El hombre maduro que me enseñó a obedecerle
Me llamo Mariana y, hasta hace unos meses, habría jurado que era la última persona del mundo capaz de arrodillarse ante alguien. Vivo en Monterrey, tengo veintiocho años y, según me han dicho desde que era una adolescente, un cuerpo que la gente no sabe disimular que mira. No lo digo por presumir. Lo digo porque durante años fue una molestia: los hombres mayores que me desnudaban con los ojos en el transporte, los comentarios en voz baja, las miradas que se pegaban a mi escote cuando solo quería comprar el pan.
Me decía a mí misma que me disgustaba. Y era verdad. Lo que no me atrevía a admitir era que, en algún rincón que prefería no visitar, también me hacía sentir algo más complicado que el asco.
Lo entendí cuando lo conocí a él.
***
Fue una noche de insomnio, de esas en las que una termina haciendo cosas que de día le darían vergüenza. Entré por curiosidad a un chat para adultos, sin intención real de nada, solo para mirar. Hubo varios intentos torpes, conversaciones que abandoné a la mitad, hombres que escribían como si tuvieran quince años. Y de pronto apareció Damián.
No me preguntó cómo estaba. No me lanzó un cumplido barato. Su primer mensaje fue una orden corta, casi aburrida, como si ya supiera que yo iba a hacerle caso. Y lo desconcertante fue que sentí el impulso de obedecer antes de decidir si quería.
—Mándame tu número —escribió—. No me gusta escribir.
Lo borré tres veces. Lo volví a teclear. Se lo mandé.
El teléfono sonó dos minutos después.
***
Su voz era grave, pausada, de un hombre que rondaba los cincuenta y no tenía nada que demostrarle a nadie. Yo no sabía ni qué decir. Tartamudeé un saludo, solté una risa nerviosa, traté de llenar el silencio con tonterías.
—Cállate —dijo, sin levantar el tono—. No te llamé para que hables. Te llamé para que escuches.
Debería haberle colgado. En cambio, me quedé muy quieta en el borde de la cama, con el corazón golpeándome el pecho y una respuesta absurda saliéndome de la boca.
—Sí —dije.
—Sí, ¿qué?
Dudé. Él esperó. El silencio se volvió denso, exigente.
—Sí, señor —corregí, y la palabra me dejó la piel ardiendo.
Lo escuché sonreír al otro lado. No fue una sonrisa amable. Fue la de alguien que acababa de encontrar exactamente lo que buscaba.
***
Esa primera llamada duró casi una hora. Damián me hizo preguntas que ningún hombre se había atrevido a hacerme, y yo respondí a todas. Me preguntó qué llevaba puesto. Me preguntó si me gustaba que me miraran. Me preguntó por qué fingía que no.
Porque me da miedo lo que significa que sí, pensé. No lo dije. Pero creo que él lo escuchó de todos modos.
Cuando me ordenó que me tocara, lo hice. Cuando me pidió que dejara el teléfono cerca para escucharme, también. No hubo nada delicado en la manera en que me habló: me llamó cosas que cualquier otra noche me habrían ofendido, palabras crudas, sucias, dichas con una calma que las hacía peores. Y, sin embargo, cada una de ellas me empujaba más lejos, como si me autorizara a ser algo que llevaba años conteniendo.
—Eso es —murmuró cuando se me quebró la voz—. Esa es la Mariana de verdad. La que finges no ser durante el día.
Me quedé temblando, con el teléfono pegado a la oreja y los ojos llenos de algo que no era exactamente vergüenza. Él lo notó.
—No te avergüences —dijo, ahora más suave—. Acabas de encontrarte. Eso no es poca cosa.
***
Las semanas siguientes cambiaron la forma en que vivía. Damián llamaba sin avisar, a veces de madrugada, a veces en medio de una tarde cualquiera, y yo aprendí a esperar esas llamadas con una mezcla de ansiedad y deseo que no había sentido nunca. Me daba instrucciones para el día: qué ropa interior ponerme bajo la ropa de trabajo, a qué hora pensar en él, qué cosas no podía hacer sin su permiso.
Lo extraordinario era cuánto me costaba reconocerme. Yo, que siempre había decidido todo en mi vida, que dirigía a un equipo de seis personas en la agencia donde trabajaba, descubría una forma rara de paz en obedecer a aquel hombre al que ni siquiera le había visto la cara.
Una noche me atreví a preguntárselo.
—¿Por qué me gusta esto? Yo no soy así.
—Sí lo eres —respondió—. Lo que pasa es que nadie te lo había permitido. Hay una diferencia enorme entre ser débil y elegir entregarte. Tú no eres débil. Por eso es interesante.
Me callé. Tenía razón y eso me daba más miedo que cualquier otra cosa.
***
Hubo una tarde que no voy a olvidar. Estaba en plena junta, rodeada de clientes y de gráficos en una pantalla, cuando el teléfono vibró sobre la mesa. Era él. No contesté, claro, pero el mensaje fue una sola línea: una instrucción que tendría que cumplir antes de las seis, sin importar dónde estuviera.
Pasé el resto de la reunión con la cara compuesta de profesional impecable y el pulso disparado por dentro. Nadie en aquella sala podía imaginar lo que aquel hombre había despertado en la mujer que dirigía la presentación. Esa doble vida secreta, la de la jefa segura de día y la suya por la noche, se convirtió en una droga. Cuanto más control ejercía en mi trabajo, más necesitaba entregárselo a él después.
—Te gusta —me dijo esa noche, cuando se lo confesé—. Te gusta saber que solo tú y yo sabemos lo que eres de verdad.
No lo negué. Ya había dejado de negarle cosas.
***
Tardó dos meses en proponer que nos viéramos. Lo hizo, como todo, sin pedir permiso, con la seguridad de quien ya conoce la respuesta.
—El viernes —dijo—. Un hotel en el centro. Te mando la dirección. Llegas a las nueve, no antes, no después. Y vienes como yo te diga.
Pasé esos días en un estado febril. Una parte de mí quería inventar una excusa y desaparecer. La otra contaba las horas. El viernes me arreglé siguiendo cada una de sus indicaciones, me miré largamente en el espejo y apenas reconocí a la mujer que me devolvió la mirada: la misma de siempre y, a la vez, alguien dispuesta a algo que jamás se habría atrevido a nombrar.
Llegué a las nueve en punto.
***
Damián era más alto de lo que había imaginado y tenía las sienes plateadas. No era guapo de revista; era algo mejor, algo que se notaba en la forma en que ocupaba la habitación, en la manera tranquila en que cerró la puerta detrás de mí y me observó de arriba abajo sin ninguna prisa.
—Date la vuelta —dijo.
Lo hice, despacio. Sentí su mirada recorrerme como dos meses de palabras al teléfono concentrados en un solo instante.
—Ven aquí.
Crucé la habitación con las piernas temblando. Cuando estuve frente a él, me levantó la barbilla con un solo dedo, y por primera vez nos miramos de verdad. Su voz, esa voz que conocía mejor que la de muchos amigos, sonó distinta tan cerca.
—¿Todavía finges que no querías esto? —preguntó.
—No —admití—. Ya no.
Me besó entonces, y no fue el beso suave que una espera de un primer encuentro. Fue un beso que tomaba, que me dejaba claro de quién era esa noche. Me sujetó por la nuca, sin lastimarme pero sin dejarme dudar, y yo me derretí contra él con una entrega que no sabía que tenía dentro.
***
Lo que siguió fue lento y deliberado, lo contrario de lo que el miedo me había hecho imaginar. Damián no tenía prisa. Me desnudó por partes, comentando cada centímetro de mí con la misma calma cruda de las llamadas, hasta que estuve de pie ante él sin nada que esconder y sin querer esconder nada.
Me hizo esperar. Me hizo pedir. Cada cosa que me concedía tenía un precio en obediencia, y descubrí que pagarlo me encendía más que cualquier caricia. Cuando por fin me dejó acercarme, lo hice como él me había enseñado durante todas esas noches: sin vergüenza, atenta, suya.
—Mírame —ordenó en el momento exacto en que más quería cerrar los ojos.
Lo miré. Quería que viera lo que me había hecho, en qué me había convertido, o más bien qué había sacado de mí. Y lo vio. Vi en su cara que lo vio.
***
Después nos quedamos en silencio, yo con la cabeza apoyada en su pecho y su mano trazando círculos perezosos en mi espalda. La habitación olía a nosotros. Por la ventana entraba el ruido amortiguado de la ciudad, indiferente a lo que acababa de pasar tres pisos más arriba.
—¿Estás bien? —preguntó. Era la primera vez que me lo preguntaba así, sin la coraza de la orden.
—Mejor que bien —dije, y era cierto.
Pensé en la Mariana que había entrado a aquel chat una noche de insomnio, convencida de que el asco era lo único que sentía cuando un hombre la miraba. Pensé en todos los años que había pasado discutiendo conmigo misma. Y entendí que Damián no me había cambiado: solo me había dado permiso para dejar de mentirme.
—¿Cuándo vuelves a llamarme? —pregunté contra su piel.
Lo sentí sonreír, esa sonrisa que ya conocía aunque no pudiera verla.
—Cuando menos lo esperes —dijo—. Y vas a contestar.
—Sí, señor —respondí.
Y por primera vez, esa palabra no me dejó la piel ardiendo de vergüenza, sino de algo mucho más parecido a estar, por fin, en casa.