El maduro vergón del chat me citó en un hotel
Una de mis distracciones tontas es meterme al chat. De adolescente conocí a varias personas por ahí, un par de experiencias feas y el resto, normales, olvidables. Hará cosa de dos años me dio la curiosidad de averiguar si todavía existía la página donde solía entrar. Tecleé la dirección sin mucha fe y, para mi sorpresa, ahí seguía, igual de fea y lenta que siempre.
Al principio entraba a la sala de mi país. Me aburrió enseguida. Bastaban dos frases con cualquiera para que ya me estuvieran proponiendo un encuentro. No me provocaba nada de eso. Yo entraba, y entro, para matar el rato, para reírme un poco y nada más. Con un par llegué a conversar mejor, durante semanas incluso. Pero los dos terminaban en lo mismo: que necesitaban «al menos ocho horas o la noche completa», porque eran «muy potentes» y dos horas «se les hacían poco». Me daban risa. Les seguí la corriente un tiempo y después, sin avisar, los borré.
Por esos días descubrí la sala de cornudos. Me llamó la atención el nombre y entré a curiosear. Ahora es a la única que entro cuando tengo un rato libre. Casi todos los que escriben son españoles o argentinos. No buscan quedar, solo charlar, y eso me relaja, me distrae y, según la noche, me calienta también.
Hablamos de infidelidades, de las suyas y de las mías. Nos contamos detalles, aventuras, alguna mentira piadosa. Se exagera un poco, se fantasea otro tanto. Pero me entretiene como ninguna otra cosa.
Tengo treinta y cinco años y una vida que de afuera se ve ordenada. Trabajo, casa, una relación de años que se apagó sin que nadie apretara ningún interruptor, simplemente se fue gastando. Marcos es bueno, atento, previsible. Hace mucho que dejó de mirarme como se mira a alguien que deseas. El chat es mi pequeño secreto, el rincón donde sigo siendo una mujer que provoca cosas en otros. No busco que nadie lo entienda. Lo necesito y punto.
Hace un par de meses empecé a conversar con un señor. Sesenta y tres años, casi treinta más que yo. Divertidísimo, de esos que con una sola pregunta te van sacando hasta el color de la ropa interior que usaste el día que cuentas. Él también me narraba lo suyo, aunque en su caso eran historias de un pasado ya lejano.
Tuvimos una química rara, de esas que no esperas. Conversar con él me resultaba más estimulante que cualquier cosa que me hubiera pasado en meses. Intercambiamos fotos. Se veía incluso mayor de lo que decía. Después supe que antes de la pandemia había tenido un cáncer de colon que lo trató con dureza, pero del que salió. Durante el encierro, me contó, vivió aterrado de contagiarse, y por suerte nunca le tocó.
Foto va, foto viene, terminamos escalando a fotos más íntimas. Me sorprendió el tamaño de su pene incluso flácido, muerto sobre el muslo en la imagen. Nunca me mandó una foto erecto. Decía que prefería dejarme la duda. Y vaya que mi imaginación trabajó con esa duda.
Al final quedamos en vernos. Y el jueves pasado lo hicimos. Hoy, sábado, todavía tengo fresco el recuerdo entre las piernas mientras escribo esto.
***
Salí de la oficina pasadas las cinco. Trabajo en San Isidro, un distrito caro y de gente apurada, y caminé un par de cuadras hasta la esquina que habíamos acordado. Él ya estaba ahí, esperándome dentro de su auto con el motor encendido. Subí. Nos saludamos con un beso en la mejilla, como dos conocidos cualquiera. En persona se veía tal cual las fotos, ni mejor ni peor. Zalamero, lo primero que me dijo fue que en vivo me veía «mucho más rica».
Arrancó hacia un hotel cercano, en el mismo distrito. Yo estaba acostumbrada a ir a sitios más baratos, en Jesús María o Pueblo Libre, así que ese pequeño detalle de gastar de más me halagó sin que él lo supiera. A veces son las tonterías las que te ablandan.
El cuarto olía a desinfectante y a sábana recién planchada. Al entrar me dieron ganas de orinar y me metí al baño. Cuando salí, él ya estaba desnudo sobre la cama, con esa enorme verga flácida descansando sobre el vientre, como un animal dormido. Me quedé un segundo mirándola desde la puerta.
Me desnudé sin prisa y me senté a su lado. Charlamos un rato, igual que en el chat, sobre lo raro y lo lindo que era por fin conocernos en persona. Sus manos empezaron a recorrerme la espalda, los muslos, despacio, y poco a poco se me fueron las ganas de hablar y me vinieron otras.
Tenía las manos grandes y la piel ya floja de la edad, pero sabía tocar. No tenía prisa, no apretaba de más, no iba directo a donde van casi todos. Me rozaba la cara interna del muslo con la yema de los dedos y se detenía justo antes de llegar, una y otra vez, hasta que fui yo la que abrió un poco más las piernas. Me miraba la cara mientras lo hacía, atento a cada gesto, leyéndome como leía mis mensajes en la pantalla. Esa paciencia de hombre que ya no tiene nada que demostrar me desarmó por completo.
Bajé la cara hacia su entrepierna casi sin pensarlo. Cuando empecé, todavía dormido, me cupo entero en la boca. Pero fue cuestión de un instante. Al sentir mi lengua y mis labios, su excitación se disparó y en segundos lo tuve durísimo, creciendo dentro de mi boca hasta que ya no me cabía. Mucho más de lo que cualquier hombre me había llenado antes.
Lo seguí, pero más que chupar me dediqué a lamerlo, que era lo que me provocaba de verdad. Recorrerlo entero con la lengua, sentir lo gruesa que era contra mi mejilla. Eso solo me tuvo lista en pocos minutos. Con apenas un par de caricias suyas sobre mis pechos y mi cara, yo ya estaba empapada.
Dejé de chupársela y me trepé a horcajadas sobre sus piernas. Le miraba la cara mientras le acariciaba la verga con las dos manos. Entre gemidos me confesó que llevaba más de dos años sin estar con nadie. Lo sabía, me lo había contado por el chat: que con su mujer ya no había intimidad hacía tiempo, que la última vez había sido con una chica colombiana y que no le había quedado un buen recuerdo.
Verle esa cara de deseo contenido, de hambre vieja, me prendió más que cualquier otra cosa. Siempre me ha puesto saber que gozan conmigo, sentir que soy yo la que les devuelve algo que daban por perdido. Y ese señor me miraba como quien recupera algo.
—No sabes cuánto extrañaba esto —me dijo, con la voz quebrada, mientras me pasaba el pulgar por el labio inferior.
—Pues vas a tener que recuperar el tiempo perdido —le contesté, y le mordí despacio la yema del dedo.
Se rió bajito, una risa sorprendida, y sentí cómo su verga daba un tirón entre mis manos. Esa fue la señal. Ya no había más charla pendiente, ni en la pantalla ni en esa cama.
***
Me acomodé encima de él y me dejé caer despacio sobre su verga, entregándole de a poco la concha mojada. Apenas entró la punta ya estaba gimiendo. Sentir ese grosor abriéndome era una mezcla de dolor justo y placer que no había sentido nunca. Me fui hundiendo centímetro a centímetro hasta sentarme del todo, y me quedé quieta un momento, acostumbrándome.
Después empecé a moverme, casi a bailar sobre él. Era tan grande que, hiciera lo que hiciera, nunca se me salía. Con otros hombres, en esa misma postura, cuando me muevo mucho se me escapan y hay que volver a empezar. Con él no. El jueves la tuve dentro todo el tiempo, anclada, sin un solo respiro. Tuve dos orgasmos así, uno detrás del otro, antes de que me pidiera con la voz ronca que me pusiera en cuatro.
Lo obedecí con gusto. Me acomodé al borde de la cama, como me gusta, con él de pie detrás de mí. Y ahí cambió todo. Me reventó sin contemplaciones, ahora era él quien se movía como un loco, como un muchacho de veinte, agarrándome de la cadera y embistiendo hasta el fondo. Me sorprendió la energía que tenía ese cuerpo cansado y enfermo. Tuve otro orgasmo, el tercero, y en esa segunda postura, sin avisar, se vino dentro de mí con un gruñido largo.
Nos quedamos un momento así, él inclinado sobre mi espalda, los dos respirando fuerte. Sentí su corazón golpeándole el pecho contra mi piel. Le hizo bien, pensé, y a mí también.
***
Miré el reloj y habían pasado casi cincuenta minutos desde que entramos al cuarto. Tenía que volver a casa. No le había avisado a Marcos que iba a salir. La idea había sido algo rápido, pasar después por el supermercado a comprar cualquier cosa y llegar sin que nadie hiciera preguntas. La excusa perfecta, fría, calculada, y aun así me sentí menos culpable de lo que debería.
Nos vestimos hablando de nada, ya otra vez como dos conocidos. Me llevó hasta cerca de la esquina donde me había recogido. Al bajar del auto, me agarró la mano un segundo y, con esa sonrisa de viejo zorro que ya le conocía del chat, me dijo:
—Queda pendiente esa colita.
Le solté una risa y cerré la puerta sin contestarle. Pero ahora, mientras escribo, no dejo de pensar en eso. En que queda pendiente. Y en que, la próxima vez, no voy a tener tanta prisa por llegar a casa.