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Relatos Ardientes

Mi musa francesa y la sesión que terminó en la cama

Todo empezó con un mensaje que llegó pasada la medianoche, cuando ya había apagado el ordenador y solo revisaba el teléfono por costumbre. Una desconocida me escribía sin rodeos: sabía que yo me movía en ese mundo y le interesaba conocerme. Llevo el tiempo suficiente en esto como para no emocionarme con un primer mensaje, así que respondí con lo de siempre.

—Hola, ¿qué edad tienes? ¿Estás en Barcelona? ¿Tienes más fotos o un perfil donde verte?

Lo primero que pregunto siempre es la edad. Después me interesa el aspecto, el aire de la persona, por eso pido fotos recientes o un instagram. Ella tenía diecinueve años y me pasó su cuenta sin dudarlo. La abrí con curiosidad.

Apenas mil seguidores, pero cada imagen estaba cuidada. Era artista, o quería serlo. Chica de fiestas, de música electrónica, de amaneceres bailando. En sus historias aparecía haciendo yoga al sol, viajando con una mochila demasiado grande, riéndose con amigos en terrazas. Había una alegría desordenada en todo lo que subía.

—Está bien —le escribí—. ¿Qué clase de acuerdo te interesaría?

—Leí tu perfil y vi que tú también eres artista —contestó—. Por eso me gustaría posar para ti. Ser tu modelo, tu musa.

Tu musa. Esa palabra siempre me desarma un poco. Le expliqué lo que ya decía mi perfil: que consiento a las chicas que posan para mí, mujeres de mente abierta, libres, que no le tienen miedo a la cámara ni a su propio cuerpo.

—Me parece perfecto. ¿Habría una compensación?

—Claro. ¿Cuánto te gustaría?

—No sé, dímelo tú. No tengo experiencia en esto.

Le pregunté si tenía alguna foto en ropa interior, en bañador, algo más atrevido. Me las envió sin demora, y al volver a su perfil entendí que le gustaba mostrarse. Había en ella un cuerpo delgado y alto, piernas largas, ojos verdes y el pelo rubio cayéndole liso sobre los hombros. Tenía el porte de las que nacen para una cámara aunque nadie se lo haya dicho todavía.

—¿Qué día tienes tiempo? —le pregunté.

—El miércoles. ¿Dónde nos veríamos?

Era lunes. Quedamos para el miércoles a las cuatro de la tarde. Yo prefiero los hoteles del centro, discretos y a la vez llenos de gente, donde una pareja más no llama la atención. Le dije que nos encontraríamos a la salida del metro, junto a la cafetería de la esquina, que ella reconocería enseguida.

—¿Hay algo que deba llevar? —escribió.

—La ropa que te guste. Si tienes alguna prenda que quieras que fotografíe, tráela. Yo llevaré algunas cosas también.

—Vale. Llevaré un conjunto bonito.

***

El miércoles, a media mañana, mientras estaba en una reunión, me escribió de nuevo.

—Estoy con la regla. No voy a poder ir. Lo siento de verdad.

Con los años he aprendido una cosa: lo mejor es dejar que la otra persona decida. No sé si le preocupaba algo, si era verdad o si simplemente había cambiado de idea. Al final, una cita que se cae es una reserva de hotel que se cancela y poco más.

—No hay problema —respondí—. Gracias por avisarme con tiempo. Cuando quieras, hablamos.

—Sí, es que no me encuentro muy bien ahora.

Esa tarde quedó libre y no tenía ningún plan, así que saqué los pinceles y me puse a pintar. Cuando uno pinta, el tiempo desaparece. Es la misma sensación que cuando trabajo con una modelo: el mundo se reduce a la luz, al encuadre y a un cuerpo.

Al día siguiente, otra vez en plena reunión, vibró el teléfono.

—Hola, ya estoy bien.

—¿Tan rápido? Pensé que tardarías unos días.

—Sí, ya estoy bien. ¿Cuándo nos vemos?

No le di más vueltas. Si la chica quería el acuerdo, había acuerdo.

—El viernes, mismo sitio, misma hora. Y no olvides avisarme media hora antes de salir.

—Vale.

***

Llegó el viernes. Media hora justa antes de las cuatro me escribió que estaba en camino. Salí de casa con la cámara colgada al hombro y una bolsa con un par de tops y unos zapatos de tacón; las mujeres en tacones se ven distintas, más conscientes de cómo se mueven. Llegué al hotel con tiempo, hice el registro y dejé las cosas en la habitación.

Bajaba hacia el metro cuando me avisó de que ya había llegado. La calle estaba llena de turistas, de gente con bolsas, de ese murmullo feliz de las tardes de viernes. Tardé en encontrarla entre el gentío. Y de pronto la vi: alta, cerca del metro setenta y cinco, el pelo rubio recogido a medias, gafas de sol, una minifalda con medias de rejilla negras, botas altas y un abrigo suelto que le caía como una capa. Era ella, sin duda.

—Hola, soy yo —dije.

—¡Hola! ¿Cómo estás?

Por el acento supe enseguida que no era de aquí.

—Todo bien. ¿Eres española o de fuera?

—No, qué va —rió—. Soy francesa. ¿Se nota?

—Viví una temporada en París, así que lo pillo rápido.

—¡Qué bien! Yo soy de Burdeos, no muy lejos.

—La conozco. Es preciosa.

Echamos a andar hacia el hotel sin prisa, esquivando a la gente. Le pregunté si había modelado antes.

—Modelar de verdad, no. Me hago fotos para mi perfil, eso sí.

—Ya lo he visto. Sabes hacerte buenas fotos.

—Gracias —dijo, y noté que le brillaban los ojos.

—Si quieres, te paso una copia de las de hoy. Así publicas como una modelo de verdad.

—Me encantaría. Siempre he querido serlo.

***

Subimos a la habitación. Ella se sentó en el borde de la cama, con esa mezcla de seguridad y nervios que tienen las primeras veces.

—¿Empezamos o prefieres tomar algo antes? —pregunté.

—Estoy lista. ¿Te enseño la ropa que traje?

Me mostró un short diminuto, un top y un conjunto de lencería que había elegido con cuidado. Le pasé los míos para que escogiera y la mandé a cambiarse mientras yo preparaba la cámara y medía la luz que entraba por la ventana.

Salió del baño con el top ajustado que le había dado. Se le marcaba todo: el pecho, los pezones tensos contra la tela. Hice como que ajustaba el objetivo para no quedarme mirándola más de la cuenta.

—Vamos por orden —dije—. Primero vestida, luego en ropa interior, y al final desnudos. ¿Te parece?

—Vale.

—¿Te importa si grabo algo de vídeo también?

—Está bien. Pero la parte de sexo no la publiques.

—Tranquila.

Empezó a posar. Como no tenía oficio, la fui guiando con la voz: que mirara hacia un lado, que levantara el brazo, que girara despacio, que se sentara en la silla y dejara caer la cabeza hacia atrás. Poco a poco se soltaba. La cámara hacía su trabajo y ella empezaba a entender el poder de saberse mirada.

—Ahora la lencería —le dije.

Volvió del baño transformada. El conjunto le sentaba como si hubiera nacido con él, las ligas tirando de las medias, la piel pálida contra el negro. La guié otra vez: de rodillas sobre la cama, tumbada de espaldas, de costado, mirándome por encima del hombro. Y mientras disparaba, notaba cómo me iba poniendo duro detrás de la cámara.

—Ahora sin nada —dije, y la voz me salió más grave de lo que pretendía.

Se quitó el sostén primero, despacio, y se quedó con el pecho al aire. Luego la última prenda. Era esbelta y firme, de una belleza que no necesitaba pose. La fui colocando: sentada, con las piernas separadas, a cuatro patas mirándome. Ya no podía seguir fingiendo concentración en el encuadre.

—Ven —le dije, y dejé la cámara grabando sobre la cómoda—. Acércate.

Se arrastró hasta el borde del colchón sin que tuviera que repetirlo. Me bajé el pantalón y ella entendió. Lo que vino después lo recuerdo a trozos: su boca, su lengua, los ojos verdes buscándome para comprobar si lo hacía bien. Le gustaba que la mirara. Cada vez que le sostenía la mirada, ella ponía más ganas, más entrega. La sujeté con suavidad por la nuca y marqué el ritmo. Le lloraban un poco los ojos, pero no se apartó. Cuando terminé, asintió con la cabeza antes de que yo dijera nada, y no dejó caer ni una gota.

—Muy bien —murmuré.

Soltó una risa breve, casi tímida, y se fue al baño a retocarse.

***

Cuando volvió, le propuse subir un peldaño.

—Vamos a hacer algo más intenso. ¿Te han atado alguna vez?

Negó con una sonrisa suave, como si la pregunta la hubiera tocado en un lugar al que no solía asomarse.

—No. Nunca.

A veces llevo unas cuerdas finas a las sesiones. Hay mujeres que aman que las aten y otras que no lo soportan, así que siempre pregunto. Ella dijo que sí con la voz pequeña.

—Como es tu primera vez, será algo sencillo —le expliqué.

Le até las muñecas con unos nudos básicos, sin apretar. Mientras lo hacía, ella no apartaba la vista de mis manos, de la cuerda deslizándose sobre su piel. La cámara seguía grabando en silencio. Había algo en su forma de mirar, una rendición tranquila, que decía más que cualquier palabra.

La dejé un momento sobre la cama y me di una ducha rápida. Empezamos de nuevo, esta vez con la temperatura más alta. Al principio se mostraba contenida, enseñaba solo las muñecas atadas y mantenía las piernas juntas. Pero a medida que disparaba, se fue abriendo, en todos los sentidos. Sola se ponía a cuatro patas, sola se tumbaba, sola separaba las piernas y se ofrecía a la cámara con una franqueza que me dejó sin aire.

Dejé el equipo a un lado. Me desnudé y me coloqué sobre ella, sujetándole las muñecas atadas por encima de la cabeza. Cuando la penetré, soltó un sonido grave, de alivio casi, y empezó a moverse a mi ritmo. La besé hondo mientras le buscaba el pecho con la mano libre. Estaba empapada, cada vez más, y cada embestida la hacía girar la cabeza sobre la almohada y apretarse contra mí. La sentí tensarse de golpe, temblar de la cadera a los hombros.

—¿Dentro o fuera? —le pregunté con la voz rota.

Ella, medio perdida, con los ojos a media asta y la respiración entrecortada, susurró que lo dejara dentro. Y eso hice.

La desaté despacio. Se quedó inmóvil sobre la cama, mirando al techo, como si volviera de muy lejos.

—¿Quieres ducharte? —pregunté.

—Sí, ahora voy. Un ratito así.

***

Después de las duchas nos quedamos tumbados, hablando. Me contó que su sueño era irse a vivir a Asia, a Seúl, que estaba ahorrando para el billete. Que siempre le había tirado ese mundo, esa estética, esa energía. La escuché mientras le acariciaba el pelo aún húmedo.

Se vistió y aproveché para hacerle las últimas fotos, ya con la luz dorada de la tarde entrando de lado. Salimos a la calle y seguí disparando mientras caminábamos: ella posaba en cada esquina, feliz, riéndose, sintiéndose por fin la modelo que siempre había querido ser. Llegamos hasta la plaza, junto a la boca del metro.

—Fue un placer conocerte —le dije—. Te paso el enlace con las fotos por instagram.

—Gracias por todo.

La vi alejarse y bajar las escaleras del metro, tragada por la multitud. Esa misma noche empecé a seguirla.

***

La semana siguiente revisé el material. Seleccioné las mejores fotos y vi el vídeo entero. Hay cosas que en el momento se me escapan, porque estoy concentrado en las cuerdas o en el encuadre. En la grabación descubrí cómo me miraba mientras la ataba: con una mezcla de hambre y entrega, saboreando por anticipado lo que venía. Le mandé las imágenes y respondió encantada.

Pasó un mes. Veía sus historias de vez en cuando. Contaba que dejaba Barcelona para mudarse a Seúl. En su perfil había subido las fotos que le hice, sobre todo las de moda, vestida, y alguna en ropa interior. Ya no tenía mil seguidores: rondaba los dos mil. Cuando una chica publica buenas fotos, y además son sensuales, el número crece solo.

Al mes siguiente apareció otra historia. Ya estaba en Seúl, y había conseguido trabajo de modelo para un par de marcas conocidas en el barrio de moda de la ciudad. La cuenta había estallado: de dos mil pasó a más de treinta mil seguidores. Ya no era una aficionada que se hacía fotos en su habitación. Se había convertido en una influencer, en una de esas caras nuevas que aparecen de la nada.

A veces, cuando paso por delante de aquel hotel, pienso en ella. En la chica que llegó diciendo que quería ser mi musa y se marchó convertida en alguien que el mundo entero quería mirar. Yo solo le presté una cámara, unas cuerdas y una tarde. El resto, el deseo de ser vista, ya lo traía dentro.

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Comentarios (5)

PatoGdl

que bueno!!! lo lei de corrido sin parar

Marianela_Mdq

Me encanto la forma de contarlo, muy bien escrito. Ojala haya una segunda parte!

Diego_Rp

tremendo relato, me quede con ganas de mas. Uno de los mejores de esta seccion

AndresBaires

Muy bien narrado, tiene un ritmo que te engancha desde el principio. Seguí subiendo relatos de este estilo!

Cris_pampa

jaja me imagino al protagonista tratando de mantener la calma... muy bueno, lo disfrute mucho

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