y a mí me gustaba escucharlo. Lo disfruté tanto como él, descubriendo que dar placer también era una forma de tenerlo.
Después volvió a meterse al agua. Me giró de espaldas, me pegó contra su pecho y volvió a entrar en mí. Una de sus manos subió hasta mis pechos; la otra me sostenía de la cadera. Me hablaba al oído, me decía lo bien que se sentía, y yo solo podía cerrar los ojos y dejarme ir.
Las embestidas se hicieron más rápidas, más profundas. Lo sentí tensarse, escuché su respiración entrecortada contra mi nuca, y un instante después los dos terminamos al mismo tiempo, gimiendo sin importarnos nada, hundidos en el agua y en el otro.
***
Nos quedamos un rato largo abrazados, recuperando el aliento, riéndonos como dos cómplices. Bebimos otro trago, todavía dentro de la piscina, con la tarde cayendo a nuestro alrededor. Antes de irse me besó una última vez y me prometió que volveríamos a vernos pronto.
Yo me quedé sola, tendida al sol, repasando cada detalle con una sonrisa que no se me borraba. Esa tarde aprendí algo de mí misma que no sabía: me gustan los hombres maduros. Me gusta su calma, su seguridad, la forma en que toman las riendas sin apuro. Y esto, lo presiento, es apenas el comienzo de muchas historias que todavía me quedan por vivir.