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Relatos Ardientes

La amante madura que me confesó su secreto al amanecer

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Aquel inicio de año no se pareció a ningún otro. Había cenado con Marta y Diego, esa pareja con la que siempre acabábamos riéndonos hasta tarde, y a eso de las cuatro de la mañana me despedí de ellos y caminé hasta casa con el frío metiéndoseme por el cuello del abrigo. No tenía sueño. Tenía esa inquietud que se te queda en el cuerpo cuando la noche todavía no ha terminado.

Fue al doblar la esquina de mi calle cuando la vi, sentada en los escalones del portal, abrazándose las rodillas para entrar en calor. La reconocí enseguida. Era Carla, una mujer a la que conocía desde hacía media vida, de esas que forman parte del paisaje de tu barrio sin que sepas muy bien desde cuándo.

—¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas? —le pregunté.

—Esperarte —dijo, sin un gramo de vergüenza—. Llevo años esperando, en realidad.

La invité a subir a tomar algo caliente. Aceptó antes de que terminara la frase.

***

Hay historias que uno no se atrevería a contar si no fueran verdad. La familia de Carla y la mía se conocían desde siempre, y con los años yo había ido tejiendo con ellas una red de complicidades que prefiero no juzgar. Su abuela, Amparo, me buscó una temporada para aliviar la soledad mientras su marido estaba enfermo: me la follé despacio, agarrándole las tetas caídas y todavía enormes, hasta correrme dentro de su coño maduro. Su madre, Pilar, una mujer espléndida que todavía hoy hace girar cabezas en la calle, me pidió una noche que la acompañara y no supe negarme: acabé con la polla hundida hasta el fondo de su garganta mientras ella me miraba desde abajo con los ojos llorosos y la boca llena de mi semen. Y su hermana melliza, Daniela, cayó conmigo a la orilla de un río una tarde de verano, descansando de un paseo, con las bragas apartadas y mi lengua metida en su coño hasta que se corrió mordiéndome el pelo.

Faltaba Carla. La melliza que siempre me miraba de reojo, que se mordía el labio cuando coincidíamos y que apartaba la vista justo cuando yo la sorprendía mirando. Esa madrugada, por fin, dejó de apartarla.

Nos desnudamos despacio, sin prisa, como quien lleva mucho tiempo imaginando un momento y quiere paladearlo. Le solté el sujetador y sus tetas cayeron pesadas, con los pezones oscuros y ya duros, apuntándome. Le mordí uno, luego el otro, y ella me apartó suave la cabeza para arrodillarse en el suelo, entre mis piernas, con esa mirada de quien sabe que ha ganado.

—Déjame —susurró—. Llevo demasiado tiempo pensando en esto.

Me la sacó despacio, mirándola como si le hubieran regalado algo, y se rió bajito al verla ponerse dura contra su mejilla. Me la lamió entera, de abajo arriba, siguiendo la vena con la punta de la lengua, y luego se metió los cojones en la boca, uno por uno, chupándolos con un cuidado que me hizo apretar los dientes. Cuando por fin abrió los labios y se tragó mi polla, la sentí golpearle el fondo del paladar. La cerró en un puño en la base y empezó a subir y bajar con la mano y la boca al mismo tiempo, apretando en el capullo, ahuecando la lengua, escupiendo un hilo de saliva que le resbalaba por los dedos para poder pajearme más rápido. Cada tanto levantaba la mirada para comprobar el efecto que provocaba. Lo provocaba todo. Me la comía como si llevara meses en ayunas, gimiendo con la boca llena, dejando que se le escapara la baba por las comisuras hasta empaparle el pecho.

—Antes de nada —dijo, soltándomela con un beso húmedo en la punta y trepando por mi cuerpo—, me vas a comer a mí.

Abrió las piernas y se colocó sobre mi boca sin ceremonia, sentándose de lleno en mi cara. No la decepcioné. Le abrí el coño con los pulgares y me encontré con un clítoris grueso, ya asomado, brillando de lo empapada que estaba. Me lo metí entero en la boca y lo chupé despacio, tirando de él, y ella soltó un jadeo largo, sorprendida. Le lamí de arriba abajo, hundí la lengua entre los labios, se la metí toda dentro y la moví como si la estuviera follando. Sujeté sus caderas, le acaricié los pechos mientras ella se aferraba al cabecero, y empezó a moverse encima de mi cara, restregándome el coño por la boca, marcando el ritmo. Yo controlaba la presión a propósito: la lamía suave cuando la sentía a punto, la volvía loca con la punta de la lengua, y en cuanto se relajaba le devolvía el chupetón entero al clítoris. No quería que terminara así, no todavía. Cuando noté que el jadeo se volvía más hondo, que empezaba a temblarle el vientre, retiré la cabeza y le soplé despacio contra el coño mojado.

—Ven aquí —murmuré—. Te quiero encima.

—No hace falta nada —dijo, leyéndome el pensamiento mientras pasaba una pierna sobre mi tronco—. Llevo cuidándome desde siempre. Solo te quiero a ti. Métemela a pelo.

***

Se agarró mi polla con una mano, se abrió el coño con la otra y se sentó despacio, dejándose caer centímetro a centímetro hasta que la sintió golpearle el fondo. Se quedó quieta un instante, con la boca abierta, los ojos cerrados, adaptándose a tenerla dentro entera. Cuando la observé desde abajo entendí por qué llevaba años intrigándome. Tenía un cuerpo rotundo, de mujer hecha, las caderas anchas, las tetas pesadas cayéndole hacia adelante y la melena oscura resbalándole por la espalda. Apoyó las manos en mi pecho y empezó a mecerse, primero con cautela, buscando el ángulo, moliéndome el capullo contra un punto que la hacía temblar, y enseguida con un balanceo cada vez más firme, más obsceno, cabalgándome con toda la cadera.

—Dios, qué bien —jadeó—. Qué bien me llenas, joder…

Se dejó caer hasta que nuestras bocas se encontraron y me metió la lengua a la vez que aceleraba el vaivén. La besé y aproveché para sujetarle la espalda y empujar hacia arriba, marcando yo el compás, clavándosela desde abajo con embestidas secas que le hacían botar las tetas contra mi pecho. Dejó de moverse, vencida por la fuerza, y se entregó al vaivén que le imponía. Nuestras lenguas se buscaban, sus gemidos se ahogaban contra mis labios, y noté cómo todo su cuerpo empezaba a tensarse, cómo el coño se le cerraba a chupones sobre mi polla, cómo empezaba a llorar los preliminares del orgasmo.

Se incorporó de golpe, echó la cabeza atrás y aceleró ella misma el ritmo, restregándose contra mí, aplastándome el clítoris con cada bajada. Sabía lo que venía. Le agarré las tetas y le apreté los pezones con los dos pulgares mientras seguía embistiendo desde abajo.

—No pares —pidió con la voz quebrada—, no pares, así, justo así, me voy a correr, me corro contigo dentro, joder…

El orgasmo la sacudió entera. Se mordió el labio, apretó los muslos contra mis costados, se le disparó un temblor por los muslos y noté cómo se me empapaba entera la polla, cómo el coño se me cerraba a espasmos, exprimiéndome. Se dejó arrastrar durante un buen rato, repitiendo mi nombre entre temblores, moliéndose contra mi pubis para alargarlo. Luego se desplomó sobre mi pecho, sudada, con el pelo pegado a la cara, riéndose de su propia intensidad.

—Hacía años que no me corría así —confesó, todavía con la respiración rota—. Años, joder. Y encima me la tienes dura todavía.

Y eso que apenas estábamos empezando, pensé.

***

La levanté en brazos sin salir de ella, buscando el suelo con los pies. Quería cambiarla de postura, sentirla colgada de mi cuello, manejar yo el ritmo por completo. Me incorporé con ella ensartada, sus piernas rodeándome la cintura, mis manos agarrándole el culo abierto, y empecé a subirla y bajarla sobre mi polla mientras le besaba el cuello y le mordía el lóbulo de la oreja.

—Ah, ah, ah —volvió a gemir, sorprendida por la profundidad de cada embestida—. Así no, así no puedo, me matas…

—Aguanta —le respondí al oído—. Aguántame la polla, que todavía no estás cerca.

La apoyé contra la cómoda, le abrí bien las piernas y le di más rápido, sosteniéndole el peso con una mano bajo el culo y agarrándole el pelo con la otra para obligarla a mirarme. Cada embestida sonaba húmeda, entrando y saliendo con la polla brillante de sus jugos, chocándole el pubis contra el mío con un chapoteo que llenaba la habitación. Me detenía a propósito justo antes de que se acostumbrara al ritmo, se la sacaba entera para volver a hundírsela de un solo empujón, y ella soltaba un chillido ronco que se le atragantaba en la garganta. Era multiorgásmica, no me cupo duda: pasó de los jadeos suaves a una segunda descarga aún más larga que la primera, agarrándose a mí con todas sus fuerzas, clavándome las uñas en la espalda hasta hacerme sangre.

—Me corro otra vez —avisó contra mi oído—, no te atrevas a parar, no salgas, córrete conmigo si quieres…

No paré. Le mordí el cuello, le seguí clavando la polla hasta el fondo, la sentí deshacerse por segunda vez con el coño exprimiéndome, escurriéndoseme por los muslos, mojándome los cojones. La sostuve hasta que su cuerpo dejó de pedir y empezó a rendirse.

—Déjame en la cama —suplicó al fin, riéndose y sin aliento—. No puedo más. Me has dejado temblando. Tengo las piernas de trapo.

La recosté con cuidado, la besé y me tumbé a su lado. Pasamos del sexo bruto a un rato de caricias lentas, de esas que valen tanto como lo anterior. Le recorrí la espalda con la yema de los dedos, le acaricié las nalgas todavía calientes, y ella se acurrucó contra mí, con mi polla mojada apoyada en su muslo.

—Te confieso un secreto —dijo de pronto, sin mirarme—, pero solo entre tú y yo.

—Soy una tumba —respondí.

Tomó aire, como quien se prepara para saltar.

—Hay alguien más en mi vida. No un hombre. Una mujer. Llevamos años viéndonos a escondidas, las dos con pareja, las dos buscando lo que nuestros novios no nos dan. —Se giró por fin hacia mí, midiendo mi reacción—. Creo que en el fondo las dos somos bisexuales. Follamos como locas cuando podemos, nos comemos el coño la una a la otra durante horas. Nunca se lo había contado a nadie.

La miré sin saber qué decir. Acababa de romperme todos los esquemas.

—¿Y por qué me lo cuentas a mí?

—Porque tú también escondes cosas —dijo, sonriendo—. Lo noto.

No se equivocaba. Le confesé entonces lo mío: que más de una vez había compartido cama con una pareja, que disfrutaba haciendo gozar a los dos a la vez, que me ponía cachondo ver a otro tío follándose a una mujer mientras yo se la comía por arriba, que esa era mi verdadera fantasía. Carla me escuchó con los ojos brillantes, la mano bajando poco a poco a acariciarme la polla, que se me estaba volviendo a poner dura solo de contárselo.

—Me encanta que me lo hayas contado —susurró, y me besó, apretándomela en el puño.

***

—Hay algo más que quiero —le dije, deslizando la mano por la curva de sus nalgas y metiéndole un dedo entre las tetas del culo—. Llevo toda la noche pensándolo.

—¿Lo de detrás? —preguntó, y para mi sorpresa, en lugar de tensarse, sonrió y se abrió un poco más las piernas—. Con cuidado. Es la primera vez que me van a follar el culo. Por ahí soy virgen.

La coloqué boca abajo, con una almohada bajo las caderas para levantarle el culo, y me tomé mi tiempo. Le abrí las nalgas con las dos manos y me quedé mirándola un momento: el ojete apretado, rosado, palpitando cada vez que respiraba. Bajé la cabeza y le pasé la lengua entera, de abajo arriba, desde el coño hasta el culo, en un lametón largo que la hizo gemir contra la almohada. Volví, insistí, le fui haciendo círculos con la punta de la lengua alrededor del agujero, empujando de vez en cuando para meterla dentro. Se la metí un buen rato, moviéndola en circulitos, dejándola bien mojada de saliva, mientras con dos dedos le trabajaba el coño desde abajo.

—Joder —murmuraba ella contra la almohada—, joder, joder, no pares…

La fui dilatando con los dedos sin ninguna prisa. Primero uno, resbaladizo de saliva, entrando y saliendo despacio. Luego dos, abriéndolos en tijera dentro de ella. Le empapé el ojete con más saliva, se lo humedecí también con los jugos del coño, hasta que su respiración cambió y empezó a empujar el culo contra mi mano, pidiendo más sin decirlo, follándose a sí misma con mis dedos.

—Voy poco a poco —le advertí, colocándome detrás y apoyándole el capullo en el ojete—. Tú me avisas.

Me escupí en la mano, me embadurné bien la polla, la restregué contra el agujero un par de veces, ida y vuelta, resbalándola arriba y abajo entre las nalgas.

—Es enorme —se quejó al sentir la primera presión, agarrando las sábanas con las dos manos—. Despacio, por favor, despacio…

Entré apenas, solo el capullo, y esperé. La sentí cerrarse sobre mí con un anillo apretadísimo, ardiendo, tan estrecho que me tuve que morder el labio para no empujar de golpe. Dejé que se acostumbrara. Mordió la colcha, soltó un gemido grave, largo, y al cabo de un momento aflojó y respiró hondo.

—Mejor de golpe —pidió, sorprendiéndome de nuevo—. Así duele menos. Entra firme. Métemela toda de una vez.

No terminó la frase. Le sujeté las caderas con las dos manos y empujé con decisión, hundiéndosela entera hasta los cojones. Soltó un chillido ronco contra la colcha, un jadeo largo que se convirtió en gemido. Me quedé quieto, con la polla dentro hasta el fondo, sintiendo cómo el culo me palpitaba alrededor. Pero no me pidió que parara: al contrario, separó más las piernas, arqueó la espalda, empujó el culo hacia atrás buscándome.

—Muévete —susurró—. Fóllame el culo. Sin miedo.

Empecé a moverme, saliéndosela hasta la mitad y volviéndosela a meter, marcando un ritmo lento pero firme. El culo se le empezó a abrir para mí, cada embestida entraba más suave, más deslizada. Bajé la mano hasta su sexo y la encontré completamente mojada, empapada de deseo, con el clítoris hinchado, latiéndole. Le empecé a hacer círculos con dos dedos mientras seguía empalándola por detrás. El doble estímulo la volvió loca. Se puso a menear el culo contra mí, a follarme ella, a pedir más rápido.

—No pares —jadeaba, con la voz irreconocible—, dios, no pares, más fuerte, dámela más fuerte, me estás abriendo entera…

La trabajé cada vez más rápido, sin salirme del todo, hasta que las embestidas empezaron a sonar carnosas, húmedas, con el ritmo golpeándole el culo contra mi vientre. Le hablé al oído, le dije guarradas, le dije lo bien que se abría, lo apretada que me la tenía, lo mucho que me ponía verla ofreciéndome el ojete así. Le dije que iba a correrme dentro de su culo, que iba a llenárselo entero, y ella respondió corriéndose por tercera vez, restregándose contra mis dedos, con el esfínter apretándome a espasmos, exprimiéndome la polla con contracciones tan fuertes que fue mi perdición. Empujé un par de veces más, hasta el fondo, y me dejé ir por fin, vaciándome dentro de ella, sosteniéndola contra mí hasta el último temblor, sintiendo cómo cada disparo le salpicaba las tripas por dentro.

Nos quedamos un rato así, encajados, recuperando el aliento, con mi polla todavía dentro, ablandándose despacio.

—Madre mía —murmuró cuando salí con cuidado, sintiendo el chorrito de semen que se le escapaba y le resbalaba por el perineo hasta el coño—. Me has reventado entera. Y me ha encantado, joder, no sabes cuánto.

La tapé, se acurrucó a mi lado y la dejé dormirse mientras le acariciaba el pelo. Yo también caí rendido.

***

Me despertó su boca en la polla, horas después, con la luz pálida del primero de enero colándose por la persiana. Se la había metido entera, chupando con calma, despertándomela a lametones. Cuando me vio abrir los ojos, sonrió con la boca llena y trepó por mí, se sentó encima y se la volvió a meter en el coño, cabalgándome despacio, con la piel todavía tibia del sueño. Follamos así, sin prisa, con ella meciéndose encima, yo agarrándole las tetas por debajo, hasta que se corrió apretándome fuerte y yo me vacié dentro por segunda vez. Luego salí a buscar algo de comer mientras ella se quedaba remoloneando entre mis sábanas, con las piernas abiertas y mi semen escurriéndosele por los muslos.

Volví media hora más tarde con comida caliente. Al entrar, la oí hablando por teléfono en la cocina y, sin querer, me detuve junto a la puerta.

—Te lo dije, lo conseguí —reía ella—. Me adelanté. Estoy en su casa, ha salido a por la comida, paso aquí el día entero.

Comprendí enseguida que no hablaba con su madre. A una madre no se le habla con esa soltura.

—¿Te acuerdas de cuando nos preguntábamos cómo sería? —seguía—. Pues mejor de lo que imaginábamos. La tiene enorme y aguanta una barbaridad, en serio. Me ha hecho correrme tres veces del tirón. Y encima me ha follado el culo, tía, me lo ha dejado abierto. Te encantaría. —Escuchó un momento y soltó una carcajada—. Sería el tercero perfecto para esa fantasía que tenemos, ya lo sabes. Y, ojo, resulta que él también es de los nuestros, juega con parejas. Fantasea con dos mujeres.

Me quedé de piedra. Hablaban de mí. Y hablaban de algo que yo llevaba años deseando sin atreverme a pedir.

—¿Quieres que se lo proponga? —dijo Carla, bajando la voz—. Si comes con tus padres y luego te vienes, le da tiempo a decidirse. Pero prepárate, porque este dice que sí seguro. Tráete los juguetes, tía. Los dos. Los grandes.

Me alejé sin hacer ruido, abrí y cerré la puerta de entrada para fingir que acababa de llegar, y entré silbando como si no hubiera oído una sola palabra.

—¿Cómo está la dueña de la casa? —pregunté—. Traigo el desayuno.

Comimos juntos, riéndonos, con esa intimidad fácil de quien ya se ha visto sin defensas. En un momento dejó el tenedor y me miró fijo.

—¿De verdad eres de los que juegan con parejas?

—De verdad —respondí—. Prefiero eso a casi cualquier cosa. Hacer gozar a dos a la vez me parece lo más cercano al paraíso.

—Vaya —murmuró, jugando con su vaso—. ¿Y nunca lo has hecho con dos mujeres?

—Nunca surgió. Pero me encantaría. Sobre todo si ellas se desean entre sí, si se comen el coño la una a la otra delante de mí y luego me dejan sumarme.

Sonrió, mordiéndose el labio igual que cuando coincidíamos en el barrio. Tomó el teléfono.

—Espero no estar haciendo una locura —dijo, marcando—. Esto se queda aquí, entre nosotros. Si mi madre o mi hermana se enteran, se monta la mundial.

—No soy ningún crío —le aseguré, abrazándola por detrás, apretándole las tetas por encima de la camiseta—. Tu secreto es mío. Toda la vida.

Habló poco al teléfono: una dirección, una hora, una risa cómplice y un «tráete los juguetes» que me dejó claro que la suerte estaba echada. Colgó y se volvió hacia mí con los ojos encendidos y la mano ya bajando a acariciarme por encima del pantalón.

—Viene para acá —dijo—. En una hora la tienes en la puerta.

***

La espera se nos hizo corta porque la llenamos de besos contra la pared del pasillo, sobándonos como dos adolescentes que ya saben adónde van. Le metí la mano bajo la falda, le aparté las bragas y comprobé que ya estaba mojada otra vez, chorreando, con el coño hinchado de tanto que la había usado esa noche. Le hundí dos dedos y la follé contra la pared mientras ella me sacaba la polla del pantalón y me la pajeaba con el puño cerrado, escupiéndose en la palma para que resbalara mejor. Estuvimos a punto de volver a caer al suelo cuando sonó el portero, y abrí sin soltarla, con los dos jadeando y la polla asomándome fuera de la bragueta.

La mujer que entró me sorprendió y no me sorprendió a la vez. Se llamaba Sonia, una amiga de toda la vida de la familia, algo mayor que Carla, con un cuerpo de los que detienen conversaciones —tetas grandes, cintura estrecha, un culo que se le movía debajo del vestido— y una manera de mirar que no dejaba lugar a dudas sobre lo que había venido a hacer. Dejó una bolsa negra en el suelo con un ruido pesado, se acercó a Carla y se besaron delante de mí sin el menor pudor, despacio, disfrutándose. Vi cómo Sonia le metía la lengua en la boca, cómo Carla le agarraba una teta por encima del vestido, cómo Sonia bajaba la mano y le apretaba el coño por encima de la falda. Se comieron la boca durante un buen rato, chupándose los labios, gimiendo bajito, como si yo fuera el público para el que llevaban años ensayando. Al despegarse un hilo de saliva las unía todavía, y las dos se rieron.

Luego Sonia se giró hacia mí, me tomó de la nuca y me besó con una urgencia que me dejó sin aire, metiéndome la lengua hasta la garganta. Su mano bajó directa a la bragueta, me sacó la polla del todo y la sostuvo en el puño, apretándola despacio, midiéndola.

—Por fin —susurró contra mis labios, mientras me pajeaba lento con la palma húmeda—. No sabes el tiempo que llevo esperando esto. Carla me lo ha contado todo. Todo.

Carla se colocó a mi espalda y me rodeó con los brazos, metió una mano por dentro de la camisa y me pellizcó un pezón mientras la otra bajaba al culo de Sonia y se lo apretaba, y por un instante me quedé quieto entre las dos, sintiendo el calor de una en el pecho —con la polla en su puño— y el de la otra en la espalda, entendiendo que aquel primero de enero apenas estaba empezando.

—Subo a cambiarme —dijo Carla, separándose con una sonrisa traviesa y un último beso en la nuca de Sonia—. Ponle algo de beber. Lo va a necesitar.

Sonia me miró de arriba abajo, se mordió el labio y soltó una risa baja, gutural, de mujer que sabe exactamente lo que quiere. Sin soltarme la polla, se arrodilló despacio delante de mí, en pleno recibidor, y me la lamió de la punta a los cojones antes de metérsela entera en la boca.

—Tranquilo —dijo, sacándomela un segundo con un chasquido húmedo, mirándome desde abajo con los ojos brillando—. Vamos a cuidarte muy bien. Las dos.

Y mientras se la volvía a tragar hasta el fondo, ahogándose un poco, escupiéndome, ordeñándomela con la mano y la boca a la vez, pensé que algunas noches de fin de año no terminan al amanecer. Apenas habían empezado.

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Comentarios(7)

Maxi_Lector

increible el giro que pega, no me lo esperaba para nada!! muy buen relato

ClaradeLuz

Quede con muchisimas ganas de saber cual era ese secreto... por favor una continuacion!

NightReader_ARG

Lo que mas me gusto es el tono intimista, no es tipico en esta categoria. Se siente que hay algo real detras. Muy bien escrito, sigan subiendo cosas asi

RubenMza_ok

Las maduras siempre tienen algo que enseñar jaja... buenísimo

Paqui_Norte

Me recordo a una confesion que me hicieron a mi tambien, de madrugada y todo. Esos momentos te cambian. Gracias por compartirlo

FelipeCampo

El arranque del primero de enero esta tremendo jaja. Y encima con el secreto al final... quede con intriga. Esta muy bueno

Tosca_78

Muy entretenido y con algo de misterio que no es comun en estos relatos. Me gustó

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