Mariana me pidió que la abrazara esa tarde
La vida dentro del barrio cerrado tenía un ritmo lento, casi adormecido, y a mí me gustaba así. Me encargaba del mantenimiento de las casas, y cada mañana recorría las calles internas en el carrito eléctrico, parando un día en una vivienda y al siguiente en otra, según lo que cada familia necesitara. Una canilla que goteaba, un portón que no cerraba, una persiana trabada. Cosas pequeñas que me convertían, sin proponérmelo, en el hombre que conocía la intimidad de todos.
Cada tanto pasaba por la casa de Mariana, sin que hubiera nada roto, solo para ver si todo andaba bien. Ella ponía la cafetera y nos sentábamos en la cocina, ese rincón amplio de mármol claro y ventanal al jardín donde la luz de la mañana caía en diagonal.
Nunca hablaba de su matrimonio. Hablaba, en cambio, de su soledad. Todavía no había logrado hacerse amigas dentro del barrio, y su única distracción era el trabajo, esas horas frente a la computadora que la mantenían entera.
Cuando yo preguntaba por Esteban, su marido, ella bajaba la mirada y se quedaba callada. Entonces yo cambiaba de tema y le preguntaba por los chicos. Ahí su cara se aflojaba, la sombra desaparecía, y aparecía una sonrisa mientras me contaba lo bien que les iba en el colegio y en el club, cada uno con su deporte preferido.
No hacía falta ser muy perceptivo para darse cuenta de que ese matrimonio estaba roto. La señal más clara era el auto de Esteban, cada vez más ausente durante las noches, su lugar en la entrada vacío como una acusación silenciosa.
***
Una tarde Mariana me llamó por un problema en la cocina. El pico de una hornalla se había tapado y no encendía bien, soltaba ese olor a gas que la ponía nerviosa con los chicos en casa.
Estaba yo de rodillas frente a la cocina, con el quemador desarmado sobre un repasador, cuando sonó su celular. Vi cómo dudaba antes de atender.
—Hola, Esteban… sí, te escucho.
Del otro lado se oía un murmullo, una voz de hombre que no alcanzaba a entender. Levanté apenas la vista y vi cómo los ojos de Mariana empezaban a brillar, esa humedad contenida que precede a las lágrimas.
—¿Otra vez, Esteban? ¿Hoy tampoco venís a dormir? Ya no sé qué decirles a los chicos cuando preguntan por vos…
Su voz se iba quebrando, perdía la serenidad palabra a palabra. Yo apreté una tuerca que ya estaba apretada, solo para tener las manos ocupadas, para no estar de más en esa escena que no me pertenecía.
—Prometiste que lo íbamos a hablar… Esteban, escuchame, por favor. Por los chicos.
Hubo un silencio largo. Y entonces algo se rompió en ella. Cuando ya no pudo contener la rabia, su voz salió afilada, distinta.
—Andá, Esteban, andá con tu secretaria a revolcarte. Cogétela bien cogida, metésela hasta el fondo, hacé lo que quieras. Pero si no volvés esta noche, mañana buscá tus cosas en la guardia. No pisás más esta casa, te lo juro.
Cortó la llamada y tiró el celular sobre la mesada de mármol, que sonó como un golpe seco. Se llevó las manos a la cara y empezó a llorar.
Yo no sabía qué hacer. Es cierto que Mariana y yo tuvimos una historia, hace tiempo, una sola vez que jamás se repitió y que los dos guardamos en silencio como un secreto enterrado. Pero ese momento no era sobre nosotros. Era sobre ella desmoronándose en su propia cocina.
Dejé las herramientas a un costado. Ella se dio vuelta, con los ojos enrojecidos, y se acercó a mí.
—Abrazame, Damián —me dijo con un hilo de voz—. Necesito llorar.
La sostuve entre mis brazos. Acaricié su pelo largo y oscuro, esa melena que siempre llevaba impecable y que ahora se desordenaba contra mi pecho. La llevé despacio hasta una silla, la senté con cuidado y dejé que apoyara la cabeza contra mi cintura mientras le secaba las lágrimas con los dedos.
—Dame un minuto —murmuró.
***
Tomó otra vez el teléfono. Marcó.
—Hola, mamá —dijo después de unos segundos, todavía temblando—. Sí, mamá… Esteban otra vez.
Del otro lado, una voz preocupada, apurada.
—No, no, mamá, no quiero que vengas. Por favor. Necesito estar sola.
Más murmullos.
—Si querés hacerme un favor, pasá a buscar a los chicos al colegio y que esta noche se queden a dormir en tu casa. Hoy es viernes, inventá algo, llevalos al cine, lo que sea. No quiero que me vean así. Mañana paso a buscarlos.
Hubo una pausa larga.
—Gracias, mamá. Sí, voy a estar bien. Te lo prometo. Hasta mañana.
Cortó y volvió a llorar, esta vez más bajito, como si ya no le quedaran fuerzas. Mientras hablaba con su madre yo había preparado dos cafés. Serví las dos tazas y me senté frente a ella en la mesa.
—¡Qué hijo de puta! —explotó de golpe, casi a los gritos—. Que al menos dé la cara por sus hijos. El muy hijo de puta.
—Tranquila, Mariana —intenté calmarla.
—No. Esta fue la última, Damián, te lo juro. Le perdoné mil veces. Pero ya está, se terminó.
Le tomé las manos sobre la mesa. Me las apretó fuerte, como quien se aferra a algo para no caer, y empezó a contarme todo.
—El cabrón se enredó con la secretaria, una pendeja quince años más joven que yo, y la muy turra se dejó embarazar a propósito. Se ve que le encanta que la coja sin forro, que le vacíe la leche adentro. Hasta ahí lo habíamos hablado. Nuestro matrimonio ya no era el mismo, lo sé, pero por los chicos decidimos seguir juntos hasta encontrar la manera de contárselo.
Hizo una pausa para respirar.
—Y hoy me llama para decirme que se va con ella a la costa a pasar el fin de semana. Que se va a coger a esa puta en un hotel mientras yo me quedo acá aguantando. Que vuelve el lunes a casa, como si nada. ¿Qué les digo a mis hijos, Damián? Ya no les puedo seguir mintiendo.
Las lágrimas le volvieron a caer, pero ahora había otra cosa en su mirada, algo más oscuro que la tristeza.
—Hoy necesito… no sé. Quiero venganza. Quiero sentir que sigo viva. Quiero que un hombre me haga acordar de que soy mujer, de que tengo un cuerpo, de que todavía puedo hacer que alguien se muera de ganas —y se largó a llorar de nuevo, desconsolada.
***
Me acerqué. Sostuve otra vez sus manos, le levanté el mentón con dos dedos y la miré a los ojos. Hice que se pusiera de pie y la abracé con fuerza. Tan hermosa, mi Mariana, y verla así me partía en pedazos.
Solo quería consolarla, protegerla. Juro que lo que vino después no estaba en los planes de ninguno de los dos. Creo que fue puro instinto.
Ella levantó la mirada y algo cambió. Sus ojos, brillantes de lágrimas, se encendieron de pronto como dos brasas. Me abrazó más fuerte y me besó sin pensarlo, con la boca entreabierta y la lengua urgente, entrando en la mía, buscándola, mordiéndome el labio de abajo hasta hacerme doler. Había rabia en ese beso, y sed. Sed de venganza y, al mismo tiempo, necesidad. La necesidad de sentirse deseada otra vez.
Por mi parte, me dejé llevar. No puedo ocultar lo que Mariana siempre despertó en mí, ese deseo que llevaba años guardando bajo la prolijidad de las visitas y los cafés de la mañana. Volver a tenerla cerca era como tocar algo que creía perdido. La sentí meter la mano entre nosotros, buscarme sin vergüenza por encima del pantalón, apretar el bulto que ya me tensaba la tela.
—La tenés dura, hijo de puta —me susurró contra la boca, mitad risa mitad llanto—. La tenés dura por mí.
—Hace años que la tengo dura por vos, Mariana —le contesté, y le mordí el cuello.
Entre besos cada vez más torpes y manos que no encontraban dónde detenerse, me llevó de la mano hasta su dormitorio. Empezó por desabrocharme la camisa, botón por botón, y me besó el pecho mientras bajaba despacio, arrastrando la lengua por el esternón, por el ombligo, mordisqueándome la piel de las caderas. Se arrodilló frente a mí, me soltó el cinturón y bajó el pantalón de un solo tirón, junto con la ropa interior. Mi verga saltó dura, apuntándole a la cara, y ella la miró un segundo con la boca abierta, como si le hubieran servido algo que llevaba mucho tiempo esperando.
—Mirá cómo la tenés —susurró—. Mirá cómo la tenés para mí.
Tomó mi polla entre las manos. La acarició apenas, apretándola desde la base hasta la punta, mirándome desde abajo con los ojos todavía húmedos, y después acercó la boca. Primero recorrió el glande con la lengua, despacio, jugando, atrapándolo entre los labios y dejando que un hilo de saliva le cayera por la mano. Me chupó los huevos, uno y después el otro, con la lengua caliente, mientras seguía masturbándome con la mano. Hasta que, de golpe, se metió la verga entera en la boca y empezó a mamármela con una ansiedad que me hizo cerrar los ojos y apoyar la mano contra la pared.
—Así, Mariana… así, chupámela toda —murmuré.
La sentí gemir con la boca llena, y ese gemido me vibró por dentro del glande. Movía la cabeza cada vez más rápido, se la tragaba hasta que se atragantaba, la sacaba babeando y volvía a metérsela, mirándome fijo, desafiante. Hacía años que nadie me la chupaba así, con esas ganas, con esa mezcla de furia y hambre.
Se sacó la blusa de un tirón y se desabrochó el corpiño. Le cayeron las tetas afuera, más grandes de lo que yo recordaba, los pezones oscuros y duros como piedritas. Se escupió en la mano, se mojó el escote y apretó mi verga entre los pechos, empezó a hacérmela deslizarse de arriba abajo, mientras cada tanto bajaba la cabeza para chuparme la punta que asomaba entre sus tetas. La saliva le corría por el pecho y le mojaba la piel entera.
—Cogeme las tetas, Damián, dale, cogémelas —jadeó, y yo la agarré del pelo y empecé a moverle la cabeza contra mi verga al ritmo que yo quería, follándole la boca y el pecho a la vez.
La sentí gemir bajito, concentrada, como si en ese acto descargara toda la furia que traía adentro. Cada tanto se separaba, sacaba la lengua y me lamía la verga entera desde los huevos hasta la punta, para volver a metérsela hasta el fondo de la garganta.
La dejé hacer un rato, disfrutando, pero pronto la necesidad fue mía. La tomé de las axilas, la levanté con cuidado, la besé con todo, sintiéndome el gusto de mi propia verga en su boca, y la recosté sobre la cama.
Le desabroché el jean y se lo saqué junto con la ropa interior, dejándolo todo de un costado. La bombacha estaba empapada, hecha un trapo, y cuando le abrí las piernas vi el coño brillando, hinchado, con el clítoris ya asomando entre los labios. Le besé los pechos, le mordí los pezones duros hasta hacerla gritar, y fui bajando despacio por su cuerpo, recorriéndola con la lengua y los labios, mordisqueándole el vientre, hasta llegar entre sus piernas.
La acaricié con la lengua mientras mis dedos seguían jugando con sus pezones. La abrí bien con los pulgares y le pasé la lengua entera, plana, desde la entrada del coño hasta el clítoris. Su primer gemido llegó fuerte, sin filtro.
—Ahhh, sí… comeme, Damián, comémelo todo —arqueó la espalda buscando más contacto.
Estaba ardiendo. La chupé despacio, después rápido, después le encerré el clítoris entre los labios y se lo succioné mientras le metía dos dedos y se los curvaba adentro, buscando ese punto que la hacía estremecerse. Ella se agarraba del cabezal, se retorcía, me apretaba la cabeza contra el coño con las dos manos.
—Metémela con la lengua, dale, metémela adentro —pidió, y yo le hundí la lengua entera en el coño, cogiéndoselo con la boca mientras el pulgar le frotaba el clítoris. Le besaba también la cara interna de los muslos, se los mordía. Su respiración se volvía más corta, más entrecortada.
—Sí, Damián, así… cogeme ya, no aguanto más. Metémela toda, por favor.
Me acomodé sobre ella y le apoyé la punta de la verga en la entrada del coño. Se la pasé de arriba abajo, mojándola bien con su propio flujo, rozándole el clítoris con el glande hasta que ella empezó a mover las caderas buscándome, desesperada.
—No me tortures, hijo de puta, metémela —jadeó.
La penetré despacio, dándole tiempo, sintiendo cómo el coño se le abría alrededor de mi verga, apretado, caliente, húmedo hasta el borde. Por un instante los dos nos quedamos quietos, mirándonos, como si recién entendiéramos lo que estábamos haciendo, mi polla enterrada hasta los huevos dentro de ella.
—Más… más fuerte —pidió, clavándome las uñas en la espalda—. Cogeme de una vez. Cogeme bien cogida. Rompémelo, Damián.
Y mis movimientos se hicieron más profundos, más intensos. Empecé a embestirla con fuerza, sacando la verga casi entera y volviéndosela a meter de un solo golpe, hasta el fondo. Nuestras caderas chocaban con un ritmo cada vez más violento, la cama crujía debajo de nosotros, y el ruido húmedo del coño mojado cada vez que entraba y salía llenaba el cuarto. El calor de ese momento era casi insoportable de tan placentero.
—Así, así, no pares, no pares —gemía—. Dale más fuerte, tratame como a una puta. Hoy soy tu puta, Damián, cogeme como quieras.
La agarré de las muñecas y se las clavé contra el colchón por encima de la cabeza. Le follé el coño sin piedad, con toda la rabia guardada de años, mientras ella me miraba con la boca abierta, jadeando, las tetas rebotando con cada embestida. Me incliné a chuparle un pezón sin dejar de moverme, y la sentí temblar entera.
—Ponete en cuatro —le ordené, saliendo de golpe.
Se dio vuelta sin dudarlo, se puso en cuatro patas en el borde de la cama, y arqueó la espalda ofreciéndome el culo. Le di una nalgada fuerte que le dejó la marca roja de la mano, y ella gimió pidiendo más. Le agarré la cintura y volví a metérsela de una sola estocada, hasta las bolas. Me clavé profundo, la miré desde arriba, con esa espalda arqueada y ese pelo negro desparramado sobre las sábanas, y empecé a cogérsela con toda la fuerza que tenía.
—Sí, sí, sí, ahí, no pares, hijo de puta, cogeme fuerte —gritaba, mordiendo la almohada, con la cara aplastada contra las sábanas.
Le apreté los pechos por atrás, le pellizqué los pezones, le pasé la mano por el clítoris mientras seguía embistiéndola. Ella se apretaba contra mi verga, me la buscaba, se cogía sola contra mí. Me apretaba, me arañaba, me empujaba contra su cuerpo como si quisiera borrar con eso todo lo que el otro le había hecho.
—Me vengo, me vengo, Damián, ay Dios, me vengo…
La sentí temblar entera, el coño se le cerró alrededor de mi verga como un puño caliente, y empezó a convulsionar debajo de mí.
—Esteban… —dijo de pronto, un segundo antes de que el orgasmo la sacudiera hasta el último rincón del cuerpo, un grito ahogado contra la almohada.
El nombre quedó flotando en el aire, mitad despecho y mitad descarga. La agarré del pelo, tiré apenas, y le clavé la verga hasta el fondo. Sentí cómo se me venía todo, imparable, y me descargué adentro de ella con dos, tres, cuatro chorros que le llenaron el coño de semen caliente, sin fuerzas para preguntar nada. Ella gemía cada latido de mi verga como si le hiciera venirse de nuevo.
Me quedé enterrado un rato más, sintiéndola palpitar alrededor mío, hasta que salí despacio y vi cómo un hilo blanco le empezaba a caer por la cara interna del muslo.
***
Después, mientras los dos recuperábamos el aliento, me recosté detrás de ella y la abracé con fuerza, con ternura, pegando mi pecho a su espalda. Sentí cómo su cuerpo se aflojaba, y entonces volvió a romper en llanto.
Pero era un llanto distinto. Ya no era el de la traición ni el de la rabia. Era el de alguien que, por un rato, había dejado de estar sola. La sostuve así, en silencio, hasta que la tarde se apagó del todo detrás del ventanal y la cocina, con sus dos tazas de café ya frías, quedó esperando del otro lado de la puerta.