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Relatos Ardientes

Mi vecina madura lloraba sola a medianoche

Ese día cumplí cuarenta y seis años y nadie lo recordó. Ni mi hermana, que había nacido el mismo día diez años después que yo. Ni los amigos que me debían favores. Ni la empresa que llevaba meses sin pagarme. Fue un martes sin brillo en un barrio de Sevilla que olía a frío y a resignación.

A las diez de la noche, la tristeza se me convirtió en rabia. Me puse una camiseta vieja, salí a la calle sin abrigo aunque el viento de noviembre arañaba la piel, y entré en el bar de siempre. Pedí un café irlandés fiado a Diego, el dueño, que me lo sirvió sin hacer preguntas.

Estaba sentado en un rincón, mirando sin ver, cuando la vi. Rosario hablaba con la camarera en la barra, con esa postura de quien trata de parecer serena y no lo consigue. La conocía de años: vivía en el piso de arriba del mío, una mujer de casi setenta que había enviudado joven y llevaba la vida con una dignidad que siempre me había parecido admirable. Esa noche, sin embargo, algo en ella estaba roto.

Apuré mi taza y me puse en pie. Cuando salí del bar, ella ya caminaba hacia el portal. La alcancé a mitad de calle.

—Rosario —la llamé.

Se giró. Tenía los ojos enrojecidos y la mandíbula tensa de quien lleva horas aguantando el llanto. Pronunció mi nombre como si fuera lo único estable en ese momento y se derrumbó sobre mi hombro. La sujeté mientras me contaba, entre sollozos, lo que había pasado: una deuda antigua, un embargo que se lo había llevado todo esa tarde. Los muebles, los ahorros, hasta la vajilla de su madre.

—No me han dejado nada —repetía—. Hoy no he cenado. Ayer tampoco. No sé cómo voy a aguantar lo que queda de mes.

La llevé hasta el cajero de la esquina. Saqué todo el crédito disponible: poco más de seiscientos euros. Me guardé ochenta y el resto se lo tendí. Ella lo miró como si fuera una trampa.

—No te lo puedo devolver —dijo.

—No hace falta. Pero quiero algo a cambio.

Hubo un silencio largo. Ella sabía exactamente lo que quería decir. Lo había sabido desde que la sujeté en la acera. No añadí nada; dejé que el aire frío y el espacio entre nosotros terminaran la frase.

—Ve al kebab de la esquina —le dije al fin—. Cómprate algo de cena y cómprame algo a mí. Dentro de una hora llamo a tu puerta. Si me abres, aceptas las consecuencias. Si no me abres, el dinero es tuyo igualmente y no te molesto más.

Me di la vuelta sin esperar respuesta. Volví al bar, pagué la cuenta y salí al frío. Caminé despacio durante casi una hora, sin pensar en nada concreto. Cuando subí al tercero y llamé, la puerta se abrió.

***

Rosario había puesto la mesa. Había comprado comida para los dos y una botella de agua, sin alcohol, como yo le había pedido sin pedírselo explícitamente. Cenamos casi en silencio, mirándonos de vez en cuando. Ella tenía la postura de quien ha tomado una decisión y no piensa reconsiderarla.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó cuando recogí los platos.

—Todo —respondí, y me quité la camiseta de un tirón.

La besé despacio, con una intensidad que no era urgencia sino certeza. Ella respondió con la lengua primero, después con las manos, que buscaron mi cinturón con una torpeza que tenía algo de rendición. Me desabrochó los pantalones con una parsimonia casi ceremonial, besándome el vientre mientras lo hacía. Yo me bajé el resto, con menos elegancia que ella.

—No sé si soy capaz —susurró, sujetando entre los dedos lo que encontró.

—Sí que eres capaz —dije—. Métetelo en la boca.

Lo hizo despacio, rodeándolo primero con los labios, después sorbiendo con una timidez que me resultó más excitante que cualquier habilidad aprendida. Le fui indicando con la voz, sin gritar, sin urgencia: más fuerte aquí, mueve así la lengua, ahora más rápido. Ella obedecía y me miraba hacia arriba con esa mezcla de miedo y determinación que me estaba volviendo loco.

—Hay que lavarse —dijo al cabo de un rato, soltándome—. Los dos.

La tomé de la mano y la llevé al baño. Abrí el grifo de la ducha y esperamos a que el vapor empañara el espejo. Debajo del agua nos quitamos lo que quedaba de distancia. Me enjabonó la espalda con una tranquilidad casi doméstica que contrastaba con todo lo demás. Yo le devolví el gesto y aproveché para recorrer cada curva de ese cuerpo que la ropa de calle había mantenido oculto: caderas anchas, pechos pesados, una piel sorprendentemente firme para su edad.

La senté en la tapa del retrete con las piernas sobre mis hombros y la lamí despacio, sin apartar la boca hasta que sus caderas empezaron a moverse solas buscando más presión. Gemía en voz baja, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar a los vecinos.

—Así —decía—. No pares. Por favor, no pares.

Cuando la noté al límite, me aparté. Le sostuve la mirada mientras golpeaba rítmicamente su clítoris con la cabeza de mi polla. Ella apretó los dientes.

—Dámela —pidió.

Se la metí de un solo movimiento, sin rodeos. El sonido que salió de su garganta no fue un gemido: fue algo más primitivo, más hondo. Follé con la fuerza con la que se follan las cosas que han esperado demasiado tiempo. Ella aguantó cada embestida con las manos aferradas a mis hombros, empujando hacia adentro en vez de hacia atrás, pidiéndome más sin decirlo.

—¡Así! —decía—. ¡Más fuerte! ¡Párteme en dos!

No tardó en correrse. Lo hizo con todo el cuerpo, arqueando la espalda contra la cisterna y soltando un grito que cortó en seco tapándose la boca con la mano.

***

Nos tumbamos en su cama. Yo seguía en pie de guerra. Ella lo miró con ojos entre sorprendidos y encendidos y empezó a hablar, con la mano moviéndose despacio sobre lo que sostenía. Me contó que llevaba más de treinta años sin que nadie le tocara por ahí. Su marido lo había hecho a veces, de espaldas, sin preparación ni delicadeza, solo para no arriesgarse a un embarazo. Le había dejado un recuerdo tan doloroso que nunca lo había vuelto a permitir con nadie.

—Me da miedo —dijo, sin dejar de mirarme—. Y me pone. Las dos cosas a la vez.

Entendí entonces lo que buscaba. No quería que fuera suave ni que me disculpara antes de empezar. Quería lo contrario de todo lo que había tenido: alguien que supiera preparar bien el camino y luego no tuviera miedo de recorrerlo.

—Necesitamos aceite —le dije—. Vuelvo enseguida.

Encontré en el baño un bote de aceite corporal casi lleno. Cuando volví al cuarto, ella ya estaba boca abajo, con las nalgas levantadas sobre la almohada que había metido bajo su vientre. Había tomado la decisión y no iba a retractarse.

Me puse a horcajadas sobre sus muslos y empecé con las manos. Cinco minutos largos recorriendo su espalda y sus nalgas con aceite, dejando que los músculos cedieran antes de pedir nada. Cuando la noté completamente blanda, casi adormecida por el masaje, le di un azote suave en la carne.

—Levanta el culo, Rosario.

Lo levantó sin dudar. Me coloqué detrás y vertí aceite directamente en la raja. Con el índice empecé a trabajar el borde del ano, círculos primero, presión después. Ella soltó el aire despacio. Introduje la punta del dedo. Luego dos. Luego tres, tan despacio que el tiempo pareció detenerse. Cuando los tres se movían sin resistencia, me incliné y le hablé al oído.

—¿Quieres que te lo ponga todo?

—Sí —dijo con la cara enterrada en la almohada—. Pero prepárame bien.

Fue entonces cuando ella se incorporó y salió de la cama. Volvió con algo que yo no esperaba: un irrigador antiguo, de porcelana esmaltada, con su manguera de goma y su espita de metal. Lo había llenado en el baño con agua tibia a la que añadió algo de un frasco pequeño. Cuando entró de nuevo al cuarto, el aire cambió de olor.

—Tomillo —dije.

—Mi madre me enseñó así —respondió, con esa simplicidad con la que se explican las cosas que llevan toda la vida siendo normales—. Siempre lo he hecho así antes de... ya sabes.

Colgó el depósito en un gancho que había sobre la cabecera y señaló el cajón de la mesilla. Dentro había varias cánulas de distintos tamaños. Cogí una, la embadurné bien en aceite y la introduje despacio mientras abría la espita. El agua tibia y perfumada empezó a correr. Ella emitió un sonido que venía de muy adentro: no era dolor ni placer puros, era algo que los contenía a los dos.

La masturbé con los dedos mientras el agua seguía corriendo. Rosario se balanceaba sobre mis muslos, sujetándose las nalgas con sus propias manos para darme acceso completo, sin necesitar instrucciones. Cuando el depósito se vació, le di un azote limpio en cada glúteo.

—¡Me corro! —gritó, apagando la voz contra las sábanas—. ¡Así, así, así!

Se corrió con el agua todavía dentro, con una sacudida que le recorrió el cuerpo entero de arriba abajo. Sus nalgas botaban contra mis muslos, enrojecidas por los azotes, y yo sujetaba la cánula con las dos manos para que no saltara con los espasmos.

Le di unos minutos en el baño. Cuando volvió, olía a jabón y a tomillo y sonreía como alguien que acaba de quitarse un peso que llevaba décadas cargando.

***

Me untó ella misma el aceite con las manos, tomándose su tiempo. Luego se sentó a horcajadas encima de mí, de cara, y colocó la punta donde tenía que estar.

—Cuando notes que va a entrar, empuja como si quisieras abrirte —le dije—. Eso lo facilita.

Siguió el consejo. La primera resistencia duró apenas unos segundos; luego cedió, y el calor y la presión de ese lugar me rodearon centímetro a centímetro, tan despacio que el tiempo pareció ir a otro ritmo. Rosario bajó sin detenerse, sin apartar los ojos de los míos, con la cara cada vez más roja.

—Dios mío —dijo cuando llegó al fondo—. Qué grande eres.

—Muévete.

Empezó despacio. Luego más rápido. Le sujeté las caderas y empujé desde abajo para encontrarme con ella a mitad de camino. El sonido que hacíamos entre los dos llenaba la habitación. Ella echó la cabeza hacia atrás y se aferró a mis muñecas para tener algo a lo que sujetarse.

—¡Que me partes! —decía—. ¡Sigue! ¡No pares!

Le apreté los pechos con fuerza, le pellizqué los pezones, le di azotes en el culo mientras seguía moviéndose. Ella gritaba y yo le tapaba la boca con la palma y ella mordía y seguía moviéndose. La giré sin sacarla, quedando yo encima, y la embestí con todo lo que llevaba acumulado desde mediodía. Fueron los mejores minutos de ese año.

Me corrí dentro, con un grito que tampoco intenté contener del todo. Ella apretó y yo vacié. Luego me quedé quieto, aplastado a medias sobre su espalda, sin hablar, sin necesitar hablar.

—Qué bruto eres cuando quieres —dijo al cabo de un rato, con la voz rota de risa y de cansancio—. Me has dejado destrozada para toda la semana.

Me reí contra su nuca. Afuera el frío de noviembre seguía siendo el mismo. Pero esas sábanas olían a tomillo y a algo nuevo que todavía no tenía nombre.

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Comentarios (4)

LectorNocturno7

tremendo relato, me dejo sin palabras. Sigue asi!!!

ManuelCba

Espero que haya continuacion porque quede con muchas ganas de saber que paso despues

Carla_BsAs

No me esperaba ese giro, me sorprendio bastante. Muy bien escrito sin ser burdo

SilvinaRosario

Me recordo algo que viví hace años con una vecina del barrio, cosas que uno no imagina que pueden pasar. Muy buen relato

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