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Relatos Ardientes

La confesión de Lorena tras su clase de baile

Lorena había cumplido cuarenta y un años convencida de que ya conocía todas las versiones de sí misma. La esposa, la profesional, la mujer que aguantaba en silencio una rutina que se había vuelto insoportable. Su marido, Andrés, llegaba tarde cada noche, se duchaba, cenaba frente al televisor y se acostaba sin decir mucho más que un buenas noches automático. Hacía meses que no se tocaban.

Al principio se dijo que era una etapa. Después dejó de mentirse. La cama se había convertido en un territorio de espaldas dadas y suspiros contenidos, y ella empezó a llenar las horas vacías con cualquier cosa que la hiciera sentir viva otra vez.

Primero fue el yoga. Luego, casi por capricho, se apuntó a clases de baile africano en un estudio del centro. Le gustó desde el primer día: el ritmo de los tambores, el sudor, la sensación de que su cuerpo todavía respondía. A los cuarenta y uno mantenía una figura que muchas chicas de veinte habrían envidiado, y por primera vez en mucho tiempo volvió a sentirse orgullosa de mirarse al espejo.

El profesor se llamaba Mathieu. Era senegalés, altísimo, de hombros anchos y una sonrisa que parecía iluminar el estudio entero. Tenía a todas las alumnas embobadas, y él lo sabía. Corregía la postura con las manos, decía los nombres en voz baja, y cuando se reía soltaba una carcajada grave que se quedaba flotando en el aire.

Una tarde, después de clase, el grupo fue a tomar algo, como tantas otras veces. Hubo risas, un par de copas de vino y, poco a poco, algunos comentarios que empezaron a subir de tono. Todo discreto, todo entre líneas. Pero Lorena se fue a casa con el cuerpo encendido, el coño húmedo bajo las mallas, y una idea que no la dejó dormir.

Durante los días siguientes se sorprendió a sí misma pensando en él en los momentos más absurdos. En la cola del supermercado, en una reunión de trabajo, mientras Andrés le contaba algo sobre su jornada sin levantar la vista del plato. Recordaba la forma en que Mathieu le había corregido la postura, las manos firmes en su cintura, el aliento cálido cuando se inclinaba para hablarle. Y cada vez que lo recordaba, algo se le tensaba por dentro, un latido caliente entre las piernas que le pedía atención.

Se dijo que era ridículo. Que era una mujer adulta, casada, con una vida ordenada y sin espacio para fantasías de adolescente. Pero la fantasía no se iba. Crecía. Se imaginaba de rodillas frente a él, con esa polla oscura y gruesa que intuía bajo la ropa metida hasta el fondo de la garganta. Y una parte de ella, la que llevaba años en silencio, empezó a preguntarse en voz baja qué pasaría si dejaba de reprimirla.

***

Una noche, sin pensarlo demasiado, le escribió un mensaje. Solo para saludar, se dijo. Estuvieron hablando un buen rato, de baile, de música, de viajes. Y entonces, casi sin darse cuenta, la conversación cambió de temperatura.

Las palabras se volvieron descaradas, directas, sin filtro. Mathieu le mandó fotos. Una de su torso desnudo, brillante de sudor. Después otra: la polla en la mano, negra, gruesa, con las venas marcadas, apuntando hacia arriba. Lorena se quedó mirándola con la boca abierta, calculando el grosor, imaginándose cómo se sentiría abriéndose paso dentro de ella.

—¿Te gusta lo que ves? —escribió él.

—Estoy empapada —contestó ella, y borró el mensaje tres veces antes de mandarlo.

Lorena las miraba con la respiración entrecortada, tumbada en el sofá mientras Andrés roncaba en la habitación de al lado. Esto es una locura, pensó. Pero su mano ya había bajado entre sus piernas, había apartado la tela del pantalón del pijama, y descubrió que estaba mucho más mojada de lo que jamás habría admitido en voz alta. Se metió dos dedos en el coño y los sacó chorreando. Se los llevó a la boca, chupó su propio sabor mirando la foto de la polla de Mathieu, y sintió que se corría casi al instante, mordiéndose el brazo para no despertar al marido.

—¿Y si vinieras a verme? —escribió él.

Lorena dejó el teléfono sobre el pecho y miró el techo. Sabía perfectamente que, si decía que sí, no habría vuelta atrás.

—Dame una fecha —respondió.

***

El día acordado se preparó como no lo hacía desde hacía años. Compró ropa interior nueva expresamente para la ocasión: un conjunto de encaje azul claro, fino, casi inexistente, con medias hasta el muslo y un sujetador que realzaba unos pechos de los que seguía sintiéndose orgullosa. Encima, una falda recta, una camisa blanca impecable y unos tacones altos que la hacían caminar como una mujer distinta.

Se sentía atrevida, descarada, y eso le gustaba. Le gustaba esa sensación de estar a punto de cruzar una línea, de dejar de ser la esposa perfecta para convertirse, aunque fuera por una noche, en la puta que se atrevía a tomar lo que deseaba.

El trayecto en coche eran apenas quince minutos. Durante el camino notó los nervios mezclados con las ganas, una mezcla eléctrica que le recorría el estómago. En un semáforo en rojo recibió un audio. Era Mathieu, con esa voz grave y pausada:

—Te voy a follar contra la pared en cuanto entres. Te voy a arrancar esas bragas y te voy a meter la polla hasta el fondo, sin preguntarte si estás lista. Vas a tragarte cada centímetro, ¿me oyes? Y después te voy a hacer chuparla mojada de tu coño, para que aprendas a qué sabes.

Lorena apretó las piernas. Sintió los pezones endurecerse contra la tela de la camisa, un tirón agudo entre los muslos, y tuvo que respirar hondo para no perder la cabeza al volante. Notó el flujo bajarle por la cara interna del muslo, calentándole la media.

Aparcó frente al edificio y se miró en el retrovisor. La mujer que la observaba desde el espejo no era Lorena la esposa, ni Lorena la profesional. Era otra. Una que había decidido, esa noche, dejar de pedir permiso.

***

Llamó al portero automático. No hubo respuesta, pero la puerta se abrió con un zumbido. Subió en el ascensor hasta el tercer piso, mirándose una última vez en el espejo del fondo. El corazón le latía en la garganta.

La puerta del apartamento estaba entreabierta. Mathieu la esperaba al otro lado. La tomó de la mano sin decir una palabra, cerró la puerta tras ella y la apoyó contra la pared del recibidor. La besó con una intensidad que la dejó sin aire, la lengua metiéndose en su boca con hambre, las manos grandes recorriéndole la cintura, la espalda, las caderas. Le subió la falda de un tirón, le metió la mano por debajo de las bragas y, al notar cuánto chorreaba, soltó una risa grave contra su cuello.

—Sabía que vendrías empapada —murmuró—. Mira cómo se te cae por los muslos.

Le clavó dos dedos en el coño hasta los nudillos, sin previo aviso. Lorena echó la cabeza atrás y gimió contra el techo del recibidor. Los sacó, se los pasó por los labios a ella, se los metió en su propia boca y los chupó con los ojos fijos en los suyos.

—Vas a ser mi puta esta noche —dijo—. Repítelo.

—Voy a ser tu puta esta noche —susurró ella, sorprendida de la voz que le salió.

La condujo hasta el dormitorio sin prisa, deteniéndose en cada paso para besarla, para morderle el labio, para susurrarle guarradas al oído. Allí se desnudó él primero, sin pudor, y Lorena se mordió el labio al verlo entero: la polla enorme, oscura, dura contra el vientre, con una gota brillando en la punta. Más grande de lo que había imaginado. Se le hizo la boca agua.

Después la desvistió a ella con una calma deliberada, prenda por prenda, hasta dejarla solo con el encaje azul que había elegido pensando en ese momento exacto. Le desabrochó el sujetador, le pesó las tetas en las manos, le pellizcó los pezones hasta hacerla gemir.

—De rodillas —dijo él.

Ella obedeció. Y descubrió, con una mezcla de vértigo y excitación, que obedecer le encantaba. Que entregar el control, después de años de cargar con todo, era el alivio más extraño y delicioso que había sentido jamás.

Mathieu la agarró del pelo con una mano y con la otra se puso la polla contra sus labios. Lorena abrió la boca y la recibió despacio, saboreando el sabor salado de la punta, sintiendo cómo le llenaba la lengua entera. Empezó a chuparla con hambre, mamándola con las dos manos y la boca, escupiendo saliva sobre el glande para que se deslizara mejor. Él la dejaba trabajar, la miraba desde arriba con una media sonrisa.

—Más adentro —le ordenó, y le empujó la cabeza.

Lorena sintió cómo la verga le tocaba el fondo de la garganta y arcadeó, con los ojos llorosos, la saliva chorreándole por la barbilla hasta las tetas. Mathieu no la soltó. La sujetó ahí unos segundos, follándole la boca con embestidas cortas, hasta que la dejó respirar. Ella tomó aire con un jadeo ronco y volvió a tragársela sola, ahora con rabia, mamándola profundo, mientras se metía dos dedos en el coño para aguantar las ganas.

***

La levantó del pelo y la tiró sobre la cama boca arriba. Le abrió las piernas de un manotazo y se quedó mirándole el coño abierto, brillante, rosado bajo el encaje corrido a un lado.

—Mira lo mojada que estás, joder —dijo, y bajó la boca sin darle tiempo a contestar.

Le comió el coño con la misma intensidad con la que bailaba: los labios entre los suyos, la lengua entrando y saliendo, chupándole el clítoris con los ojos cerrados, gimiendo contra su carne. Lorena se retorció, se agarró a las sábanas, echó las caderas contra su cara pidiendo más. Le metió dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris y los curvó buscando el punto exacto. Lo encontró.

—No pares, por favor, no pares —suplicaba ella, con una voz que no reconocía como suya.

Se corrió con un grito ahogado, apretándole la cabeza entre los muslos, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de sus dedos. Mathieu no la soltó. Siguió lamiéndola mientras ella todavía temblaba, hasta arrancarle un segundo orgasmo casi encadenado con el primero.

Cuando por fin levantó la cara, la tenía brillante de flujo hasta la barbilla. Se subió sobre ella, le pasó la lengua por los labios para que se probara, y le colocó la polla en la entrada.

—¿Lista, puta?

—Fóllame —jadeó ella—. Fóllame ya.

Se la clavó de una sola embestida, hasta el fondo. Lorena arqueó la espalda y gritó. Nunca había sentido nada tan grueso, nada que le llenara así. Mathieu se quedó quieto un instante, dejándola acostumbrarse, y después empezó a follársela con un ritmo lento y profundo que le sacaba un gemido de la garganta en cada embestida.

—Date la vuelta —le ordenó al poco rato.

La puso a cuatro patas, le arqueó la espalda con una palmada en el culo y volvió a metérsela por detrás. Ahora sí, sin piedad. La agarró del pelo y le folló el coño con embestidas secas, brutales, que hacían chocar sus caderas contra las nalgas de ella con un ruido húmedo. Le sujetaba las muñecas cruzadas a la espalda y la usaba como quería, tirándola hacia atrás sobre su polla.

—Dime que te gusta —le exigió, con la mano cerrada alrededor de su nuca.

—Me encanta, joder, me encanta tu polla —contestó ella entre gemidos, con la cara hundida en la almohada—. Dame más, más fuerte.

Le escupió en el culo y le apretó el pulgar contra el otro agujero. Lorena se tensó un segundo y después se relajó, empujando ella misma hacia atrás. Le dolió y le gustó a partes iguales, esa frontera difusa donde la entrega se confunde con el deseo. Se corrió otra vez, con el coño apretándole la polla en espasmos, mientras él seguía embistiendo sin bajar el ritmo.

—Eres mía esta noche —le dijo Mathieu, y ella asintió contra la sábana, incapaz de articular otra cosa que no fuera su nombre.

Llevaba años creyéndose apagada. Y allí, rendida y temblorosa, con la polla más grande que había tenido nunca hundida hasta las pelotas, comprendió que nunca había estado apagada: solo había estado esperando a que alguien volviera a encenderla.

***

En algún momento, cuando levantó la cabeza, descubrió que no estaban solos. Un amigo de Mathieu había entrado en la habitación y observaba desde la puerta, ya con la mano sobre el bulto del pantalón. Lorena debería haberse asustado, haberse cubierto, haber salido corriendo. En cambio, sintió una oleada de algo que no supo nombrar: poder, deseo, una libertad salvaje de ser mirada y deseada sin reservas.

—Ven —le dijo, con una voz ronca que no era la suya—. Ven aquí.

El otro se acercó sin decir nada, se bajó el pantalón y le puso otra polla dura frente a la boca. También negra, más larga y más fina que la de Mathieu, con el prepucio recogido y la punta brillante. Lorena abrió la boca y la recibió sin dudar, mientras Mathieu seguía embistiéndola por detrás. Se dejó usar por los dos a la vez, con una polla en el coño y otra en la garganta, gimiendo alrededor de la carne dura que le llenaba la boca.

La cambiaron de posición varias veces. La sentaron encima de Mathieu, a horcajadas, cabalgándole la polla mientras el otro se le colocaba detrás y le lamía el culo. Después la tumbaron entre los dos, con las piernas abiertas de par en par, y se turnaron para follársela. Cuando uno terminaba una tanda de embestidas, el otro tomaba el relevo sin darle un segundo de respiro. Los dos coños llenos de saliva, de flujo, de fluido preseminal, y ella sin querer que parara.

—Voy a correrme —anunció Mathieu, con la voz apretada.

—En la cara —pidió ella, sorprendida de escucharse—. Los dos. En la cara.

Se arrodilló entre las dos pollas, se agarró una en cada mano y las masturbó con la boca abierta y la lengua fuera, mirándolos desde abajo con los ojos brillantes. Se corrieron casi al mismo tiempo: el primer chorro de Mathieu le cruzó la mejilla y le llegó al pelo, y el del otro le cayó espeso sobre la lengua y le chorreó por la barbilla hasta las tetas. Ella se lo pasó por la cara con los dedos, se llevó el semen a la boca y se lo tragó despacio, saboreándolo, mientras los dos hombres la miraban con la respiración entrecortada.

Cuando todo terminó, se quedó tumbada un buen rato, con las piernas todavía abiertas, sintiendo cómo el semen le resbalaba fuera del coño y le mojaba el muslo. Escuchaba los latidos volver poco a poco a la normalidad y las voces de ellos hablando en un idioma que no entendía. No sentía culpa. Sentía, por primera vez en años, que el cuerpo le pertenecía entero.

***

Se vistió despacio, con las bragas empapadas guardadas en el bolso porque Mathieu se las había pedido de recuerdo. Se lo dejó, divertida, como quien deja una firma. Antes de salir, él la besó en la frente con una ternura inesperada que contrastaba con todo lo demás.

En el ascensor volvió a mirarse en el espejo del fondo. Sonrió. La mujer que le devolvía la mirada tenía el maquillaje corrido, el pelo revuelto, una marca roja en el cuello y una expresión de absoluta satisfacción. Le gustó lo que vio.

Subió al coche y le escribió un último mensaje, dándole las gracias y diciéndole que, cuando quisiera, sabía dónde encontrarla. Después arrancó y condujo de vuelta a casa con las ventanillas bajadas, dejando que el aire de la madrugada le secara el sudor y el semen todavía seco sobre la piel.

Andrés dormía como siempre, ajeno a todo. Lorena se metió en la ducha y dejó correr el agua caliente sobre los hombros doloridos, sobre las marcas de dedos en las caderas, sobre el coño hinchado y palpitante. Mañana volveré a ser la de siempre, pensó. Pero esta noche fui exactamente quien quería ser.

Y mientras el vapor empañaba el espejo del baño, supo que aquella confesión —la de la puta que había estado escondida durante demasiado tiempo— sería su secreto mejor guardado. Uno que repetiría, sin duda, en cuanto él volviera a llamar.

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Comentarios(7)

lola_salta

que buenoooo!! me encanto, seguiii por favor!!

MikeTuc_21

hay algo en ese arranque que engancha desde el primer momento. espero la continuacion!!

RominaCordoba

Me identifico mucho con la protagonista. Esa sensacion de mirarte al espejo y no reconocerte... demasiado real. Muy bien logrado.

vikingo_55

jajaja me imagino la cara del marido sin darse cuenta de nada... tremendo

NatiFlor

Me recordo a una amiga mia que hizo algo parecido, aunque sin el baile jaja. Se siente verdadero el relato, eso es lo que engancha.

Pauli_cor

De los mejores de la categoria confesiones que lei en esta pagina. Tiene algo distinto a los demas, no se exactamente que es pero se nota.

LuisCordo

Increible!! no puede terminar ahi, quiero mas

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