A mi edad, soñé con la desconocida de la playa
Esa noche sudaba sin parar. Hacía un calor pegajoso, de esos que no dan tregua, y por más que me destapaba no conseguía conciliar el sueño. Me levanté al baño, oriné un buen rato y volví a la cama maldiciendo la edad, que ya no perdona estas cosas.
Estaba inquieto, más despierto de lo que quería. Seguramente fue el café. No acostumbro a tomarlo de noche, pero esa tarde me había sobrado media taza del que preparé al mediodía y me dio por terminarlo antes de acostarme. Mal hecho. Ahora pagaba las consecuencias dando vueltas entre las sábanas.
Para entretener la espera, abrí la aplicación de lectura en el móvil y puse a sonar un par de relatos eróticos de mi página de siempre. La voz monótona del lector, las historias subidas de tono, el zumbido del ventilador… algo de todo aquello me arrulló. Sin darme cuenta me quedé dormido como un crío, con el teléfono todavía hablando solo sobre la almohada.
Desperté a las ocho y media, como cada mañana, con la pastilla del día esperándome en la mesilla. Y entonces lo noté.
Joder, una erección que ya no recordaba ser capaz de tener.
Me quedé quieto, mirando el techo, intentando atrapar los jirones del sueño antes de que se deshicieran. Había sido un sueño húmedo, espeso, de los que dejan el cuerpo encendido. Cerré los ojos y dejé que las imágenes volvieran a mí, despacio, como si rebobinara una cinta vieja.
***
Estaba en la playa, tumbado bajo el sol, con un libro abierto que no leía. La arena ardía y el mar lanzaba destellos. Entonces la vi llegar: una muchacha menuda y morena que caminaba directa hacia mí, esquivando toallas, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.
Sus pechos eran redondos y firmes, coronados por unos pezones que sobresalían bajo la tela como si pidieran a gritos ser tocados. Una braguita diminuta de bikini le marcaba el sexo con una precisión casi obscena. Yo la miraba y ella sabía que la miraba, y le gustaba.
—¿Tendrás fuego? —me preguntó, plantándose a mi lado con un cigarrillo entre los dedos.
—Tienes suerte —le respondí, rebuscando en el bolsillo del pantalón doblado—. Siempre llevo un encendedor, aunque no fumo.
Se lo encendí protegiendo la llama del viento con la mano. Ella se inclinó y, al hacerlo, sus pechos quedaron a un palmo de mi cara.
—Eres muy amable —dijo, soltando el humo hacia un lado.
—Un placer, guapa.
No podía apartar los ojos de aquellos pezones erectos que parecían querer perforarme la piel. Estaban perforados de verdad, con dos pequeños aros plateados que brillaban al sol, y eso me encendió todavía más. Mi cuerpo me delató sin que pudiera evitarlo.
—¿Qué miras tan atento? —preguntó, divertida, sabiendo perfectamente la respuesta.
—¿Qué voy a mirar? Esos pezones que se te clavan en la tela. Y encima los llevas perforados. Eso es jugar sucio.
—Me gusta colgarme cosas de ellos —dijo, y se mordió el labio.
—Tiene que ser todo un espectáculo.
Se rió, se dio media vuelta y empezó a alejarse contoneándose sobre la arena.
—Gracias por el fuego —dijo por encima del hombro—. Ya vi que te gustaron las vistas.
***
Ahí el recuerdo se volvía borroso. El resto eran conjeturas, retazos que mi mente calenturienta empezó a hilar por su cuenta mientras, sin pensarlo, mi mano bajaba bajo la sábana y apresaba mi polla, que latía con una fuerza que llevaba años sin sentir.
No quise resistirme. A mi edad, uno aprende a no desperdiciar los regalos que le hace el cuerpo. Cerré los ojos otra vez y dejé que la fantasía continuara por donde el sueño la había cortado.
***
La volví a encontrar a la hora de comer, sentada sola en la terraza del chiringuito. Pensé que estaría acompañada, pero no, estaba sola, jugando con una pajita en un refresco.
—¿Te invito a comer? —me atreví a decir—. Hace demasiado calor para seguir al sol.
—Perfecto —contestó, levantándose con una agilidad que me dejó torpe—. Iba a achicharrarme aquí fuera.
Recorrimos los pocos metros que nos separaban del local y nos sentamos a la sombra de una parra. Pedimos una paella de pueblo, sin marisco, con pollo y conejo, de las buenas de verdad. Hablamos de mil cosas. La chica tenía conversación, leía, viajaba, y era un gusto escucharla casi tanto como mirarla.
Después del café vino un combinado, y con el combinado se me soltó la lengua. Le conté que mi casa estaba cerca, que tenía una piscina pequeña pero fresca, y que si le apetecía darse un baño antes de que apretara la tarde. Aceptó sin hacerse de rogar, como si lo hubiera estado esperando.
—Soy Mara —dijo cuando ya caminábamos hacia la casa.
—Encantado, Mara.
Nada más cruzar la puerta del jardín, se quitó el vestido por la cabeza. Y, para mi sorpresa, también la braguita. Sin pudor, sin avisar, se lanzó al agua desnuda y la atravesó entera de un solo impulso, sin sacar la cabeza, como una sirena. Yo la miraba boquiabierto desde el borde, con el corazón golpeándome las costillas.
Salió por la escalerilla sacudiéndose el pelo, lanzando gotas que me salpicaron la cara. El sol prendía chispas en cada una de ellas. Sus pechos, ahora desnudos, se veían más hinchados todavía, y los pezones, enhiestos y fríos, desafiaban la gravedad.
—¿No te metes? Está de muerte —dijo, escurriéndose el agua de la melena.
—Ahora no. Prefiero tumbarme un rato al sol —mentí a medias—. Y me quemo con nada.
—Tengo crema. ¿Voy a por ella?
—Te lo agradecería.
Aproveché que entraba a buscarla para serenarme, pero fue inútil: solo de imaginarla agachándose para rebuscar en el bolso, la polla se me puso dura como una piedra. No quería recibirla así, de modo que la metí un momento bajo el grifo de agua fría hasta que cedió un poco. Volví al jardín fingiendo una calma que no tenía.
Mara se había tendido boca abajo en la hamaca. Al verme con el bote en la mano, se relamió.
—Úntame bien la espalda entera —pidió, estirando los brazos—. No quiero ni una marca mañana.
Ahora era yo el que se relamía.
Me senté a horcajadas tras ella, y al hacerlo mi polla, que había vuelto a despertar, quedó atrapada entre los cachetes de su culo. En cuanto le posé las manos calientes en la espalda, un gemido bajo se le escapó. Mi polla latió a la vez, y su culo se movió apenas, buscando sentirla mejor.
***
Mi mano se aceleró bajo la sábana y tuve que frenarla. No quería terminar tan pronto. Estaba henchido de excitación y prefería saborearlo, estirar cada segundo. Volví a la cadencia lenta, con los ojos cerrados, sintiendo en la palma la suavidad imaginaria de aquella piel, el calor de aquella carne contra la mía.
***
Mis manos recorrieron centímetro a centímetro su espalda, cubriéndola con una fina capa de crema. Me deslicé por la curva de la cintura, subí por los costados y, casi sin querer, rocé el borde de un pecho. Mara gimió y apretó el culo contra mí.
—Sigue —murmuró.
Me atreví a ir más lejos. Rodeé su pecho con la mano, busqué el pezón duro y tiré de él con suavidad.
—Sí… —se le escapó en un lamento.
Acaricié los dos a la vez, los apreté hasta hacer que se detuviera la sangre, conté despacio y volví a soltarlos para acariciarlos con dulzura. Ella se retorcía, meneaba el culo, nerviosa. Mi boca buscó su cuello y mi cadera se movió para que sintiera bien mi dureza pegada a ella.
—Te deseo —le dije al oído, casi en un susurro—. Te deseo desde la playa.
Mara levantó las caderas, echó el culo hacia atrás y, sin que yo hiciera nada, su mano encontró mi polla y la guió hacia ella. Estaba empapada. Se dejó caer despacio, gimiendo, y noté cómo se abría a mi paso, cómo cedían sus paredes una a una. Solté un pezón sin pensarlo.
—No, no los sueltes —jadeó—. Aprieta.
Volví a apretar mientras ella cabalgaba sobre mí, subiendo y bajando con una lentitud que me volvía loco. Bajé la otra mano hasta su clítoris y lo encontré mojado, hinchado. Lo acaricié con dulzura, sin prisa, al mismo ritmo con que ella se mecía. Echó la cabeza hacia atrás, buscó mi boca a ciegas y me besó torcido, sin separar las caderas de las mías.
—No pares —pidió—. No pares.
No paré. La mano en el clítoris, la otra en el pezón, mi cadera empujando desde abajo. El cuerpo de Mara empezó a temblar, se levantaba y se clavaba, se levantaba y se clavaba, hasta que las piernas le fallaron. El pezón, el clítoris, todo se le conectó en un mismo cable, y estalló.
—Sí, joder, sí, sí, síii.
***
Y ahí mi mano cobró vida propia. Temblando, sintiendo el calor inventado de aquel sexo, su pezón duro entre mis dedos, el flujo resbalándome por la palma, dejé que todo se desbordara. Me corrí con un jadeo largo, relamiéndome como si fuera su boca la que me besaba, con el cuerpo arqueado sobre la cama vacía.
Poco a poco mi mano fue perdiendo el ritmo y mi mente fue regresando a la habitación, al ventilador, a la pastilla esperando en la mesilla. Me quedé tumbado, recuperando el aliento, con una sonrisa tonta en la cara.
No sé quién era Mara, ni si existe en alguna parte del mundo o solo entre las costuras de un sueño provocado por un café tomado a deshora. Da igual. Esta mañana ha vuelto a ser mía, la he sentido caliente entre mis piernas, y a mi edad eso no es poca cosa.
Tomé la pastilla, me levanté y abrí la ventana. Hacía un día espléndido. Quizá esta noche, si tengo suerte, vuelva a soñar.