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Relatos Ardientes

Subí a ver a mi vecina y terminé con dos maduras

El primer año de universidad me había quitado casi todo el tiempo libre, y con él las tardes que antes dedicaba a buscar mujeres mayores que me enseñaran lo que ningún apunte explicaba. Por eso, aquella mañana, cuando volvía a casa de hacer un par de trámites, el azar me regaló justo lo que necesitaba.

En el ascensor me encontré con Ramón, el marido de Lorena. Cargaba una caja de herramientas y tenía cara de prisa. Lorena era la vecina del cuarto que, meses atrás, me había quitado la inocencia sin demasiadas ceremonias, y desde aquel día no habíamos vuelto a coincidir a solas.

—¿A dónde con todo eso? —le pregunté, señalando la caja.

—Una chapuza de última hora, al otro lado de la ciudad —resopló él—. Voy a tener para rato.

Asentí con cara de circunstancias, pero por dentro ya estaba haciendo cuentas. Si él tiene para rato, yo tengo el camino libre.

En cuanto las puertas se cerraron a su espalda, subí los dos pisos que me separaban del apartamento de Lorena y llamé. Abrió tan rápido que pensé que estaba esperando a alguien. Llevaba un vestido negro por encima de la rodilla, de hombros marcados, y al verme tiró de mi brazo hacia adentro.

—Cariño, justo iba a salir —dijo cerrando la puerta con el pie—. Pero si tú vienes a verme, lo demás puede esperar.

La besé antes de que terminara la frase. Le conté lo del ascensor, lo de su marido y la chapuza interminable, y vi cómo una sonrisa lenta le cruzaba la cara.

—Entonces tenemos toda la tarde —murmuró.

Me tomó de la mano y me llevó hasta el dormitorio. Allí me pidió que me descalzara y me tumbara. Ella se arrodilló sobre la cama, y en esa postura sus piernas parecían no acabar nunca. Me desabotonó la camisa despacio, disfrutando cada botón, y me la quitó dejándome el pecho al aire.

Luego se deshizo del vestido. Debajo llevaba un conjunto mínimo de encaje. Se soltó el sujetador y sus pechos quedaron libres; firmes, desafiando los años que ella misma se quitaba cuando le convenía. Después se ocupó de mí: pantalón y ropa interior cayeron juntos, y me quedé completamente desnudo bajo su mirada.

—Así que fui yo quien estrenó todo esto —dijo, tomándome con la mano.

—Tú y nadie más —respondí.

—Pues voy a saludarlo como se merece.

Bajó la cabeza y empezó con la lengua, sin prisa, dibujando círculos hasta que estuve duro como una piedra. Después me tomó entero en la boca. Ya había conocido otras desde ella, y podía decir con conocimiento de causa que Lorena sabía exactamente lo que hacía.

—Me alegra que, incluso comparándome, sigas prefiriéndome —dijo entre risas, leyéndome el pensamiento.

Siguió hasta notarme al límite. Entonces se detuvo, se sentó a horcajadas sobre mí y, mirándome a los ojos, fue bajando hasta encajarme dentro de ella. Se inclinó hasta que nuestros cuerpos quedaron pegados, sus pechos contra mi boca. Los besé, los lamí, y ella suspiró.

—Veo que has aprendido mucho desde aquel día —dijo—. Así me gusta.

Se movía con un ritmo perfecto, dueña absoluta de la situación. Yo, que ya tenía con quién comparar, no entendía cómo Ramón podía irse a trabajar fuera teniendo aquello en casa. Al rato cambió de postura: girando sobre mí sin separarse, me dio la espalda y siguió cabalgando, ofreciéndome la vista de su cuerpo desde otro ángulo.

—No sabes lo que significa para mí —murmuró— que un chico joven me mire como tú me miras.

Una idea se me cruzó por la cabeza, y se la dije al oído. Ella no lo pensó dos veces.

—Si eso es lo que quieres, es todo tuyo.

Se puso a cuatro patas y yo me coloqué detrás. La sensación fue todavía mejor que la primera vez; ella gemía desatada, sin contenerse.

—¿Tu marido no te hace esto? —pregunté.

—Hace mucho que no me hace nada —contestó con la respiración entrecortada.

Qué hombre más tonto, pensé, mientras me movía dentro de aquella mujer que para mí ya era una especie de diosa doméstica.

Estábamos cerca, los dos, cuando el móvil de Lorena vibró sobre la mesilla. Intentó ignorarlo, pero al ver el nombre en la pantalla se incorporó de golpe.

—Es Gustavo —dijo, y algo en su voz cambió.

***

Gustavo era otro vecino del edificio, pero sobre todo el casero del apartamento. Por el altavoz lo oí con claridad: había visto salir a Ramón, sabía que ella estaba sola y subía «ya mismo». Lorena colgó y me explicó, deprisa, lo que yo no había imaginado: hacía años que Gustavo les cobraba un alquiler ridículo, muy por debajo del mercado, y ella pagaba la diferencia de una manera muy personal.

—Vístete y escóndete —me pidió, recogiendo su ropa del suelo—. Rápido.

Apenas habíamos terminado de recomponernos cuando sonó el timbre. Lorena me señaló el pasillo, fingió la cara somnolienta de quien acaba de despertar de una siesta y fue a abrir. Yo debí aprovechar para escabullirme hacia la puerta, pero el morbo pudo más que la prudencia, y me asomé a mirar.

Los vi besarse en el recibidor antes de pasar al salón. Gustavo se sentó en el sofá y Lorena se acomodó sobre sus rodillas. Él le acariciaba los muslos mientras se devoraban la boca. Después ella se puso de pie, él le quitó el vestido y la dejó de nuevo en ropa interior, esa misma que yo le había soltado media hora antes.

No sentí celos. Lo que me invadió fue otra cosa, un sentimiento turbio y caliente que me clavó al sitio. Gustavo la sentó en el sofá, le liberó los pechos y se arrodilló frente a ella. Por las miradas de reojo que ella lanzaba hacia el pasillo, comprendí que Lorena sabía perfectamente que yo seguía allí, y que aquello formaba parte del juego.

—Adoro este cuerpo —dijo él, sin levantar la cabeza—. Mucho más que el de mi mujer.

Siguió hasta arrancarle un orgasmo largo, que ella celebró con un gemido que retumbó en todo el salón. Luego le tocó el turno a él. Lorena lo hizo levantarse, le bajó el pantalón y se ocupó de devolverle el favor con la misma destreza que yo conocía de cerca.

—Qué maravilla —jadeaba Gustavo—. Lo haces mejor que nadie.

El comentario pareció encenderla todavía más. Cuando él no aguantó otro segundo, se sentó en el sofá y ella se acomodó encima, marcando el ritmo igual que lo había hecho conmigo. Después cambiaron, y cambiaron otra vez, y yo seguía sin poder despegarme del marco de la puerta.

—Eres una mujer increíble —le dijo él en algún momento—. Nunca he estado con ninguna como tú.

Cuando el vaivén se volvió frenético, entendí que aquello podía durar mucho y que quedarme allí era una insensatez. Aprovechando que los dos estaban demasiado enzarzados para notar nada, abandoné el apartamento con el mayor sigilo del que fui capaz.

***

Pero apenas cerré la puerta a mi espalda, la del apartamento de enfrente se abrió sin un ruido. En el umbral apareció Amparo, la vecina mayor del rellano, con una sonrisa pícara que no dejaba lugar a dudas. Me hizo un gesto para que entrara y, casi sin pensarlo, obedecí.

Cerró, me condujo hasta su salón y me indicó el sofá. En cuanto me senté, soltó una carcajada cómplice.

—¿Qué pasa, jovencito? El sinvergüenza de Gustavo te ha aguado la fiesta, ¿eh?

Hasta ese instante nunca me había fijado de verdad en Amparo. Rondaba los sesenta, era rotunda, de pelo rubio teñido y formas generosas que muchos de mis compañeros de facultad habrían descartado sin mirar. A mí, en cambio, me pasaba justo lo contrario. Llevaba un vestido de casa azul cielo que dejaba ver parte de sus muslos llenos, y yo venía demasiado caliente de lo que acababa de presenciar como para disimular.

Se sentó a mi lado y empezó a desabrocharme la camisa. Cuando me la quitó, me recorrió el pecho con la palma de la mano.

—La verdad es que estás para comerte —dijo.

Tomó una de mis manos y la llevó hasta su pecho.

—Sé que no estoy como Lorena, cariño, pero para un apuro puedo servirte de sobra.

Le dije que se equivocaba, que me gustaba de verdad, y que en ese momento la prefería a ella. No mentía: había algo en su descaro que me ponía más que cualquier cuerpo de revista.

—Eres un galán —respondió, halagada—. Y los galanes se merecen un premio.

Se levantó, dejó caer el vestido y quedó en un conjunto sencillo de ropa interior. Se arrodilló sobre el sofá, me desabrochó el pantalón y me lo bajó junto con la ropa interior. Al verme, abrió mucho los ojos.

—Madre mía. ¿Sabes el tiempo que hacía que no tenía algo así de cerca?

Bajó la boca sin esperar respuesta. No tenía la técnica pulida de Lorena, pero le sobraban ganas, y esas ganas se notaban en cada movimiento. Paró un instante para tomar aire.

—Supongo que ella te lo hace mejor —dijo—. Tiene más práctica.

No le contesté con palabras. La verdad era que cada una me daba un placer distinto, y no pensaba elegir.

—No aguanto más, cariño —jadeó al rato—. Te necesito dentro.

Mientras ella se acariciaba, le bajé el sujetador y llevé mi boca a uno de sus pechos. Amparo soltó un gemido grave.

—Chupas como los ángeles, mi niño. No te extrañe que a las viejas nos vuelva locas.

Se tumbó en el sofá y abrió las piernas. Me arrodillé frente a ella y la penetré despacio. En cuanto me sintió dentro, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

—Esto es alucinante —murmuró—. Nunca pensé que volvería a sentir algo así. Por favor, no pares.

No tenía ninguna intención de hacerlo. Me movía con calma, y sus gemidos me decían que iba por el buen camino. Pensé, con cierta ironía, que tendría que agradecerle a Gustavo el haberme interrumpido arriba.

—Eres divino —decía ella—. Me estás haciendo gozar como hacía años que no gozaba.

Al rato me pidió algo inesperado, con una risa entre dientes.

—Nunca lo he hecho en el suelo. ¿Me dejas que lo probemos ahí?

Entendí que aquella tarde no podía negarle nada. Me tumbé sobre la alfombra y ella se sentó encima, retomando el control con una soltura que desmentía sus años. Cabalgaba mirándome desde arriba, divertida.

—Si me viera el zoquete de mi marido —se reía—, él que siempre tiene que estar encima y solo entre las sábanas.

Conocía a su marido y nunca me había caído bien, así que la idea de convertirlo en cornudo sin que lo supiera le añadía un punto de sabor a todo aquello. Seguimos hasta que ella, jadeando, me pidió un último capricho.

—Soy una caprichosa, lo sé. Pero me gustaría a cuatro patas.

Se colocó delante de mí, ofreciéndome la espalda, y yo volví a hundirme en ella. Empezó a gemir de inmediato, cada vez más alto.

—Nunca soñé con disfrutar así —decía—. Me estás volviendo loca.

Sus gemidos se dispararon hasta que noté cómo todo su cuerpo se tensaba en un orgasmo profundo.

—Dios santo —alcanzó a decir—, nunca había sentido algo parecido.

Aquellas palabras me terminaron de encender, y poco después llegué yo también, con una intensidad que me dejó sin aire. Me vestí en silencio mientras ella recuperaba el aliento en el sofá, con una sonrisa de gata satisfecha. Al despedirme en la puerta, me guiñó un ojo.

—Espero —dijo— que además de subir a ver a Lorena, te quede cuerda para ocuparte de mí de vez en cuando.

Bajé las escaleras pensando que la universidad podría enseñarme muchas cosas, pero que las lecciones más memorables estaban repartidas, puerta a puerta, en mi propio edificio.

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Comentarios(7)

sergiodelnorte

Que capo jajaja, tremendo relato. Sigue subiendo mas!!

Fran_Viajero

Buenisimo!! Quede con ganas de mas, por favor una segunda parte

PacoNoche88

Me recordo algo que me paso con una vecina hace años jaja. Que tiempos aquellos...

Marcos_V

Esto paso de verdad? se siente muy real. De todas formas excelente relato, muy bien logrado

TiaBerta22

increible!!! me encanto todo, seguí publicando

NachoRos

Como lo contaste estuvo muy bien, natural sin ser burdo. Se nota que sabes escribir

Gonza_B

Dos a la vez jajaja que suerte la tuya. Ojala yo viviera en ese edificio

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