Mi nueva vecina necesitaba algo más que un favor
Llegaba el otoño y en el barrio cerrado las familias se mudaban casi sin pausa. Me llamo Esteban, mido un metro setenta y cinco, tengo los ojos claros, uso lentes y el pelo ya entre rubio y canoso. Peso unos setenta kilos y, según dicen, de espaldas aparento bastante menos de los sesenta y ocho que ya cumplí. Estoy jubilado, pero me ocupo del mantenimiento de las casas del complejo: una especie de hombre para todo. Trabajo más por no quedarme quieto que por necesidad, aunque el dinero extra, en estos tiempos, nunca sobra.
Esa mañana estaba en la garita de la entrada, tomando unos mates con los guardias, cuando vimos llegar a la familia que había comprado la casa del fondo. Primero una camioneta, después el camión de la mudanza. Al volante venía un hombre de unos cuarenta, y a su lado una mujer algo menor, de pelo largo castaño claro y ojos color avellana. Atrás, dos chicos peleándose por la ventanilla. Una familia de manual.
Me subí a mi carrito eléctrico y los guié hasta la casa. Ya la habían visto varias veces, pero los acompañé por cortesía, y de paso para tener un ojo encima de los peones de la mudanza.
Cuando ella bajó del auto, me quedé sin aire. Era alta, de cuerpo armonioso, con una sonrisa que parecía iluminar todo el frente de la casa. Llevaba una blusa oscura y un pantalón claro tan ajustado que se le marcaba la raya del culo cada vez que daba un paso. Las tetas, grandes, redondas, se sacudían apenas dentro de la blusa, y se movía con la naturalidad de quien no necesita esforzarse para llamar la atención.
Junté coraje y me presenté.
—Buenos días, señora. Me llamo Esteban —dije, extendiendo la mano y disimulando como podía el bulto que ya se me empezaba a marcar en el pantalón.
—Hola —respondió, distraída con los chicos—. Carla, mucho gusto.
—Chicos, basta, ayuden con las cosas del auto —los retó, mientras los dos corrían de un lado a otro.
El marido, apenas pisó el suelo, sacó el teléfono y se puso a hablar de algún negocio. Prometió ir lo más rápido posible, dijo que Carla se encargaba de todo y se metió de nuevo en la camioneta.
—¿Otra vez, Damián? —protestó ella—. Acabamos de llegar, te necesito acá.
—Vos podés sola —le contestó él—. Además tenés toda esa gente para ayudarte.
Y me señaló a mí, como si fuera parte del paquete.
—Andá, total nunca estás cuando hace falta —murmuró ella, ya resignada.
Me acerqué con cuidado, empecé a levantar cajas y a entrarlas. Carla se tapó la cara con las manos, frustrada.
—No, no hace falta que me ayude —dijo, con la voz quebrada.
—No hay problema, soy puro servicio —contesté, tratando de aflojar el momento con una broma.
—Muchas gracias, en serio.
Mientras acomodábamos las cosas, la vista se me iba sola, lo admito. Cada vez que ella se agachaba a levantar una caja, el pantalón se le tensaba y me dejaba adivinar el bombacha por debajo de la tela clara. Pero más que deseo sentía algo parecido a la lástima. No entendía cómo un hombre con esa mujer al lado la dejaba así, plantada, el primer día.
—Listo, señora, quedó todo en su lugar.
—Gracias, Esteban… ¿se dice así, no? Cuando tenga la casa armada lo invito a comer, a usted y a su señora, si tiene.
—Será un placer. Ahora me voy, tengo otros mandados.
Me fui con la cabeza dada vuelta y la verga a medio parar dentro del pantalón. Nunca me había cruzado con una belleza tan completa, tan irresistible. Y, sin embargo, en el fondo había algo más que las curvas: esa tristeza apenas contenida me había quedado clavada.
***
Al día siguiente, mi rutina fue la de siempre: caminar, darles de comer a mis animales y volver a recorrer el barrio por si alguien necesitaba algo. Justo entonces sonó el teléfono.
—Hola, ¿Esteban? —una voz suave, cálida.
—Sí, ¿quién habla?
—Soy Carla, de la casa del fondo, los que llegamos ayer.
—Hola, señora. ¿Qué necesita?
—No logramos instalar el lavarropas y no sé cómo hacerlo.
—No se preocupe. Deme diez minutos, busco unas herramientas y voy.
—Gracias. Si es molestia puede venir después, no hay tanto apuro.
—Ninguna molestia. Voy ahora mismo.
Colgué y el cuerpo me dio un salto de pura alegría. Verla otra vez, y de cerca, era un regalo. Me puse el perfume que reservaba para las fiestas, ese que deja un rastro discreto pero difícil de olvidar, y salí rumbo a su casa. Nervioso, sí, pero también lleno de dudas: ¿me encontraría con una mujer reconciliada con su marido, o con la misma de ayer, tan sola?
Toqué el timbre y me abrió enseguida. Tenía un delantal de cocina atado a la cintura, unas calzas azules que se le pegaban como una segunda piel y una musculosa blanca que apenas contenía sus tetas. Se le marcaban los pezones a través de la tela, dos puntos duros que decían más de lo que ella habría querido.
—Viniste rapidísimo —se rió—. Estaba preparando algo para la merienda de los chicos.
—Es que estaba desocupado. ¿Puedo pasar?
—Obvio, pasá, perdón.
Me fue guiando por el pasillo. Detrás de ella, tenía la mejor vista posible: el delantal se balanceaba apenas, dejando entrever el vaivén de un culo redondo, firme, que se marcaba en las calzas como si estuvieran pintadas encima. La «ayuda» ya estaba pagada con ese espectáculo silencioso. Se me empezó a hinchar la polla adentro del pantalón nada más de mirarla caminar.
—Acá está. Lo compramos hace dos semanas. Yo me doy maña para instalarlo, pero pesa mucho… y bueno, mi marido, como escuchaste, tampoco está hoy.
Se llevó las manos a la cabeza con un gesto de cansancio. Suspiró, y en ese instante todo en ella pareció pedir un poco de atención.
—No pasa nada, los hombres somos así con el trabajo —le dije mientras me agachaba a acomodar las mangueras—. ¿Quiere contarme? Sé escuchar.
—No quiero aburrirlo.
—Para nada. Hasta le puedo hacer de psicólogo, si me deja —bromeé, aunque el pulso se me había acelerado.
—Es parecido a lo de ayer —dijo, acomodándose el pelo—. Damián vive con el teléfono pegado a la oreja. Yo también tengo mi empresa, pero sé separar el trabajo de la familia. A él hay que pedirle todo, y ni así. Ya se lo dije mil veces.
—No entiendo cómo no está todo el día para usted —solté, con una pizca de picardía que no pude contener.
—¿Por qué lo dice? —preguntó, girándose hacia mí.
—No quiero sonar atrevido, pero usted es demasiado hermosa y lo tiene todo en su lugar.
Me sonrojé un poco, aunque no me arrepentí ni un segundo.
—Es bastante pícaro, eh —se rió.
—Tengo mis dotes —respondí, mientras me preparaba para levantar el lavarropas—. ¿Me da una mano? Pero cuidado con el delantal.
Se lo desató con un movimiento rápido, lo dejó sobre la mesada y se colocó del otro lado para sostener. Al inclinarse, la musculosa se le abrió y me dejó ver de arriba el nacimiento de las tetas, blancas, sin corpiño, colgando pesadas hacia adelante. Me tuve que morder la lengua para no soltar un gruñido. El aire entre nosotros se volvió espeso, eléctrico. Por unos segundos ninguno dijo nada; solo el zumbido del electrodoméstico nuevo rompía el silencio.
—Listo. ¿Quedó bien? —preguntó, ajena, o fingiendo estarlo.
—Sí. Quedó perfecto —balbuceé.
***
Con el lavarropas en marcha y esa tensión flotando, Carla me sonrió.
—¿Querés un café, Esteban? Vení a la cocina.
Acepté encantado. Mientras lo preparaba de espaldas a mí, otra vez la vista se me fue sola: el culo respingado dentro de las calzas, la costura hundiéndose entre las nalgas cada vez que se estiraba a buscar algo en la alacena. Me esforcé por mirarle la nuca, los hombros, cualquier cosa que no me delatara del todo, pero ya la tenía dura como piedra dentro del pantalón.
Nos sentamos frente a frente. En sus ojos color avellana había una sombra que no lograba disimular.
—¿Qué pasa, Carla? ¿Por qué esa mirada?
—Nada, no te preocupes. Son momentos.
—¿Momentos de qué? ¿De soledad?
Se le humedecieron apenas los ojos.
—Antes Damián estaba para estas cosas. Ahora es un ausente. Lo entiendo, el trabajo, y también… —se calló de golpe, secó una lágrima con el dorso de la mano y forzó una sonrisa—. No tengo por qué molestarte con esto.
—Al contrario. También estoy acá para escucharte.
—Perdón, pero sigo sin entender a tu marido. Con la mujer que tiene, yo viviría a tus pies.
—Tendría celos de dejarme sola, no vaya a ser que un viejo atrevido se me filtre en la vida —dijo, con media sonrisa.
—Así y todo, acá estoy.
Extendí la mano sobre la mesa. Tímidamente, ella apoyó la palma sobre la mía. Apenas un roce, y una corriente me recorrió el brazo entero. Creo que ella también la sintió, porque retiró la mano enseguida y la escondió entre las piernas.
—Gracias por escucharme. Pero no quiero abrumarte con mis penas.
—No me abrumás. Estaré siempre que necesites hablar… o que necesites arreglar algo. En tu casa o en tu vida.
Me fui de ahí con una sensación doble: tristeza por verla tan vulnerable, y una especie de triunfo secreto por haberla sentido tan cerca. Esa noche, en mi cama, me la hice pensando en ella, en las tetas colgando cuando se inclinó, en el culo apretado dentro de las calzas. Me corrí como un pibe, con la mano llena y el nombre de Carla en los labios.
***
A la mañana siguiente amaneció fresco; el otoño avanzaba sin prisa. Volvió a sonar el teléfono.
—Hola, Esteban —otra vez esa voz dulce.
—Hola, Carla. ¿Cómo estás?
—Necesito tu ayuda, ya sé que soy una pesada. Como hacía frío quise probar el hogar, prendí unos papeles y cajas de la mudanza, y se me llenó la casa de humo.
—No sos ninguna pesada. Quedate tranquila, termino dos cosas y voy.
—Gracias, sos un amor. Beso.
—De nada. Beso.
Ese «beso» me retumbó por dentro. Cuánto deseaba a esa mujer. Cuánto quería metérsela hasta el fondo y hacerla olvidar del boludo de su marido.
Cuando llegué, el olor a papel quemado era evidente. Por más que hubiera abierto las ventanas, estaba claro que el tiro de la chimenea no funcionaba. Carla se acercó: hoy llevaba una pollera corta y un top deportivo negro, ajustadísimo, el ombligo al aire y las tetas empujadas hacia arriba, marcadas como dos melones. Adentro la calefacción estaba encendida y hacía calor.
Me besó en la mejilla, muy cerca de la comisura de la boca.
—Hoy sí que hice un desastre —se rió.
—Veamos qué pasó.
Fuimos al living. En el hogar había una montaña de restos de papel y un olor intenso. Primero me puse a limpiar, después inspeccioné el conducto.
—Es normal que pase —le expliqué—. Casi nadie usa los hogares, los tienen de adorno. Si supieras lo lindo que es sentarse frente al fuego una tarde fresca… nada calienta tanto —agregué, con un doble sentido que no se me escapó.
—Esteban, vos y tus bromas —sonrió, pícara.
Metí la mano en el conducto y ahí estaba el problema: el dueño anterior lo había tapado con bolsas de papel, quizás para que no entrara ningún bicho.
—Acá está. Probemos ahora.
—Tengo un cajón de madera afuera —dijo, y salió a buscarlo.
Cuando se levantó, apurada, la pollera se le alzó lo suficiente como para dejarme ver la bombacha blanca, chiquita, hundida entre las nalgas. No supe si lo hizo a propósito o si yo me inventaba historias. Lo cierto es que el cuerpo me reaccionó al instante y la verga se me puso dura de golpe, latiendo dentro del pantalón.
Armé el fuego: papel, pedazos del cajón, leños finos arriba. Carla se estremeció un poco, tenía la piel de gallina en los brazos. Sin pensarlo, le froté los brazos para darle calor.
—Gracias —murmuró, sin alejarse.
El papel prendió, pero la madera no tomaba llama. Los dos nos acercamos a soplar al mismo tiempo y terminamos echándonos ceniza el uno al otro. Nos reímos, nos fuimos hacia atrás y caímos acostados, lado a lado, sobre la alfombra.
Quise limpiarle la cara y solo logré mancharla más con el hollín de mis dedos. Nos reímos otra vez, pero la risa era nerviosa, cargada de algo que ya no podíamos nombrar.
Al caer, no hizo ningún gesto de acomodarse la falda, que se le había subido hasta casi la cintura y me dejaba ver la bombacha entera, ceñida, con una manchita húmeda en el medio. Solo me miró a los ojos, intensamente. El pecho le subía y bajaba con la respiración agitada, y los pezones se le marcaban en el top como dos piedritas. Mi deseo estaba a flor de piel, la verga me hacía bulto grosero en el pantalón, y el suyo —ese deseo de sentirse deseada— afloraba en el calor que emanaba de su cuerpo.
Me acerqué despacio a su boca. Mi mano se apoyó en su muslo, tibio, firme. Ya no aguantaba la tensión, y ella, con tanto desamor acumulado, unió su deseo al mío.
No importa si está bien o mal, pensé. La casa estaba sola hasta la tarde, cuando volvieran los chicos del colegio.
El primer beso fue tibio, casi tímido. El segundo, profundo, hambriento, con la lengua metiéndose en su boca y ella devolviéndomela con la misma urgencia, mordiéndome el labio, jadeando sobre mi cara.
Le subí el top de un tirón y le liberé las tetas. Eran hermosas: blancas, pesadas, con el pezón rosado, ya duro, apuntando al techo. Le agarré una con la mano y me llené la boca con la otra, chupándole el pezón como un hambriento, mordiéndoselo despacio.
—Aaah… Esteban… —soltó ella, arqueándose contra mi boca, hundiéndome la cabeza en el pecho—. Chupame, dale…
—Así, hermosa… qué tetas tenés, la puta madre —le respondí ronco, pasándole la lengua de un pezón al otro.
Le metí la mano bajo la pollera. La bombacha estaba empapada. Le corrí la tela para el costado y le pasé el dedo por la concha desnuda: un charquito tibio, los labios hinchados, todo pidiendo. Se la sentí caliente, palpitando contra mi mano.
—Estás toda mojada —le susurré al oído.
—Hace meses que nadie me toca así… meses, Esteban…
Le hundí un dedo, después dos. Empezó a moverse contra mi mano, apretándome la muñeca entre los muslos, jadeando cada vez más fuerte. Le acaricié el clítoris con el pulgar, en círculos, y ella se retorció sobre la alfombra, con las tetas al aire y la pollera arremangada en la cintura.
—No pares, no pares, por favor… —me pedía con los ojos cerrados—. Más adentro, dale…
Le metí los dedos hasta el fondo, sacándoselos y volviéndoselos a meter, mientras le comía las tetas. Se puso de costado un instante, me abrazó y me besó casi con cariño, la lengua caliente, el aliento entrecortado. Después me desabrochó la camisa, besándome el pecho, mordiéndomelo despacio, y siguió bajando mientras me sostenía la mirada con un brillo único.
Me abrió el pantalón. Me lo bajó junto con el calzoncillo de un tirón, y la verga saltó afuera, tiesa, palpitando, con la punta ya mojada.
—Mirá cómo la tenés —murmuró, agarrándomela con la mano—. Toda para mí…
Me la pajeó despacio, con la muñeca floja, mirándome a los ojos. Después bajó la cabeza y me la lamió desde la base hasta la punta, dando una vuelta con la lengua sobre el glande, chupándome la gotita que había quedado. Sin dejar de mirarme, se metió la polla entera en la boca, hasta el fondo, hasta que sentí la garganta apretándome.
—Aaah, la puta madre, Carla… —gemí, agarrándole el pelo con las dos manos—. Así, mamámela así…
Me la chupó con hambre, con ganas contenidas de meses. Subía y bajaba la cabeza, la mano en la base, la lengua trabajando la cara de abajo del glande, y de vez en cuando se la sacaba de la boca para lamerme los huevos, uno a uno, metiéndoselos también. La saliva le chorreaba por el mentón, se le mezclaba con el hollín que le quedaba en la mejilla, y me miraba desde abajo con esos ojos avellanados como diciendo mirá lo que soy capaz de hacer por un poco de atención.
—Vení para arriba —le tiré del pelo, suave—. Vení, no me hagas acabar todavía.
Se subió sobre mí, a horcajadas, con la pollera arremangada y la bombacha ya en algún rincón de la alfombra. Se agarró la verga con la mano, se la pasó por la concha empapada un par de veces, se la apoyó en la entrada y bajó despacio, cerrando los ojos, mordiéndose el labio, dejándome entrar en ella centímetro a centímetro hasta que sentí el fondo.
—Aaay, Dios… qué duro la tenés… —jadeó, quedándose quieta un segundo, sintiéndola adentro—. Tan duro… tan grueso…
Empezó a moverse arriba mío. Primero despacio, sentándose y levantándose, con las tetas colgando cerca de mi cara para que se las siguiera chupando. Después más rápido, apoyándome las manos en el pecho, cabalgándome frente al fuego que crepitaba a un costado. Cada vez que bajaba, se le escapaba un gemido corto, un «uh» que le salía del fondo del pecho.
Le agarré el culo con las dos manos, apretándoselo, guiándole el movimiento. Se lo separé y le pasé el dedo mojado en su propio jugo por el ojete. Se estremeció entera.
—Sí… sí, tocame ahí también…
La di vuelta y la puse de espaldas sobre la alfombra, con las piernas abiertas, la concha rosada y brillosa, esperando. Me arrodillé entre sus piernas y le clavé la polla de un golpe. Ella gritó, un grito ahogado que le tapé con la mano.
—Los vecinos, boluda —le susurré, sonriendo.
—Callame, entonces… callame cogiéndome…
Empecé a moverme, primero pausado, después con más fuerza. Le agarré una pierna, me la puse sobre el hombro, y así, casi de costado, la sentía apretarme entera. Los golpes secos de mi pelvis contra la de ella, el ruido del jugo, sus jadeos entrecortados. Le tomé las tetas con las dos manos, sacudiéndoselas al ritmo de las embestidas.
—Más, más fuerte, dale… —me pedía con los ojos entrecerrados—. Rompeme, Esteban, hacé lo que él ya no me hace…
La di vuelta. La puse en cuatro patas sobre la alfombra, frente al fuego. El culo redondo, blanco, respingado, la concha abierta esperando. Me arrodillé detrás y se la volví a meter de un envión. Le agarré la cadera con las dos manos y empecé a cogérmela con fuerza, viendo cómo el culo le rebotaba contra mi pelvis, cómo se le sacudían las tetas colgando debajo.
—Aaah… así… así, viejo… —jadeaba ella, con la cara contra la alfombra y el culo levantado para mí—. Cogeme… cogeme como si fuera tuya…
—Sos mía ahora, ¿me escuchás? —le gruñí, dándole un chirlo en el culo que le dejó la mano marcada—. Toda mía…
—Sí, tuya, tuya… seguí, no pares…
Le pasé el pulgar mojado por el ojete otra vez, apoyándoselo con suavidad. Ella empujó para atrás, buscándolo. Se lo metí despacio, hasta el nudillo, mientras seguía cogiéndosela en la concha.
—Aaah, Dios, así, dale, así…
La sentí apretarse alrededor mío, todo el cuerpo temblándole, un gemido largo que le salió del pecho, ronco, animal. Se le partió la voz en un grito que trató de morder contra el brazo. Se corrió con una fuerza que casi me arrastra: la concha se le contrajo alrededor de la verga, apretándomela, chupándomela por dentro, y sentí un chorro tibio de flujo bajarme por los huevos.
—Me corro yo también, hermosa —le dije con la voz cortada—. ¿Dónde, dónde te la tiro?
—En la boca —jadeó, dándose vuelta como pudo—. Dámela en la boca, quiero probártela…
Salió de abajo, se arrodilló frente a mí y abrió la boca, con la lengua afuera y los ojos clavados en los míos. Me la pajeé dos, tres veces, y me largué. Los chorros calientes le cayeron sobre la lengua, sobre los labios, sobre las tetas todavía al aire. Ella me la chupó hasta la última gota, sin sacarle los ojos de encima a mi cara, tragándose todo con un ronroneo.
—Aaah, la puta madre, Carla… —gemí, tambaleándome—. Me mataste…
Se rió, con la boca llena, y se pasó el dedo por la comisura, recogiendo lo que le había quedado afuera.
Ya no había vuelta atrás. Frente al fuego que por fin había prendido, nos habíamos buscado sin prisa y con urgencia a la vez, como dos personas que llevaban demasiado tiempo esperando algo así.
—Quedate, Esteban —me pidió después, cuando los dos respirábamos agitados sobre la alfombra—. No te voy a dejar ir todavía.
Fuimos al baño de planta baja. Abrió la ducha y nos metimos bajo el agua. Le lavé la espalda, los restos de hollín, las nalgas todavía enrojecidas por mi mano, y ella me devolvió las caricias con una dulzura que me desarmó. Me agarró la verga, blanda ahora, y me la lavó con el jabón, riéndose, apretándomela suave. Me la dejó otra vez a media asta.
—No, no, otra vez no… —se rió, empujándome contra los azulejos—. Sos peligroso, viejo.
—Vos me ponés así.
La apreté contra mi pecho bajo el agua. Le pasé la mano por la concha, apenas, y ella suspiró contra mi cuello. Se dio vuelta, apoyó las manos en la pared y arqueó el culo hacia mí, ofreciéndomelo.
—Una más… una y me dejás vivir…
Se la volví a meter ahí, bajo el chorro, agarrándola de la cintura. Fue más corta, más despacio, casi tierna, con ella gimiendo bajito contra los azulejos y yo besándole el hombro mojado. Me corrí adentro esta vez, sin poder aguantar, apretándola contra mi cuerpo, sintiéndola aflojarse en mis brazos.
Nos quedamos un rato largo, abrazados, dejando que el agua corriera sobre los dos.
—Ya, Esteban… estoy agotada —se rió—. Disfrutemos estos minutos de paz.
—No tenés que agradecerme nada —le dije—. Soy tu hombre de confianza. Para todo servicio.
La abracé fuerte bajo el agua.
Más tarde, secándonos y tomando un café en la cocina, nos prometimos que no volvería a pasar. Pero ninguno de los dos se creyó una sola palabra.
La besé en la mejilla y me fui despacio, sabiendo que tarde o temprano alguien iba a llamarme otra vez para encender la próxima llama.





